|
LAS ALTERACIONES DE LOS DESEOS AMOROSOS
LOS AMORES EÓLICOS
La historia del comportamiento refleja las maneras de
actuación que se han ido dando a lo largo del tiempo. Siendo el amor uno
de los temas centrales de la vida humana, también éste ha ido recorriendo
diferentes travesías, modas, lances y modos de presentación.
Las tres grandes figuras del pensamiento griego
-Sócrates, Platón y Aristóteles- se ocupan del amor con una riqueza que
llega firme hasta nuestros días. En Platón, su esencia reside en el bien y
la belleza. En Aristóteles, el amor establece una tensión entre el mundo
afectivo y el deseo: nadie es invadido por el amor si antes no ha recibido
el dardo incitador que procede de fuera. Al principio se encuentra ligado
al placer, pero con la maduración y el paso de los años, asciende al grado
de amistad.
El pensamiento cristiano aspira a una pureza mayor: la
entrega y donación de uno mismo, sin condiciones. San Pablo culmina su
célebre texto de la Epístola a los Corintios diciendo: «El amor es
paciente, es bondadoso, no tiene envidia, no es jactancioso, no es
engreído, no es indecoroso, no lleva cuenta del mal, no se alegra de la
injusticia, se alegra de la verdad... »
A través de las épocas. A lo largo de la Edad Media han
circulado distintas corrientes, desde el amor cortés de la época de los
trovadores, pasando por el mester de clerecía y de juglaría, hasta el amor
caballeresco o el burgués o el platónico. A lo largo de todos y cada uno
de ellos, con los matices propios de la adjetivación específica que
acompaña al sustantivo amor, la mujer es exaltada, venerada, señora del
corazón del hombre, que aviva sus andanzas y es centro sustancial de su
conducta. Pero también, es la mujer en la distancia. Se escamotea así la
dimensión de la convivencia, que es una de las vertientes más difíciles de
la realidad humana.
Es la idealización, el despliegue de los sueños. Los
antecedentes están en El arte de amar, de Ovidio, y en el Fedro
y El banquete, de Platón. Ambos se abren paso con el amor udrí de los
caballeros árabes de la Edad Media y la mística sufí. Un gran libro de ese
tiempo pone de relieve esto: El collar de la paloma, de Ibn Hazm de
Córdoba, publicado en el siglo XI, que no es otra cosa sino un tratado
sobre el amor y los amantes en la civilización musulmana. No es un
sentimiento de renuncia lo que anida en sus conceptos, antes bien, desea
todo lo que el amor puede dar... pero desde lejos. Habría que decir que
así como la auténtica sensualidad es más hija de la distancia que de la
cercanía, la mujer vestida es más atractiva que la desnuda. La envoltura
de misterio sirve de imán y convoca llama.
El amor renacentista toma como modelo la antigüedad
clásica greco-latina y brota de aquella hermosa ciudad que fue la
Florencia del Quatrocento, al amparo de los Médicis y la burguesía
negociante, la grandeza de Leonardo da Vinci, la gesta de Galileo
inventando el telescopio, Maquiavelo separando la moral política y Miguel
Ángel reinventando la arquitectura y sus formas. Se entremezclan aquí el
humanismo, el clasicismo, el paganismo y ese dejarse seducir por la magia
del arte innovador. El amor es aventura, ruptura con las formas anteriores
del medioevo. El sentido de La Celestina planea y orienta lo que es el
amor, así como el texto de León Hebreo Dialoghi d'amore... esto
culminará en el final del siglo XVI con Romeo y Julieta.
Amores barrocos. Corre el siglo XVII el amor barroco es
recargado, complejo, retorcido, como esas columnas salomónicas que adornan
las entradas de las catedrales. Descartes publica su libro Les passions
de l'áme, a instancias de la princesa Isabel de Bohemia, en donde
aparece esta definición: «Percepciones o emociones del alma, que se
refieren particularmente a ella y que son causadas, sostenidas y
fortificadas por algún movimiento de los espíritus, disponen a la persona
para querer y preparan la voluntad». Para el pensamiento cartesiano, las
principales pasiones son: la admiración, el amor y el odio, el deseo y la
alegría y la tristeza. Pascal, en su Discours sur les passions de
l'amour, dice aquello que se ha convertido en una sentencia célebre:
«El corazón tiene razones que la razón desconoce». Y establece su
distinción entre l'esprit géométrique por un lado y l'esprit de finesse
por otro.
El amor ilustrado entroniza la razón y la convierte en
eje diamantino de la conducta. Hay una ciencia de los sentimientos
vertebrada sobre la lógica: Diderot, D'Alembert, Holbach, Voltaire,
Rousseau... van abriendo camino en ese siglo sin poesía. La nueva
Eloísa de Rousseau es el libro más emblemático en Francia en esta
época.
Durante parte del siglo XIX reaparece el amor
romántico: vuelta a los sentimientos apasionados, exaltación de las
pasiones, dilatación inefable de la vida afectiva. Stendhal nos muestra
unas lecciones magistrales en su libro Sobre el amor y su teoría
sobre la cristalización del enamoramiento.
El siglo XX merece una mención aparte, que abordaré en
otro momento. Los amores eólicos se inspiran en Eolo, dios del viento en
la mitología griega, que guardaba sus tumultuosos elementos encerrados en
una caverna. Cuando Zeus se lo ordenaba, se liberaban los vientos y
desencadenaban tempestades, remolinos, naufragios, combinaciones inéditas,
sorprendentes y variopintas. Estos amores están emergiendo en los últimos
años en nuestra cultura. Voy a adentrarme en sus entresijos.
El mito es un fenómeno cultural que influye
directamente sobre el pensamiento del hombre. Podemos definirlo así como
la consecuencia de una serie de operaciones simples que con figuran un
concepto que señala los hechos de la experiencia. El mito es una leyenda
simbólica que encierra una narración clásica cuyo fin es explicar alguna
faceta de la realidad humana, dando respuesta a cuestiones profundas: su
destino, sus amores, luchas y dificultades, derrotas y grandes alegrías e
ilusiones.
Eolo es el dios de los vientos. Vive en una isla y en
sus palacios habitan sus hijas. Celebra banquetes y se interesa por todos
los detalles de la guerra de Troya. Antes de irse a ésta, encierra en
odres todos los vientos. Recibió a Ulises y le dio las vasijas que estaban
bajo su custodia. Sólo una de ellas contenía la ráfaga que debía llevar al
héroe directamente a su país. Pero en alta mar, los compañeros de Ulises
abrieron todos los recipientes y, con este gesto desafortunado e
irresponsable, provocaron grandes tormentas que hicieron zozobrar el
navío.
Los amores eólicos brotan de vientos afectivos
incontrolados, emergentes, que nacen sin gobierno y traen una nota fresca
y novedosa, como una ventana de aire limpio que entra en una estancia
cargada. Hay en ellos exploración, atrevimiento, capricho, deseo de
conocer los entresijos de esa otra persona que circula por las cercanías y
que invita a bucear en sus aguas, sin más limitación que las que imponga
el guión sobre la marcha.
Estos afectos traen céfiros de brisa, bocanadas
juveniles, torbellinos que ascienden a vendavales y que, en ocasiones, se
elevan a tornados que lo mueven todo de su sitio y desencadenan verdaderas
tormentas meteorológicas de los sentimientos. Todo es posible cuando uno
deja de gobernar la vida afectiva. ¿Qué está ocurriendo hoy, qué broma es
ésta de que cualquier relación amorosa es cambiable, como las tarjetas de
crédito que caducan periódicamente y hay que sustituirlas por otras? La
estabilidad de la pareja está atravesando una profunda crisis, capilar y
contagiosa, que amenaza con llevárselo todo por delante.
Para mí la respuesta hay que buscarla a través de los
siguientes motivos:
- Esto traduce una profunda crisis de desorientación en
el terreno de la afectividad. Estar desorientado quiere decir no saber a
qué atenerse, no hacer pie y andar extraviado, perdido... en una terna tan
decisivo, ya que la afectividad sirve de eje diamantino y centro de
referencia.
- Refleja este comportamiento una cierta socialización
de la inmadurez. Una sociedad finalmente convertida en adolescente.
Movida, regida y vertebrada sobre la filosofía del me apetece. No hay
reglas fijas. Lo importante es hacer lo que te pide el cuerpo y atreverse
a ir más lejos de lo que nunca uno llegó a pensar. Exploración
zigzagueante de las pasiones. Volar, ir y venir, diluir cualquier
compromiso en la salsa de la permisividad y el divertimiento. Igual que el
adolescente cambia de pareja después de un amor de verano, el hombre de
edad quiere recuperar una cierta juventud perdida saliéndose de la pista
con una mujer mucho más joven que le descubre el paisaje de unos alisios
boreales equívocos ponientes. Todo junto y a la vez. La novedad servida en
bandeja.
- Todo descansa sobre un concepto emergente: la
autenticidad. Hacer aquello que uno percibe y que va floreciendo, dejando
de lado compromisos, deberes y obligaciones, palabras que suenan a rancias
y cuyo moho produce un repelús que hace saltar los vínculos endebles y las
relaciones vulnerables. Ceremonia de la confusión de lo que realmente
deben ser los hechos.
Ser auténtico es ser coherente, procurar que entre lo
que uno dice y lo que uno hace, exista una estrecha y adecuada relación.
Auténtica es una persona insobornable, verdadera, que es realmente lo que
aparenta, que tiene una línea de conducta legítima, que es legal consigo
misma y con los demás. Pero aquí el término es tomado de forma confusa,
como alguien capaz de dar entrada a ingredientes inéditos por el solo
hecho de que piden paso y llaman a la puerta e insisten con su presión.
La personalidad se vuelve así cambiante, tornadiza,
inestable, sin asidero, dispuesta siempre a abrirse a los vientos
exteriores que reclaman pasillo. La plasticidad es amebiásica, diluyente,
dispersadora, sin remitente y sin referente. Siempre dispuesta a una nueva
aventura que refrigere el clima interior con una innovación aventurera.
Ya hemos dicho que la estabilidad de la pareja está
atravesando una profunda crisis, que amenaza con llevársele todo por
delante. He aquí el cuarto punto que nos quedó pendiente:
- Individualismo atroz. Es la ética indolora, incolora
e insípida. Como dice Gilles Lipovetsky, estamos en la era del vacío.
Época de las ideologías proteiformes. Todo es subjetivismo puro. Hay una
distinción que quiero poner sobre la mesa y que me parece que abre una
brecha precisa en el magma de este asunto: el hombre no es individuo, sino
persona; son términos esencialmente distintos: si el primero se cierra
sobre sí mismo en un rodeo solipsista, que da vueltas circulares, el
segundo es la interioridad, la realidad primaria y última, pero abierta a
los demás en un doble juego de donación y recepción. Por eso el
individualismo se aleja del auténtico amor y levanta un monumento a la
emancipación posmoderna, tejida de indiferencia, consumismo e hipertrofia
del yo.
El nacimiento de los amores eólicos
Los amores eólicos nacen de la entrada de vientos
inesperados, en donde el carácter de novedad que rompe la monotonía tiene
un punto fuerte basado en dos notas del pensamiento light: la permisividad
y el relativismo, que conduce a alardes laberínticos llenos de sorpresas
en donde las contradicciones mandan. Se produce una especie de «panoramización»,
de zoom consumista de parejas intercambiables, en donde parece que asoma
el listón del más difícil todavía. Los cuentos y andanzas que nos traen
las revistas del corazón y sus adláteres, siempre nos sorprenden con sus
vaivenes y entretienen ratos libres de muchas personas sin inquietudes.
Leer para pasar el rato. Pero esas publicaciones se van colando,
infiltrándose entre los entresijos del comportamiento social, y su efecto
va siendo nefasto, disolvente, banalizando todo lo que encuentra a su
paso.
Amores transparentes y frágiles como el cristal
veneciano, que se roza enseguida y está pronto a resquebrajarse. Las
negociaciones de la pareja eólica tienen un subsuelo: todo está preparado
para la ruptura y, a su vez, no pasa nada si esto se produce, porque lo
importante es hacer lo que te gusta y te parece bien y punto. Esto es lo
que hay para muchas relaciones conyugales en Occidente.
Algunos amores eólicos están hechos con materiales de
derribo. Son relaciones sin pretensiones, hasta que duren, pero que hacen
mejorar por la erosión que producen y el efecto demoledor sobre la
biografía... aunque al no haber análisis, ni síntesis, ni densidad de
ideas afectivas, todo queda diluido en una visión relativista, que
escamotea bucear en los sentimientos y que centra todo en el trabajo, que
se convierte así en omnipresente.
Ha aparecido hace poco una recopilación de conferencias
de Theodor Adorno titulada Educación para la emancipación. Para él,
la pregunta ¿para qué la educación? se responde del siguiente modo: para
conseguir una conciencia cabal, verdadera, que acerque a una mayor
autonomía, en una sociedad tan plural, heteróclita y satisfecha de sí
misma y claramente neurótica, en donde las contradicciones están a la
orden del día.
Educar sentimentalmente es enseñar cómo conseguir una
mayor armonía entre la inteligencia, la afectividad y la motivación.
Buscar la cuadratura del círculo emocional, para no naufragar en una
cuestión tan decisiva como ésta. Los sucedáneos del amor vienen como
consecuencia de la endeblez de ideas sobre lo que es este mundo
oceanográfico de la pareja. Educar es convertir a alguien en persona,
hacerlo libre, independiente, con criterio, para que sepa a qué atenerse y
sea capaz de anunciar lo mejor en su propia vida y renunciar a todo
aquello que brilla por un instante, pero que a la larga deja huérfano de
humanismo y coherencia.
Por otra parte, los avances médicos e higiénicos de los
últimos tiempos han facilitando un envejecimiento generalizado de la
población, lo que ha provocado la aparición de nuevos problemas. Las
personas ancianas, muchas veces con sus capacidades físicas y psíquicas
limitadas, son atendidas, en la mayoría de los casos, en la propia
vivienda familiar. Al margen de los cuidados profesionales, las atenciones
del día a día suelen recaer en la madre, la esposa o las hijas.
Obviamente, la dedicación continuada a estas personas puede pasar factura
a la propia mujer, en forma de desgaste psicológico o corporal.
Uno de los problemas más graves es la atención
familiar, sin contar con la ayuda permanente de un especialista, de
aquellas personas que sufren demencia senil. Según un estudio realizado
por Castellote, se calcula que en España hay casi medio millón de
individuos afectados por este proceso degenerativo y, como ya se ha
señalado, en la gran mayoría de los casos la atención llega de la propia
familia, especialmente de la mujer. Se estima, además que el 40 por ciento
de ellos no cuenta con ningún tipo de ayuda.
Para terminar, según lo dicho, existen múltiples campos
por explorar, estudiar, investigar y educar, sobre importancia y
protagonismo de la mente en la salud. El mencionado seminario será una
excelente iniciativa y una buena forma de encarar este asunto.
Educar es cautivar con lo mejor por ejemplaridad,
visión de futuro y sentido de la vida. Educar es seducir con la razón, dar
argumentos lógicos, haciendo atractivo el esfuerzo por ascender a las
cimas más altas a las que puede aspirar el ser humano.
Una historia eólica
En los amores eólicos esa posible educación brilla por
su ausencia. Y es sustituida por un cierto elogio de la inestabilidad; el
tema afectivo y por ende, el familiar, siguen el rumbo del viento que
corre por las cercanías de ese individuo, que cada vez es menos persona.
Exaltación de la recomposición del círculo familiar A éste se le hace la
cirugía estética una y otra vez, como si no pasara nada. Transformaciones,
cambios, giros, salidas de la pista y entradas en otra demarcación... Es
el vértigo de un tiempo en el que se inflama el instante presente, sin
mirar ni hacia atrás ni hacia delante.
En la tragedia Hipólito, de Eurípides, los
dioses dejan ciego a quien quieren destruir, para que no pueda captar la
realidad. En los amores eólicos, al principio la visión de uno mismo es
parpadeante, después viene un atasco de conceptos que embota y lleva a
perder el norte y, más tarde, todo estalla por unas costuras demasiado
zurcidas.
El drama está servido, por mucho que se quiera
desdramatizar. En los países del norte de Europa empieza a ser muy difícil
encontrar primeras parejas, casi todas son segundas y terceras. Y los
hijos fuera de una pareja estable son más del 60 por ciento. En Estados
Unidos, el país más importante del mundo por distintos conceptos, entre el
30 y el 40 por ciento de las parejas son ya segundas, terceras o incluso
cuartas.
Viene así a este espectáculo afectivo la llamada ética
del naufragio, cuyo lema esencial es: sálvese quien pueda. Los niños
ping-pong van a tener una educación más difícil y un troquelado afectivo
que va a necesitar de lecciones especiales. Niños, muchas veces
desorientados, que cojean de una pedagogía correcta y que van a ser
propensos a presentar trastornos psicológicos de diversa índole.
Comprender tarde es muchas veces no comprender. Saber y conocer lo que es
la vida conyugal me parece primordial. No hacerlo es frivolidad,
inconsecuencia, una de las más graves carencias que se pueden tener y que
va a ir bajando por la baliza de una conducta voluble, trivial, ligera,
vana, cambiante, sujeta a la versatilidad del momento.
Éste es un buen ejemplo. Hablamos de un hombre de
setenta y dos años, de muy buena posición económica, que ha triunfado en
lo profesional y que acaba de entrar en su tercera pareja. Nos dice la
primera mujer (él se casó a los treinta años), con la que ha tenido cuatro
hijos, lo siguiente: «Mi marido es una persona inteligente, trabajadora,
con mucha visión para los negocios, soberbio, vanidoso, engreído; él sabe
más que nadie y se cree el centro de todo su entorno social. Desde hace ya
tiempo me he enterado de que me ha sido infiel. Viajaba mucho por sus
negocios y cuando alguna vez yo le he dicho algo en ese sentido, él lo ha
negado con rotundidad, incluso reaccionando con agresividad».
Nos va relatando cómo ha sido su matrimonio y los
avatares que ha tenido: «No he sido feliz porque él va a lo suyo; a veces
ha sido afectuoso, pero pocas. Me despachaba con algún regalo y ahora me
doy cuenta de que era una forma de tenerme más o menos contenta. A los
veinticuatro años de matrimonio decidí yo separarme, porque tuvo dos
amigas sucesivas y lo de la última fue muy escandaloso... yo me enteré
tarde y porque una amiga me puso al corriente de todo. Le tuve que poner
un detective y todo quedó confirmado.
»En el curso de la separación me insultó y dijo que yo
estaba loca y que tenía un delirio de celos. Mis hijos me han apoyado
totalmente y ellos han sufrido las consecuencias de eso. Dos de ellos se
han separado, y es que su padre les ha inculcado una conducta muy ligera,
y en el tema de las mujeres, han visto su ejemplo».
Con la segunda mujer ha vivido una relación buena en
los primeros dos años y tortuosa en el resto. Ella tenía tres hijos de dos
relaciones anteriores. Me dice él: «Yo seguí con mis amistades femeninas,
a las que veía con frecuencia, y con una de ellas, una chica sudamericana
de veintisiete años, tuve una historia muy bonita, aunque me costó
seguirla, pues tuve que hacer grandes esfuerzos para que mi nueva mujer no
lo supiera. Ha sido algo lleno de pasión, pero que me ha llevado a tener
ansiedad y por eso he necesitado ir al psiquiatra, pues el tema me
desbordó». Simultaneó durante más de seis años las dos relaciones,
teniendo un hijo con la sudamericana, lo que le ató más a ella... y por
ahí empezó a romperse la otra relación, que aun así duró doce años, hasta
que se produjo la nueva ruptura.
Nos lo relata el propio interesado: «No podía seguir
con esas dos mujeres y el deterioro me llevó a mentir con frecuencia y
tener mucho cuidado adónde iba y con quién me encontraba. Un buen día mi
mujer [la segunda] se enteró de todo: hizo un intento de suicidio y fueron
unos momentos terribles, con chantajes de ella para que volviera, pero
todo ya estaba roto».
Dejó a esta segunda mujer y se unió más a la
sudamericana, yéndose a vivir con ella, pero la diferencia social y
cultural era muy grande y eso no funcionó: «Esa relación marchó bien
mientras yo iba a verla y quedábamos; hubo más sexo que otra cosa, aunque
le cogí cariño por la entrega que tuvo conmigo. Mas a los pocos meses de
estar bajo el mismo techo, yo me aburría, no tenía conversación, y en lo
sexual, empezó a dejar de atraerme. Fue duro dejarla, sobre todo teniendo
un hijo. Por otra parte tuve muchas tensiones con los hijos de mi primera
mujer y con alguno de ellos dejé de hablarme».
Le pregunto cómo definiría su personalidad: «Yo soy
abierto, me encanta la gente, divertido, me gusta la caza y mi debilidad
han sido las mujeres; me di cuenta desde joven que tenía gancho y que era
atractivo y he sabido explotarlo. He sido mujeriego y he tenido amigos en
la misma línea».
Le pregunto por sus aficiones: «La caza, las copas,
viajar y me considero un hombre de negocios... todo lo relacionado con mi
trabajo se ha convertido en afición para mí; nunca he sido aficionado a la
lectura, sólo periódicos y revistas económicas, en mi familia se ha leído
siempre muy poco».
A mi interrogación ¿eres creyente?, me responde: «Fui
de pequeño a un colegio religioso, pero en mi casa esos temas tenían poca
cabida; mi primera mujer sí lo era, yo poco y me fui enfriando en ese
tema, y luego al llevar ese tipo de vida del que hemos hablado, la cosa no
cuadraba».
Y continúa: «He pasado después de esta segunda /
tercera separación una racha muy mala, preguntándome muchas cosas de la
vida y el significado de todo lo que a mí me ha ido sucediendo. Me refugié
en el alcohol y en el campo y pasé un año casi sin ver a nadie. He tenido
dos o tres enganches con chicas de alrededor de treinta años, pero todas
querían casarse y yo sólo busco ya divertirme, pasarlo bien y algo de
sexo».
Hace un año ha conocido a una chica de treinta y siete
años, separada y con un buen trabajo profesional. La conoció en el curso
de un vuelo de muchas horas a América y hubo un buen contacto inicial: «Me
gustó mucho porque era muy guapa, segura, atractiva psicológicamente, y no
sé qué me fue pasando que me enamoré de ella. Una de las cosas que más me
impactó fue el poco caso que me hizo cuando la llamé por teléfono y el
decirme que era demasiado mayor para ella. Fue un reto para mí. Me lo
propuse como objetivo y creo que tengo buenas dotes para la conquista, y
al final, la he conseguido».
Quiero saber qué opina sobre su trayectoria afectiva:
«No sé que decirte, la vida es así, hasta que te centras en lo que
realmente quieres, tardas mucho tiempo. Me da pena el daño que he hecho a
unas y otras, pero yo soy así, es mi forma de ser y creo que no es fácil
que cambie. Me hubiera gustado tener una pareja estable, pero no ha podido
ser... Muchas veces he pensado que yo no era un hombre para estar casado,
ni sujeto a nadie».
Esta historia de amores eólicos es muy expresiva y
ofrece varias consideraciones: uno, estamos ante una persona muy
superficial en sus relaciones afectivas, a la que el éxito profesional
lleva a un tipo de vida frívola; dos tiene poca formación humana, que
termina por ser casi nula, al imponerse unos hábitos de vida muy
negativos: mujeres, relaciones de amistad poco consistentes, estar muy
centrado en el dinero; tres, posee poco sentido de lo que es la relación
conyugal y el tema de la familia; y cuatro, su vida afectiva recuerda a la
de un adolescente, que va y que viene, saliendo y entrando, pero sin mucho
fondo.
EL SÍNDROME DEL PENÚLTIMO TREN
La pleamar del estío y las vacaciones a la vuelta de la
esquina me llevaron a reflexionar sobre una serie de manifestaciones
psicológicas, relativamente frecuentes y que me gustaría tipificar.
El amor es el principal argumento de la vida. Todo se
estructura en torno a él. La riqueza, variedades, matices, planos y
dimensiones nos hablan de un mar sin orillas. Al adentrarnos en su
frondosidad nos abrimos paso entre masas de ideas y pensamientos, buscando
cuáles son sus principales claves, para comprender todo lo que se hospeda
en su interior. Las relaciones entre el hombre y la mujer son cualquier
cosa menos fáciles. Qué fácil es enamorarse y qué difícil mantenerse
enamorado. Y lo es, porque no hay nada tan difícil y complejo como la
convivencia.
Todo arranca de la vivencia del enamoramiento. Hay una
primera etapa, muy interesante psicológicamente, que consiste en dos
experiencias notables: tener hipotecada la cabeza (Don Quijote decía de
Dulcinea: «la dama de mis pensamientos») y querer a alguien con
exclusividad. Donde más se retrata el ser humano es en la elección
amorosa, ya que al preferir a alguien en concreto, se hace una selección
en la que influyen muchos factores: desde el momento y la circunstancia en
que esto se produce, la edad, las condiciones, el modelo de persona que se
anuncia en ese encuentro y lo que Stendhal llamaba la cristalización, la
tendencia a idealizar y a poner en esa persona más ingredientes positivos
de los que realmente tiene.
Gómez de la Serna lo decía en una certera greguería:
«Amor es el deseo de hacer eterno lo pasajero». Dante, en su Vita nuova,
dice que la mujer se convierte en educadora del hombre. Es ella un ideal,
que va desde la belleza a la psicología, pasando por lo que anuncia y lo
que esconde.
Quisiera hacer una observación llegados a este punto.
En el mundo occidental, el hombre se enamora sobre todo por la vista y la
mujer por el oído. Cuando al hombre se le pregunta por ella suele decir:
es guapa, tiene un gran tipo, llama la atención la belleza que tiene. La
mujer tiene una respuesta distinta de él: es inteligente, vale mucho, es
una gran persona. En esas afirmaciones se esconde un subsuelo que explica
lo que antes comentaba.
En el hombre, la belleza de la mujer actúa como un
reclamo; en la mujer, la calidad humana y la belleza interior suelen tener
un tirón más fuerte. Esto es para mí una cierta regla general, aunque,
todo hay que decirlo, los tiempos están cambiando y asistimos ahora a sus
nuevas manifestaciones.
Hay una serie de errores básicos acerca del amor, que
sólo quiero mencionar de pasada y que son muy frecuentes: equivocarse en
las expectativas, divinizar el amor, hacer de la otra persona un absoluto,
pensar que para que una relación funcione es suficiente con estar
enamorado e ignorar que antes o después vendrán crisis a las que habrá que
hacer frente. Estas cinco equivocaciones tienen muchos matices, ángulos y
segmentos que nos llevarían a salirnos del tema.
¿En qué consiste el síndrome del penúltimo tren? Se da
en un 90 por ciento de los casos en el hombre que se mueve aproximadamente
entre los 40 y los 65 años. Él es portador del siguiente discurso hacia su
mujer: «Te quiero mucho, pero no estoy enamorado de ti; vales mucho, pero
yo ya necesito otra cosa, sé que eres buena, pero para mí no eres
divertida; eres buena madre, pero a mí me cansas; no quiero hacerte daño,
pero tengo que ser sincero contigo y decirte que ya no te necesito y me he
dado cuenta de que lo que yo busco es una ventana de aire fresco en mi
vida afectiva... y creo que aún estoy en el mercado».
A veces se añaden otros aditamentos a esta disertación:
«Soy tan auténtico que yo no puedo estar con alguien de quien no esté
enamorado, para mí es un problema de sinceridad, de decir la verdad de lo
que pienso; en los sentimientos no se puede mandar, van y vienen». A esta
alocución pueden añadirse elementos que adornan y enriquecen la oratoria
florentina, que deja en la mujer una reacción de perplejidad, sorpresa,
desconcierto.
¿Qué se esconde debajo de esta disertación, qué hay más
allá de esas palabras medidas y pensadas y alineadas, qué psicología nos
traen, qué significan? Voy a espigar las vertientes que me parecen más
sugerentes del caso:
- Algunos capítulos de textos clásicos sobre el mundo sentimental
hablan de un tema que podría titularse de la siguiente manera: los
afectos desordenados. Hay algunos manuales ya clásicos que merece la
pena dejar sobre la mesa, en donde estas ideas son expuestas, como
Esencia y formas de la simpatía, de Max Scheler, Sobre el amor,
de Stendhal, Amor y enamoramiento, de Francesco Alberoni, El
amor en Occidente, de Rougemont, El amor, de Joseph Pieper,
Los sentimientos, de Maisonneuve, pasando por dos clásicos
españoles: Estudios sobre el amor, de Ortega, y La educación
sentimental, de Julián Marías.
Todos ellos y otros muchos que he dejado en el
tintero ponen de relieve que mantener el amor es una tarea compleja y
que, entre otras cosas, debe evitarse la posibilidad de estar abiertos a
otros vientos exteriores emocionales, porque una vez iniciado ese
derrotero puede ser difícil echar marcha atrás. Esto va en contra de los
aires posmodernos, que han dejado un perdigón permisivo y relativista en
el ala, lo que conduce al «todo vale», «haz lo que quieras», «déjate
llevar de los sentimientos nuevos que brotan en ti» y cosas parecidas.
- Detrás de esa explicación hay un fondo maniqueo y cínico. Lo primero
significa que las cosas son buenas o malas, positivas o negativas y no
hay más; lo cual tiene un equipamiento lógico mínimo, la estructura del
razonamiento salta por sus costuras. Y cínico quiere decir que esa
persona defiende en la práctica y la teoría algo denigrante sin
ocultarse, sin pudor y a la vez intentando dar lecciones de coherencia;
esto es lo notable del cinismo posmoderno, el pretender dar una cierta
clase de ética sin sentir vergüenza de ello.
- Cualquier tentación de separar la forma del contenido conduce al
error, porque la forma es parte del contenido. Aquí se juega con las
palabras, buscadas, medidas y sospechadas, para que den una impresión
bien hilvanada. Cualquier hecho puede ser interpretado de muchas
maneras, pero debe buscarse siempre lo objetivo, la certeza de los
hechos. El portador del penúltimo tren lanza su soflama con la bandera
de la subjetividad, saltando las opiniones desde un punto de vista muy
particular, que hace poco accesible el diálogo.
- Todo esto se da dentro de una sociedad sin vínculos afectivos, en
donde todo es transitorio, efímero, pasajero, con fecha de caducidad.
Cualquier compromiso es vivido como prisión y entonces lo mejor es hacer
cada uno lo que quiera, sin hacer daño físico al otro, ya que el daño
psicológico es tan etéreo que nadie puede valorarlo. El mundo de los
sentimientos está entonces repleto de fragilidad y pronto a romperse,
para volver al individualismo atroz y al hedonismo particular de la urna
de marfil.
- La nueva conquista afectiva debe tener muchos años menos y es
presentada a los demás como un trofeo y un gol por la escuadra en tiempo
de descuento. Se mezcla la crisis de los cincuenta y la cultura light y
el contagio psicológico de piruetas parecidas en personajes que suenan.
Todo eso forma un cóctel que opera dentro de estos individuos.
- Las consideraciones éticas y morales verdaderas han desaparecido y
la pareja es pasto de la llamas. Hay una visión plana de la vida
(natural), pero falla la vertiente sobrenatural. Es más, el sujeto que
tiene este síndrome, defiende que él es auténtico, volviendo otra vez a
la malversación de las palabras, al utilizar una lexicografía que se
vuelve divertida y atroz, de revista del corazón para pasar una tarde
aburrida y llena de sufrimiento.
7. Auténtica es aquella persona que es coherente, es
decir, que hay una buena relación entre la teoría y la práctica en su
forma de funcionar. Que entre lo que piensa y lo que hace hay una
correcta proporción, sin contradicciones. Hay una cierta aspiración a la
excelencia y a lo noble, a aquello que hace digna a la persona, uno es
consecuente, acorde con sus ideas. Auténtico es el hombre verdadero.
8. Yo no creo en el amor eterno, creo en aquel que se
trabaja día a día, como una tarea de orfebrería psicológica. El amor
maduro es alquimia y magia y códigos secretos y complicidad. Química y
hechicería. Física y metafísica. Ciencia y arte. Corazón y cabeza.
Cuando el corazón y la cabeza se contradicen, el ser humano se siente
interiormente desgarrado y termina por ser una especie de veleta
arrastrada por sus deseos.
- En Occidente, la mujer sabe bastante más de los sentimientos que el
hombre, le da ciento y raya por el momento. Un ejemplo de muestra: el
hombre finge amor para encontrar sexo; la mujer finge sexo, para buscar
amor.
- El pronóstico del penúltimo tren no es bueno. Por lo menos, es
reservado. El glosario de argumentos zigzagueantes e inciertos construye
una sinfonía desigual y paradójica. Y no son otra cosa que crisis de la
identidad personal.
El amor verdadero está hilvanado de corazón, cabeza y
cultura; sentimientos, razones y espiritualidad. El pensamiento
coherente robado a la coreografía.
EL SÍNDROME DE AMARO
He escogido este nombre porque coincide bastante con lo
que quiero explicar. El amaro es una planta de la familia de las
labiadas, con muchas ramas, de hojas grandes, recortadas por el margen y
que tienen en su parte más inferior una especie de corazón, con flores
blancas con un friso morado y de un olor nauseabundo. Y ahora viene el
añadido: se usan para curar las úlceras, aplicándolas en pomada.
Me voy a referir aquí a la pasión que despierta hoy la
vida sentimental de los personajes conocidos o que suenan socialmente,
siempre que ésta se haya roto, esté partida, fragmentada, que haya saltado
por los aires y que cada segmento de ella pueda ser visto, analizado,
estudiado y seguido con la minuciosidad de un entomólogo que se ha
especializado en un tipo concreto de insecto.
Voy con la definición: el síndrome de amaro consiste
en la tendencia enfermiza a convertir la vida privada rota en espectáculo
para distraerse o pasar el tiempo o matar los ratos muertos. En
medicina se habla de síndrome como conjunto de síntomas. Es decir, dentro
de él se dan una serie de manifestaciones. Pensemos que se han puesto de
moda en medio mundo las denominadas «revistas del corazón», que no sólo se
ofrecen como magazines, sino también tienen un formato televisivo. Hay que
saber lo que vale un minuto en televisión y darse cuenta de lo que esto
significa.
El amaro como planta tiene unas hojas como labios. Ahí
viene el primer síntoma: ¿sabes quién se acaba de separar?, esa pregunta
produce una reacción inmediata de deseo malsano de saber quién ha roto su
vida conyugal. El concepto de deseo tiene aquí todas sus notas claras,
fuertes y rotundas. Entramos así en una conversación malvada, terrible,
demoledora, que es pasatiempo curioso y relajante, desenfadado, que invita
a hacer una especie de patio de vecindad, en donde salen y se exponen-los
hechos, sus diatribas y añadidos. Esto tiene un efecto cautivante, que
hace que ese grupo de personas centralicen su charla sobre ese
acontecimiento. Unos se ponen a favor, otros en contra y algunos aportan
novedades y matices a lo sucedido. Hay un escarceo entrometido y pertinaz
que conduce a poner al personaje abierto de par en par en la mesa de
disección.
Hay también un nombre que podría encuadrarse bien en
este contexto: neolatría sentimental, que puede ser definida como
idolatría por las novedades afectivas de los personajes conocidos, o
que suenan, o que se han hecho famosos y sobre los que se fija la
atención como distracción, entretenimiento y espacio común en donde es
fácil que todos participen y den su opinión.
El término «idolatría» tiene todo su significado
preciso: se fanatiza el interés por unos sujetos, que son ídolos o puntos
de referencia, aunque sean negativos en su trayectoria, significan un
mecanismo de compensación ante los fracasos personales, que estos
individuos de alguna manera neutralizan, al comparar nuestra vida con la
de ellos. Por eso he insistido al principio en que aunque esa flor huele
mal y produce rechazo, sirve para curar úlceras con su uso tópico.
Lo que en otros es una seria desgracia, a mí me ayuda,
me saca del ostracismo o de la sordidez de mi vida y a la vez, me hace
participar en una especie de familia común, con ese grupo de personas con
las que me identifico o me proyecto o critico o me comparo.
El concierto mediático está en la UVI, en la unidad de
vigilancia intensiva. Se mezclan aquí el principio del placer y el
principio de la realidad, que estudiara con detalle el mismísimo Freud.
Las noticias matrimoniales son partes de guerra. Las bajas están a la
vuelta de la esquina, pero mucho más en los famosos, que al carecer de
formación, sólo tienen fachada, apariencia, externidad. Las bajas en
combate -¡cuantas tragedias hay detrás de ello!- sirven de divertimento a
las tardes largas y huecas de muchos, que matan el tiempo entrando y
saliendo de esas vidas privadas troceadas, en donde la cultura brilla por
su ausencia y todo entra en un cotilleo de verduleras, sorprendente, que
saca del aburrimiento y de la monotonía de días y semanas demasiado
iguales.
Las revistas del corazón son los dibujos animados de
las personas mayores. Llenan vacíos, alimentan con su contenido a gentes
que se relajan de ese modo, viviendo esos conflictos como cambio de tecla
de las preocupaciones persona les. La evasión es otro ingrediente
esencial: uno se escapa de sus problemas y se sumerge en esos otros para
distraerse y no pensar. Igual que la planta del amaro, que es de olor muy
negativo, produce un efecto curativo como pomada en algunas enfermedades
de la piel. Lo que unos viven como tragedia, sirve a otros como alivio,
recreo y olvido transitorio de las dificultades personales.
Se esconde, además, la tendencia a comercializar la
vida privada: la información se convierte en espectáculo y el espectáculo
es información. Escarbar en la intimidad de los famosos, que los convierte
a la vez en víctimas y en modelos de identidad. Hay voyeurismo y
exhibicionismo. El primero, mira de reojo lo que sucede en lo más
privado de esos personajillos; el segundo, abre las puertas de su cuarto
de máquinas y cuenta de forma minuciosa qué ha ido ocurriendo dentro de
ella. Ambos mecanismos se entrelazan.
Los consumidores de revistas del corazón, tanto en
publicaciones escritas como en televisión, quieren cada vez más. Se
rastrea la identidad de unos y otros y el fisgoneo informativo es
galopante. Los que aparecen en ellas buscan el salto a la fama rápido, hay
un ansia de ser célebre y sonar. Me decía una persona que asoma con mucha
frecuencia en esos medios y que llevaba una larga temporada sin aparecer
ahí: «Si al salir de casa me entero de que están hablando de mi vida
íntima, sería para mí un sueño dorado, significaría que vuelvo a estar en
la palestra y mi vida interesa».
Como psiquiatra, pienso que en las grandes ciudades, al
perderse la relación más o menos íntima con los vecinos, estos hechos
sustituyen a una cierta soledad. Esos personajes son los nuevos inquilinos
del barrio. No olvidemos que desde que existe la televisión de 24 horas y
tantísimos canales, es muy difícil sentirse solo.
La vida ajena como sucedáneo de la amistad
Para el público consumidor de todo esto, los personajes
de las revistas son una especie de segunda familia. Se siguen sus
vericuetos y pasos zigzagueantes. Qué ha ocurrido con los hijos cuando el
matrimonio se ha separado, qué han dicho cada uno, cómo se ha vivido la
ruptura, cuál ha sido el principal desencadenante (la infidelidad suele
estar servida con todos sus detalles) y las reacciones y comentarios.
Las revistas del corazón son el mínimo común de la
cultura de masas, ya que todos tienen acceso a él. La gente sueña con las
andanzas de los otros y se convierte en amigo y familiar y conocido. Estas
revistas no te exigen nada, ni te obligan a preguntarte nada. En las
publicaciones escritas el 90% son fotos y sólo un 10% es de texto, lo cual
ya da una idea de lo que es su contenido.
En las que se sirven en televisión, suele haber una
serie de contertulios, maestros en el arte de chismes y cotilleos, que
ofrecen noticias verdaderas, falsas o deformadas, que son trivialidades de
mujeres sin cultura, que hoy han hecho fortuna y enganchan con sus garras
y producen una especie de encantamiento. El aire pesa inmóvil y el
auditorio queda atrapado en unas sutiles redes de afirmaciones y
confirmaciones, trasegando retazos de vidas huecas y sin brújula.
A los que llevan una vida gris, les ayuda a participar
en la vida de «la gente importante» y codearse con ellos. Son sueños y
fantasías que necesitan tener un final triste, para que el formato de
entrega sea completo. ¿Por qué interesa tanto esto, qué carga curiosa
tiene ese hurgar en parejas rotas? Interesa la vida afectiva ajena siempre
que exista ruptura, desunión, escándalo.
¿Por qué tiene que ser de ese modo? Interesa lo
morboso, arrastra, empuja a una curiosidad dañina, que tira de nosotros y
nos traslada a una escena romántica con todos sus ingredientes. Vida
sentimental expuesta con amplitud, rotura de sus hilos principales y drama
con todos sus ingredientes.
Muchas cosas de la vida se mueven como un juego de
contrastes. Para ver las cosas claras es menester haberlas visto antes muy
oscuras. Sólo apreciamos la salud después de una enfermedad. La felicidad
es mayor después de una prueba dolorosa y humillante que ha sido superada.
El amor que se ha roto llegó con ceguedad y se fue dejando lucidez.
Los consumidores de este género disfrutan con las
historias que se cuentan y es fácil verse cogido en ellas. ¿Por qué? Hay
un fenómeno contagioso, que conduce a influir en la forma de pensar de la
gente del pueblo, que va aceptando gradualmente los cambios en los modos
de pensar y de vivir los sentimientos. Esto me parece de una importancia
evidente. En una sociedad que lee poco, por falta de hábito y por la
explosión de televisión, vídeos y cine, ello comporta un influjo enorme de
esos programas y magazines.
La prensa del corazón es una subcultura a base del
striptease sentimental de los famosos. No llega a cultura porque no
enriquece, ni hace mejor al que se adentra por esos bosques, ni le lleva a
madurar más, sino que deja una secuela agridulce, que se diluye hasta la
siguiente noticia... produciéndose de ese modo una necesidad de sorpresas
permanentes, una montaña rusa que va idolatrando esos sucesos inéditos
sobre quién ha sido el último en romper su vida conyugal: hay en esa
pasión sorpresa y frases que se hacen coloquiales: «qué me estas diciendo,
quién podía imaginarlo, parecían un matrimonio bastante unido, ya se
comentó hace tiempo, ella no le aguantaba a él, se veía venir, a mí él
nunca me gustó» y un largo etcétera lleno de frases estelares.
Idolatría neurótica y enfermiza por conocer los trozos
rotos y sus porqués de las vidas sentimentales que han saltado por los
aires. Hay detrás de ello cansancio del propio horizonte, la necesidad de
satisfacer unos ratos viendo todo eso para neutralizar la vida personal
más o menos anodina o también, contrapesar y nivelar las desgracias de uno
con esos dibujos desdibujados.
¿Qué significan las revistas del corazón?
Cada uno es buscador de respuestas convincentes a los
grandes interrogantes. Una de las metas más importantes de la vida es
llegar uno a entenderse a sí mismo en el anchuroso mar de los
sentimientos. Cartografía afectiva esencial. Mapa del mundo personal que
busca los mejores itinerarios para acceder a la piedra filosofal de este
concepto. Mapamundi y manual de supervivencia. Aprendizaje de caminos y
quebradas que hay que sortear para alcanzar la meta propuesta.
Las revistas del corazón nos ponen cada semana (las
escritas) o cada día (en la televisión y en la radio) al corriente de lo
último. La vida privada puesta sobre el tapete y analizada
milimétricamente. Sus usuarios reclaman más noticias, aclaraciones,
matices, antecedentes y consecuentes de la ruptura que en ese momento está
en el candelero, mensajes, avisos, advertencias y por supuesto, fotos. Es
como una avidez tonta y epidérmica que no es fácil parar y que produce una
dependencia como en las drogas. Es irracional si se mira con una lógica
estricta, pero parece que es como un bebedizo, un licor engañoso que
calienta la boca y le deja a uno anestesiado al traer estas aventurillas a
la mente, transitando por ella como un viento de verano que mueve las
hojas de nuestro calendario personal.
¿Por qué esta fiebre de conocer los mundos
sentimentales partidos de cuajo y troceados en forma de tragedia de usar y
tirar? El fenómeno es complejo y ofrece muchas vertientes. Voy a ir
penetrando en su frondosidad, buscando los motivos que justifican esta
onda expansiva, que constituye un entretenimiento social que ha ido
coleccionándose en forma de epidemia.
Socialización de las rupturas conyugales y pasión por
conocerlas y distraerse con ellas. Así de simple y de terrible. Las
desgracias de otros sirven de comidilla a unos que no tienen otras cosas
en las que pensar o que teniéndolas, éstas producen un tono liviano,
ingrávido, voluble, trivial, intrascendente, que invita a entronizar la
superficialidad.
El ser humano tiene dos segmentos personales: uno
público y otro, privado. El primero puede verse desde fuera y ofrece todo
tipo de interpretaciones. Pero los hechos están patentes. El segundo, es
interior y remite a un estudio subterráneo, que requiere sacar a la
superficie lo que ocurre dentro. Las vertientes pública y privada tienen
una estrecha relación. Aquí la faceta pública es sometida a inspección y
los llamados asesores de imagen venden y compran sus contenidos.
En algunas de las entrevistas que allí aparecen, esos
personajes abren las puertas de su casa. Uno puede ver cómo es ésta, la
decoración, cómo vive y qué cuenta de su vida privada, afectiva. Hay en
todo eso un mecanismo de proyección por parte de los que las leen. Unos
entran en esa casa de ese único modo, ya que por otro conducto sería
inviable. Otros ven la decoración, el gusto concreto de esas personas y
cómo aparecen vestidas. Hay toda una puesta en escena.
Todo ese lujo que suele verse, se compensa muy bien con
la vida rota. Es un doble juego: apariencia e intimidad, lujo y ruptura,
dinero y dificultad para tener una familia estable. Ida y vuelta. Esto y
casi lo contrario. Mezclado según el arte de cada revista.
Son personajes de actualidad. Que durante un cierto
tiempo suenan y su vida desplaza a otras que han ido perdiendo vigencia,
porque con el paso del tiempo hay que renovar el cartel de las nuevas
rupturas y uniones, para que a los consumidores no les falte esa
distracción. La vida humana sigue siendo la gran cuestión. Y los modos de
vivir y las razones para hacerlo de un modo y no de otro. Así sabemos qué
hacen ellos con su vida y la comparamos con la nuestra. Nos vemos en el
espejo de los demás. Análisis comparativo. Función de cotejar travesías e
historias personales.
Como los que en ellas aparecen son de niveles
socioeconómicos altos, uno se mezcla con ellos, se codea y llegan a ser
cercanos, familiares, teniendo uno la sensación de que forman parte del
entorno propio. La nota de disfrute o goce o distracción o pasatiempo no
es baladí, no debe menospreciarse. Se comprueba que «los ricos también
lloran» y que tienen las mismas dificultades, fracasos, tristezas y
reveses que cualquier ser humano.
Psicología y psicopatología de las revistas del corazón
Llegados a este momento de nuestro recorrido y
análisis, estamos ya en condiciones de ir dando unas pinceladas para
destacar los principales aspectos de todo esto. Y quiero hacerlo
subrayando una serie de puntos:
1. No es lo mismo las revistas del corazón
propiamente dichas, que las que utilizan la televisión y, en menor
medida de importancia, la radio. Las primeras tienen más vigencia y se
alargan en el tiempo: durante una o dos semanas son leídas en
peluquerías, salas de espera y lugares más o menos sabidos en donde
son un medio socorrido para pasar el tiempo. Se pueden coleccionar y
ser leídas sin la actualidad del momento. Por ello su tiempo de
exposición es mucho mayor y uno puede detenerse en las fotos o en el
pequeño texto con más parsimonia. En cambio, en la televisión el
primer impacto es mayor, aunque también más pasajero. Ya en la radio,
e) tema baja unos enteros en cantidad y calidad, aunque se saborean
las noticias de otro modo.
El creciente ascenso de la vulgaridad en la
televisión ha producido un vértigo flaubertiano de una ordinariez
chillona, complaciente, hortera y aldeana. Sus consecuencias no se han
hecho esperar: mucha gente imitando modelos rotos y sin mensaje. Se ha
rehabilitado lo chabacano, admitiendo la turbia seducción agreste y
zafia. Se trata, además, de encontrar nuevas fuentes de sorpresa, en
las que el telespectador queda presa de un asombro, de un atrevimiento
soez que va alcanzando cotas de ordinariez chapucera que no tienen
fin. Atrae y produce rechazo. Esa es la paradoja. Casi todos lo
critican y es mayoría la que lo ve y lo comenta.
Una sociedad que exalta unos modelos, que a su vez
derriba. Endiosa y desprecia. Vuelve la paradoja de unos tiempos en
donde los modos de vida fragmentados tienen tirón y sirven de esquema
y a la vez, compensan las frustraciones de muchos.
2. Hay en esa actividad evasión y deseos de pasar
el rato. Para los que no tienen mucho que hacer o carecen de
inquietudes culturales, las revistas sirven para tener temas de
conversación y «estar al día de lo que está pasando». Uno puede huir
de su vida adentrándose en otra, siempre que esta no sea redonda,
exitosa, bien configurada y con un fondo ejemplar. Huida de uno mismo,
aunque sea momentánea. Se fuga uno de sus problemas y frustraciones:
se escapa y zambulle en otra realidad y se ausenta con estas
curiosidades frívolas de su hoy y ahora.
3. Este modo de escapar traduce un cierto vacío de
intereses sólidos. Zafarse de los avatares cotidianos y eludir la
cultura porque tiene una entrada espesa, áspera, costosa, para la que
no se está entrenado. La posibilidad de cultivar alguna afición más
creativa no suele ser fácil en estos sujetos, en su gran mayoría
mujeres, y, aunque sea de refilón, lo que allí se dice y comenta se
cuela en su interior y va creando un estilo, aunque se niegue su
influencia y se le quite importancia a su consumo.
4. La televisión se ha vuelto un medio bastante
desprestigiado y, aunque siga mirándose, le interesa lo que gane
audiencia: los dramas de las guerras expuestos con un realismo enorme
y, en el otro extremo, el divertimento de las relaciones sentimentales
rotas y rehechas y vueltas a rehacer. Esa es otra observación del
neuroticismo de los medios o de la pleitesía de ganar audiencia a
costa de lo que sea. Del drama a la frívolo. Se necesitan cosas
fuertes y es bueno empezar un telediario con escenas de guerra a lo
vivo y terminar con alguna historieta del corazón para desengrasar.
5. El deseo morboso más o menos difuso de ver y oír
la parcela más triste y negativa de la vida, es lo que se esconde
detrás de este comportamiento. Es una especie de regusto no confesable
al contemplar las desgracias ajenas. Eso va a ser fuente de comentario
de cómo está la sociedad o de lo que está pasando en la actualidad,
sin darnos cuenta de que se trata de un grupúsculo pequeño, que sirve
de vehículo de comunicación y a veces de enriquecimiento económico
personal. Poliedro de hechos e intenciones.
Las conversaciones sobre todo esto dan lugar a
versiones y relatos, que se alinean y arremolinan en torno a estas
vidas. La información genera más noticias y se produce un círculo
vicioso cada vez más cutre, chato y pobretón. Se borran las distancias
y las jerarquías en este patio de vecindad común en donde todo se sabe
y se comenta. Se ve la vida ajena y se pone enfrente de la propia, por
eso es importante que los personajes estén rotos.
- Asistimos así a lo que yo denominaría un romanticismo light, aunque
con ribetes muy distintos de lo que sucedió durante el siglo XIX.
Interesa todo lo sentimental, pero desgraciado, convertido en tragedia,
que no ha podido funcionar bien. Se abre la compuerta de los afectos
pero de un modo errático: parejas de hecho cambiantes, relaciones
epidérmicas prontas a truncarse, relaciones sucesivas como estrellas
fugaces, conocimientos sexuales antes que personales, manifestaciones
sentimentales que dejan poca huella porque nacen heridas o con poca
base.
Lo he dicho en otros momentos, se ha ido instalando
en nuestro medio una socialización de la inmadurez, que está de moda,
llegando a resultar sospechoso que una pareja se mantenga unida por
muchos años, ya que lo normal va siendo una cierta sucesión de
rupturas, en donde los hijos van asumiendo ese trasiego generalizado
de idas y venidas. Son relaciones amorosas frágiles, en personas que
lo tienen casi todo para ser felices y sin embargo no lo son. Su
fuerza es su tragedia.
Son muchos los matices que asoman en todo este
proceso. Pero el amor se ha convertido en la ilusión máxima. Funcione
o no funcione. Es como una aspiración que ilumina el panorama personal
y que en la inmadurez afectiva reinante, es el sueño casi imposible de
conseguir. Una sociedad que busca el bienestar, la comodidad y el
nivel de vida como exponentes primordiales y a la vez, flota en el
ambiente esa especie de idolatría afectiva rota. El amor desgraciado
interesa y subyuga.
LOS DESEOS SEXUALES DESORIENTADOS
PORNOGRAFÍA
En una sociedad del deseo sin amor, la pornografía se
ha convertido en un sucedáneo de ese mismo amor para muchas personas.
Vivimos en un entorno erotizado en el que la oferta de material de consumo
sexual es uno de los negocios más lucrativos. Hay de todo, dirigido
principalmente al hombre, aunque también se busca abrir un segmento de
mercado dirigido a la mujer, hasta el momento menos receptiva a este tipo
de cosas.
Los «clubes» y prostíbulos se multiplican, al igual que
la prostitución callejera; hay cada vez más locales destinados a la venta
de artículos eróticos, así como bares que completan su oferta de bebidas
con espectáculos subidos de tono; los quioscos y ciertas tiendas
despliegan una panoplia abrumadora de revistas y películas que tratan todo
tipo de facetas de la sexualidad humana, desde las más normales hasta las
aberrantes; proliferan los números de teléfono con contenido erótico y las
nuevas tecnologías no se quedan atrás, pues Internet es hoy, en gran
medida, un inmenso mercado de la pornografía.
Es el buque insignia de una sociedad hedonista que, no
sólo en el aspecto sexual, ofrece a los consumidores todo tipo de
propuestas para olvidar los problemas duraste un rato. Es bueno
divertirse. El fallo está en que esta inmensa batería de diversiones se
centra en la satisfacción inmediata de las pasiones, de los impulsos
elementales, exacerbando a menudo los fantasmas y perversiones de la
mente, y olvidando todo contenido más allá de la diversión en estado puro.
Diversión es distracción, es decir, quedar fuera de la
realidad, engañarse a uno mismo. En esto la pornografía es maestra, pues
ofrece una imagen de la sexualidad totalmente fantástica e irreal, a
menudo delirante y hasta absurda. Sin embargo, es fácil de consumir: no
exige reflexión ni pensamiento. También produce una fácil adicción, y cada
vez más personas acaban enganchadas a ella, atrapadas por una obsesión
sexual muy perniciosa, que deja sus vidas sin contenido y las entrega a un
tipo de hedonismo particularmente agotador. Con incapacidad para descubrir
la sexualidad conectada a un amor comprometido, duradero y maduro.
Todo esto es fruto no sólo de la permisividad
característica de la sociedad de consumo, sino también de la evolución
equivocada del concepto de amor (y sexo) que definimos en un epígrafe
anterior. Es la sociedad del «todo vale», ese confuso concepto de libertad
que se basa en actuar de modo irracional, sin pararse a pensar en las
consecuencias y sin tener en cuenta ni a uno mismo ni a los demás,
pensando sólo en la satisfacción rápida de los deseos. Ya hemos comentado
en otro lugar que nada hay más lejano a la libertad que esto, pues la
persona que vive atrapada en este laberinto no es libre en absoluto.
El hombre prisionero en las redes de la pornografía
(recordemos: una faceta característica del hedonismo moderno, aunque no la
única) es infeliz y sufre. Vive como un adicto, sabedor de su problema,
pero no sabe cómo superarlo y si es bueno que lo consiga, y cuando por fin
descubre la realidad, sus intentos de liberación chocan con un «síndrome
de abstinencia» que adopta la forma de todo tipo de trastornos,
principalmente de carácter neurótico.
La oferta pornográfica es enorme, pero hay un tipo de
producto especialmente destacable y que revela como ningún otro la
verdadera esencia de la pornografía en nuestra cultura actual. Se trata
del teléfono erótico. Hablaremos extensamente de él en un próximo
apartado, pero queremos adelantar algunos puntos. Es un logro de los
expertos de la mercadotecnia sexual. El teléfono erótico es anónimo,
prefabricado, inmediato y a la carta. Se marca un número y una voz
sugerente cuenta una historia erótica que, a través del oído, estimula la
imaginación del oyente. La satisfacción sexual es relativamente rápida y,
sobre todo, descomprometida. Al acabar, la persona se siente mal y vacía,
incluso culpable, pero pronto se recuperará y, presa de la adicción,
volverá a marcar un número de teléfono.
Se entra a través del teléfono erótico, como a través
de cualquier otra forma de pornografía, en un ciclo neurótico de
impulso-satisfacción rápida del deseo-malestar-nuevo impulso, que lleva a
un muy notable estado de infelicidad, aburrimiento y vacío interior.
El verdadero amor, incluso la verdadera sexualidad, es
algo muy diferente de todo esto. El amor abarca todos los sentidos,
precisa del contacto no sólo físico, sino mental y espiritual, y requiere
esfuerzo, inteligencia, voluntad y deseo: el deseo de conocer la
interioridad del otro.
Una cultura centrada en el cuerpo
Lo hemos apuntado ya y podemos verlo cada día: en la
sociedad moderna el cuerpo (y todo lo relacionado con él) ha cobrado una
importancia enorme, desproporcionada. Esto ha producido desde trastornos
como la anorexia nerviosa hasta la obsesión por la cirugía plástica. Se ha
producido una socialización positiva de la imagen física y se trata de
conseguir la mejoría de ésta por el medio que sea, incluidas las
intervenciones quirúrgicas. Las dietas para adelgazar son otro fenómeno
moderno, pletórico de engaños y fraudes, origen de diversas enfermedades,
y paradójico en un mundo en el que buena parte de la población se muere de
hambre.
Vivimos en la era de la imagen. El cuerpo es exaltado
al máximo. Se considera algo positivo, fruto de la denominada revolución
sexual iniciada en los años sesenta, y que consistió en romper todas las
ataduras sexuales existentes, unas provenientes de la sociedad y otras de
la moral clásica. Se llegó así a una sexualidad desaforada y salvaje,
basada sólo en la diversión, sin trabas ni ataduras ni compromiso. No
había normas ni puntos de referencia. El fondo hedonista tuvo una enorme
influencia, pues sólo se buscaba el placer sexual, sin amor auténtico.
Había que disfrutar del cuerpo propio con otro ajeno, buscar experiencias
apasionantes, nuevas, sin barreras.
Así, durante la segunda mitad del siglo XX la
sexualidad se convirtió en una especie de religión. Pero, paradójicamente,
era a la vez una cosa banal. El sexo, de usar y tirar, se había convertido
también en el primer objetivo de la vida, junto al dinero, y uno y otro
envueltos por la aureola del bienestar.
Posteriormente se empezó a establecer una diferencia
entre erotismo y pornografía. La primera es más indirecta,
la segunda ofrece su reclamo sexual de modo directo, claro y fuerte. En
el erotismo el sexo se camufla y se disfraza bajo una apariencia
artística, folclórica o cultural: hay un cierto tono humano desdibujado.
La pornografía ofrece sexo explícito, sin el menor
contenido más allá de lo genital. La comercialización de los diferentes
productos pornográficos (películas, revistas, teléfonos eróticos, etc.)
lleva implícitos en su interior ingredientes de violencia, de ataque a la
intimidad de otras personas que van a ser vistas sólo como objetos de
placer.
La pornografía es perniciosa, pues deshumaniza y
transmite una enseñanza negativa. Los niños y los adolescentes son
particularmente vulnerables a ella. No olvidemos que la pornografía
pervierte las relaciones humanas, destruye la parte afectiva y la
entrega que debe haber en el acto sexual como parte de la relación de
pareja. El efecto nocivo de la pornografía ha sido muy estudiado por los
psiquiatras, tanto a nivel individual como social. Es como una droga,
produce obsesión. De hecho es una adicción que impide al afectado vivir
más allá de las exigencias impulsivas del cuerpo.
En un momento dado ya no se distingue la fantasía de la
realidad. Además se produce un cierto fenómeno de tolerancia, por lo que
se necesita una «dosis» cada vez mayor. Esas personas no tienen problemas:
la oferta pornográfica es abrumadora y no hay perversión, por aberrante
que sea, que no esté sobradamente documentada y comercializada. Es una
nueva libertad a la inversa. La esclavitud parece libertad. Las paradojas
se suceden y es menester aplicar la pupila crítica para diseccionar los
planos, pues uno puede perderse fácilmente, porque el sexo a todos nos
empuja y nos atrae.
La pornografía hace que se pierda el respeto por la
intimidad del otro, que se convierte en un artículo de consumo, de uso
fácil y descomprometido. Es un producto que entierra el sentido moral
de los actos humanos y reduce la sensibilidad en el trato personal. Los
sentimientos y la dignidad pasan a un segundo plano, o incluso desaparecen
por completo.
La pornografía es un grave obstáculo para el desarrollo
personal. En el niño y el adolescente, altera la personalidad; en el
adulto, interfiere en su relación de pareja y puede llegar a destruir su
proyecto familiar. Se produce un deseo descontrolado de sexo, pero no como
expresión de un amor maduro y compartido, sino como una pasión enfermiza y
cada vez más incontrolable. Es un fenómeno privado, que afecta sobre todo
a los hombres, pero actúa a nivel social y termina contaminando todo el
entorno personal del protagonista.
Resulta curioso que en una sociedad de hedonismo tan
feroz, que fomenta el culto al cuerpo y donde la pornografía se ofrece en
todas partes (librerías, quioscos, Internet, televisión), la adicción a
esta nueva droga sea, sin embargo, algo mal visto socialmente. Siempre que
se convierte en adicción, es absolutamente privada, pues el que la tiene,
queda mal parado en su imagen si la comenta.
Puede ser un resquicio de antiguas censuras o un
ejemplo más de la moralina superficial que ha sustituido a los verdaderos
valores: no importa que uno consuma pornografía, mientras lo haga en la
intimidad. En efecto, nadie o casi nadie presume de ser adicto a la
pornografía, y esta especie de represión social hace que, por si fuera
poco, el problema se agrave con sentimientos de culpa. El afectado no
comparte sus sentimientos, por lo que la «cura» es más difícil, ya que ni
siquiera se reconoce el trastorno.
La marea negra de la pornografía
En la sociedad de consumo cualquier objeto puede
comprarse y venderse. Sólo hay que estar dispuesto a pagar el precio. En
cualquier periódico podemos ver una amplia zona dedicada a anuncios de
contactos sexuales. Bajo nombres como masajes, relax, saunas o teléfonos
eróticos (pornofonía), lo que se ofrece es lisa y llanamente prostitución.
En las calles de la ciudad, en los clubes de alterne y en ciertos locales,
las mujeres (la prostitución es abrumadoramente femenina, aunque hay un
porcentaje de hombres) son ofrecidas como una mercancía.
Hay un escaparate -una multitud de ellos- en el que se
ofrece sexo sin compromiso a cambio de un precio. Todas las desviaciones
sexuales se ponen a la venta en un espectáculo de explotación y
degradación. La mujer-objeto se convierte en producto mercantil para que
un hombre deshumanizado se divierta sin obstáculos.
Los problemas derivados del auge de la prostitución son
enormes, y van en auge. No se trata sólo de problemas personales, sino de
verdaderas catástrofes sociales. Mujeres forzadas a prostituirse,
esclavitud sexual y, lo peor de todo, la prostitución infantil, que se
centra sobre todo en países como Tailandia. En un rizar el rizo del
mercantilismo sexual, se ha creado el término «turismo sexual»: se ofrece
un viaje a un destino exótico en el que el entretenimiento sexual, del
tipo que sea, está asegurado, va incluido en el paquete que adquiere el
cliente.
Es terrible el drama de los miles y miles,
probablemente millones de personas que en todo el mundo se ven obligadas a
prostituirse, bien forzadas por mafias, bien empujadas por la miseria.
Pero no es menos dura la situación de los consumidores de prostitución,
seres carentes de humanidad que han descendido al escalón más bajo de su
trayectoria, perdidos en la búsqueda de excitaciones físicas discontinuas,
que calman la sed de sexo hasta el siguiente consumo.
La sexualidad es el medio natural para expresar un amor
comprometido. Debe servir a un propósito: el encuentro con la persona
amada. En la pornografía el sexo se mercantiliza y, por tanto, se degrada.
La pornografía es hoy una poderosa industria, que tiene en la venta de
sexo su principal activo.
La adición al sexo es considerada hoy día como un grave
problema psicológico de tipo obsesivo. La pornografía fomenta un tipo de
conductas patológicas y es fuente de muchos trastornos que no esconden
sino un serio desajuste de la personalidad. Puede ser raíz y/o
consecuencia de un trastorno de la personalidad.
Es necesario estar alerta, pues la pornografía es hoy
absolutamente accesible. No hace falta ir a locales especializados: la
televisión e Internet nos ofrecen una catarata de escenas pornográficas
que, en la misma intimidad del hogar, están al alcance incluso de los
niños pequeños. El sexo excita la curiosidad infantil, produce sorpresa y
tiene un componente de misterio que siempre resulta atractivo. Es
responsabilidad de los padres estar alerta y prevenir males mayores, pues
educar es una de las funciones más importantes que desempeñan los
progenitores. Educar es seducir con lo valioso, no lo olvidemos, y el eje
básico de la educación se encuentra en el entorno familiar.
Esto incluye la educación sexual: los padres deben
orientar a sus hijos, desde la infancia, para que sepan asumir la
sexualidad como algo natural, hermoso y sin aberraciones. Es una parte más
del amor, el choq5e íntimo entre dos personas que se quieren. No es el
culmen de la vida ni el objetivo único: sólo una faceta más que debe
asimilarse con inteligencia y naturalidad.
El teléfono erótico
Aunque la oferta pornográfica es muy variada y se apoya
en todos los medios posibles, voy a hacer hincapié en uno que se viene
imponiendo con fuerza creciente en los últimos años y que resulta
especialmente dañino, por sus particulares características.
Simplemente haciendo una llamada telefónica se accede a
una cinta grabada (a veces a una locutora real) que cuenta una historia
tórrida, cargada de sexualidad vacía. Es una forma de pornografía auditiva
que desvela en toda su crudeza la esencia del mundo consumista moderno. Es
un fenómeno poliédrico, con muchos ángulos psicológicos.
Tenemos, ante todo, el anonimato de ambas partes, lo
cual anula todo compromiso o valor moral. La relación que se produce está
vacía de sentido, incluso si el interlocutor es humano, y no un sonido
previamente grabado. El profesional interpreta un papel teatral a cambio
de dinero. No hay verdadero diálogo. Por supuesto, la situación llega al
culmen de la deshumanización cuando la llamada se hace a un operador
automatizado: ni siquiera se busca el mínimo calor que pueda haber en una
voz real, por más que esté interpretando; sólo se desea escuchar un relato
erótico y acabar cuanto antes. Se evita el contacto y la aproximación, el
mirarse a la cara, descubrir la naturaleza del otro. Nada de eso tiene
importancia.
El teléfono erótico es un elemento más en la estrategia
que va creando una potente idolatría del sexo. Es el sexo como valor
supremo -ya lo hemos indicado-,tal y como viene proponiéndose desde la
década de 1960. Se busca en la actividad exclusivamente biológica una vía
de escape a la rutina diaria, al aburrimiento, a las frustraciones... Por
supuesto, se fracasa en el empeño. En primer lugar, porque el producto que
se ofrece no es satisfactorio (si lo fuera, se acabaría rápidamente el
negocio); y en segundo lugar, y por encima de todo, porque el espíritu se
resiente de este comercio absurdo y deshumanizador. La persona enganchada
a esta adicción, en su búsqueda de una vía de escape, sólo encuentra
nuevos y mayores sufrimientos.
La verdadera felicidad radica en tener aspiraciones
superiores y un proyecto de vida. La pornografía, sobre todo el teléfono
erótico, no ofrece nada de esto. Todo lo contrario, lleva al hombre por la
vía más alejada de la verdadera realización. La persona madura vuela alto;
el adicto a la pornografía, que sólo busca pasar el rato, distraerse,
olvidarse de sí mismo, apenas se arrastra por el suelo.
El problema se agrava si, además, comienzan a
producirse comportamientos patológicos, lo que es muy frecuente.
Obsesiones y neurosis son frecuentes en los adictos a la pornografía. En
los casos más graves se llega a situaciones extremas, como el maltrato
familiar o la violación. Se pasa así al estadio máximo de la degradación,
con consecuencias penales incluidas. En el fondo de todo, el fracaso de
una vida, un ser que se convierte en un animal erótico, que sólo piensa en
la sexualidad y no conoce nada más.
Es difícil salir de este torbellino una vez que se ha
entrado en él, pero se puede. Requiere voluntad y esfuerzo. Veamos al
menos un lado positivo: el que sabe reconocer sus errores puede
corregirlos y escapar de ellos. Si una sola persona consigue liberarse del
descontrol de los propios deseos, habrá dado un paso importante hacia
delante; y dispondrá de la capacidad para rehacer su proyecto de vida.
Nunca es demasiado tarde.
LA MASTURBACIÓN
El origen de la palabra procede del latín mas:
órgano sexual masculino, y turbatio: excitación, y según otros de
manu y strupatio: seducción por la mano. Excitación manual
del sexo. Inicialmente se la llamó en la Biblia onanismo, en referencia a
Onán (Génesis, 38,1). La masturbación es un fenómeno asociado a la
pornografía, aunque puede ir separado de ella. Su uso aparece por primera
vez, con este nombre, en el año 40 a. C., utilizado por Marcial, poeta
hispano-romano nacido en Aragón.
En cualquier caso ese esperma no es utilizado para la
fecundación, por eso con frecuencia se emplean casi simultáneamente los
términos masturbación y coito interrumpido. Más recientemente la ganado
puntos la expresión autoerotismo. La fantasía proporciona imágenes. La
vista se sirve de la pornografía. La realidad contempla escenas de
desnudos que actúan, unas y otras, como desencadenantes. Sexualidad
fantaseada. Se prescinde del otro y se evita la relación humana, con sus
limitaciones y conflictos.
Es la búsqueda del orgasmo por el orgasmo, por el mero
placer, al margen del amor sexuado y compartido. Se busca una satisfacción
rápida, inmediata, sin contenido afectivo alguno. La imaginación toma el
mando, recurriendo a contenidos presentes que son visualizados, o pasados,
que están archivados y la mente los actualiza, sirviendo de excitante.
La masturbación del hombre es muy diferente de la de la
mujer, aunque, igual que en ella y sin adentrarnos de momento en otras
posibilidades, supone una forma de placer sexual solitario, que se
consigue sin el concurso de otra persona. En el hombre la excitación
necesaria se alcanza por medio de diferentes estímulos: a través del
tacto, la vista o la imaginación.
El deseo masculino de masturbación es más apremiante
que en la mujer, más impulsivo y rápido, y en esto se diferenciará de ella
toda la vida, ya que la sexualidad masculina presenta rasgos de mayor
inmediatez en todas sus etapas. Por este motivo, la pornografía hace presa
más fácil en el hombre que en la mujer: está hecha a la medida de sus
inclinaciones instintivas.
La masturbación aparece en las fases tempranas de la
sexualidad masculina, como una forma de autoerotismo con carácter de fase,
que se da en casi todos los hombres. Hemos dicho que la masturbación es la
sexualidad en la que sólo participa uno mismo, aunque es una definición
incompleta, ya que en realidad es posible masturbar a otra persona o ser
masturbado por ella. De hecho, en muchas ocasiones el hombre descubre la
masturbación en un ambiente de juegos con sus amigos de la infancia o de
la pubertad. Otras veces es un hallazgo solitario, resultado de la
autoexploración típica de la pubertad.
En cualquier caso, muchos hombres se sienten
avergonzados o culpables, particularmente cuando empiezan a descubrir su
sexualidad, a menudo porque esta práctica les genera dudas sobre su
condición sexual. Sin embargo, la masturbación en las fases finales de la
infancia, junto a los amigos, no es indicativo de homosexualidad, sino una
conducta de imitación e integración en el grupo, que se supera al cabo de
un tiempo. Tiene escaso valor psicológico y son los padres los primeros
que deben ayudar a sus hijos en esa etapa, desdramatizando y, a la vez,
explicándoles que en esos momentos la sexualidad está muy viva y es fácil
que se dispare.
Aunque la sexualidad acompaña al ser humano desde su
nacimiento, es en el momento de la pubertad -hacia los doce años, en los
momentos previos a la adolescencia- cuando se pone en marcha el proceso de
maduración. Es una época de descubrimientos en la que, si todo se
desarrolla con normalidad, el hombre llega a su plenitud física y
reproductiva. Superada esa fase de «juegos» y exploración del propio
cuerpo en la pubertad, comenzará a sentirse atraído por personas de sexo
contrario.
En este periodo la masturbación ocasional es algo
normal, y la preocupación sólo debe surgir si se dan conductas patológicas
o anormales. Al principio de la niñez y luego en la pubertad, la
sexualidad es polivalente y está desparramada por toda la geografía
corporal. Ya en la adolescencia se concentra en los órganos genitales,
adquiriendo éstos la representación de su yo. Ahí comienza la fase
onanista.
La fuerza de la libido pide paso y con el
descubrimiento de uno mismo y la afirmación de la propia forma de ser, se
entra a su vez en una fase de un narcisismo natural; en esos momentos es
cuando empieza a fraguarse su orientación sexual, en una línea divisoria
sinuosa que puede dirigirse hacia lo que es natural, la heterosexualidad,
o escoger el camino contrario, el de la homosexualidad.
En el ecuador de la adolescencia la tarea educativa es
primordial: la ausencia del padre tiene aquí efectos muy nocivos, pues el
adolescente no encuentra la figura de un adulto sano que le enseñe
cuestiones básicas sobre su cuerpo, y en consecuencia se ve perdido, solo,
aproximándose a su cuerpo y a su psicología, que bullen y saltan y se
expanden, sin un maestro o un profesor o un compañero positivo.
El adolescente acaricia sus genitales y descubre sus
cambios y asiste a ellos. Para Freud el placer sexual era lo máximo, pero
dijo que la masturbación crónica solía conducir a las llamadas neurosis
actuales. Pero hay muchos placeres en la vida, que se van descubriendo con
el paso del tiempo. El niño disfruta moviéndose, viendo hasta dónde es
capaz de llegar con su cuerpo, y ese lujo de movimientos es un conjunto de
experiencias que el niño explora, saborea y con el paso de los meses y los
años, selecciona y fija. El impulso a la actividad tiene una enorme
fuerza.
La tendencia a chuparse el dedo pulgar está de algún
modo en esta dirección, aunque las mucosas bucales tienen una sensibilidad
especialmente rica y en el niño de meses o pocos años son decisivas. En el
adulto sucede lo contrario, va asomando el impulso a una cierta pasividad
(que es una mezcla de paz y serenidad).
Uno de los problemas es que la masturbación se
convierta en un hábito, que puede llegar a alcanzar niveles de adicción
cuando el joven es incapaz de dominar su impulso autoerótico. En algunos
casos se puede hablar de verdadera compulsión masturbatoria. Asimismo, la
masturbación masculina varía de contenido según la edad: en los púberes
puedo considerarse algo normal; en la adolescencia también es frecuente,
aunque debe ser controlada; a partir de los veinticinco años, ya en plena
edad adulta, la masturbación es un síntoma de inmadurez que se agrava a
medida que la persona crece.
El adolescente se encuentra en proceso de formación,
está descubriendo cosas y aprende poco a poco. Es el momento de recibir
una educación sexual apropiada, que encauce sus impulsos y le convierta en
una persona plena. Sin embargo, el adulto que sigue masturbándose
demuestra escasa fuerza de voluntad y nulo control sobre sus deseos, y las
consecuencias psicológicas pueden llegar a ser graves, ya que esa persona
no dirige su vida, sino que se encuentra bajo el dominio de sus pasiones,
que en este terreno pueden llegar a ser difíciles de dominar.
Serio problema cuando se ha convertido en un hábito, en
algo crónico, rutinario, en práctica frecuente a veces como mecanismo de
compensación ante frustraciones, dificultades o vivencias negativas. Es un
recurso rápido, como un capricho, que deja una secuela agridulce.
No se trata de pensar, como antaño se creía, que la
masturbación es fuente de todo tipo de males (acné, calvicie, escoliosis o
epilepsia, por ejemplo), pero lo cierto es que se trata de un síntoma muy
negativo de falta de plenitud, revelador de carencias internas que impiden
a la persona realizarse por completo. Y no sólo es esto: hay toda una
patología de tipo psicológico asociada a la masturbación adulta, sobre
todo sentimientos de culpa e inferioridad.
En lo que se refiere a la educación del deseo, el
control del impulso masturbatorio es fundamental. Masturbarse sin control
supone una entrega a todos los aspectos negativos que ya hemos comentado
en capítulos anteriores, y en particular al hedonismo egoísta. No
olvidemos que el amor es todo lo contrario: entrega al otro.
Formas de masturbación
Existen varias formas de masturbación, dependiendo de
la edad, la situación y el carácter de la persona. Veremos a continuación
algunas de las más habituales.
La más corriente es la que comienza a manifestarse
durante la pubertad. Forma parte del descubrimiento del propio cuerpo,
pero hay que evitar que se convierta en un hábito negativo. La
masturbación puede volverse habitual en hombres tímidos o que tienen
dificultades para relacionarse con mujeres. Es una situación problemática,
no por la masturbación en sí, sino porque esa dificultad para el trato con
personas de sexo contrario puede ser síntoma de diversos trastornos.
Si el hábito persiste, puede convertirse en lo que se
denomina masturbación impulsiva, que se produce en cualquier momento, sin
control y con anulación de la voluntad. También produce fuertes
sentimientos de culpa y vergüenza. Es algo diferente de la masturbación
compulsiva, en laque media un proceso previo de duda. Se quiere evitar
la masturbación, pero no se puede y los resultados psicológicos son aún
peores.
La masturbación es a veces esporádica, y se da, por
ejemplo, en personas agobiadas por los problemas. Se habla en tal caso de
una masturbación liberadora de tensiones. En otros casos se trata de
compensar frustraciones y decepciones. Cumple la masturbación, en estos
casos, una función compensadora, aunque no por ello deja de ser un síntoma
de inmadurez.
Por último, algunos hombres presentan una libido muy
elevada. Ya hemos indicado que la masturbación no es necesariamente
solitaria, y de hecho en algunos hombres hipersexuales se observa una
conducta masturbatoria incluso cuando mantienen una relación de pareja. En
general es una manifestación que no es positiva, que muestra a una persona
excesivamente centrada en la sexualidad hedonista. Las personas de este
tipo suelen ser infieles y tener varias parejas, y su vida carece de
valores éticos, culturales o psicológicos, por lo que su capacidad para
amar de verdad es muy reducida.
Todos los tipos descritos son genéricos, pues cada una
de estas actitudes puede aparecer combinada con otras en una misma
persona. A veces, a lo largo de la vida, se manifiestan diferentes
patrones de masturbación, dependiendo de las circunstancias.
¿Se puede superar la masturbación?
La historia de las actitudes ante la masturbación ha
seguido tres etapas: una, que ha durado hasta mediados del siglo XVIII,
que se centraba esencialmente en el tema moral y religioso, placer
centrado en uno mismo, desprovisto de otras personas y de trascendencia.
Una segunda, que se inicia tras la publicación del libro Disertación de
las enfermedades producidas por la masturbación, del médico inglés
Becker: «Deseca el cerebro, produce locura, parálisis, epilepsia, ceguera,
clapetas en los pómulos, agotamiento, delgadez, esterilidad, frigidez e
impotencia». Algunas de esas ideas variopintas han estado presentes
durante muchas décadas. Más tarde, otro médico, el suizo Tissot, escribió
otro libro en términos parecidos, que tuvo bastante resonancia.
La tercera etapa arranca de la publicación en 1905 del
libro de Freud Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad,
siendo la primera vez que se estudia este tema con cierto rigor
psicológico, viendo en él una e maduración psicológica.
La sociedad moderna, caracterizada por el hedonismo y
la permisividad, ni siquiera se plantearía una pregunta de esta índole.
Sin embargo, es necesario hacerlo, ya que la masturbación, que es normal
hasta cierto punto en las primeras fases de la adolescencia, representa en
la edad adulta un claro signo de inmadurez y carencia de valores
interiores.
Claro que, antes de preguntar si se puede superar,
habría que cuestionarse por qué es necesario superar la masturbación. La
respuesta sólo puede ser una: es necesario superar la masturbación porque
este tipo de placer egoísta hace infeliz al que lo practica, en tanto que
anula su voluntad, le impide liberarse y, sobre todo, dificulta cualquier
proyecto de relación con otra persona.
Sabido esto, ¿puede un hombre superar su impulso
masturbatorio? La respuesta es afirmativa, pero se requiere, en primer
lugar, hacer uso decidido de la principal herramienta para la educación
del deseo: la inteligencia. La reflexión sirve para darse cuenta, en
primer lugar, de que existe el problema. Una vez se es consciente de esto,
se pueden poner los medios para solucionarlo. Para superar el impulso
masturbatorio en las personas que padecen adicción en mayor o menor grado
a esta práctica, hay dos líneas básicas de actuación, dependiendo de la
edad del individuo.
Así, en los jóvenes es fundamental la colaboración de
su entorno, sobre todo de sus padres, pero también de los educadores y, si
es posible, de los amigos. Hay que conocer el origen del problema, sus
posibles causas, y ofrecer alternativas. Resulta muy positivo animar al
joven a practicar deporte o a colaborar con instituciones altruistas.
Por otra parte, es necesario saber hablar al joven con
sinceridad, dándole a conocer los riesgos potenciales que corre y
animándole a variar su conducta como forma de conseguir una vida más plena
y satisfactoria. Plantearle el tema como un desafío a vencer puede darle
ánimos para emprender el camino, sobre todo si le hacemos comprender que
la superación de sus impulsos representará una victoria de su
inteligencia, conseguida a través de su propia fuerza interior. Esto le
permitirá, en una edad en la que se encuentra en pleno desarrollo, definir
y robustecer su personalidad.
Por último, una educación sexual adecuada, con un
contenido moral, es imprescindible. La educación sexual no debe ser sólo
informativa, sino formativa, es decir, que además de datos proporcione
enseñanzas útiles, como ya hemos visto. No hay que reprimir, sino enseñar
al joven a autocontrolarse. Es importante mantenerlo alejado de ciertos
estímulos negativos, como los materiales con contenido pornográfico, que
estimulan su imaginación. Mason Cooley, en sus Aforismos, indicaba
que «la fantasía es el espejo del deseo. La imaginación le da nueva
forma». En el onanismo, el sujeto se desvincula de la realidad y omite el
encuentro personal, básico para las relaciones íntimas.
En los adultos la situación es completamente distinta.
Para empezar hay que analizar si la masturbación se produce de forma
esporádica o, por el contrario, es muy frecuente. Es necesario hacer una
indagación, que no es otra cosa que la historia clínica que hacemos los
médicos, para saber cómo se ha ido instalando ese hecho en la conducta y
cuáles son los factores que lo ponen en marcha y aquellos otros que pueden
convertirlo en crónico.
En el primer caso, el impulso masturbatorio puede tener
una causa bien definida, como un problema temporal. Con algo de ayuda y
esfuerzo puede superarse, ya que no se ha entrado en la fase de hábito,
yen cualquier caso es muy probable que la conducta desaparezca una vez
resuelto el problema que la causó.
En el caso de masturbación habitual, la cosa cambia.
Puede ser una conducta heredada de la edad juvenil o bien aparecer de
nuevo en la edad adulta por la razón que sea. Recordemos que, en ambos
casos, es síntoma de inmadurez y egoísmo, y a menudo tiene difícil
tratamiento, ya que las personas entregadas a este tipo de prácticas
suelen vivir en la filosofía hedonista del «lo hago porque me apetece» y
no sólo no quieren acabar con el problema, sino que ni siquiera reconocen
tenerlo. En otras, el hábito es tan fuerte, que puede resultar difícil
corregirlo, salvo que exista una motivación clara de querer esforzarse por
superar esta práctica.
La masturbación masculina en el adulto es más grave si
mantiene una relación de pareja, ya que interfiere con ésta y tiende a
deteriorarla. En ese caso es importante el diálogo conyugal, que puede
poner de relieve un distanciamiento entre ambos en general o un
enfriamiento en lo sexual, en particular. Si la relación sexual hedonista
resulta negativa para el verdadero amor, ¿cómo no habría de serlo una
práctica sexual que deja de lado a la pareja?
En ambos casos, jóvenes o adultos, existe un factor más
importante: la educación permanente en los verdaderos valores humanos. Si
una persona, independientemente de su edad, reconoce la importancia de la
voluntad, la reflexión racional, el compromiso o la responsabilidad,
estará en el buen camino para conseguir una vida plena.
No olvidemos, en ningún caso, que la masturbación es un
acto carente de auténtica humanidad y, por ello, degradante. Genera
infelicidad y sentimientos de humillación y culpa. La psicoterapia es una
buena ayuda para superar problemas interiores, y no lo es menos en el caso
de la masturbación habitual. Actúa directamente sobre las causas internas
que dan lugar a una conducta y es capaz de encauzar la inteligencia del
hombre hacia campos más productivos.
El psiquiatra o el psicólogo son, en este caso,
consejeros experimentados que pueden guiar al individuo hacia la
consecución de una sexualidad plena, placentera y verdaderamente humana.
LA PERMANENTE INVITACIÓN AL SEXO EN LOS MEDIOS DE
COMUNICACIÓN
Yo veo poco la televisión, por falta de tiempo, pero
sobre todo por lo mala que es. Por supuesto, siempre hay excepciones que
nos reconcilian con el medio. En cualquier país se reciben casi un
centenar de canales, hay muchas imitaciones entre los productores de
televisión y se ha popularizado lo de poca calidad, buscando ganar
audiencia en la gente menos cultivada. El fenómeno es una onda expansiva
atroz, que ha desprestigiado el medio, aunque siga viéndose. En este
apartado voy a ocuparme brevemente del tratamiento que da la televisión al
tema del sexo. No es necesario profundizar mucho para darnos cuenta de que
la televisión es uno de los ejes fundamentales de la idolatría sexual.
Desde las pantallas se nos incita una y otra vez al consumo animal de
sexo, sea en debates, películas o hasta en los anuncios publicitarios.
Es el síntoma de la decadencia de una civilización que
utiliza para difundir sus antivalores unos medios inusualmente potentes,
como nunca antes se habían conocido. La televisión, el medio de
comunicación más universal y popular, se centra en un puñado de temas,
puros artículos de consumo que considero particularmente dañinos: la
violencia, los concursos triviales, los reality shows y, por encima
de todo, como envoltorio y contenido a la vez, el sexo. En su más puro
sentido biológico. Es una pésima fuente de información, totalmente
contraria a lo que debería ser la verdadera educación.
Hemos hablado de la televisión en un capítulo anterior,
pero podemos hacer aquí un pequeño resumen de lo que este medio significa
en relación a la sexualidad. ¿Por qué es negativa y degradante la
sexualidad que vemos en la televisión? Porque presenta el sexo como un
artículo de consumo. También hemos hablado de esto en el apartado sobre
pornografía. Sólo se pretende aquí recalcar la importancia de una actitud
atenta, para impedir que este medio omnipresente y poderoso cuele, en la
misma intimidad del hogar, mensajes negativos y deshumanizados: se mezcla
un tono divertido, simpático, juguetón, de insinuaciones y conquistas,
cortando de raíz cualquier atisbo de amor y compromiso.
|