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Indice
III.-
Disposiciones para el abandono y sus efectos.
IV.- El estado
de abandono, su necesidad y sus maravillas.
V.- El estado
de pura fe.
Capítulo III
Disposiciones para el abandono y sus efectos
Docilidad a
la voluntad de Dios
¡Qué desasido
hay que estar de todo lo que se siente o se hace para caminar por esta
vía, en la que sólo cuenta Dios y el deber de cada momento! Todas las
intenciones que vayan más allá de esto deben ser eliminadas. Es preciso
limitarse al momento presente, sin pensar en el precedente, ni en el que
va a seguir.
Guardando
siempre a salvo, por supuesto, la ley de Dios, hay algo interior que te
está diciendo: «Me veo ahora inclinado a esa persona, a este libro, a
recibir o a dar tal advertencia, a presentar cierta queja, a abrirme a esa
persona o a recibir sus confidencias, a dar tal cosa o a hacer tal otra».
Es preciso,
entonces, seguir lo que se presenta como moción de la gracia, sin apoyarse
ni un sólo momento en las propias reflexiones, razonamientos o esfuerzos.
Hay que tener presente todo esto, pero para el momento en que Dios venga,
sin realizar opciones propias. Dios nos da su voluntad, ya que en este
estado Él vive en nosotros. En efecto, la voluntad de Dios ha de ocupar
aquí el lugar de todos nuestros apoyos ordinarios.
Fidelidad a la gracia del momento
Cada momento
va urgiendo la acción de cada una de las virtudes. Y el alma abandonada
responde con fidelidad en cada instante, de modo que aquello que ha leído
o escuchado lo tiene tan presente, que el novicio más abnegado no cumple
mejor que ella sus deberes. Eso lleva consigo, por ejemplo, que estas
almas son llevadas una vez a esta lectura, otra vez a otra, o bien a hacer
tal observación o cierta reflexión sobre sucesos mínimos. En un momento
concreto, les da Dios aliciente para instruirse en una doctrina, y en otro
va a sostenerles en la práctica de la virtud.
En todas las
cosas que van haciendo estas almas, no sienten sino la moción interior
para hacerlas, sin saber por qué. Todo lo que podrían decir vendría a ser:
«Me siento inclinado a escribir, a leer, a preguntar, a mirar tal cosa.
Sigo esta atracción, y Dios, que me la da, pone en mis potencias un fondo
y una reserva de cosas particulares, para ser en seguida el instrumento de
otras inclinaciones, que me darán el uso de esa riqueza y reserva, para mi
provecho y el de los demás».
Esto requiere
que estas almas sean sencillas, dúctiles, ligeras y dóciles al menor soplo
de estos impulsos íntimos, casi imperceptibles. Dios, que es su Señor,
tiene derecho a aplicarlas a todo lo que sea para su gloria. Y si ellas
pretenden resistir esas mociones, aferrándose a las reglas de vida por las
que se rigen las almas que avanzan con esfuerzo y modos propios, se
privarían así de mil cosas necesarias para cumplir los deberes de los días
futuros.
Contradicciones
Sucede, sin
embargo, que como se ignora esto, se les juzga, y se les censura por su
simplicidad, y ellas, que no censuran a nadie, que aprueban todos los
estados, y que saben discernir perfectamente los grados y progresos, se
ven despreciadas por estos falsos sabios, que no están en condiciones de
gozar de esa dulce y cordial sumisión a las órdenes de la Providencia.
¿Aprobarían
estos sabios mundanos aquella continua inestabilidad de los Apóstoles, que
no les dejaba establecerse en ninguna parte? Ni siquiera los espirituales
ordinarios son capaces de sufrir a estas almas que viven así, pendientes
en cada momento de la Providencia. Sólo algunas almas que son como ellas
las aprueban, y Dios, que instruye a los hombres por medio de hombres,
hace que aquellos que son sencillos y fieles para abandonarse a Él,
encuentren siempre algunas almas de esta naturaleza.
De guiarse a sí mismo a ser guiado por Dios
Hay un tiempo
en el que quiere Dios ser por sí mismo la vida del alma, y perfeccionarla
directamente y de un modo secreto y desconocido. Entonces, todas las ideas
propias, luces y maneras, búsquedas y razonamientos, no son sino una
fuente de ilusiones. Y cuando el alma, después de muchas experiencias de
desatinos debidos a sus modos propios, reconoce finalmente su inutilidad,
se da cuenta de que el mismo Dios ha ocultado y confundido todos los
medios con el fin de hacerle encontrar la vida en Sí mismo.
Convencida,
entonces, de que por sí misma no es más que una pura nada, y de que todo
cuanto saque de su propio fondo sólo le servirá de perjuicio, se abandona
del todo a Dios, para no tener nada más que a Él, y vivir sólo de Él y
para Él. Desde ese momento es Dios para el alma una fuente de vida, no por
ideas, luces y reflexiones, que como he dicho, son sólo una fuente de
ilusiones, sino por la eficacia y la realidad de las gracias que derrama
en ella, aunque ocultas bajo apariencias encubiertas.
Y aunque la
obra divina es desconocida para el alma, recibe sin embargo su virtud
substancia y real a través de mil circunstancias, que al parecer sólo son
para su ruina.
No hay
remedio para esta oscuridad, y es preciso abismarse en ella. Allí y en
todas las cosas Dios se le comunica por la fe. El alma no es ya sino un
ciego o, si se quiere, es como un enfermo que ignora la virtud de las
medicinas, de las que sólo capta su amargura. Incluso con frecuencia tiene
la sensación de que ellas más bien le van a producir la muerte; y las
crisis y desfallecimientos que sufre parecen confirmar sus temores. Y, sin
embargo, es precisamente en esta apariencia de muerte donde encuentra su
salud, y sigue tomando las medicinas, fiado en el médico que se las
prescribe.
Antes el
alma, por medio de ideas e iluminaciones, veía cuanto correspondía al plan
concreto de su perfeccionamiento. Pero ya no es así ahora, cuando la
perfección se le comunica contra toda idea, luz o sentimiento. Ahora se le
da más bien a través de todas las cruces de la Providencia, por las
actividades impuestas por los deberes actuales, por ciertas atracciones en
las que no parece haber de bueno sino que en modo alguno llevan al pecado,
pero que están todas ellas aparentemente muy lejos de los brillos sublimes
y extraordinarios de la virtud. En estas cruces, que se suceden una tras
otra, el mismo Dios, velado y oculto, se le comunica por su gracia de una
manera muy desconocida, pues el alma no siente otra cosa que debilidad
para llevar la cruz, disgusto por sus obligaciones, y sus inclinaciones no
le llevan sino hacia las prácticas más comunes.
Un reproche continuo
En este
estado, todo el ideal de la santidad no es para ella más que un reproche
continuo de sus bajas y despreciables disposiciones. Todos los libros de
vidas de santos la condenan, sin que tenga medio para defenderse. El alma
ve una santidad luminosa, que la desola, pues ya no siente en sí fuerzas
para elevarse a ella, y no capta su propia debilidad como ordenación
divina, sino como simple cobardía. Y todas aquellas personas que tenía
como amigas y que apreciaba como distinguidas por sus virtudes o por la
lucidez de sus ideas la ven ahora con menosprecio. «¡Vaya santa!»,
comentan, y el alma, creyéndolo así, viéndose confusa por tantos esfuerzos
inútiles que hace para elevarse de su bajeza, llena de oprobios, nada
tiene que responder a las acusaciones de los otros o de sí misma.
Pero Dios obra en el centro del alma
Sin embargo,
siente el alma en sí una fuerza fundamental que la centra en Dios, y
escucha en su interior una voz que le asegura que todo irá bien, siempre
que ella le deje hacer a Dios y no viva sino de la fe. Como dice Jacob, «verdaderamente
Dios está aquí, y yo no lo sabía» [Gén 28,16].
Alma querida,
tú andas buscando a Dios, y Él está en todas partes. Todo te lo revela,
todo te lo da, está junto a ti, a tu alrededor, en ti misma ¡y andas
buscándole! Posees la sustancia de Dios, y buscas su idea. Buscas la
perfección, y está en todo cuanto de sí mismo se te presenta. Tus
sufrimientos, tus acciones, tus inclinaciones, son enigmas bajo los cuales
se da Dios a ti por sí mismo, mientras que vanamente sueñas ideas
sublimes, de las que no quiere servirse para morar en ti.
Dios oculto y disfrazado
Marta quiere
agradar a Jesús con platos delicados, y Magdalena se contenta con Jesús y
le recibe del modo como Él quiere presentarse [Lc 10,38-42]. Jesús se
oculta también a Magdalena bajo la figura de jardinero, y Magdalena le
busca bajo la forma que en su mente ha concebido [Jn 20,14-16]. Los
apóstoles ven realmente a Jesús, y le toman por un fantasma [Lc 24,33-42].
Así gusta
Dios de disfrazarse para elevar al alma a una pura fe, con la que siempre
le encuentra, por más que se encubra bajo enigmas obscuros, pues ella
conoce el secreto de Dios, y le dice como a la esposa: «Allí está;
miradlo detrás de la cerca; mira por la ventana, acecha por entre las
celosías» [Cant 2,9].
¡Oh, amor
divino!, ocúltate, salta, estremécete en los dolores, aplica el atractivo
o la obligación, mezcla, confunde, rompe como hilo frágil todas las ideas
y todas las medidas que el alma se forme. Que ésta pierda suelo, que nada
sienta, que no vea ya camino ni sendero ni luces, que no te encuentre como
en otro tiempo en tus ordinarias habitaciones y vestiduras acostumbradas,
que no te halle en la quietud de la soledad ni en la oración, ni en la
observancia de tales o cuáles prácticas, ni tampoco en los sufrimientos,
ni en las ayudas prestadas al prójimo, ni en la huida de vanas
conversaciones o de negocios. En una palabra, que después de haber probado
todos los medios y modos conocidos de agradarte, nada consiga, ni alcance
a verte en nada como en otro tiempo.
Pero haz que
la inutilidad de todos estos esfuerzos le lleve finalmente en adelante a
dejarlo todo, y a encontrarte en ti mismo, y muy pronto en todo, en todo,
sin necesidad de reflexionar. Porque, oh, amor divino, ¿no es un error no
divisarte en todo lo que es bueno y en todas las criaturas? ¿Por qué,
pues, buscarte en otras cosas que en las que tú quieres comunicarte? Amor
divino, ¿por qué querer hallarte bajo otras especies que aquellas que tú
has elegido como sacramentos tuyos, ignorando que su escasa apariencia y
leve realidad dan todo el mérito a la obediencia y a la fe?
Capítulo IV
El estado de abandono, su necesidad y sus maravillas
Voluntad
divina, fiesta continua
¡Qué verdades
tan inmensas permanecen ocultas en este estado! ¡Qué verdad es que toda
cruz, toda acción, toda inclinación de la ordenación divina, comunica a
Dios, lo da, de una manera que no puede explicarse sino por comparación
con el más augusto misterio [de la Eucaristía]! Y por eso, ¡qué misteriosa
es en su simplicidad y bajeza aparente la vida más santa! ¡Oh, banquete,
oh fiesta perpetua! Un Dios que se da continuamente y que es siempre
recibido no en el esplendor, en lo sublime y luminoso, sino en lo que es
debilidad, desconcierto, nada. Dios elige aquello que la estimación
natural desprecia y todo lo que la prudencia humana deja a un lado. Dios
está en el misterio y se da a las almas en la medida en que éstas creen y
le encuentran en él.
La anchura,
la solidez y la firmeza de la piedra, sólo se encuentran en la vasta
extensión de la voluntad divina, que se presenta sin cesar bajo el velo de
las cruces y acciones más ordinarias. Es en la sombra de éstas donde Dios
esconde su mano para sostenernos y conducirnos. Esta convicción debe
bastar a un alma para llevarla al más sublime abandono. Y en el momento en
que así lo hace, queda ya a cubierto de la contradicción de las lenguas,
pues el alma no tiene nada que decir ni hacer en su defensa, puesto que su
obra es la obra de Dios, y no en otra parte puede hallarse su
justificación. Además, sus efectos y consecuencias le justificarán
suficientemente, y bastará con dejar que todo vaya adelante. «El día al
día le pasa el mensaje» [Sal 18,3].
Impulso continuo de gracia
Cuando uno no
se gobierna por sus propias ideas, no necesita defenderse con palabras.
Nuestras palabras no pueden expresar más que las ideas que concebimos; y
si no existen estas ideas, tampoco hay palabras, porque ¿para qué
servirían? ¿Para dar razón de lo que se hace? Pero si es que el ama no
conoce esa razón, que permanece oculta en el principio que le hace actuar,
y del que sólo siente el impulso de una manera inefable. Es preciso, pues,
dejar que cada momento sostenga la causa del momento siguiente; y todo se
sostiene en este encadenamiento divino, todo resulta firme y sólido, y la
razón de lo que precede se ve por el efecto de lo que le sigue.
Quedó atrás
una vida de pensamientos, imaginaciones, una vida de palabras múltiples.
Ya no es todo eso lo que ocupa al alma, lo que la alimenta y entretiene.
Ya ella no se mueve ni se sostiene con esas cosas. El alma no ve ni prevé
ya por dónde habrá de avanzar. No se ayuda ya con reflexiones para
animarse al trabajo y aguantar las incomodidades del camino, y va pasando
por todo en el sentimiento más íntimo de su debilidad. El camino se va
abriendo a su paso, entra en él, y por él marcha sin ninguna vacilación.
Esta alma es pura y santa, simple y verdadera: camina por la línea recta
de los mandamientos de Dios, en una continua adhesión al mismo Dios, que
incesantemente encuentra en todos los puntos de esta línea.
No se
entretiene ya en buscar a Dios en los libros, en las infinitas cuestiones
y en la vicisitudes interiores. Abandona el papel y las discusiones, y Él
se da al alma y viene a encontrarla. No sigue buscando ya caminos y vías
que le conduzcan, pues el mismo Dios le traza el camino, y a medida que
ella avanza, lo encuentra claro y abierto. Así es que todo lo que le queda
por hacer es mantenerse bien asida de la mano de Dios, que se le ofrece
directamente a cada paso y en cada momento, en los diversos objetos que
encuentra día a día, y que se van presentando sucesivamente.
El alma sólo
tiene, pues, que recibir la eternidad divina en el deslizamiento de las
sombras del tiempo. Estas sombras varían, pero el Eterno que ocultan es
siempre el mismo. Por eso el alma, sin apego a nada, debe abandonarse en
el seno de la Providencia, seguir constantemente el amor por el camino de
la cruz, de los deberes ciertos y de las mociones indudables.
Camino llano y recto del abandono
¡Qué claro y
luminoso es este camino! Lo defiendo y lo enseño sin ningún temor, y estoy
seguro de que todos me comprenden cuando digo que toda nuestra
santificación consiste en recibir en cada instante las penas y deberes de
nuestro estado como velos que nos ocultan y nos dan al mismo Dios.
En el
abandono la única regla es el momento presente. En este estado el alma es
ligera como una pluma, fluida como el agua, simple como un niño, móvil
como una pelota, para recibir y seguir todos los impulsos de la gracia.
Estas almas no tienen la consistencia y rigidez de un metal fundido. Cómo
éste acepta todos los trazos del molde donde le fundieron, así estas almas
se amoldan y ajustan con la misma facilidad a todas las formas que Dios
les va dando. Su disposición, en una palabra, es semejante a la del aire,
siempre dócil a todo soplo y siempre configurado a todo.
Vivir muriendo
Una
observación importante a todo esto es que en esta actitud de abandono, en
esta vía de fe, todo lo que va pasando en el alma y en el cuerpo, en los
asuntos y diversos acontecimientos, presenta una apariencia de muerte, que
no debe extrañar. ¿Y qué esperabais? Es la condición propia de este
estado. Dios tiene sus designios sobre las almas y, bajo oscuros velos,
los ejecuta todos muy felizmente. Y entiendo por esos velos las
contrariedades, las enfermedades corporales, las debilidades espirituales.
En las manos de Dios todo eso prospera, todo se resuelve para bien.
Precisamente por esas cosas que son desolación para la naturaleza, Él
prepara el cumplimiento de sus más altos designios: «Todas las cosas
cooperan para el bien de aquéllos que son escogidos por su libre elección»
[Rm 8,28].
El justo vive de la fe
Él vivifica
así bajo las sombras, cuando los sentidos se ven aterrorizados, y es
entonces la fe la que, llena de valor y seguridad, obtiene de cuanto
sucede lo bueno y lo mejor. La fe sabe que la acción divina todo lo
dispone y conduce, menos el pecado, y por eso entiende que es su deber
adorarla en todo cuanto sucede, amarla y recibirla siempre con los brazos
abiertos. La persona cobra así en todo un aire alegre, de confianza,
elevándose en todas las cosas por encima de unas apariencias que sólo
sirven para las victorias de la fe. Éste es el medio que yo os doy para
honrar a Dios y tratarlo como a Dios.
Vivir de la
fe es, pues, vivir la alegría, la seguridad, la certeza, la confianza de
que todo lo que es preciso hacer o sufrir en cada momento es por
disposición de Dios. Y si a veces este designio resulta incomprensible, es
para animar y fortalecer esta vida de fe; para eso Dios hace entrar al
alma en medio de estas olas tumultuosas de tantas penas y turbaciones,
contradicciones, desfallecimientos y fracasos. En efecto, es precisa la fe
para encontrar a Dios en todo eso, y hallar esta vida divina que ni se ve
ni se siente, pero que se da en todo momento de forma desconocida, pero
bien cierta. La apariencia de muerte en el cuerpo, de condenación en el
alma, de trastorno en las empresas, eso es lo que alimenta y sostiene la
fe. Ella atraviesa todo eso y llega a apoyarse en la mano de Dios, que le
da la vida en todo aquello en lo que no haya pecado cierto. Por eso es
necesario que el alma de fe camine siempre segura, tomando todo como un
velo y disfraz de Dios, cuya presencia más íntima estremece y atemoriza
las potencias.
Fuerza y fidelidad de la fe
No hay
corazón más valiente que un corazón lleno de fe, que no ve más que vida
divina en los trabajos y peligros más mortales. Si fuera preciso beber un
veneno, atravesar la brecha de un muro, servir como esclavo entre los
apestados, en todo eso encontrará una plenitud de vida divina, que se le
da no solamente gota a gota, sino que, en un instante, inunda y sumerge el
alma. Un ejército de soldados semejantes resultaría invencible. Y es que
el impulso de la fe eleva el corazón y lo dilata más allá y por encima de
todo lo que se presente.
La vida de la
fe o el instinto de la fe son una misma cosa. Este instinto hace gozarse
en la bondad de Dios, es una confianza fundada en la esperanza de su
protección, que vuelve agradable todo y que hace recibir todo con buen
ánimo; es, pues, una indiferencia que nos dispone a todos los lugares, a
todos los estados y a todas las personas. La fe nunca es desgraciada,
nunca enferma, ni nunca está en pecado mortal. La fe viva está siempre en
Dios, siempre en su acción, más allá de las apariencias contrarias que
oscurecen los sentidos. Y cuando éstos, espantados, le gritan de pronto al
alma: «¡desgraciada, estás perdida, ya no hay solución!», la fe al
instante afirma con una voz más fuerte: «aguanta firme, avanza, y no temas
nada».
Fe y abandono entre tormentas
Dejando
aparte las enfermedades evidentes que, por su naturaleza, obligan a
permanecer en cama y a tomar las medicinas convenientes, todos esos otros
temores y desfallecimientos de las almas que viven en el abandono no son
más que ilusiones y apariencias que se deben superar con la confianza.
Dios las permite o las envía para ejercitar esa fe y ese abandono, que son
la medicina verdadera. Por tanto, sin prestarles mayor atención, deben
proseguir generosamente su camino en medio de las vicisitudes y
sufrimientos que Dios les envía, sirviéndose sin dudarlo de su cuerpo con
toda libertad, como se hace con los caballos de alquiler, que no valen más
que para trabajar, y que se les trata sin mayores cuidados. Esto da mejor
resultado que las delicadezas, que no sirven más que para debilitar al
espíritu. Esta fortaleza de espíritu tiene una virtud oculta para sostener
un cuerpo débil. Y vale mucho más un año de vida noble y generosa, que un
siglo de temores y cuidados.
Más aún,
quien vive abandonado en Dios debe procurar mantener habitualmente en su
exterior el aspecto de un niño dócil y amable, porque ¿hay algo que temer
cuando se avanza bajo la guía de Dios? Guiados, sostenidos y protegidos
por Él, nada deben presentar sus hijos en su exterior que no se vea lleno
de ánimo. ¿Qué importancia tienen los objetos espantosos que se encuentran
en el camino? Si Dios los guía por allí, sólo es para embellecer sus vidas
con gloriosas hazañas. Si los mete en problemas de toda clase, donde la
prudencia humana no ve ni imagina salida alguna, es para que sientan toda
su flaqueza y se vean incapaces y confundidos. Entonces es cuando la
Providencia divina manifiesta en todo su esplendor lo que es para aquellos
que se abandonan totalmente a ella, y los libra de modos mucho más
maravillosos que cuantos pudieran inventar los historiadores fabulosos,
cuando, esforzando su imaginación en la comodidad y sosiego de sus
escritorios, discurren las intrigas y peligros de sus héroes imaginarios,
para concluir felizmente sus vanas historias.
Sí, la divina
Providencia conduce las almas con habilidad mucho más prodigiosa y
admirable por medio de muertes, peligros y monstruos, infiernos, demonios
y sus trampas, y eleva hasta el cielo a estas almas, que son materia
después de aquellas historias místicas, incomparablemente más bellas y
curiosas que todas cuantas puedan inventar las más cavilosas imaginaciones
humanas.
Vamos, pues,
alma mía. Atravesemos los peligros y horrores, que no pueden dañarnos
mientras nos hallemos conducidos y sostenidos por la mano segura e
invisible, pero omnipotente e infalible, de la divina Providencia. Vamos
sin miedo, dirigiéndonos a nuestra meta con paz y alegría, haciendo
materia de victoria de todo cuanto se nos vaya presentando. Para combatir
y vencer nos hemos alistado bajo las banderas de Jesucristo. «Salió
como vencedor, y para seguir venciendo» [Apoc 6,2]. Contaremos tantos
triunfos como pasos demos bajo su guía.
Dios es quien escribe nuestra vida
El espíritu
de Dios es el que, con la pluma en la mano, sigue escribiendo en el libro
abierto de las almas la historia sagrada, que en modo alguno terminó ya, y
cuya materia no se agotará hasta el fin del mundo. Esta historia no es
sino la crónica del gobierno de Dios y de sus designios sobre los hombres.
Y nosotros figuramos en la continuación de esa historia, si unimos
nuestros sufrimientos y acciones a su guía. No, no, todo lo que se nos
presenta, para hacer o para sufrir, no es para perdernos. Son únicamente
medios para que se continúe esta Escritura santa, que se acrecienta todos
los días.
Un alma santa
es aquella que se somete libremente, con la ayuda de la gracia, a la
voluntad de Dios. Todo lo que precede al puro consentimiento es obra de
Dios, y en modo alguno obra del hombre, que le recibe a ciegas en un
abandono e indiferencia universal. Dios no le exige sino esta única
disposición; el resto, Él lo determina y elige según sus designios, como
un arquitecto señala y escoge las piedras.
Así pues, es
preciso amar a Dios en todo, en todo su orden providencial. Es necesario
amarle sea cual fuere el modo con que se presente al alma, sin desearle de
otra forma. Si éstos u otros objetos son ofrecidos, eso no es asunto del
alma, sino de Dios, que da lo mejor para el alma. El gran compendio, la
máxima más sublime de la espiritualidad, es este abandono puro y entero a
la voluntad de Dios, en un continuo olvido de sí mismo, para ocuparse
enteramente en amarle y obedecerle, apartando temores y reflexiones, como
también las inquietudes producidas por el cuidado de la salvación y de la
propia perfección. Puesto que Dios se nos ofrece para arreglar nuestros
asuntos, dejémosle hacer, y no nos ocupemos más que de Él mismo y de sus
cosas.
Confiados, dejémosle hacer a Dios
Vamos, alma
mía, vamos con la cabeza bien alta por encima de todo lo que pasa fuera o
dentro de nosotros, siempre contentos de Dios, contentos de lo que El hace
en nosotros y nos hace hacer. Guardémonos bien de enredarnos
imprudentemente en interminables reflexiones inquietantes, que, como otros
tantos caminos perdidos, se ofrecen a nuestro espíritu para engañarle, y
para hacerle caminar sin fin pasos y pasos perdidos. Salgamos del
laberinto de nosotros mismos, saltando por encima, y no tratando de
recorrer sus interminables vueltas y revueltas.
Vamos, alma
mía, atravesemos por medio de los desalientos, enfermedades, sequedades,
durezas de carácter, debilidades del espíritu, lazos del diablo y de los
hombres, desconfianzas y envidias, siniestras ideas y persecuciones.
Volemos como un águila sobre todas estas nubes, fija siempre la vista en
el sol y en sus rayos, que son nuestras obligaciones. Sintamos todo eso,
ya que no está en nosotros no sentirlo, pero no olvidemos que nuestra vida
no debe ser una vida de sentimiento, sino la vida superior del alma, donde
Dios y su voluntad obran una eternidad siempre serena, siempre igual e
inmutable.
Abandono y paz en todas las cosas
Es en esa
estancia, completamente espiritual, en donde lo increado, lo
incomprensible, lo inefable, mantiene al alma infinitamente alejada de
todas las determinaciones de las sombras y demás cosas creadas. Los
sentidos, sí, experimentan sus agitaciones, sus vicisitudes y sus cien
metamorfosis, que pasan siempre, desapareciendo en el aire, como sin orden
ni concierto. Pero Dios y su voluntad es el objeto eterno que fascina el
corazón en la vida de la fe, y que, en la vida de la gloria, constituirá
la verdadera felicidad.
Y este estado
glorioso del corazón influirá en todo el compuesto material del hombre,
que ahora es presa de monstruos, pájaros nocturnos y bestias feroces. Bajo
estas apariencias horribles, la acción divina, dándole una facilidad
completamente celestial, le hará brillar como el sol, porque las
facultades del alma sensitiva y las del cuerpo, se preparan y trabajan
aquí abajo como el oro, el hierro, el lino o las piedras. Estas diversas
cosas no pueden gozar del brillo y pureza de su ser sin haber sufrido
muchos golpes, destrucciones y despojos. Y del mismo modo, todo lo que las
almas tienen que sufrir en la tierra bajo la mano de Dios, que es este
amor, divino obrero, no sirve sino para disponerles a esa gloria eterna.
El alma de
fe, que conoce el secreto de Dios, permanece absolutamente en paz, y todo
lo que le pasa, en lugar de alarmarle, acrecienta su seguridad, pues está
íntimamente persuadida de que es Dios quien la conduce. Por eso lo recibe
todo como una gracia, y vive olvidada de sí misma, dejándole trabajar a
Dios en ella, sin pensar más que en la obra que Él le ha encomendado, que
es amarle sin cesar y cumplir con fidelidad y exactitud sus obligaciones.
El alma
recibe distintas impresiones sensibles, aflictivas o consoladoras, por
medio de los objetos a que la voluntad divina la aplica incesantemente,
buscando sólo su bien. Pero todas le sirven para encontrar a Dios, que es
el objeto de la fe, y para unirse a Dios en todas las diferentes
situaciones y disposiciones.
Capítulo V
El estado de pura fe
En pura fe
El estado de
pura fe es cierta unión de fe, esperanza y caridad en un solo acto que une
el corazón a Dios y a su acción. Estas tres virtudes unidas forman una
sola virtud, un solo acto, una elevación única del corazón a Dios y un
simple abandono a su acción.
Pues bien,
¿cómo expresar esta divina unión, esta esencia espiritual? ¿Cómo
encontrarle un nombre que exprese bien su naturaleza y su idea, y que haga
concebir la unidad de su trinidad? Ya no son tres virtudes, sino una sola
fruición y gozo de Dios y de su voluntad. Este objeto adorable se ve, se
ama y se espera de él todas las cosas. A esto se le puede llamar amor
puro, pura esperanza, pura fe, y a esta unidad mística puede dársele el
nombre de pura fe, aunque bajo este nombre haya que entender las tres
virtudes teologales. Nada hay más cierto que este estado en lo que
respecta a Dios, y nada más desinteresado en lo que respecta al corazón.
Por la unión de Dios y del corazón el estado de pura fe tiene, del lado de
Dios, la certeza de la fe, y del lado de la libertad del corazón, la
certeza sazonada por el temor y la esperanza.
¡Qué unidad
tan preciosa la de la trinidad de tan excelentes virtudes! Creed, pues,
esperad, amad, pero por el solo toque del Espíritu divino, que Dios os
comunica y que produce en vuestro corazón. Ésta es la unión del Nombre de
Dios, que el Espíritu difunde en el centro del corazón. He aquí esta
palabra y revelación mística, esta prende de la predestinación y de todas
sus felices consecuencias: «¡Qué bueno es Dios para el justo, el Señor
para los limpios de corazón!» [Sal 72,1].
En puro amor
Este toque en
las almas abrasadas se llama puro amor, pues derrama un torrente de
gozo desbordante sobre todas las facultades, con plenitud de confianza y
de luz. Pero en las almas embriagadas de ajenjo ese mismo toque se llama
pura fe, porque la obscuridad y las sombras de la noche son todas
ellas puras.
El puro amor
ve, siente y cree. La pura fe cree sin ver ni sentir. Ésta es la
diferencia entre uno y otra, que no se funda sino en apariencias que no
son las mismas, pues, en realidad, así como el estado de pura fe no carece
de amor, del mismo modo el estado del puro amor no carece ni de fe ni de
abandono. Pero se emplean estos términos a causa de lo que predomina en
cada estado.
La mezcla
diferente de estas virtudes bajo este toque del Espíritu marca la variedad
de todos los estados de la vida sobrenatural, y como Dios los puede
mezclar en infinitos modos, no hay alma que no reciba este precioso toque
con alguna peculiaridad propia de ella. Pero ¿qué más da? Se trata siempre
de fe, esperanza y caridad.
Abandono confiado, camino universal
Pues bien, el
abandono es el medio universal para recibir de algún modo las virtudes
generales de esos toques. No todas las almas pueden aspirar al mismo modo
y al mismo estado bajo las divinas mociones; pero todas ellas pueden
unirse a Dios, todas pueden abandonarse a su acción, todas ser esposas
abandonadas en Él, todas recibir las gracias del estado que les es propio,
todas, en fin, encontrar el reino de Dios y tomar parte en su grandeza y
en la excelencia de sus valores. Es un imperio en el que toda alma puede
aspirar a una corona, sea de amor o sea de fe, que siempre es el reino de
Dios.
Es cierto que
existe una diferencia, pues mientras unas están en las tinieblas, otras
están en la luz. Pero, digámoslo ya, ¿qué importa esto, con tal de que
unas y otras estén unidas a Dios y a su acción? ¿Es el nombre del estado
lo que cuenta? ¿En eso está su distinción y su excelencia? De ningún modo.
Lo decisivo es la unión con el mismo Dios y con su acción. La manera debe
ser indiferente al alma.
Prediquemos,
pues, a todas las almas no tanto el estado de pura fe o de puro amor, de
cruz o de caricias, pues eso no puede darse por igual a todas y de la
misma manera. Prediquemos en cambio a todos los corazones sencillos y
entregados a Dios el abandono a la acción divina en general, y hagamos
comprender a todos que por estos medios recibirán el estado particular que
esta acción divina les ha elegido y destinado desde toda la eternidad.
Todos llamados a la santidad
No
desanimemos, no rechacemos, no alejemos a nadie de la más eminente
perfección. Jesús llama a todo el mundo a la perfección, pues a todos
exige que sean fieles a la voluntad de su Padre, de modo que todos vengan
a formar su Cuerpo místico, cuyos miembros no pueden llamarle Señor con
verdad sino en la medida en que sus voluntades se hallen perfectamente de
acuerdo con la suya. Repitamos incesantemente a todas las almas que la
invitación de este dulce y amable Salvador no exige de ellas nada que sea
difícil, ni extraordinario. Él no les exige ninguna habilidad especial;
solamente quiere que su buena voluntad esté unida a la suya, para así
conducirlas, dirigirlas y favorecerlas en la medida de esa unión.
¡Sí, almas
queridas! Dios no quiere más que vuestro corazón. Si buscáis este tesoro,
este reino en que sólo Dios reina, lo encontraréis. Si vuestro corazón se
entrega totalmente a Dios hallaréis, desde ese momento, aquel tesoro,
aquel mismo reino que deseáis y buscáis. Cuando se ama a Dios y su
voluntad, se goza de Dios y de su querer, y este gozo corresponde
perfectamente al deseo que se tiene de amarlo. Amar a Dios es desear
sinceramente amarle. Y porque se le ama, por eso se quiere ser instrumento
de su acción, para que su amor obre en nosotros y a través de nosotros.
Lo de menos es tener o no talentos
La acción
divina corresponde a la voluntad del alma sencilla y santa, y no a sus
habilidades. Corresponde a su pureza de intención, y no a los medios que
elige, a los proyectos que forma, a las maneras que imagina o a los medios
que adopta. En todo esto puede engañarse el alma. Y no es raro que suceda.
Pero su rectitud y su buena intención no le engañan jamás. Y Dios conoce y
ve esta buena disposición de la persona, no se fija en el resto, y toma
como hecho todo lo bueno que ésta infaliblemente haría, si conocimientos
más exactos secundasen su buena voluntad.
Nada, pues,
tiene que temer el alma de buena voluntad. Si cae, no puede caer sino en
esta omnipotente mano, que la conduce y levanta, en sus mismos extravíos,
que la aproxima al fin cuando se aleja de él, que la vuelve a su camino
cuando se extravió. El alma encuentra siempre un apoyo en esta mano
divina, que la guía entre los precipicios, en cuyo borde la coloca el
esfuerzo y la astucia de las facultades ciegas que la desvían; le hace ver
cómo debe despreciarlas, contando sólo con ella y abandonándose
enteramente a su infalible gobierno. En todo caso, los errores en que caen
las almas buenas van a dar en seguida en el abandono, por lo que jamás se
encuentran sin recurso, pues, como dice la Escritura, «todo coopera
para su bien» [Rm 8,28].
Todos los estados son santos y santificantes
Éste es, Amor
querido, el abandono que yo predico, y no un estado particular. Considero
con gran amor todos los estados en que tu gracia pone a las almas y, sin
tener más estima por uno que por otro, enseño a todas un medio general
para llegar a aquél que tú les has designado. Solamente pido a todas esa
voluntad de abandonarse completamente a tu guía. Tú les harás llegar
infaliblemente a aquel estado que es el más excelente para ellas.
Ésta es la fe
que les predico, el abandono, hecho de confianza y fe. No pido sino la
voluntad de entregarse a la acción divina, para ser su instrumento,
creyendo que obra en todo instante y en todas las cosas, con más o menos
feliz resultado, según la mayor o menor buena voluntad del alma. Ésta es
la fe que predico. No un estado especial de fe y de amor puro, sino un
estado general de buena voluntad, que abraza todas las diferencias de
estado y circunstancias particulares en que Dios pone a cada alma, y
donde, bajo distintas formas, les comunica las gracias que desde la
eternidad les tiene preparadas. Hablo a las almas que sufren, pero aquí
también hablo a toda clase de almas, porque la verdadera intuición de mi
corazón es anunciar a todos el secreto evangélico y «ser todo para
todos» [1Cor 9,22].
Con gracias extraordinarias o sin ellas
En esta
disposición feliz, creo que es para mí un deber, que cumplo gustoso,
«llorar con los que lloran, alegrarme con los alegres» [Rm 12,15],
hablar a los ignorantes en su lenguaje, y emplear con los sabios términos
doctos y elegantes. Quiero hacer ver a todos que todos pueden pretender no
las mismas cosas, pero sí un mismo amor, un mismo abandono, un mismo Dios,
una misma docilidad a su acción, y que todos puedan llegar así a una gran
santidad.
Aquello que
decimos gracias y favores extraordinarios se denomina así por el escaso
número de almas que por una fidelidad constante se hacen dignas de
recibirlos. El día del juicio se entenderá bien. Entonces se verá muy
claramente que esto no viene de que Dios no quiera comunicarlas, sino sólo
por culpa de quienes se vieron privados de estos divinos dones. ¡A qué
sobreabundancia de bienes se abre el seno de quien mantiene siempre
constante la sumisión total de una buena voluntad!
Cuando
nuestro divino Salvador vivía entre los hombres, los que no le veneraban,
los que no ponían en Él su confianza, eran los únicos que no disfrutaban
de los favores que a todos dispensaba. Y esto sólo ha de atribuirse a sus
malas disposiciones. Es cierto también que no todos pueden aspirar a los
mismos estados sublimes, a los mismos dones y grados de excelencia; pero
si todos, fieles a la gracia, correspondiesen en su medida, todos estarían
contentos, porque llegarían todos al nivel de excelencia y de gracia que
satisfaría plenamente sus deseos. Y estarían contentos según naturaleza y
según gracia, porque la naturaleza y la gracia se confunden en el mismo
deseo anhelante que del fondo del corazón se alza hacia tan preciosos
dones.
Contentos con el don de Dios
Si uno no
recibe los talentos propios de un estado, recibirá los peculiares de otro.
Unos estarán en pura fe, otros en otra situación de espíritu. En la misma
naturaleza creada, cada criatura tiene lo que conviene a su especie: cada
flor tiene su encanto, cada animal su instinto, cada criatura su
perfección. Así, en cada estado diverso de la vida espiritual, cada
persona tiene su gracia específica, y cada uno está contento si su buena
voluntad sabe acomodarse al estado elegido para él por la Providencia.
Desde que
esta buena voluntad nace en el corazón de un alma, ésta se sumerge en la
acción divina y ésta obrará más o menos en ella, según esté más o menos
abandonada. Por lo demás, el arte de abandonarse no es otro que el arte de
amar. El amor encuentra a Dios en todo, y nada le rehusa. ¿Cómo rehusarlo?
El amor no puede pretender otra cosa que lo que quiere el amor.
Cuando Dios
actúa en el hombre sólo tiene en cuenta la buena voluntad. Y la capacidad
de las otras potencias no le atraen, ni su incapacidad le alejan. Cuando
Él encuentra un corazón bueno y puro, recto y simple, dócil, filial y
respetuoso, ya no necesita más, sino que se apodera de ese corazón, posee
todas y cada una de sus potencias, y va concertando todo tan a favor del
alma, que en todas las circunstancias halla ésta cómo santificarse. Y
aquello mismo que es veneno mortal para otros, resulta inocuo por completo
cuando actúa el contraveneno de la buena voluntad.
Si el alma
llega al borde de un precipicio, la acción divina le sujeta; y si en él
cayera, suspendería su caída. Y aún si cayera del todo, ella le levantará.
Después de todo, las faltas de estas almas no suelen ser sino faltas de
debilidad, cometidas con poca advertencia; y el amor sabe siempre
transformarlas para su provecho espiritual.
Paz bajo la guía de Dios
El Señor, por
secretas insinuaciones, les va haciendo entender siempre a estas almas lo
que han de decir o hacer según las circunstancias: «los que temen a
Dios poseen una mente recta» [Sal 110,10]. En efecto, iluminados por
la divina inteligencia, se ven acompañados por ella en todos sus pasos, y
ella misma les saca de los malos senderos en que entraron por ignorancia.
Y cuando se
metieron sin saberlo en una situación perjudicial, la Providencia gobierna
las cosas de tal suerte que todo se remedia y se vuelve en bien para
ellas. Por más que estas almas se vean envueltas en las mallas de
múltiples intrigas, la Providencia rompe esos lazos, confunde a sus
autores, y les infundo «un espíritu de vértigo», que les hace caer
en sus mismas trampas [Is 19,14]. Bajo su guía, las almas a quienes se
quería sorprender hacen sin saberlo cosas que, inútiles en la apariencia,
sirven después para sacarlas de todos los apuros en que su rectitud y la
malicia de sus enemigos las habían puesto.
Tobías
¡Qué finísima
sabiduría lleva consigo la buena voluntad! ¡Cuánta ingenio en su candor
inocente! ¡Cuántos misterios secretos se esconden en su invariable
rectitud!... Recordad, si no, al joven Tobías [Tob 6,2-6]. No es más que
un muchacho, pero a su lado está Rafael. Con este guía angélico camina
seguro, nada le espanta y nada le falta. Los mismos adversarios que
encuentra son los que le proporcionan alimentos y medicinas, y el monstruo
marino se vuelve para él un dulce y suave alimento. Se va viendo ocupado
en bodas y banquetes, pues así lo ordena la Providencia [6,10-18]. Tiene,
sin duda, otros negocios importantes, pero están abandonados a esa
inteligencia celeste encargada de dirigirle en todo. Y todos estos asuntos
se van arreglando y concluyendo con tal éxito que él solo no lo hubiera
logrado tan felizmente de no tratarse en realidad de una bendición. Sin
embargo, la madre de Tobías llora, llena de amargas preocupaciones,
mientras que el padre está lleno de fe. Vuelve al fin este hijo, y toda la
casa se llena de alegría [7,14-16].
Un corazón puro
Que los
demás, Señor, te pidan toda clase de bienes; yo no te pediré más un solo
don. Que multipliquen sus palabras y ruegos; yo, Dios mío, no te haré más
que una sola súplica: «dame un corazón puro» [Sal 50,12]. ¡Oh,
corazón puro, qué feliz es el que te posee! Él ve dentro de sí a Dios, por
la viveza de su fe. Le ve en todas las cosas y en todos los instantes,
obrando dentro y fuera de él. Se ve siempre como su instrumento, guiado y
conducido por Él en todo. Cierto es que casi nunca piensa en ello, pero
Dios piensa por él. Aquello que sucede y ha de suceder por una ordenación
providencial, basta con desearlo, pues Él comprende nuestra disposición.
En su pura
sencillez, si el corazón intenta precisar este deseo, no alcanza a verlo;
pero Dios lo ve y lo conoce. En fin, ¿sabes lo que es un corazón bien
dispuesto? Es un corazón en el que Dios habita, y viendo todas sus
inclinaciones, Él sabe bien que está siempre sometido a su beneplácito. Él
conoce también que ese corazón apenas sabe lo que le es propio, y por eso
Dios se encarga de dárselo. A este corazón no le importan las
contrariedades. Quiere ir al Oriente, y Dios le conduce al Occidente. Iba
a dar contra un escollo, el timón se vuelve y lo lleva al puerto. Sin
conocer mapa ni camino, vientos o mareas, sin nada de ésto, siempre sus
viajes terminan felizmente. Si se le cruzan los piratas en el mar, un
golpe de viento inesperado le pone fuera de su alcance.
¡Oh buena
voluntad, corazón puro! Qué sabiamente Jesús reconoció tu lugar al
colocarte entre las bienaventuranzas [Mt 5,8]. ¡Qué mayor felicidad que la
de poseer a Dios y ser al mismo tiempo poseído por Él! Estado maravilloso
y lleno de encanto, en el que se duerme tranquilamente en el seno de la
Providencia, se juega inocentemente con la divina Sabiduría [Prov 8,30],
sin inquietud alguna sobre lo acertado de su curso, que no sufre ninguna
interrupción y que se cumple siempre felizmente, a través de escollos,
piratas y continuas tempestades.
¡Oh corazón
puro, buena voluntad! Tú eres el verdadero fundamento de todos los estados
espirituales. Es a ti a quien son comunicados los dones maravillosos de la
pura fe, la esperanza, la pura confianza y el puro amor. En tu tronco
brotan las flores del desierto, esas gracias tan preciosas que no suelen
florecer sino en aquellas almas perfectamente desasidas, en las que Dios,
como en una casa deshabitada, establece su morada, excluyendo a todo otro
morador.
Tú eres esa
fuente abundante de donde manan todos los arroyos que riegan el vergel del
Esposo y amenizan el jardín cerrado de la Esposa. ¡Ah! con qué verdad
puedes decir a las almas todas: Consideradme bien, y veréis que soy padre
del amor hermoso, amor que distingue lo más perfecto y lo abraza. Yo soy
el que hago nacer el temor dulce y fuerte, que da horror al mal y lo evita
sin turbación. Yo soy el que enciende las luces que nos descubren las
grandezas de Dios y la hermosura de la virtud que le honra. Yo soy, en
fin, quien suscita los ardientes deseos que, acompañados de la santa
esperanza, animan a practicar constantemente el bien, a la espera de aquel
Dios cuya posesión un día debe hacer, como ahora pero mucho más
gozosamente, la felicidad de estas almas fieles.
Y tú, corazón
bueno, tú puedes convidar a todos para enriquecerlos con tus inagotables
tesoros. A ti van a dar todos los estados y caminos espirituales, y es en
ti donde ofrecen esa belleza, atracción y encanto que de ti proceden. Los
frutos maravillosos de gracias y virtudes de toda clase, que resplandecen
y alimentan, proceden de tus ricos plantíos. Tú eres «la tierra que
mana leche y miel» [Sir 46,8], tus pechos destilan néctar delicioso,
en tu seno descansa «la bolsita de mirra» [Cant 1,13], y de tus
dedos fluye con abundancia y pureza el vino delicioso con que el Esposo
convida a sus amigos [5,5].
Llave de los tesoros celestiales
Vamos pues,
almas queridas, corramos, volemos al lado de esta Madre amorosa que nos
llama. Vayamos al instante, y perdámonos en Dios, en su mismo corazón,
embriagándonos con el licor de esta buena voluntad. Tengamos en el corazón
la llave de los tesoros celestiales, y emprendamos ahora mismo nuestro
camino hacia el cielo, sin temor alguno de encontrarlo cerrado: esa llave
nos abrirá todas las puertas. No habrá lugar, por secreto que sea, donde
no nos sea dado penetrar. Nada estará cerrado para nosotros, ni el jardín
[de la Esposa: Cant 4,12], ni la bodega, ni la viña. Respiraremos si nos
agrada el aire del campo, paseando a nuestro gusto. En fin, iremos y
vendremos, entraremos y saldremos libremente con esta llave de David [Apoc
3,7], que es la llave de la ciencia [Lc 11,52], la llave del Abismo [Apoc
9,1], que guarda en su seno los tesoros profundos y secretos de la
Sabiduría divina [Sab 7,14].
Esta llave
divina abre las puertas de la muerte mística, penetrando sus tinieblas
sagradas; da acceso al profundo lago y al foso de los leones. Ella es la
que adentra las almas en estos oscuros calabozos, para sacarlas de ellos
sanas y salvas. En fin, esta llave nos introduce en la feliz morada de la
inteligencia y de la luz, donde el Esposo toma el aire en el descanso del
mediodía [Cant 1,6], donde se sabe bien pronto, en cuanto se le ve, cómo
obtener un beso de su boca [1,1], y cómo compartir confiadamente su lecho
nupcial, donde se aprenden los secretos del amor. ¡Secretos divinos, que
no está permitido revelar y que ninguna lengua humana es capaz de
expresar!
Dios reina en un corazón puro
¡Amemos,
pues, almas queridas! Todos los bienes, para enriquecernos, no esperan
sino el amor. Él da la santidad y todos los dones que le acompañan, dones
inefables que fluyen por todas partes, a derecha e izquierda, de los
corazones abiertos a ella. Ésta es la semilla divina de la eternidad, que
jamás podrá alabarse dignamente. Vale más poseerla en secreto, que
ensalzarla con débiles palabras. Pero no es preciso cantar tu alabanza
solamente cuando se está poseído por ti. Pues cuando tú posees un corazón
puro, leer, escribir, hablar, hacer esto o lo contrario, todo es lo mismo
para el corazón. Ya nada busca, nada evita; solitario o apóstol, sano o
enfermo, sencillo o elocuente, todo viene a ser lo que tú dictas al
corazón.
Y el corazón,
como un eco fiel tuyo, lo repite todo a las demás potencias. En este
compuesto material y espiritual del hombre, en el que tú, Señor, quieres
establecer tu reino, es el corazón el que gobierna bajo tu guía. Y como ya
no hay en él otros movimientos que los que tú le inspiras, todo objeto que
tú le ofreces le agrada, al mismo tiempo que aborrece cuanto el demonio y
la naturaleza le presentan en contrario. Y si alguna vez permites que se
deje engañar, sólo es para que vuelta a ti más sabio y más humilde.
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