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Indice
Introducción
Prefacio
I.- Cómo Dios
nos habla y cómo debemos escucharle..
II.- Modo de
actuar en el estado de abandono y pasividad, y antes de que se haya
llegado a él.
Introducción
El autor
Jean-Pierre
de Caussade (1675-1751), nacido en Quercy, ingresa en la Compañía de Jesús
en Tolosa, en 1693, y a partir de 1715 se dedica a la predicación y a la
enseñanza, viviendo sucesivamente en varias residencias. Entre 1729 y 1739
es asidua su relación con las religiosas de la Visitación de Nancy, y
dirige su casa de ejercicios desde 1733.
Varias de
estas visitandinas reciben de Caussade un profundo influjo espiritual en
dirección espiritual y por carta, y todas ellas a través de frecuentes
retiros comunitarios. Especialmente receptiva se muestra la superiora,
Madre Marie-Anne-Thérèse de Rosen, que reúne muchas cartas espirituales
del Padre. También la sobrina de la M. de Rosen, la Madre Marie-Anne-Sophie
de Rottembourg, superiora desde 1738, tiene en gran estima la enseñanza
del Padre de Caussade, y ella también guarda un gran número de cartas
suyas de dirección. Estas cartas, con otras instrucciones y avisos del
mismo autor, fueron coleccionadas y copiadas varias veces.
En 1740, el
P. Caussade es destinado a Perpignan como rector del colegio jesuita, y al
año siguiente publica sus Instructions spirituelles.
La obra
sobre L'Abandon
Mucho más
tarde, en 1861, se publicarán algunos escritos del padre de Caussade sobre
el Abandono. En efecto, una colección de cartas e instrucciones
suyas dirigidas a sus visitandinas en torno a este tema llega a las manos
del eminente jesuita P. Henri Ramière (1821-1884), Director del Apostolado
de la Oración y gran apóstol del Corazón de Jesús. Él es quien descubre
con entusiasmo la calidad espiritual de estos escritos, y su fuerza
doctrinal frente a las tendencias quietistas y jansenistas.
Es, pues, el
P. Ramière quien reorganiza completamente ese conjunto de escritos, y los
publica en París en 1861 con el título L'Abandon à la Providence divine
envisagé comme le moyen le plus facile de santification; ouvrage inédit du
R. P. J. Pierre Caussade. La obra alcanza gran éxito, y las
visitandinas de Nancy le hacen llegar al P. Ramière otros dos cuadernos
con 101 y 24 cartas más, de modo que éste, en la quinta edición del libro
(1867), integra todas ellas en el tratado sobre el Abandono que se hará
clásico. Así fue como, bajo la docta pluma de Ramière, los antiguos
escritos del padre de Caussade experimentan un gran número de añadidos
aclaratorios, supresiones, glosas e introducciones.
L'Abandon
viene de este modo a hacerse un clásico de la literatura espiritual
moderna, y ha tenido muchas ediciones y traducciones, también en el siglo
XX, como puede verse al final en la Nota bibliográfica.
La presente edición
El jesuita
Michel Olphe-Galliard es uno de los mejores conocedores de Jean-Pierre de
Caussade en nuestro tiempo, y después de haber publicado las Lettres
spirituelles de éste, partiendo de ese trabajo, edita de nuevo
L'Abandon à la Providence divine (Desclée de Brouwer, París 1962, 324
pgs.; ib. 1966, 151 pgs.). En estas ediciones no reproduce ya el texto
retocado por Ramière, sino que se limita a publicar los auténticos
escritos del padre de Caussade sobre el abandono.
Pues bien, de
esta última edición de los escritos originales de Caussade sobre el
Abandono (1966) hemos realizado la traducción que aquí ofrecemos. Sólo
nos hemos permitido introducir en el texto unos subtítulos que faciliten
su lectura, y hemos añadido también entre corchetes las referencias de los
lugares citados en el texto, bíblicos casi todos. Buena parte de estas
referencias se incluyen ya en la edición de Olphe-Galliard.
Una obra imperfecta
El
Abandono del P. de Caussade es sin duda una obra imperfecta, ante
todo, porque se trata principalmente de un conjunto de cartas ocasionales
de dirección espiritual o de fragmentos de instrucciones. Esto implica
inevitablemente un gran desorden en la exposición de las ideas, una falta
de precisión teológica en ciertas expresiones -normal en un género íntimo
y epistolar-, y también un cierto énfasis ocasional y literario, que no
siempre guarda del todo la armonía propia de una verdad espiritual
completa.
Pero la mayor
imperfección, también debida a las causas señaladas, viene constituida por
las frecuentes reiteraciones. La obra, en efecto, es una serie de
«variaciones sobre un mismo tema», el tema precioso del abandono en la
acción divina providente. Podría asemejarse al Bolero de
Maurice Ravel, donde un mismo tema melódico se repite una y otra vez a lo
largo de la obra, con maravillosas variaciones tímbricas y rítmicas de la
orquesta.
Una obra genial
A pesar de
estas imperfecciones, en cierto modo necesarias, el Abandono del
Padre de Caussade es un obra genial. No significa esto que sea
absolutamente original; si así lo fuera, sería ajena a la mejor
tradición espiritual cristiana, y por tanto falsa. No, la espiritualidad
del abandono, muy al contrario, tiene innumerables precedentes. En
realidad, el tema del abandono espiritual, aunque expresado con otros
términos, está presente en toda la historia de la espiritualidad
cristiana, desde su inicio.
Si buscamos
los precedentes más próximos al abandono de Caussade, habremos de
recordar, por ejemplo, la indiferencia espiritual de San Ignacio de
Loyola (1491-1556, «Ejercicios espirituales» 16, 23, 234); la
conformidad con la voluntad de Dios, enseñada por el jesuita Alonso
Rodríguez (1526-1616, «Ejercicio de perfección», I, cp. 8) y por tantos
otros autores; el abandono confiado de San Francisco de Sales
(1567-1622, «Traité de l'Amour de Dieu», lib. 8-9); o el notable «Discours
sur l'acte d'abandon à Dieu», de Bossuet (1627-1704).
Parece
cierto, sin embargo, que el Padre de Caussade, por especial don de Dios,
ha vivido personalmente y ha expresado con genial elocuencia la
santificación diaria del momento presente, la fuerza santificante
de las pequeñas cosas de cada día, en las que la fe ha de captar
continuamente la ordenación bondadosa de la Providencia divina.
El mismo de
Caussade se confiesa misionero de la voluntad divina: «Dios mío, yo
quiero con toda mi alma ser misionero de tu santa voluntad, y enseñarle a
todo el mundo que no hay cosa tan fácil, tan común y tan al alcance de
todos como la santidad». Basta para alcanzar ésta vivir fielmente las
pequeñas cosas de la vida diaria, cumpliendo bien los deberes del propio
estado, sea el que fuere, y mantener siempre y en toda circunstancia, con
la gracia de Dios, un fiat permanente a la voluntad divina.
A partir de
la publicación, en 1861, del Abandono del P. de Caussade, el
espíritu de esta obra, e incluso no pocas de sus expresiones e imágenes
concretas, reaparecen una y otra vez en muchos autores espirituales, sobre
todo de la tradición francesa. Hallamos, por ejemplo, su indudable
influjo, directo o indirecto, en la infancia espiritual, es decir,
en el caminito de Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897), en el
santo abandono del cisterciense Vital Lehodey (1857-1948), o en el
precioso libro La Providence et la confiance en Dieu: fidélité et
abandon (1953), del dominico Réginald Garrigou-Lagrange.
Algunos avisos
Con mucha
alegría, pues, ofrecemos ahora una nueva edición del Abandono del
padre de Caussade. Y lo hacemos sin reserva alguna, seguros de que los
lectores actuales están muy lejos de verse tentados a error por las
imprecisiones que puedan darse en esta obra.
El autor, es
cierto, de tal modo enfatiza en estos textos la fuerza santificante del
momento presente que en algunas páginas apenas alude al tema del
discernimiento, como si el momento presente expresara siempre de modo
inequívoco la moción de gracia que Dios ofrece con él. Tampoco dice casi
nada, por ejemplo, de la Eucaristía y de los sacramentos, como clave
decisiva de toda la santificación cristiana, o de la importancia de la
pobreza, de la mortificación, de la fidelidad a una regla de vida o de la
perseverancia en ciertas prácticas religiosas.
Cuando este
autor, en fin, ensalza tanto la fuerza santificadora del momento presente,
tenga éste la forma que tenga, podría también malentenderse su enseñanza,
como si en orden a la santidad viniera a dar lo mismo pobreza o riqueza,
vivir de este modo o de tal otro. Pero él sabe bien que la conversión
cristiana, bajo la acción del Espíritu Santo, implica renovaciones no
sólo interiores, en el corazón, sino también exteriores, en los modos
de vida, y que a veces estas renovaciones han de ser muy grandes: «vino
nuevo en odres nuevos» (Mt 9,17). Sin ellas se puede echar a perder la
vida interior.
Muchas de las
objeciones que se pueden hacer -y se han hecho- a de Caussade han de
resolverse alegando que él da por supuestas muchas cuestiones ascéticas
propias de una vida espiritual incipiente, pues sus escritos van
dirigidos a personas de vida espiritual avanzada. Notemos, por ejemplo,
que tampoco en San Juan de la Cruz la vida litúrgica y sacramental es
presentada con frecuencia en sus obras mayores como la clave de toda
conversión de vida, sin que por eso el Santo Doctor ignore esta verdad.
Simplemente, un escritor habla de lo que está tratando, sin que por eso
niegue intencionalmente o menosprecie necesariamente lo que silencia.
Otras veces
de Caussade, llevado por su impulso literario, encarece en gran medida la
lectura del Libro de la Vida diaria, recordando escasamente que sin la
Sagrada Escritura y los libros espirituales apenas es posible entender
nada del libro diario que el Espíritu Santo escribe en nosotros. Pero
se trata sólo de contraposiciones retóricas, literarias, expresadas en un
género epistolar exhortativo.
Por otra
parte, aunque de Caussade diga con cierta frecuencia que la acción divina
necesita encontrar corazones sencillos para realizar su obra, es
claro que, hablando de Dios, se trata de expresiones antropomórficas, que
han de ser bien entendidas. El autor sabe perfectamente que toda la buena
voluntad que Dios encuentra en el hombre procede de Su
gracia previa, ha sido causada por ella, y que Él, propiamente, no
necesita hallar en la persona nada precedente a su gracia para
poder concederle sus dones. Precisamente, la primacía de la gracia
-total, continua, universal- es una de las verdades más claramente
expuestas por de Caussade.
Todos estas
insuficiencias de la presente obra son perfectamente explicables si
tenemos en cuenta que se trata de un conjunto ocasional de cartas y de
instrucciones dadas por el autor sobre el tema concreto del abandono.
Entre ya,
pues, el lector en los escritos del padre de Caussade sobre el
Abandono en la Providencia divina. Por sí mismo comprobará que
este religioso ejemplar, como Santa Teresa, nunca habla sino de lo que él
mismo ha experimentado profundamente en sí y en otros. Y en muchas de las
páginas que siguen hallará luces tan verdaderas y tan bellas que solamente
pueden proceder del Espíritu Santo.
José María
Iraburu
Prefacio
[El breve prefacio que sigue, según Olphe-Galliard,
parece haber sido escrito por la Madre Marie-Anne-Sophie de Rottembourg,
para presentar el manuscrito que, por iniciativa suya, compuso hacia 1740
su tía, la Madre Marie-Anne-Thérèse de Rosen (+1747)].
Esta breve obra se
compone de cartas escritas por un eclesiástico a la superiora de una
comunidad religiosa. En ella se ve claro que el autor fue un hombre
espiritual, interior y gran amigo de Dios. Él descubre en sus cartas, aquí
abreviadas a veces, el verdadero método, el más corto y realmente el
único para llegar a Dios.
Feliz aquél que
reciba fielmente estas lecciones. Los pecadores encontrarán cómo redimir
sus pecados, expiando las acciones cumplidas por su propia voluntad, por
la adhesión única a la voluntad de Dios. Y los justos comprobarán que, con
muy poco esfuerzo y trabajo en sus ocupaciones y quehaceres, podrán llegar
muy pronto a un alto grado de perfección y a una eminente santidad.
No es otro el fin
que aquí se pretende sino la mayor gloria de Dios y la santificación del
lector.
[Las páginas que siguen son ya textos escritos por el
padre Jean-Pierre de Caussade].
Capítulo I
Cómo Dios nos habla
y cómo debemos escucharle
Dios habla hoy
como ayer
Dios nos
sigue hablando hoy como hablaba en otros tiempos a nuestros padres, cuando
no había ni directores espirituales ni métodos. El cumplimiento de las
órdenes de Dios constituía toda su espiritualidad. Ésta no se reducía a un
arte que necesitase explicarse de un modo sublime y detallado, y en el que
hubiese tantos preceptos, instrucciones y máximas, como parece exigen hoy
nuestras actuales necesidades. No sucedía a así en los primeros tiempos,
en que había más rectitud y sencillez.
Entonces se
sabía únicamente que cada instante trae consigo un deber, que es preciso
cumplir con fidelidad, y esto era suficiente para los hombres espirituales
de entonces. Fija su atención en el deber de cada instante, se asemejaban
a la aguja que marca las horas, correspondiendo en cada minuto al espacio
que debe recorrer. Sus espíritus, movidos sin cesar por el impulso divino,
se volvían fácilmente hacia el nuevo objeto que Dios les presentaba en
cada hora del día.
María, abandonada en Dios
Éstos eran
los ocultos medios de la conducta de María, la más simple de todas las
criaturas y la más abandonada a Dios. La respuesta que dio al ángel,
contentándose con decirle: Hágase en mí según tu palabra [Lc 1,38],
sintetiza toda la teología mística de sus antepasados. Entonces como
ahora, todo se reducía al más puro y sencillo abandono del alma a la
voluntad de Dios, bajo cualquier forma que se presentase. Esta
disposición, tan alta y bella, que constituía el fondo del alma de María,
brilla admirablemente en estas sencillísimas palabras: Fiat mihi.
Es la misma exactamente que aquellas otras que nuestro Señor quiere que
tengamos siempre en nuestro corazón y en nuestros labios: Hágase tu
voluntad [Mt 6,10].
Es verdad que
lo que se exige de María en este solemne instante es gloriosísimo para
ella; pero todo el brillo de esta gloria no la deslumbra: es solamente la
voluntad de Dios la que mueve su corazón.
Esta voluntad
de Dios es la regla única que María sigue y que en todo ve. Sus
ocupaciones todas, sean comunes o elevadas, no son a sus ojos más que
sombras, más o menos brillantes, en las que encuentra siempre e igualmente
con qué glorificar a Dios, reconociendo en todo la mano del Omnipotente.
Su espíritu, lleno de alegría, mira todo lo que debe hacer o padecer en
cada momento como un don de la mano de Aquél que llena de bienes un
corazón que no se alimenta sino de Él, y no de sus criaturas.
La virtud
del Altísimo la cubrirá con su sombra [+Lc 1,35], y esta sombra no es
sino lo que cada momento presenta en forma de deberes, atracciones y
cruces. Las sombras, en efecto, en el orden de la naturaleza, se esparcen
sobre los objetos sensibles, como velos que los ocultan. Y del mismo modo,
en el orden moral y sobrenatural, bajo sus oscuras apariencias, encubren
la verdad de la voluntad divina, la única realidad que merece nuestra
atención.
Así es como
María se encuentra siempre dispuesta. Y esas sombras, deslizándose sobre
sus facultades, muy lejos de producirle ilusiones vanas, llena su fe de
Aquél que es siempre el mismo. Retírate ya, arcángel, que eres también una
sombra. Pasó tu instante y desapareces. María sigue y va siempre adelante,
y tú ya estás muy lejos. Pero el Espíritu Santo, que bajo el aspecto
sensible de esa misión ha entrado en ella, ya nunca la abandonará.
Casi no vemos
rasgo alguno extraordinario en el exterior de la santísima Virgen. No es,
al menos, eso lo que la Escritura subraya. Su vida es presentada como algo
muy simple y común en lo exterior. Ella hace y sufre lo que hacen y sufren
las personas de su condición. Visita a su prima Isabel, como lo hacen los
demás parientes. María va a inscribirse a Belén, con otros más. Su pobreza
la obliga a retirarse a un establo. Vuelve a Nazaret, de donde la alejara
la persecución de Herodes; y vive con Jesús y José, que trabajan para
procurarse el pan cotidiano.
Dejémonos llevar por Dios en cada instante
Pero ¿de qué
pan se alimenta la fe de María y de José, cuál es el sacramento de todos
sus momentos sagrados? ¿Qué se descubre bajo la apariencia común de los
acontecimientos que los llenan? Lo que allí sucede es visible, es lo que
ordinariamente vemos en todos los hombres; pero lo invisible que la fe
allí descubre y reconoce es nada menos que el mismo Dios realizando
obras grandes [Lc 1,49].
¡Oh Pan de
los ángeles, maná celeste, perla evangélica, sacramento del momento
presente! Tú nos das al mismo Dios bajo las apariencias tan viles del
estable y la cuna, la paja y el heno... ¿Pero a quién se lo das? A los
hambrientos los colma de bienes [1,53]. Dios se revela a los pequeños
en las cosas más pequeñas; y los grandes, que solo miran la apariencia, no
le reconocen, no lo descubren ni aun en las grandes.
¿Hay algún
modo secreto para encontrar este tesoro, este grano de mostaza, esta
dracma? En absoluto. Es un tesoro que está en todas partes, y que se
ofrece a nosotros en todo tiempo y lugar. Como Dios, las criaturas todas,
amigas y enemigas, lo derraman a manos llenas, y lo hacen fluir por todas
las facultades de nuestro cuerpo y potencias de nuestra alma, hasta el
centro mismo del corazón. Abramos, pues, nuestra boca, y nos será llenada.
Sí, la acción divina inunda el universo, penetra y envuelve todas las
criaturas, y en cualquier parte que estén ellas, ella está, las adelanta,
las acompaña, las sigue. Lo único que hay que hacer es dejar llevar por su
impulso.
Es camino para todos
Quiera Dios
que los reyes y sus ministros, los príncipes de la Iglesia y del mundo,
sacerdotes, soldados, ciudadanos, todos, en una palabra, se convenzan de
la facilidad con que pueden llegar a una santidad eminente. Para
conseguirla sólo es necesario cumplir fielmente con los sencillos deberes
del cristianismo y del propio estado, abrazar con paciencia las cruces que
éstos traen consigo, someterse a los designios de la Providencia,
cumpliendo incesantemente todo cuanto el presente nos ofrezca para hacer o
padecer.
Ésta es toda
la espiritualidad que santificó a los Patriarcas y Profetas, cuando
todavía no existían tantos métodos y maestros. Ésta es la espiritualidad
de todas las edades y de todo estado, que ciertamente no pueden
santificarse de un modo más alto, más extraordinario, y al mismo tiempo,
más fácil: la práctica sencilla de aquello que Dios, único director de las
almas, les da en cada momento para hacer o sufrir, al mismo tiempo que se
obedecen las leyes de la Iglesia o las del príncipe.
Si se viviera
así, los mismos sacerdotes apenas serían necesarios, más que para los
sacramentos. Las demás cosas, sin ellos, resultarían santificantes en
todos y en cada uno de los momentos. Y esas almas sencillas, que no se
cansan de consultar sobre los medios para ir a Dios, se verían liberadas
de fardos pesados y peligrosos, que aquellos que disfrutan gobernándolas
les imponen sin necesidad.
Capítulo II
Modo de actuar en el estado
de abandono y pasividad, y antes de que
se haya llegado a él
Estado activo
y estado pasivo
Hay un tiempo
en que el alma vive en Dios, y otro en que Dios vive en el alma.
Y lo que es propio de uno de estos tiempos, es contrario al otro. Cuando
Dios vive en el alma, ésta debe abandonarse totalmente a su
providencia. Cuando el alma vive en Dios, debe proveerse con mucha
solicitud y regularidad de todos los medios de los que puede aprovecharse
para llegar a esa unión con Dios. En efecto, todos sus caminos están
trazados, sus lecturas, sus asuntos todos. Su guía está a su lado, y todo
está regulado, hasta las horas de hablar.
Tiempo del abandono
Pero cuando
Dios vive en el alma, ella no ha de hacer nada desde sí misma, sino
aquello que le es dado hacer en cada momento movida por el principio que
la anima. Ya no hay provisiones, ni caminos trazados. Es como un niño a
quien se lleva donde se quiere, y que se limita a ver las cosas que se le
van presentando. No hay ya libros señalados para esta persona. No raras
veces se ve privada de director espiritual, y Dios las deja sin otro apoyo
que Él mismo. Permanece así en la tiniebla y el olvido, el abandono, la
muerte y la nada.
Esta persona
experimenta sus necesidades y miserias sin saber por dónde ni cuándo le
verá el auxilio. Simplemente, espera en paz y sin inquietud que le venga
la asistencia, puestos sólo en el cielo los ojos de su esperanza. Dios,
que en esta esposa suya no halla ninguna disposición más pura que esta
total dimisión de todo lo que ella es, para solamente ser por gracia y por
acción divina, le proporciona oportunamente libros y pensamientos,
proyectos y avisos, consejos y ejemplos de sabiduría. Todo lo que las
otras almas encuentra con su esfuerzo, ésta lo recibe en su abandono. Todo
lo que las otras guardan con precaución, para retomarlo cuando les
convenga, ella lo recibe en el momento en que lo necesita, admitiendo
precisamente sólo aquello que Dios tiene a bien darle, para así vivir
solamente de Él.
Las otras
almas emprenden para la gloria de Dios un sin fin de cosas, pero ésta a
veces está en un rincón del mundo, como los restos de un vasija rota, que
yo se sirva para nada. El alma que se ve en tal estado, desprendida de las
criaturas, pero gozando de Dios por un amor muy real, muy verdadero, muy
activo, aunque infuso, en el reposo, no se inclina a ninguna cosa por su
propio deseo. Ella solamente sabe dejarse llenar por Dios, y ponerse en
sus manos para servirle de la manera que Él disponga.
Muchas veces
ignora para qué sirve, pero Dios lo sabe bien. Quizá los hombres la
estimen inútil, y las apariencias apoyan este juicio; pero la verdad es
que, por medios y secretos y canales desconocidos, ella difunde una
infinidad de gracias sobre personas que muchas veces la ignoran y en las
que ella tampoco piensa.
Es ya Dios quien obra en el alma
En esta almas
solitarias, todo es eficacia, todo predica, todo es apostólico. Dios da a
su silencio, a su reposo, a su olvido, a su desprendimiento, a sus
palabras, a sus gestos, una cierta virtud que opera sin ellas saberlo en
las almas. Y como estas almas son dirigidas por las acciones ocasionales
de mil criaturas, de las que se sirve la gracia para instruirles sin que
ellas de den cuenta, así también sirven ellas de confortación y de
dirección a no pocas almas, sin que exista para ello ninguna vinculación o
relación expresa.
Es Dios quien
obra en estas almas, pero por movimientos imprevistos y muchas veces
desconocidos, de manera que son como Jesús, del que manaba una virtud
que curaba a otros [Lc 6,19]. La diferencia está en que ellas no
sienten la irradiación de esa virtud, a la que no contribuyen por una
cooperación activa; son, más bien, como un bálsamo oculto, cuyo perfume se
siente sin conocerlo, y que él mismo se ignora.
El estado
espiritual que describo se parece sobre todo al estado de Jesús, de la
santísima Virgen y de San José.
Voluntad divina ya expresada y voluntad divina
providente
Se trata de
una plena dependencia respecto a lo que Dios quiera y de una pasividad
continua para ser y para obrar, según la libre voluntad de Dios. Y aquí es
preciso destacar que ésta es una voluntad desconocida, imprevisible,
fortuita o, por así decirlo, casual. Yo le llamaría una voluntad de
pura providencia, para distinguirla de aquella voluntad que señala
obligaciones precisas, de las que nadie puede dispensarse.
Pues bien,
dejando aparte esta voluntad señalada y precisa, digo que estas almas a
las que me refiero viven pendientes de esa otra que yo llamo de pura
providencia. Y así sucede que su vida, aunque muy extraordinaria, no
ofrece sin embargo nada que no sea muy común y ordinario. Son personas que
cumplen sus deberes religiosos y los de su estado, lo mismo que
aparentemente vienen haciendo los demás.
Almas llevadas por Dios providente
Observadles
con atención, y no apreciaréis nada impresionante, ni especial. Todas
ellas viven el curso de los acontecimientos ordinarios, y aquello que
podría distinguirlas no resulta asequible a los sentidos. Lo que parece
representar todo para ellas es esa dependencia continua que mantienen
respecto de la voluntad de Dios. Esta voluntad de pura providencia las
hace siempre señoras de sí misas, por la continua sumisión de su corazón.
Y se que cooperen ellas expresamente o que obedezcan sin advertirlo, están
sirviendo para el bien de las almas.
No hay
honores ni salarios para un servicio que, a los ojos del mundo, cumplen
estas almas en la mayor desnudez e inutilidad. Libres, por su situación,
de casi todas las obligaciones exteriores, estas almas son poco aptas para
el trato mundano o para los negocios, lo mismo que para las reflexiones o
conductas complicadas. No es fácil servirse de ellas para nada, y más bien
dan la imagen de personas débiles de cuerpo y de espíritu, de imaginación
y de pasiones. No se les ocurre nada, no piensan en nada, no preven nada,
no se toman a pecho nada. Son, por decirlo así, muy bastas, y no se ve en
ellas el adorno que la cultura, el estudio y la reflexión dan al hombre.
Se ve en ellas lo que la naturaleza muestra en los niños que no han
recibido aún formación alguna de sus maestros. Son en ellas patentes
ciertos pequeños defectos, de los que no son más culpables que esos niños
sin formación, pero que chocan más vistos en ellas que en éstos. Y es que
Dios despoja a estas almas de todo, menos de la inocencia, para que no
tengan nada sino a Él mismo.
Parecen despreciables e inútiles
El mundo, que
ignora este misterio, y que sólo juzga por las apariencias, no encuentra
en estas almas absolutamente nada de lo que él le agrada y estima. Las
rechaza y desprecia. Más aún, vienen a hacerse piedras de escándalo para
todos. Cuanto más se las conoce, menos se entienden y más oposición
suscitan. En realidad, no se sabe qué decir o pensar de ellas. Hay algo,
sin embargo, no se sabe qué, que habla a su favor. Pero en lugar de seguir
este instinto, o al menos en lugar de suspender el juicio, se prefiere
seguir la malignidad. Y así se espía sus acciones con mala intención, y lo
mismo que los fariseos reprobaban las maneras de Jesús, se mira a estas
almas con prejuicios negativos, que todo lo hacen parecer ridículo o
culpable.
Y a esto se
junta que estas pobres almas se ven a sí mismas como inferiores. Unidas
simplemente a Dios por la fe y el amor, todo lo sensible que ven en sí
mismas les parece un desorden. Y eso les previene aún más contra sí
mismas, cuando se comparan con quien pasan por santos, personas bien
capaces de sujetarse a reglas y métodos, que en toda su personas y sus
acciones dan un testimonio de vida ordenada. Entonces, la vista de sí
mismas les llena de confusión y les resulta insoportable.
De ahí nacen
así, del fondo de su corazón, suspiros y gemidos amargos, que no expresan
sino ese exceso de dolor y de aflicción que les abruma. Acordémonos de que
Jesús era Dios y hombre al mismo tiempo; él estaba aniquilado como hombre,
y como Dios, lleno de gloria. Estas almas, sin participar de su gloria,
sienten sólo esas aniquilaciones que en ellas producen sus tristes y
dolorosas apariencias. A los ojos del mundo vienen a ser lo que era Jesús
a los ojos de Herodes y de su corte.
De todo esto,
me parece, es fácil concluir que estas almas de abandono no pueden, al
contrario de las otras, ocuparse en deseos, búsquedas, cuidados, ni
tampoco vincularse a ciertas personas o actividades, ni sujetarse a
ciertos métodos o planes bien concertados para hablar, obrar o leer. Todo
esto supondría que estaban en condiciones de disponer de sí mismas; pero
todo eso viene excluido por el mismo estado de abandono en el que se
encuentran.
Desasidas y entregadas a Dios
En este
estado -es un estado de vida-, la persona está en Dios por una cesión
plena y completa de todos sus derechos sobre sí misma, sobre sus palabras
y acciones, pensamientos y proyectos, sobre el empleo de su tiempo y sobre
todas las relaciones que pueda tener. Solamente permanece un solo deber
que cumplir: tener siempre los ojos fijos sobre el Señor que se ha dado, y
mantenerse siempre a la escucha, para adivinar y captar su voluntad,
ejecutándola al instante. Ningún ejemplo mejor que el de un servidor que
no está junto a su señor sino para obedecer a cada instante todas las
órdenes que le pueda dar, y que de ningún modo está para emplear su tiempo
en gestionar sus propios asuntos, que debe abandonar, para permanecer al
servicio de su Señor en todo momento.
De este modo,
estas almas de las que hablamos son, por su estado, solitarias y libres,
desasidas de todo, para contentarse con amar en paz a Dios, que las posee,
y con cumplir fielmente el deber presente, según la voluntad expresada por
Dios, sin permitirse ninguna reflexión, ni andar dando vueltas para
examinar consecuencias, causas o motivos. Ha de bastarles ir adelante
cumpliendo con sencillez sus deberes, como si no hubiera en el mundo otra
cosa que Dios y esta apremiante obligación.
El momento presente
El momento
presente es, pues, como un desierto, donde el alma sencilla sólo ve a
Dios, y de Él goza, sin ocuparse de nada más que de lo que Él quiera de
ella: todo lo demás queda a un lado, olvidado, abandonado a la
Providencia. Esta alma, como un instrumento, no recibe ni hace sino en la
medida en que la acción íntima de Dios la ocupa pasivamente en ella misma
o la aplica a lo exterior. Y esta dedicación a lo exterior va acompañada
por su parte con una cooperación libre y activa, aunque infusa y mística.
Dios, por tanto, contento de su buena disposición y hallando en ella
cuanto es preciso para que actúe en cuanto Él lo ordene, le ahorra
trabajos, dándole aquello que de otra manera hubiera sido fruto de sus
esfuerzos y del ejercicio de su buena voluntad.
Caminando bajo la guía de un amigo
Es como si
alguien, viendo que un amigo va a hacer un viaje, para ayudarle, penetrase
al punto en este amigo, y bajo su apariencia, hiciese el camino por su
propia actividad, de tal modo que a este amigo no le quedara sino la
voluntad de andar, mientras iba caminando llevado por este ajeno impulso.
Este caminar sería libre, puesto que sería efecto de la
determinación libre del amigo que así era ayudado; sería activo, ya
que se trataría de un caminar real; sería infuso, pues se
realizaría sin acción propia; y sería místico, puesto que su
principio permanecería oculto.
En todo caso,
para explicar la clase de cooperación que se da en esta marcha imaginaria,
adviértase que es completamente diversa del cumplimiento que ese amigo
hace de sus obligaciones. Aquí la acción por la que las cumple no es
mística ni infusa, sino libre y activa, como se comprende obviamente. Y
así, en la obediencia a la voluntad de Dios que se da en el abandono y la
pasividad, el alma no pone nada de su parte, fuera de su habitual buena
voluntad general, que quiero todo y no quiere nada, es decir, que se hace
un instrumento sin acción propia desde el momento en que se pone en manos
del obrero. Por el contrario, la obediencia que se presta a la voluntad de
Dios manifestada y determinada se produce en un estado común de
advertencia, de solicitud atenta, de prudencia y discreción, según que la
gracia actúe sensiblemente o deje a la persona en sus esfuerzos
ordinarios.
Vía pura y sencilla
En el
abandono, pues, el alma deja que Dios actúe en todo lo demás, guardándose
sólo para sí el amor y la obediencia al deber presente, pues en esto el
alma actuará siempre. Este amor del alma, infuso en el silencio, es una
verdadera acción, a la que ella se obliga perpetuamente. Debe, en efecto,
conservarla sin cesar y mantenerse continuamente en estas disposiciones en
que el deber la pone, lo cual el alma no puede hacer, evidentemente, sin
actuar. Y así esta obediencia al deber presente es al mismo tiempo una
acción por la que ella se consagra entera a la voluntad exterior de Dios,
sin esperar nada extraordinario.
Ésta es,
pues, la regla, el método, la ley, la vía pura, sencilla y segura de esta
alma: una ley invariable, que está vigente en todo tiempo, lugar y
circunstancia de vida. Es una línea recta, por la que el alma camina
valiente y fielmente, sin desviarse a derecha o a izquierda, y sin
ocuparse de otra cosa. Y todo lo que vaya más allá de esto es recibido por
ella pasivamente y realizado en el abandono. Es decir, es activa en
todo lo que viene prescrito por el deber presente, y es, en cambio,
pasiva y abandonada en todo lo demás, en lo que no hace nada por sí
misma, sino acoger en paz la moción divina.
No hay camino
espiritual que sea más seguro que esta sencilla vía, ni que sea tan claro
y fácil, tan amable y tan libre de errores e ilusiones. La persona ama a
Dios, cumple sus deberes cristianos, frecuenta los sacramentos, practica
las obras exteriores de religión que obligan a todos, obedece a sus
superiores, cumple sus deberes de estado, resiste continuamente las
tentaciones de la carne, la sangre y el demonio. Nadie, en efecto, es más
atento y vigilante para cumplir con sus obligaciones que las almas que van
por esta vía.
No faltan contradictores
Y si ésta es
la verdad, ¿cómo es posible que tantas veces sean objeto de contradicción?
Una de las contradicciones que más frecuentemente han de sufrir consiste
en que, después de que han cumplido con lo que los doctores más estrictos
exigen de todos los cristianos, todavía se pretende imponerles ciertas
prácticas enojosas, a las que la Iglesia no obliga en modo alguno. Y si
ellas se resisten, son acusadas de espiritualidad ilusoria.
Pero
analicemos el asunto. Si un cristiano se limita a los mandamientos de Dios
y de la Iglesia, y en todo lo demás, sin meditaciones y contemplaciones,
sin lecturas ni dirección espiritual, se entrega al trato mundano o a
otros asuntos de la vida civil ¿puede decirse que va descaminado? A nadie
se le ocurre ni remotamente acusarle de ello. Pues bien, comprendamos que
mientras no se moleste para nada al cristiano que acabo de describir, es
de justicia no inquietar a esta alma que, no solamente cumple los
preceptos como aquél, e incluso mejor, sino que añade prácticas interiores
y exteriores de piedad, que el otro ni siquiera conoce o, si las conoce,
las mira con indiferencia.
A pesar de
todo, el prejuicio llega a afirmar que esta alma se engaña, se equivoca,
pues después de someterse a todo lo que la Iglesia prescribe, se considera
libre para entregarse sin trabas a los íntimos impulsos de Dios, y para
seguir las mociones de su gracia en todos los momentos en los que no se ve
expresamente obligada a nada concreto. En una palabra, se le condena
porque se dedica a amar a Dios en el tiempo que otros dedican al juego o a
sus asuntos mundanos. ¿No es esto una injusticia manifiesta?
Es preciso
insistir en ello. Si uno se mantiene en el nivel y estilo comunes, aunque
sólo se confiese una vez al año, nadie tiene nada que decir, y se le deja
vivir en paz, contentándose eventualmente con exhortarle a algo más, eso
sí, sin presionarle demasiado y sin hacérselo sentir como una obligación.
Ahora bien, si alguno se sale de la costumbre común, enseguida se le
abruma con normas, reglas y métodos. Y si él no pasa por ello, y no acepta
lo que el arte de la piedad ha establecido, o si no lo observa con
constancia, la cosa es clara: todos temen por él, y su camino resulta
claramente sospechoso. Ahora bien, ¿no es cosa sabida que todas las
prácticas, por buenas y santas que sean, no son, después de todo, sino
caminos que conducen a la unión con Dios? ¿Para que, pues, ha de
ejercitarse en ellas aquél que no está ya en el camino, sino en la meta?
Todo esto,
sin embargo, se le exige a esta alma, que se supone víctima de engañosas
ilusiones. En realidad ella hizo el camino como los demás, siguiendo al
principio fielmente todas las prácticas normales. Pero ahora van a
esforzarse en vano quienes pretendan que siga sujeta a ellas. Una vez que
Dios, conmovido por los esfuerzos que ella hizo para avanzar con esos
medios, ha venido junto a ella, tomando a su cargo conducirla a la feliz
unión; una vez que ella ha llegado a esa hermosa zona, en la que solamente
se respira el abandono, y en donde comienza a poseerse a Dios por el amor;
una vez, en fin, que Dios bondadoso, sustituyendo sus empeños y esfuerzos,
se ha hecho principio de su actividad, ya los pasados métodos han perdido
para ella toda su utilidad, y no son más que un camino ya recorrido, que
quedó atrás. Exigirle, pues, al alma que vuelva a adoptar aquellos métodos
o que continúe siguiéndolos, equivale a pretender que abandone el término
al que llegó, para volver al camino que a él le condujo.
Perseverando en la paz
Son
pretensiones y esfuerzos vanos. Si esta alma tiene algo de experiencia, no
se afectará en nada al oír este griterío, y permanecerá sin turbación ni
inquietud alguna en esa paz tan íntima, en la que con tanto fruto se
ejercita su amor. En ese centro es donde hallará su descanso o, si se
quiere, ahí encontrará la línea recta trazada por el mismo Dios, la que
ella seguirá siempre. Avanzará continuamente por ella, y en cada momento
todos sus deberes le serán marcados siguiendo la dirección de esta línea.
A medida que se vayan éstos presentando, ella los cumplirá sin
vacilaciones y sin prisas. Y en todo lo demás guardará una absoluta
libertad, siempre pronta a obedecer las mociones de la gracia en cuanto
las sienta, abandonándose así al cuidado de la Providencia.
Dirección espiritual
Por lo demás,
esta alma necesita menos que otras la dirección espiritual, pues no ha
llegado donde está sino por medio de muy expertos y excelentes directores,
y es algo providencial que ahora se quede sin ayuda, cuando el que tenía
está lejos o murió.
Incluso en
este caso está dispuesta a dejarse guiar, y espera con paz el momento de
la acción de la Providencia, sin pensar ya después en ello. De vez en
cuando, en este tiempo de privación, encontrará personas, sin conocerlas
ni saber de dónde provienen, por las que sentirá una secreta confianza que
Dios le inspira. Él quiere servirse de ellas como de una señal, por la que
comunicarle alguna luz, aunque sólo sea pasajera. El alma, entonces,
consulta y sigue con toda docilidad los consejos que recibe. Pero cuando
faltan estas ayudas, guarda fidelidad a las orientaciones que le fueron
dadas por su primer director. Y así está siempre muy dirigida, bien por
los antiguos consejos recibidos hace tiempo, o bien por estos avisos
ocasionales. A éstos se atienen ellas hasta que Dios les dé alguien a
quien puedan confiarse por completo, o hasta que se los lleve de este
mundo, después de que ellas hayan caminado en el abandono bajo su guía.
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