EL IMPULSO ANIMAL EN EL SER HUMANO
La sexualidad humana ofrece una enorme complejidad. Sin
embargo, su impulso fundamental es de tipo instintivo. Es la
personalidad, formada por la inteligencia racional, la educación, la
voluntad y el espíritu la que diferencia la sexualidad humana de la de los
animales. La sexualidad es un elemento básico de nuestras vidas, y
forma parte, de manera intrincada e inseparable, del más grande de los
sentimientos: el amor.
Aunque el estallido de la sexualidad se produce a
partir de la pubertad, en realidad nos acompaña desde nuestro mismo
nacimiento. Como Freud y otros estudiosos descubrieron, el niño presenta
ya una faceta sexual desarrollada, que influye en la evolución de su
personalidad y que puede determinar, al menos en parte, su vida adulta.
Por todo ello es conveniente asumir la sexualidad como
algo perfectamente natural, pero también como un factor vital que,
relacionado con el deseo, debe ser educado y controlado. Como ya se ha
comentado, y así se supo desde los mismos comienzos de la psiquiatría
moderna, la represión de la sexualidad en la edad infantil puede producir
trastornos; igualmente, la entrega a una sexualidad descontrolada –a un
deseo descontrolado- da lugar a una vida insatisfactoria e infeliz
dominada por los impulsos hedonistas.
Las teorías sobre la sexualidad humana son
numerosísimas, y tal vez no haya otro tema sobre el que se haya escrito
tanto a lo largo de la historia. Desde Ovidio hasta el propio Freud, o
desde el Kama Sutra hasta Havelock Ellis, la literatura sobre el tema ha
ido desde el puro erotismo hasta los tratados científicos, pasando por
catálogos de posturas y hasta libros que relacionan el sexo y la mística.
En realidad no fue hasta finales del siglo XIX que la
sexología se convirtió en una ciencia gracias al libro Estudios sobre
psicología sexual, del mencionado Ellis. En esta obra se analizaba por
primera vez la sexualidad desde un punto de vista general, desvinculado
del erotismo. Ellis estudió la relación de pareja, la respuesta sexual de
hombres y mujeres, o problemas como la frigidez y la impotencia. Desde
entonces ha habido multitud de autores que se han dedicado a este tema
que, sin duda, atrae, sorprende y fascina al ser humano: Kinsey, Master,
Johnson, Pellegrini, Giese, Lorando... En casi todos los países de Europa,
así como en los Estados Unidos, se han publicado trabajos de mayor o menor
rigor que han tenido la sexualidad humana como tema central.
El planteamiento ha sido distinto en cada caso. Unos
han preferido concentrarse en detalles técnicos; otros han buscado una
mejor expresión de las necesidades sexuales; algunos han querido
desmitificar el sexo, restándole importancia como cosa natural que es; y
otros han preferido indagar en los medios para incrementar el placer.
Todos ellos, sin embargo, han coincidido en un punto: la sexualidad humana
es variada, exclusiva de nuestra especie, pero guarda un poso animal en su
impulso de base. Independientemente del punto de vista, casi todos los
autores señalan, por una razón o por otra, que hay que evitar dejarse
dominar por ese impulso instintivo que priva a la sexualidad de sus
mejores facetas y convierte la relación de pareja en un mero choque sexual
para satisfacer un apetito apremiante.
Por desgracia, estas sugerencias no parecen haber
prendido en la sociedad moderna, agobiada por la inmediatez, el hedonismo
y el consumismo. El sexo se ha convertido, desde la década de 1980, en un
artículo más de consumo masivo y por eso proliferan todo tipo de negocios
relacionados con el sexo puro, en su vertiente animal, sin entrar a
considerar aspectos superiores. Pornografía, prostitución, teléfonos
eróticos... Son formas de sexualidad en las que no existe una verdadera
relación humana (a veces ni siquiera hay un contacto físico), sino sólo la
descarga de una necesidad gobernada por el instinto. Alcanzado el placer
físico, la persona se siente vacía -como siempre que se realiza un deseo
de manera impulsiva- y esto produce sentimientos de culpa, obsesión y
neurosis.
Convertir el sexo en una «religión», lo que parece ser
una de las normas de la modernidad, es un error. La sexualidad es sólo
una parte del ser humano, importante, pero no la más importante, ni
tampoco la única.
LA VIDA SEXUAL
La sexualidad humana es, pues, algo más que conseguir
un orgasmo rápido. Es parte de una relación profunda entre dos personas,
el inicio de un proyecto común que, partiendo de lo corporal, termina en
una fusión psicológica, cultural y espiritual. La función básica de la
sexualidad en la naturaleza es asegurar la continuidad de la especie por
medio de la reproducción, pero en el género humano es algo más.
La sexualidad es parte del amor, y el amor conduce al
perfeccionamiento de la persona y a la verdadera felicidad. Para que
la sexualidad sea satisfactoria y surja el amor es necesario saber
controlar el deseo. De nuevo, como ya hemos indicado en otros capítulos,
la inteligencia es la herramienta que nos permitirá alcanzar éxito en esta
misión, compleja y esforzada, pero que ofrece una magnífica recompensa.
La sexualidad es una parte del amor, pero no es lo
mismo que éste. Como dijo el actor estadounidense Groucho Marx « ¿Por qué
lo llaman amor cuando quieren decir sexo?». Esta frase, pronunciada en
tono de broma, esconde una gran verdad: el sexo por sí solo no es más que
un impulso del instinto. Por el contrario, el sexo con amor forma parte
del camino hacia el desarrollo humano en el ámbito de la pareja.
La relación de pareja debe apoyarse también en la
educación de los deseos. La relación sexual entre el hombre y la mujer ha
de ser plena, placentera y satisfactoria. Hay que evitar los tabúes y la
represión. Al mismo tiempo, hay que saber que el sexo no es lo único. Es
necesario un proyecto, un compromiso y una verdadera compenetración. Los
dos miembros de la pareja deben llegar a conocerse, fundirse en una sola
personalidad con un objetivo vital común. La afectividad, el cariño y la
confianza son fundamentales.
La contención es importante en la vida sexual de la
pareja. Forma parte de la educación del deseo, y permite disfrutar de una
sexualidad más completa, por cuanto hace que entren en el juego elementos
como el autocontrol, la voluntad y el dominio sobre los impulsos. Las
personas que se dejan gobernar por sus deseos terminan siendo infelices,
neuróticas y se convierten en egoístas incapaces de mantener una verdadera
relación comprometida.
Hay que tener en cuenta que la sexualidad no es un fin
en sí misma, sino parte de un entramado.
LA HISTORIA DEL AMOR
El amor ha sido una de las fuerzas que ha movido a la
humanidad a lo largo de la historia. La literatura, el arte, la filosofía,
la música y hasta la ciencia han tenido el amor como uno de sus temas
centrales. En el amor, en sus planteamientos y formas, se puede estudiar
el carácter profundo de una cultura.
En nuestra tradición cultural occidental fueron, por
supuesto, los filósofos griegos los primeros en estudiar detalladamente la
naturaleza del amor. Entre sus conclusiones destaca la tesis de que el
amor surge primero de un deseo físico, pero que luego se perfecciona en
una relación más profunda caracterizada por el afecto. El amor y el afecto
no se distinguían claramente, y lo que hoy llamamos amor (en su sentido de
relación de pareja, amor erótico) era más bien considerado puro deseo
sexual.
El cristianismo elevó el amor a la categoría de valor
universal. El amor, tanto a Dios como al prójimo, es la máxima expresión
del carácter humano y lo que verdaderamente nos convierte en seres
superiores. El amor sería una suma de virtudes, como bondad, compromiso y
generosidad. La idealización del amor cortés en la Edad Media corrompería
en parte este concepto superior, al iniciarse un «vaciado» de la relación
de pareja que alcanza su «cumbre» en los últimos compases del siglo XX.
En diversas obras como El arte de amar, de
Ovidio, o El collar de la paloma, de Ibn Hazm de Córdoba, se habla
del amor, pero no tanto en su faceta de entrega y renuncia, sino en planos
que van desde la sensualidad a la distancia. El amor que predican estos
libros, y otros parecidos, está más en la línea del hedonismo, aunque
todavía se buscaba un contenido humano. El Renacimiento proseguiría en
esta línea y se iría alejando del concepto de amor pleno de la tradición
cristiana original. La Celestina, y más tarde Romeo y Julieta,
son los precedentes de un nuevo concepto de amor que se va desarrollando
poco a poco hasta llegar a la definición del amor del primer gran filósofo
moderno, Descartes.
Para el pensador francés el amor era una de las
pasiones fundamentales del ser humano -junto al deseo o el odio, entre
otras-, y estableció su famosa máxima: «El corazón tiene razones que la
razón desconoce». El enciclopedista Diderot llegó aún más lejos con una
frase que, en nuestra opinión, es absolutamente errónea, pero que da buena
fe de la forma de pensar de la Ilustración: «Se dice que el deseo es fruto
de la voluntad, pero lo cierto es lo contrario: la voluntad es fruto del
deseo». En suma, se había llegado a la culminación de un proceso
intelectual que separaba el amor del intelecto, como si fueran aspectos
independientes.
Esta lógica, equivocada en nuestra opinión, condujo
paso a paso al desarraigo del fin del milenio. El amor, elaborado como
pasión exaltada por los autores románticos, devino sentimiento vacío,
expresión del hedonismo apresurado, y quedó privado de su verdadero valor
como herramienta para alcanzar la plenitud del espíritu.
En la actualidad vemos los resultados de todo ello: una
multitud de personas desorientadas, dominadas por el consumismo y privadas
de felicidad. Todo el mundo nota que algo va mal, pero no sabe decir
exactamente qué. Es hora de efectuar un giro, de realizar un esfuerzo de
superación tanto personal como social.
LA SOCIEDAD DEL DESAFECTO
La proliferación de una forma de deseo sexual carente
de amor se ha traducido en una desorientación afectiva intensa para muchas
personas. No sabemos a qué atenernos, qué reglas seguir. La entronización
de la idea de la eterna juventud y la belleza física como únicos valores
dominantes ha dado en la figura del «eterno adolescente», en la imagen
penosa de gentes adultas que siguen comportándose de manera inmadura,
dando tumbo, sin saber cuál es la dirección adecuada.
Sólo las novedades, lo sorprendente, tienen algún
interés, en cuanto sirven para al-mentar una sed constante de deseo. El
deseo fácilmente satisfecho deja una sensación desagradable que sólo puede
llenarse con más deseos, y de ahí el esfuerzo por ofrecer cada vez mayores
y más diversas posibilidades de consumo, ocio vacío y erotismo
deshumanizador.
Hemos creado una sociedad del desafecto, en la que el
cariño y el compromiso entre las personas no son valorados, en la que no
hay ningún proyecto, ni tampoco futuro. Sólo existe el yo y el
ahora y eso sólo lleva al egoísmo. Pero el yo, dirigido por una marea
abrumadora de posibilidades de diversión hueca, se desestabiliza y
desorienta. El ser humano perdido en esta tempestad se vuelve débil e
influenciable, carece de voluntad e iniciativa: pierde su humanidad.
LA CRISIS DE LA PAREJA
Hemos descrito los anti-valores de la sociedad moderna,
y hemos hablado también de sus efectos sobre el individuo pero, ¿qué pasa
con la pareja? El objetivo fundamental del amor humano es la relación de
pareja que lleva a la constitución de una familia. La modernidad, con su
carga de hedonismo, también se ha llevado eso por delante.
Siguen existiendo parejas, es cierto, pero a menudo es
sólo una imagen engañosa. Sometidos a la satisfacción sin control del
deseo, cada miembro de la pareja es en realidad un individuo aislado,
dominado por su propio egoísmo y despreocupado del otro, al que sólo
valora en tanto que objeto de placer. Por eso son tan comunes las parejas
de corta duración, los «noviazgos» de quita y pon, el intercambio
constante del ser supuestamente «amado» por otro, pues no se valora la
interioridad, sino sólo el envoltorio exterior. La pareja moderna es
frágil, pues su sustrato es el deseo de pasarlo bien y disfrutar y si no,
de cambio. La ruptura, para la que se está predispuesto, es su «alma». Sin
embargo, el amor es algo más que unirse dos personas brevemente para
satisfacer el impulso sexual.
El egoísmo, unido a la ética relativista tan en boga,
ha concluido en un periodo de subjetivismo que refuerza aún más todo lo
antedicho. Es el dogma del «todo vale, si me apetece». No hay más valores
que los que a uno le sirven en cada momento, y no existen las referencias
fijas. Todo se puede cambiar a conveniencia, sin pensar en los demás, y
sin pensar siquiera en uno mismo. Indiferencia ante lo que afecta al
prójimo y una intensa ansiedad interior son los nuevos «sentimientos».
Todo ello repercute en el ánimo del ser humano, que se
siente infeliz a pesar de tener sus deseos cubiertos, pero en el ámbito de
las relaciones de pareja las consideraciones son más graves, por cuanto
afectan a otra u otras personas. La situación es aún más grave en el caso
de parejas con hijos, pues ,u conducta repercute en la educación de estos
y en la formación de su personalidad, y las consecuencias son muy
dolorosas si se llega a producir una ruptura. Esto no es materia teórica:
es algo que podemos observar casi a diario.
LA EDUCACIÓN ES LA CLAVE
Es el tema de este libro, y por eso lo recalcamos una
vez más: la clave de todo está en la educación. Entendida en un sentido
amplio, como formación de la personalidad hasta alcanzar la plenitud. Es
un proceso vital que se mantiene durante toda la existencia, un camino de
perfeccionamiento que nunca se recorre del todo.
Por medio de la educación desarrollamos nuestras
facultades, aprendemos a usar la inteligencia y fortalecemos la voluntas.
La vida es trabajo, y hace falta fuerza para afrontarla. La educación es
la gimnasia que fortalece nuestros músculos interiores... los de la mente
y el espíritu, y nos da el vigor necesario para afrontar cada nuevo
desafío.
Un ser educado, formado, tiene el control de su propio
ser, y por ello es más persona. A la hora de la relación de pareja el
deseo gobernado sirve como elemento rector en el que te asienta el amor
auténtico.
VIDA PÚBLICA Y PRIVADA
La actividad del ser humano muestra dos vertientes bien
definidas y conocidas: la privada o interior y la pública o exterior. La
vida y la personalidad se definen en gran medida por el grado de
equilibrio que seamos capaces de fijar entre estas dos facetas. Una de
ellas se desplaza hacia dentro, hacia el mundo interior, mientras que la
otra se expresa hacia fuera por medio de la conducta.
Los profesionales de la psiquiatría tratamos de acceder
a los espacios ocultos de la personalidad para descubrir lo que guardan.
Penetramos en los recovecos más íntimos con la intención de descubrir ese
mundo interior oculto que tiene una geografía precisa, pero cuyas
fronteras generalmente están mal definidas. Es un lugar a menudo confuso,
escondido tras una espesa bruma.
Esto implica, en nuestro trabajo, la necesidad de
«hacer un inventario de esta faceta oculta» no sólo por el deseo de
desvelarla, sino también para tratar de ordenarla, para acabar con el caos
y así lograr entender y comprender quién es en verdad una persona. Antes
de seguir adelante hay que explicar los términos. Recordemos que en
nuestra terminología particular, entender significa «ir hacia»,
saber acercarse al otro. Comprender implica un sentido más amplio,
pues representa el hecho de ponerse en el lugar del otro y ver las cosas
desde si punto de vista.
Hay dos cuestiones básicas que no debemos olvidar a la
hora de iniciar el camino de descubrimientos por el interior de nuestra
propia naturaleza. En primer lugar hay que tener en cuenta la visión
estática, el estado de ánimo y opinión que una persona presenta hacia sí
misma y hacia los demás. Es un punto de vista actual, sincrónico. En
segundo lugar hay que considerar la visión dinámica, el análisis
histórico, diacrónico, de una trayectoria personal. No se puede pasar por
alto que la vida es algo que progresa hacia el porvenir, y cada persona
realiza su propia travesía, la cual puede ser analizada por medio de un
estudio amplio que considere varios puntos de vista. Esto es, a fin de
cuentas, una biografía, la vida vista paso a paso y, en lo que nos ocupa,
desde dentro.
Para poder hacer esto con éxito es necesario un método.
El interior humano es un laberinto sin fin, y resulta imposible tratar de
desvelar y analizar todas sus facetas. Con una visión de conjunto se
pueden ir localizando las parcelas y segmentos básicos, los que conviene
aclarar para manifestar su significado. A pesar de las dificultades y
confusiones aparentes, casi siempre nuestra dinámica interior sigue un
hilo conductor, un argumento. Este tejido, si está bien entramado, es
el que hace que la vida se desarrolle correctamente y progrese.
Cuando el especialista y su paciente se mueven juntos a
través de estos paisajes ocultos se descubre un espacio organizado: hay
una puerta de entrada, un patio, una escalera que sube hacia estancias
situadas en un piso más alto. Pero la intimidad también tiene sótanos y
buhardillas, estancias más oscuras y desordenadas... La metáfora de la
casa interior es verdaderamente acertada, pues toda personalidad muestra
también una fachada que se abre a la calle, mientras otros espacios se
cierran hacia el interior y resultan invisibles desde fuera.
Todo lo negativo, lo que nos duele, nos avergüenza o
nos preocupa suele guardarse en el interior. Para asegurar el equilibrio,
sin embargo, es necesario que las alegrías se muevan también por el
espacio interior, iluminando esas estancias que los demás no ven. Saber
proteger la propia intimidad es muy importante. ¡Son dignas de lástima
esas vidas en las que todo se proyecta hacia fuera!
En la actualidad se vive en exceso cara al exterior,
con un deseo exagerado de mostrar una imagen determinada de nosotros
mismos, olvidando otros importantes aspectos de la vida. A menudo la
persona queda atrapada en una lucha constante y obsesiva por dar buena
impresión a los demás.
En el ámbito de la intimidad la persona se encuentra
consigo misma, lo que le permite simultáneamente mejorar su relación con
los demás. El diálogo fluye mejor y se torna más rico y sereno. Esta
mejora hecha desde el interior abarca desde las relaciones familiares
hasta las amistosas o laborales, aunque resulta especialmente beneficiosa
para las primeras, sobre todo en las relaciones de padres e hijos. Así,
aunque pueda resultar paradójico, conocer bien la propia intimidad es algo
básico para alcanzar unas relaciones sanas y completas, sobre todo con los
que nos son más próximos. En una época de crisis como la que estamos
viviendo, la familia unida tiende a convertirse en uno de los tesoros más
valiosos.
Ahora bien, llegados a este punto es necesario tener en
cuenta un aspecto importante de la personalidad humana: la mujer vive
centrada en su cuerpo, su vida gira principalmente alrededor de este
aspecto. El hombre, sin embargo, vive más hacia el exterior, desconociendo
en gran medida su intimidad. Esto se produce por varias razones, entre
ellas una fundamentalmente fisiológica: la mujer es el receptáculo de cada
nueva vida, el hombre no.
La persona moderna carece en gran medida de intimidad.
Pensemos en el desnudo o semidesnudo en las playas, como ya hemos
comentado. Todo está a la vista. Hay en ello contagio y superficialidad,
la imitación de la moda y el quedarse uno en la fachada. Esto hace que
viva centrado en la imagen que ofrece, olvidando el desarrollo de su vida
interior. Para escapar del triste destino que tejen estas redes, en las
que uno se ve envuelto con tanta facilidad, hay que esforzarse por
corregir el error que supone permitir que lo social, exclusivamente, sirva
para vertebrar nuestra existencia. Las relaciones exteriores parten del
interior, de una intimidad sana. Organizando nuestra personalidad es
posible mejorar nuestra forma de ser y, al mismo tiempo, funcionar mejor
en sociedad. La soledad es importante para esto, pues nos permite
comprenderla y reorganizarla si es necesario.
Además, en nuestro interior hay lugares secretos que
conviene tener en cuenta, pero que no hay que revelar. Esta es la esencia
de la intimidad: encontrarse con uno mismo, cultivar lo que hace que nos
entendamos mejor y de este modo, mejorar nuestra relación con el entorno,
con las demás personas.
LA DIMENSIÓN SEXUAL
El ser humano es algo más que un cuerpo y una mente. Su
realidad se compone de numerosas facetas que pueden analizarse a partir de
cuatro planos que se entrelazan profundamente para formar un ser único.
Estos planos son: físico, psicológico, cultural y espiritual.
-El plano físico. Es la base material de nuestro
cuerpo. Sin embargo, se diferencia de la calidad corporal de otros seres
de nuestro mundo, ya que el cuerpo humano sirve de asiento al espíritu.
Los caracteres sexuales físicos, basados en los órganos reproductores, son
la fuente primaria del impulso erótico y del tipo de deseo que tratamos en
este libro. El sexo físico es el más elemental de todos, pero también es
su expresión más primaria: pura fisiología, una simple manifestación del
sistema hormonal.
-El plano psicológico. Es lo que denominamos mente,
cuyo asiento físico es el cerebro. Todos los animales tienen cerebro, pero
en el ser humano este órgano desempeña la función superior del pensamiento
consciente, que es la fuente de la inteligencia racional. En este plano se
expresa el denominado sexo psicológico, caracterizado por los términos
masculinidad y feminidad. Los sentimientos paternales y maternales también
habitan este plano, así como la libido.
-El plano cultural. Es el que se desarrolla por
medio de la educación. El aprendizaje, la capacidad de adquirir
conocimientos exteriores que nos liberen del programa del instinto, es un
rasgo único del ser humano. En el plano del deseo, la educación es
fundamental a la hora de establecer unos patrones sexuales determinados.
Una correcta educación sexual desde la pubertad forma adultos equilibrados
y sanos. Una educación sexual inadecuada o inexistente da lugar a personas
hedonistas, ansiosas o neuróticas.
-El plano espiritual. Es quizá el más complicado de
definir, ya que el espíritu es una esencia interior de lo humano que no
puede ser medida ni contemplada científicamente. Sin embargo, es ese
hálito el que nos mantiene vivos y el que nos eleva por encima de la
animalidad. La sexualidad espiritual es la más elevada, y es la que lleva
a un hombre y a una mujer a fundirse en un solo ser impulsados por un
proyecto familiar de vida en común. Es la aspiración a lo absoluto.
Estos planos no son independientes: todos juntos
conforman la personalidad, y deben actuar unidos y en equilibrio. Si
predomina uno u otro, habrá problemas. Así, la persona que da mayor
importancia a los factores culturales puedo caer en conductas como la
sexofilia; el que se mueve animado por el sexo físico, trivializará el
contenido de esta actividad y se verá sometido a sus impulsos; otras
personas, por el contrario, pueden reprimir excesivamente sus deseos, lo
quo es tan negativo como la liberalidad absoluta.
La sexualidad es un idioma que se expresa a través del
amor. Y el amor parte del cuerpo, de la mente, de la educación y del alma.
Para comprender la verdadera dimensión sexual del ser humano es
imprescindible conocer sus cuata planos y saber conjugarlos y hacerlos
actuar de manera coordinada y equilibrada.
VIVENCIA DEL PLACER EN LA SEXUALIDAD
En nuestro contexto, con la palabra vivencia queremos
expresar simultáneamente dos cosas: en primer lugar, la experiencia
personal, la participación directa en un acto (en este caso el sexual); y
en segundo, la huella que este hecho de participar, de vivir algo como
actor, deja en la persona. En el primer caso, lo importante es ser
protagonista. En el segundo, valorar la fuerza de la impresión que dejan
los hechos, que cambiará según las circunstancias.
En una relación sexual esas circunstancias pueden ser
realmente muy variadas. La cumbre de la sexualidad es el orgasmo, pero
cuando el encuentro se limita únicamente a la búsqueda de placer, no hay
un verdadero encuentro personal, en el que la afectividad sea el
sentimiento dominante. La genitalidad es la relación sexual centrada en el
sexo y no en el amor. Hay muchos matices en la sexualidad sana, que pueden
deteriorarse si el corazón humano se convierte en un campo de batalla en
donde el deseo le gana la partida a la afectividad, con lo que esa
relación pierde calidad humana.
Este tipo de relaciones, que denominamos
preindividuales (por cuanto no hay una verdadera conexión entre las dos
personas), no conducen en absoluto hacia la plenitud y se limitan a ser
una mera satisfacción de los sentidos. Lejos de unir a las personas, un
contacto sexual de este tipo, si se prolonga en el tiempo, produce
separación y alejamiento. Los dos protagonistas irán poco a poco viéndose
desnudos el uno al otro, pero no tanto en el plano físico como en el
psicológico y espiritual, y quedará revelada, dolorosamente, la pobreza
interna de ambos.
Esta sociedad nuestra de los albores del siglo XXI, tan
llena de progresos técnicos pero tan escasa de amor verdadero, va muy
deprisa y no se detiene a pensar sobre los aspectos psicológicos de la
sexualidad. Por un derrotero sinuoso puede llegar a convertir al otro en
objeto de placer, como deseo transitorio de uso de otro cuerpo para sentir
el máximo de placer sexual. La mujer es vista, entonces, con ojos de
deseo, es objeto, no persona, y la relación queda reducida a un medio
utilitario para satisfacer la necesidad de la pulsión instintiva.
Convertir al otro en objeto destruye la calidad del
acto. Lo he dicho en otro apartado de este libro: a veces, en esta
sociedad de nuestro tiempo, las personas son tratadas como si fueran cosas
y eso queda aquí patente si todo ese encuentro degenera en pura
genitalidad. O dicho al revés: el amor sexual auténtico es un icono de la
categoría de esas dos personas, porque expresa una unión íntima y total,
con todos sus planos vibrando al unísono. De este modo, el acto sexual se
convierte en un acto de amor, que expresa el deseo de lo mejor para el
otro, de satisfacerlo en todos los campos de la persona, no sólo en el
corporal.
La satisfacción egoísta de la sexualidad es un impulso
animal. Hay que distinguir entre los actos naturales, que son compartidos
por el hombre con el animal y son más instintivos, y los actos humanos,
que tienen un tono distintivo de más nivel, con ingredientes psicológicos,
espirituales y culturales. La sexualidad sana es un acto humano que
integra en su seno los distintos elementos mencionados. Es físico, pero va
más allá, pues conjuga a la vez la afectividad, el trato sentimental, la
humanidad y todo el amplio panorama de la psicología.
Una persona madura debería buscar en el encuentro
sexual otro tipo de motivaciones, no sólo las físicas, que le sirvieran
para canalizar las pulsiones sexuales en un sentido creativo y de mejora
de uno mismo. Al animal lo domina el instinto, única fuerza que lo rige,
pero en el ser humano esa tendencia natural puede ser gobernada por medio
de la voluntad, que es a su vez una expresión de la inteligencia racional.
El concepto es fácil de entender, pero la sociedad moderna ha convertido
el sexo en un artículo de comercio, lo cual priva a esta actividad de su
contenido afectivo y lo transforma en un fenómeno igualado con la pulsión
animal.
La sexualidad se degrada al convertirse en un simple
enlace de dos cuerpos en busca del placer, sin compromiso ni
responsabilidad, dirigido por dos únicas variables que hoy día parecen ser
las dominantes: hedonismo y permisividad. La sexualidad se transforma
en un terreno de pruebas para experiencias cada vez más atrevidas, pero en
el que no hay dirección ni voluntad y sí un vacío creciente.
Hay numerosos libros, algunos muy célebres, que exaltan
este tipo de actividad sexual centrada exclusivamente en la obtención de
placer inmediato, sin buscar nada más. Harún al-Makhzumí, en su obra
Las fuentes del placer, presenta la versión árabe del Kama Sutra,
y su objetivo no es otro que encontrar el máximo placer por medio del
erotismo. Sin embargo, la entrega a este tipo de pasión hace que la
persona se olvide de su propia humanidad. No se tiene en cuenta la
afectividad inherente a nuestra naturaleza, ni se consideran las
necesidades que todos tenemos -nosotros y nuestra pareja- de ternura,
cariño y consideración.
La persecución obsesiva del placer no conduce a la
felicidad, ya que ésta deriva del esfuerzo personal, del afán de mejora y
superación, y del deseo de hacer feliz a otra persona. Esta otra forma de
amar no centrada en el hedonismo nos hace contribuir no sólo a la
felicidad propia y de nuestra pareja, sino al progreso de la sociedad, ya
que uno se hace consciente de la necesidad de colaborar con el común y
olvida el impulso de autosatisfacción exclusiva y egoísta.
Otro libro muy célebre es el propio Kama Sutra,
escrito por el indio Vatsyayana en el siglo V. Básicamente es un catálogo
de posturas y técnicas para el acto sexual centrado en el placer. Es una
obra pródiga en metáforas cuya intención es resaltar la importancia de una
relación hedonista: el abrazo de la vegetación, las lianas entrelazadas,
la brisa que mece los árboles... El objetivo de la sexualidad, para el
autor de ese libro es, por encima de todo, alcanzar el orgasmo. Ahora
bien, ¿la sexualidad consiste sólo en esto? No: debe ser un encuentro
personal con intimidad.
Desde nuestro punto de vista, reducir el concepto de
felicidad a la mera obtención de placer es un error, tanto por la
estrechez de tal objetivo, como por sus reducidas perspectivas. Siguiendo
los consejos de libros como Kama Sutra se olvida que el ser humano
tiene una grandeza que se basa en su sed de amor: el amor es el verdadero
objetivo, aunque a menudo. esto se olvide, y muchas personas terminan
conformándose, por ignorancia, con sucedáneos.
Afortunadamente, está surgiendo un nuevo tipo de
literatura, de corte científico, que propugna la recuperación del
verdadero amor humano. En este sentido recomendamos la lectura del libro
Le plaisir chaste, de Yan de Karorguen. En esta obra se tratan
muchos de los temas que hemos analizado hasta ahora, y de entre ellos
destaca el «descubrimiento» de la conexión entre el amor y la sexualidad.
Esta obra ofrece una panorámica sobre la posibilidad de afrontar las
relaciones sexuales desde un nuevo punto de vista, más allá del mero
hedonismo y la satisfacción mecánica de los deseos. Yan de Karorguen
propone recuperar el romanticismo o, lo que es lo mismo, la ternura, la
afectividad como elemento básico de la relación de pareja. Otra obra
relacionada con este tema es El fin del sexo, de George Leonard, en
la cual denuncia el carácter mecánico y animal del sexo en la sociedad
moderna e incluso acuña un término para describir esta situación:
orgasmolatría.
El trabajo de estos y otros autores indica el comienzo
de una nueva etapa en el ámbito de la sexualidad humana: se aporta la idea
de que el sexo no es el objetivo último, sino una de las diversas vías
para el perfeccionamiento de la relación de pareja. En suma, se trata de
recuperar la idea del amor romo factor de felicidad y satisfacción plena,
no sólo física, sino también espiritual. Hay que recuperar el amor humano
en su sentido de totalidad, no el amor incompleto representado por la mera
relación erótica.
Esta dualidad ha sido representada de muchas maneras en
la tradición occidental. Sin embargo, el simbolismo más interesante -y
acertado- ha sido el que idearon para su mitología los antiguos pueblos
helénicos, que representaban por medio de dos divinidades diferentes esas
dos facetas del amor de las que hemos hablado hasta ahora. Así, para estos
pueblos se encontraba en primer lugar Eros, dios del amor afectivo,
que había surgido del caos primigenio y que favoreció la unión del Día y
la Noche para dar lugar a la Creación.
Lo consideraban una fuerza básica de la naturaleza,
pues aseguraba la continuidad de la vida, y los romanos tuvieron un mito
similar con el nombre de Cupido. Los filósofos antiguos se interesaron por
el tema, como Platón en El banquete, donde explica que este dios
era hijo de la Riqueza (Poros) y la Pobreza (Penia). El amor
era una fuerza elemental, cargada de insatisfacción, que al mediar entre
dioses y hombre terminaba alcanzando siempre sus fines. Su imagen
alegórica como niño con alas, armado de arco y flechas y portador de una
antorcha en su espalda, procede de la época de Alejandro. Esta apariencia
infantil es engañosa, ya que es en realidad un dios muy poderoso, que
produce heridas de difícil cura.
La otra faceta clásica del amor -aunque de origen
oriental- era la encarnada por la diosa griega Afrodita (Venus para los
romanos). Representaba la belleza, el amor sensual y el matrimonio, el
atractivo sexual y el placer erótico. Era en cierto modo la antítesis de
Eros, ya que esta diosa provocaba la discordia, los celos y la envidia. En
suma, era la representación de una idea disolvente: el amor que no es tal,
sino tan sólo satisfacción de los sentidos.
El placer es una experiencia expansiva: el hombre y la
mujer vibran físicamente, pero el acto sexual es algo más. Debería ser una
unión íntima, una forma de éxtasis (palabra que en griego significa «estar
fuera de uno mismo») basado en el verdadero amor y cuya cumbre va más allá
del orgasmo. Si se considera que los aspectos sexuales son los únicos que
participan en el coito, entonces se tiene una visión muy limitada de la
sexualidad. El hecho de no ser capaz de apreciar los otros planos que
participan en el encuentro sexual hace que las relaciones de pareja, con
el paso del tiempo, se degraden y pierdan contenido.
Cada persona debe tener en cuenta no sólo su propio
placer, sino las necesidades y exigencias de su pareja. Y no olvidemos que
no es lo mismo el hombre que la mujer: el primero tiene una disposición
más rápida hacia la relación sexual, mientras que en la mujer el encuentro
precisa de más sosiego y dedicación. El hombre puede alcanzar el orgasmo
rápidamente, pero la mujer, en general, presenta una respuesta más lenta,
aunque también más sostenida. Por eso el hombre debe olvidarse de su
propia urgencia y dedicar más tiempo a la mujer si quiere que la relación
sea satisfactoria y plena.
La sexualidad femenina presenta cuatro fases bien
definidas: excitación previa, meseta, orgasmo y resolución. En la
primera el hombre debe estimular a la mujer por medio de caricias y besos.
Todo el organismo se prepara para el acto sexual, particularmente la
vagina, en la que se producen cambios de color, tamaño y temperatura y,
sobre todo, se segrega una mucosa lubricante que facilita la penetración.
Ésta ha de realizarse en la fase de meseta, cuando la mujer está
plenamente excitada. El hombre no debe tener prisa, pues es este el
momento más agradable para su pareja.
El orgasmo es una explosión sensorial de intenso
placer, que supone el clímax o culminación física, pero también mental y
espiritual, del encuentro sexual. Por último tenemos la fase de
resolución. Se le suele dar poca importancia, ya que la sexualidad
mecánica moderna se ha centrado en el orgasmo, pero de hecho es -o debería
ser- este momento de máxima relajación y compenetración de la pareja el de
mayor contenido afectivo y humano. Es frecuente que algunas parejas, nada
más terminado el acto, se separen y se den la espalda para dormir, o que
uno de los dos salga corriendo a la ducha apenas ha experimentado el
orgasmo. Esto es algo más que una actitud errónea: puede ser síntoma de
que algo anda mal en la pareja.
Es conveniente también no dejarse llevar por mitos o
falsas creencias. Ciertamente, es preferible el orgasmo simultáneo,
pero no hay que obsesionarse por esta idea. El orgasmo simultáneo es
difícil de conseguir, muy poco frecuente, aunque cuando se consigue el
placer se multiplica. La unión conyugal debe centrarse más bien en la
comunicación mutua, haciéndola cada vez más rica. Esta ganancia
psicológica y afectiva es la que lleva al culmen del verdadero placer. En
una relación completa, después del orgasmo sobreviene una poderosa
sensación de calma y relajación que es anticipo de un sueño profundo y
reparador. El resultado del amor es que las tensiones se diluyen en un
encuentro humano íntimo, responsable y comprometido, fruto de la voluntad.
En una relación sexual plena, el tú y el yo se conjugan para crear una
sola personalidad: el nosotros.
LA IMPORTANCIA DE LOS SENTIDOS
Los sentidos son un elemento fundamental en el
encuentro sexual, pues actúan como canalización de los estímulos que van
incrementando la excitación. La intensidad con la que actúan varía en cada
caso, pero siempre son importantes, todos ellos, aunque para el ser humano
los dos sentidos principales a la hora del encuentro sexual son el tacto y
la vista (complementados con el oído, básico en el proceso de comunicación
verbal que nos permite conocernos unos a otros).
Los sentidos son la vía para la seducción, que se basa
en nuestra percepción de la imagen de la otra persona. La vista actúa en
primer lugar: nos presenta con claridad los rasgos, el aspecto general. En
el hombre predomina sobre todo lo visual, la mujer se centra más en la
imaginación y el oído.
En general, los demás sentidos van ofreciendo
información suplementaria para completar lo que denominamos el atractivo
estático, la imagen aparente. En una observación más detallada y
prolongada en el tiempo comenzamos a descubrir la belleza dinámica,
interior, más rica y satisfactoria. Es en esta fase cuando las palabras
-el ámbito del sentido de la audición- abren un nuevo camino para conocer
a alguien y nos ofrecen una panorámica más amplia, no sólo física. Sobre
la comunicación, no obstante, hablaremos algo más adelante.
Los cánones de belleza han variado a lo largo del
tiempo, y en general la concepción de la estética humana se ha centrado
más en la mujer que en el hombre. Es cierto que en los últimos años, con
el desarrollo de la moda masculina, la oferta estética para hombres ha
crecido enormemente, pero todavía sigue el mundo de la imagen (moda,
cosméticos, etc...) centrado en la figura femenina, y se sigue ofertando
un modelo femenino mucho más preocupado que el masculino por la imagen.
Esta preocupación natural por el aspecto, que se da
tanto en el hombre como en la mujer, es un preámbulo -a veces
inconsciente- del encuentro sexual, ya que, como hemos indicado, es a
través de los sentidos y de ese atractivo estético que se va a producir el
primer contacto.
Sin embargo, el acto sexual pleno va más allá y debe
basarse en la afectividad y la ternura, y también en poner atención y
dedicación en el otro. A partir de aquí puede llegarse a una relación
sexual completa. Y el principal elemento de la afectividad, que sirve para
expresar la ternura, son las caricias. Entramos en el dominio del tacto.
En la especie humana las caricias, el primer paso
activo del acto sexual, se expresan de muchas maneras: besos, gestos
mimosos, masajes suaves... Todo ello empieza de un modo lento y cuidadoso
para ir dando paso, a medida que crece la excitación, a un ritmo más
apasionado.
Si lo primero en una relación fueron la imagen y las
palabras, las caricias se convierten ahora en un nuevo lenguaje muy
expresivo que facilita una intensa intercomunicación y un mayor
acercamiento. Hay que actuar siempre sin prisa, con cierta ceremonia
incluso para desnudarse. Esto es muy importante, particularmente para el
hombre, al que le resulta más excitante una mujer vestida que desnuda del
todo.
Una vez que la ropa ha caído, e incluso antes, ya se ha
establecido el contacto a través de las caricias y dado que éstas tienen
un papel básico en el proceso de excitación sexual, es muy importante
saber cómo estimular la piel de nuestra pareja. La boca y los órganos
genitales constituyen los puntos de atención clave. Las zonas erógenas
pueden variar de una persona a otra, pero las principales son siempre las
mismas: en el hombre el glande y el escroto son las áreas de mayor
sensibilidad; en la mujer, la vulva, el clítoris, el cuello del útero y
los pechos son las zonas más excitables.
En ambos, la boca y la lengua, que se acarician
mutuamente por medio de los besos, representan la otra gran región erógena
del cuerpo. Sin embargo, no hay que limitarse sólo a esto. En primer lugar
porque cada persona vibra de una manera distinta, y en segundo lugar
porque a medida que la excitación aumenta, mayores parcelas del cuerpo van
ganando en sensibilidad.
Las caricias serán primero suaves y generales, y luego
se irá pasando a lo concreto. El objetivo final es alcanzar el grado de
excitación necesario para que el pene entre sin dificultades en la vagina.
Sobre el tipo de caricias a practicar, resulta imposible hacer un
inventario, ya que dependen en última instancia de los gustos y
particularidades de cada uno. Hay que evitar, eso sí, caer en lo maniático
o patológico. Lo importante es tener en cuenta que la caricia es ante todo
una expresión del amor. La espontaneidad es fundamental. La ternura es
el ungüento del amor.
Además, este proceso, que ha de ser progresivo, no
tiene que centrarse sólo en lo meramente erótico. Para que el acto sexual
resulte pleno, el intercambio de la pareja debe alcanzar, aparte del plano
físico, también el mental, el cultural y el del diálogo. El encuentro del
hombre y la mujer supone una experiencia relajante, que les libera de las
tensiones y problemas cotidianos, pero es algo más: una forma de
comunicación mutua al máximo nivel.
Cuando la relación se centra sólo en lo físico, el
deterioro es inevitable con el paso del tiempo, entre otras razones porque
se suele actuar de forma superficial, y el contacto acaba siendo
insatisfactorio, sobre todo para la mujer, cuya sexualidad requiere más
tiempo y dedicación, ser cuidada con esmero. Sin embargo, si se produce
una conexión interior y profunda, entonces las calidades humanas se suman
y la relación puede durar toda la vida.
El intercambio de caricias culmina en unos instantes de
profundo contacto psicofísico: es mediante esta comunicación tan
particular que las dos personas llegan a verse verdaderamente desnudas una
frente a otra, y alcanzan el grado de unión necesario para alcanzar ese
«nosotros» en el que se funden dos seres que se aman.
La importancia de los sentidos radica en el hecho de
que es durante la fase de aproximación (contacto visual, comunicación
verbal y, sobre todo, la comunicación a través de las caricias) cuando
cada uno de los dos se muestra tal cual es: o apresurado y egoísta, o
delicado y atento. Por supuesto, y como ocurre en toda actividad humana,
la experiencia supone una mejora: con relaciones habituales se
perfeccionan las técnicas, aunque sólo si esta repetición se ejecuta desde
las premisas ya indicadas del amor atento, la dedicación y la ternura. El
acto sexual es importantísimo en el proceso de perfeccionamiento y
plenitud de la pareja.
Donación y pertenencia recíproca, es como si uno se
escogiese a sí mismo, a través de esa otra persona: vivir-con otro y
ser-para otro. Por eso debe ser cuidado con esmero, delicadeza, finura,
elegancia, ya que se trata de algo misterioso e íntimo. No puede ser
banalizado como algo que sirve de descarga de unas pulsiones o unos
instintos. Eso sería rebajarlo de nivel.
El deseo anhela el placer sexual personalizado, en un
encuentro pleno, íntegro, total: por eso deambula en ese cruce el
descubrimiento e intercambio de las facetas física, psicológica,
espiritual y biográfica. Las tres citadas, más la historia de cada uno que
atraviesa los entresijos de esa vivencia repleta de intimidad, que
comienza con la ternura y culmina con la pasión.
La palabra clave es precisamente pareja. El egoísmo y
la autosatisfacción no tienen lugar: hay que pensar en el otro. Después
del orgasmo, sobre todo en el hombre, tiende a producirse un veloz
descenso de la excitación. Sin embargo, en el momento posterior al orgasmo
el hombre y la mujer deben mantener el contacto, en todos los planos
aludidos. Si tras el orgasmo se siente la necesidad de separarse con
rapidez, incluso si se experimenta cierto rechazo hacia la pareja,
entonces es que algo funciona de un modo deficiente.
Terminado el acto sexual propiamente dicho, el
encuentro debe prolongarse, esta vez expresado por medio de la ternura, a
través de un profundo abrazo que culmine verdaderamente la conexión entre
las dos personas. Actuar de este modo no sólo mejora la relación, sino que
induce a un estado de bienestar y relajación muy satisfactorio.
EL RITO EN LA RELACIÓN SEXUAL
Las relaciones sexuales no se reducen a la mera
obtención de placer: la prisa es el peor enemigo de una relación
sexual. Para que ésta sea satisfactoria es imprescindible cumplir con
gin ritual, efectuar unos preparativos que, en sí mismos, constituyen una
forma de comunicación y contribuyen a hacer que el encuentro sexual llegue
a su desenlace de manera absolutamente satisfactoria.
Cada cultura ha desarrollado sus propios ritos previos
al encuentro sexual, aunque, como no podía ser de otra manera, hay algunas
notas comunes, entre ellas la solemnidad tiene el acto tiene en sus
primeras fases. La repetición de las relaciones y el paso del tiempo hace
que se pierda algo de este carácter un tanto mayestático, pero si el amor
es sano y completo, se gana en espontaneidad y frescura lo que se pierde
en protocolos.
Espontaneidad es, como se verá en otro epígrafe, un
término clave. La pareja debe expresarse, comunicarse de forma abierta y
directa, utilizando los recursos verbales y no verbales de que dispone. De
este modo se establece un diálogo íntimo, espiritual, cuyo primer gesto es
el beso. Es la más importante de las caricias, la que implica un mayor
contacto mutuo, y sin duda la más excitante de todas. Después vendrán las
caricias manuales, a continuación el coito, que desemboca en el orgasmo y,
tras éste, la expresión final de ternura y cariño que debe ser el culmen
de un acto sexual completo y saludable.
El ritual, siga el orden que siga, es importante porque
permite realizar una adaptación previa de la pareja. La sexualidad
requiere tiempo, y el hombre y la mujer deben conocerse poco a poco para
mejorar en este campo. La familiaridad, el hecho de conocerse, mejora la
sexualidad y es parte fundamental en la necesaria adquisición de
experiencia.
Si no hay ritual, el encuentro sexual se reduce al
coito. La penetración, sin nada más, no es verdadera sexualidad, sino sólo
una descarga animal en pos del placer. Este tipo de acto es un mero
desahogo que nada tiene que ver con el amor.
COMUNICACIÓN VERBAL Y NO VERBAL
Ya hemos señalado con anterioridad que la relación
humana -y no sólo la sexual- combina los aspectos gestuales (lo que
podemos ver o tocar) con las palabras. La relación entre las personas es
pues una suma de dos lenguajes: verbal y no verbal. En el encuentro
sexual, tal como vimos, hay un primer contacto visual (no verbal), al que
sigue una secuencia verbal que sirve a las personas para conocerse y
realizar una comunicación literal de su afecto. A continuación se da la
expresión táctil de las caricias, que es también una forma no verbal de
comunicar la ternura. El amor implica una combinación equilibrada de
palabras y silencios elocuentes.
El lenguaje verbal es objeto de estudio privilegiado de
la filología. Entra dentro del ámbito de la psicología analizar el
lenguaje no verbal, sobre todo en lo que se refiere a la expresión de las
emociones por medio de gestos faciales. Es una labor difícil cuyos
primeros pasos fueron dados en 1977 por J. Izard y diez años más tarde por
Paul Ekman.
Su procedimiento científico consistió en hacer un
catálogo de las emociones más importantes y luego analizar cómo cada
persona las expresaba gestualmente. Ira, felicidad, nerviosismo, tristeza,
plenitud, enfado, placer, preocupación, paz interior... Cada sentimiento
básico presenta una gestualidad que, a grandes rasgos, es igual para todas
las personas. Los hallazgos en este campo han permitido establecer un
código fundamental del lenguaje humano no verbal basado sobre todo en las
oposiciones «placer-disgusto» y «atracción-rechazo».
¿Qué utilidad tiene esto? En el terreno de la
psicología permite estudiar algunos rasgos del interior de la persona a
partir, precisamente, de su expresión externa. Hay incluso sistemas de
análisis científico como el desarrollado por Ekman, uno de los mayores
especialistas en el campo del lenguaje no verbal. Es el cuestionario
denominado FAST (Facial Affect Scoring Technique), basado en diversos
parámetros, como la posición de los ojos y el tamaño de la pupila, la
expresión de las cejas y la boca, etc., que dan una determinada puntuación
la cual, a su vez, es interpretada como un sentimiento concreto en un
momento determinado. Su utilidad como herramienta de diagnóstico es
indiscutible.
Sin embargo, sus aplicaciones van más allá, y pueden
resultar de gran utilidad en el terreno de las relaciones de pareja. En
efecto, el lenguaje no verbal, si se comprende adecuadamente, facilita la
comunicación entre dos personas que se quieren, y puede contribuir a una
mayor unión al tiempo que evita malentendidos. Se puede aplicar aquí con
mayor propiedad que nunca ese refrán que dice: «La cara es el espejo del
alma».
Antes y durante el encuentro sexual es conveniente
observar las expresiones de la cara del otro, que reflejan de modo
inequívoco sus sentimientos más profundos. En una relación plena, la
ternura, el afecto, el placer y la unión, desde la parsimonia de las
primeras caricias hasta la vibración del coito, todo se manifiesta en el
rostro.
Si sabemos observar estos detalles, comprenderlos y
disfrutar con ellos, haremos que la relación dé un paso adelante y se
vuelva más humana, compleja y completa. El amor se tornará más intenso y
real. El amor conyugal hace más humana a la persona, la mejora, la
transforma y la eleva de nivel.
ESPONTANEIDAD SENTIMENTAL
A la hora de estudiar la sexualidad humana la mayor
parte de los autores se centran en los aspectos técnicos, olvidando
cuestiones tan importantes como la afectividad, la comunicación o la
espontaneidad. Desde nuestro punto de vista esta última faceta es básica,
ya que consiste en lograr que la pareja acuda al encuentro sexual sin
ideas preconcebidas, desarrollando la relación de un modo natural que se
adapte a las necesidades de cada uno de los dos.
No se trata de quitar toda sofisticación al acto
sexual, pero tampoco de hacer de la sexualidad una especie de juego
artificioso, ya que esto termina produciendo insatisfacción y separa al
hombre de la mujer.
Por eso la espontaneidad es una clave de la buena
relación conyugal. Es, como todo en la sexualidad, un proceso que requiere
tiempo, atención y algo de paciencia. Se trata de descubrir poco a poco,
sin prisas, la intimidad de nuestra pareja. Sólo de este modo, combinando
naturalidad y dedicación, el hombre y la mujer llegan a conocerse de
verdad, a encontrarse íntimamente más allá del plano físico, en la
interioridad de su mente y su alma.
El otro gran elemento de la sexualidad humana es, como
acabamos de indicar, la paciencia, y esto es aplicable sobre todo al
hombre. El sexo masculino presenta una predisposición rápida al coito, su
excitación es más rápida y explosiva. Las mujeres, por su parte, tienen un
ritmo de excitación más lento, paulatino, y para alcanzar el clímax
necesitan una preparación, ese «ritual» del que ya hemos hablado.
Por eso hay que insistir en la importancia que para el
amor tienen las caricias previas. El hombre debe tener en cuenta que el
orgasmo femenino es más «difícil». A veces sólo se alcanza tras una larga
relación de pareja, con repetidos encuentros sexuales. Este proceso se
acelera, y aumenta en satisfacción mutua, si el hombre es paciente y sabe
cómo excitar a su pareja.
Todo esto nos lleva, en definitiva, al argumento
fundamental de la conexión amorosa auténtica: el egoísmo no tiene lugar.
El amor es entrega mutua y delicada. Cualquier actuación egoísta,
desconsiderada, apresurada o carente de sensibilidad conduce a la
insatisfacción, la tristeza e incluso, el alejamiento y la ruptura. Las
consecuencias de una mala práctica pueden llevar a problemas serios, como
vaginismo o frigidez en la mujer, o impotencia y eyaculación precoz en el
hombre. Conocer el cuerpo de la otra persona para sale el mejor camino a
seguir en la excitación. Afectividad que trabaja la estructura íntima del
momento, volcándose en todos los planos, aprendiendo a amar con el cuerpo.
Hay que ser natural y al mismo tiempo, saber quemar
etapas. La prisa sobra en el verdadero acto de amor.
PRINCIPALES POSTURAS
El amor es una combinación de amistad y ternura. La
sexualidad forma parte del amor, pero la sexualidad sin amor no es sino un
mero encuentro animal de dos cuerpos en busca de un placer vacío. La gran
falacia de la pretendida «liberación sexual» iniciada en los años sesenta
consistió en ofrecer una visión de la sexualidad apartada de sus aspectos
más humanos: Esto, en definitiva, sólo ha servido para producir
insatisfacción, dolor y deshumanización. La liberación sexual ha traído
más desorientación que solidez. Si la sexualidad pierde su sentido
profundo y comprometido, se convierte en un juego degradante.
Así pues, la sexualidad, como parte complementaria y
satisfactoria de una relación amorosa, debe basarse en una combinación de
comprensión, compenetración y establecimiento de un proyecto común. Todo
ello bajo el telón del afecto y el cariño. Dentro del amor, el objetivo de
la sexualidad es incrementar todas estas facetas, alcanzar un verdadero
conocimiento que permita a las dos partes de la pareja llegara fundirse
espiritual y mentalmente en un solo ser.
Las técnicas para el acto sexual son importantes, pero
no hasta el punto de convertirse en el elemento central de la relación,
tal y como predican algunos libros sobre sexualidad que, en definitiva,
sólo proporcionan una visión deformada y mecánica de lo que es el acto
sexual.
El amor, la relación de pareja, implica convivencia,
contacto cotidiano. Es conveniente, por lo tanto, evitar en todos los
planos la monotonía, que puede llevar al distanciamiento. En lo que se
refiere al sexo, la rutina es particularmente perniciosa, pues hace que el
encuentro del hombre y la mujer, lejos de servir para una mayor
interconexión, se vuelva algo desagradable, incluso fuente de
enfrentamientos.
La monotonía es un terrible enemigo del amor, y surge,
a veces, con gran facilidad. Pero nadie dijo que el amor fuera cosa
sencilla. Ya hemos visto que una verdadera conexión sentimental requiere
un esfuerzo: los resultados compensan de sobra. En este ámbito de la
rutina que a veces llega a dominar las relaciones de pareja hay que
considerar el papel a menudo excesivamente pasivo de la mujer. Si no
participa de un modo razonable, puede no sentirse protagonista y perder
interés. Por otra parte, tampoco debe la parte femenina adoptar un
posicionamiento en exceso activo, pues ello tiende a acelerar la respuesta
del hombre y, en definitiva, hace que el encuentro fracase. Como en casi
todas las cosas, en el equilibrio está el punto adecuado.
Para evitar la monotonía y hacer que el acto sexual sea
agradable, variado y satisfactorio, ofrecemos a continuación un
«inventario» de las principales posturas para el coito, agrupadas por
orden de frecuencia:
1. Tumbados frente a frente, con el hombre
encima. Es la posición más corriente, y recibe diversos nombres,
como «posición básica». Es también una de las más sencillas de
practicar. Al estar el hombre y la mujer cara a cara, pueden besarse
durante el coito, lo que aumenta la excitación. En esta postura la
penetración es relativamente sencilla, siempre y cuando la vagina se
encuentre bien lubricada. En todo caso hay que evitar los intentos de
penetración brusca o demasiado rápida, pues pueden resultar dolorosos.
Es la mejor posición para facilitar el embarazo, aunque resulta algo
incómoda si el hombre sufre de sobrepeso, si la mujer está ya
embarazada, si las paredes vaginales no son demasiado elásticas o si
la erección del hombre no es completa.
2. Tumbados frente a frente, con la mujer encima.
Es como la anterior, pero invertida. Ofrece a la mujer mayores
posibilidades de adoptar un papel activo, y es preferible si el hombre
padece sobrepeso o tiene mucha tripa. Es más recomendable que otras
posturas para casos de impotencia o frigidez. En la mujer esta postura
puede ser muy positiva, pues de este modo el pene excita más
fuertemente la vagina.
3. La mujer le da la espalda al hombre.
Puede ejecutarse esta postura con la mujer tumbada boca abajo o
recostada lateralmente. El hombre se coloca detrás e introduce su pene
en la vagina. Es muy apropiada para acariciar los pechos de la mujer.
Para incrementar la excitación del varón, una vez el pene ha sido
introducido, la mujer puede cerrar sus muslos.
4. Recostados lateralmente, de frente y con las
piernas entrecruzadas. Es una posición que permite a ambos
establecer su propio ritmo y controlar el acto sexual. Para evitar el
cansancio, uno de los miembros de la pareja puede apoyarse sobre el
pecho del otro.
5. Otras posiciones laterales. La principal
ventaja de este tipo de posturas es que evitan que uno de los miembros
de la pareja soporte el peso del otro. Por este motivo son posiciones
adecuadas para la mujer durante el embarazo.
6. Sentados. Es conveniente para ciertos
trastornos, como coito doloroso, exceso de peso o dificultades
motoras, pero hay que tener en cuenta que en esta postura resulta
difícil realizar algunos movimientos coitales. Por lo común el hombre
se coloca debajo y la mujer se sienta encima, bien frente a frente,
bien dando la espalda a su pareja. Es preferible la primera opción,
pues permite abrazarse y besarse mutuamente. Si la mujer mueve su
pelvis en círculos, aumenta la excitación del hombre y facilita su
eyaculación.
7. De pie. Puesto el hombre en pie, la mujer
se monta sobre el pene. Es una postura que requiere cierto esfuerzo, y
que limita mucho los movimientos. Al estar ambos frente a frente, los
besos y los abrazos incrementan la excitación de ambos.
8. Estimulación sexual no coital. También
llamado sexo oral, las dos formas son el cunnilingus
(estimulación del clítoris y la vulva con los labios y la lengua del
hombre) y la fellatio (la mujer acaricia el pene con sus labios
y su lengua, y se lo introduce en la boca). Es una forma de sexualidad
adecuada para personas con dificultades para alcanzar el orgasmo, o
cuando hay impotencia masculina o dolor vaginal ante la penetración.
En tales casos debe existir un acuerdo entre ambos.
Este breve catálogo sirve sólo como guía. Las
posibilidades de la sexualidad humana son enormes: debemos recordar
siempre que la naturalidad, la espontaneidad, son los ingredientes
básicos, siempre que no se llegue a lo extravagante o desviado. Además hay
que tener en cuenta que durante el acto se puede cambiar varias veces de
postura. El único detalle a considerar es que, al hacerlo, no se produzcan
rupturas muy marcadas del ritmo sexual: hay que evitar las
discontinuidades. Y que sean el amor y la pasión amorosa sus ingredientes.
FRECUENCIA DE LAS RELACIONES SEXUALES
Un tema de interés en las relaciones sexuales es la
frecuencia de las mismas. La repetición del acto sexual en una pareja
depende de muchas variantes, aunque en general suelen ser más habituales e
intensas en los primeros tiempos del matrimonio. Más adelante suelen
espaciarse, aunque esto no signifique que el amor en la pareja haya
disminuido.
La pregunta «¿Cuál es la frecuencia normal de
relaciones?» no tiene una sola respuesta: cada persona y cada pareja
tienen unas necesidades concretas, que además varían dependiendo de
numerosas cuestiones, como el estado físico, el trabajo, el nivel cultural
y la educación, las preocupaciones, la hora del día, la estación del año.
Incluso la zona en la que se vive influyo: por lo general las personas que
viven en el campo tienen relaciones más frecuentes que las que habitan en
las grandes ciudades. Las prisas y la ansiedad características de la
moderna vida urbana tienen mucho que ver con esto.
Algunas parejas, sobre todo en los inicios de su vida
conyugal, mantienen relaciones a diario. Otras, varios días a la semana. Y
otras, una vez a la semana o menos: depende de cada cual determinar su
propio ritmo. La frecuencia sexual puede mantenerse durante años, y aunque
tiende a disminuir con el tiempo (en parte por razones naturales), en
algunos usos la variación puede ser al alza. No hay normas fijas, y esto
lo saben bien los diversos estudiosos, desde Freud a Kinsey o Ellis, que
han estudiado el tema de la sexualidad humana.
En cualquier caso hay que recordar que las relaciones
no deben planificarse. No olvidemos que la espontaneidad es la clave, por
lo que lo ideal es que el acto sexual se produzca en momentos de
relajación y buena predisposición de las dos partes. Por este mismo motivo
tampoco hay que establecer una hora fija del día para el encuentro sexual.
La mayor parte de la gente prefiere la noche. Sin embargo, éste no es
siempre el mejor momento: después de una larga jornada de trabajo, el
cansancio y las tensiones acumuladas son un mal ingrediente para alcanzar
el estado de ánimo necesario para el coito.
LA SEXUALIDAD ARMÓNICA
Todo lo que hemos visto hasta ahora en el presente
capítulo, el ritual erótico, la comunicación en la pareja, el modo de
realizar el coito y su frecuencia, la necesidad de practicarlo con ternura
y espontaneidad, nos conduce a la idea principal de que la sexualidad, en
el ser humano, es un camino para alcanzar la plena comunicación de la
pareja. O dicho de otro modo: la armonía.
La sexualidad debe ser armónica, y la confianza, la
naturalidad y el afecto son elementos de importancia para lograr ese
objetivo. Sin embargo, esta armonía no siempre se alcanza, y los motivos
son muy variados: miedo al fracaso, temor al embarazo, anorgasmia, dolor
coital, experiencias desagradables previas, cansancio... Estas situaciones
conducen al establecimiento de una práctica sexual errónea e
insatisfactoria. Cuando no hay armonía entre las dos partes, el encuentro
sexual se transforma en una «obligación» mecánica y falta de contenido
humano.
La solución no es sencilla, puesto que en cada
individuo la causa o causas son distintas, y pueden variar además con el
paso del tiempo y la evolución de la pareja. Se puede, no obstante, poner
algo de nuestra parte para llegar a una resolución positiva. En primer
lugar hay que reconocer que se tiene un problema. A continuación hay que
tratar de identificar sus motivaciones, el origen de todo. Cuando se
conoce la causa se puede aplicar un remedio.
Así, si la mujer siente dolor al realizar el coito, una
posible solución pasa por practicar nuevas posturas. En otros casos la
precipitación o la prisa del hombre por alcanzar un desenlace placentero
hace que la mujer no llegue al orgasmo. Ante esto debemos insistir de
nuevo en la importancia de los preparativos y las caricias.
Tener en cuenta otros detalles puede prevenir
problemas. Por ejemplo, observar siempre la actitud lógica de buscar para
el encuentro sexual el instante más adecuado. Hay que evitar los momentos
de cansancio, tensión o mal humor. Por otra parte, el hombre debe tener en
cuenta la respuesta sexual de la mujer. Hay dos tipos de orgasmo femenino:
el que se produce por estimulación del clítoris y el que surge como
resultado de la estimulación vaginal. El primero es más intenso, y
relativamente fácil de conseguir. El segundo es más prolongado, pero a
algunas mujeres les cuesta trabajo experimentarlo.
No olvidemos nunca que el fin más importante de la
sexualidad en el ser humano es alcanzar la plenitud armónica de la pareja:
visión y procreación. Si se presentan problemas no hay que descartar
la posibilidad de acudir, sin miedo, al médico o al psiquiatra: muchos
trastornos corrientes de la sexualidad, como la impotencia masculina o la
falta de deseo en la mujer, pueden corregirse con el tratamiento adecuado
de forma relativamente sencilla y pronta.
EL ROMANTICISMO MADURO
La sexualidad es un elemento constituyente y muy
importante del amor, pero no siempre que se practica el acto sexual hay
amor. Muchas personas confunden una relación sexual esporádica con un acto
de amor, por más que el contacto haya sido breve, superficial y carente de
contenido. El verdadero amor incluye una intensa comunicación entre los
dos miembros de la pareja, que va más allá de lo físico para entrar en los
planos, ya comentados, de la mente, la cultura y el espíritu.
En una época en la que se da prioridad al hedonismo, es
preciso redescubrir el amor romántico y sentimental, el que guarda como un
tesoro la afectividad y la ternura. Se trata de recuperar la profundidad
del amor entre dos seres humanos: hombre y mujer.
El sexo, por sí solo, no es amor: es sólo satisfacción
del deseo, de la pulsión sexual instintiva, un acto que nos acerca a los
animales. El amor humano hace que nos afirmemos en nuestra propia esencia
a través del otro. Implica la unión de dos personas en busca de un sentido
más profundo de la vida. Se habla de «hacer el amor», pero a menudo no hay
ningún amor en ello. Desde el momento en que una pareja se conoce y atrae,
hasta que surge el verdadero amor, el camino es largo y consta de una
serie de etapas. La belleza física es lo que primero nos llama la
atención, pero en una relación consistente y sana son otros valores, los
interiores, los que determinan el surgimiento del afecto.
¿Qué es, pues, el amor? Ante todo, saber ponerse en el
lugar del otro, estar pendiente de él, desearle lo mejor como si fuera
para uno mismo. En definitiva, fundir dos vidas en una. El amor es algo
muy necesario, pues constituye el ingrediente principal de la felicidad.
La persona feliz, enamorada, es más libre y completa, y su plenitud la
lleva a integrarse mejor en su sociedad, a colaborar en ella, a participar
en el esfuerzo común del progreso humano. El amor es un genuino «bien
moral», más allá del materialismo.
El amor es un bien precioso que hay que saber cuidar.
James Joyce dijo de él que era algo «tan poco natural, que rara vez se
puede repetir, puesto que el alma es incapaz de volver a ser virgen, y
casi nunca tiene la energía suficiente para sumergirse en el océano del
alma de otro». Si se llega al amor auténtico, no habría que temer esto,
pues en un nivel de verdadera comunión espiritual, la ruptura es difícil.
El amor es una fuente de alegría relacionada con el
conocimiento que tenemos de nosotros mismos y del otro. En este esfuerzo
el acto sexual es sólo una parte. La sexualidad no es el fin que se debe
perseguir, y buscar sólo el placer erótico constituye una mala estrategia.
Cuando se ansía la satisfacción rápida del deseo físico, no nos
preocupamos del otro, ni siquiera lo valoramos como persona, sino tan sólo
como mero instrumento para satisfacer un deseo hedonista.
La pareja sin amor es inútil, se disgrega y aleja con
el tiempo, y por eso se dice con tanta frecuencia que «del amor al odio
sólo hay un paso». Este dicho sólo tiene sentido si hablamos de ese falso
amor exclusivamente físico. El verdadero amor difícilmente puede
deslizarse hacia el extremo de la repulsión. Por el contrario, tiende a
generar más amor a su alrededor.
La entronización del sexo como bien supremo, fomentada
por los medios de comunicación, lleva a la sociedad a un proceso creciente
de deshumanización. Como dice Quentin Crisp en Las maneras del cielo
(1999), «cada vez que nos enfrentamos a un deseo incontrolado, estamos sin
duda frente a una tragedia en gestación».
El amor auténtico, bien planteado, comprometido y
entregado, es la mejor herramienta de que disponemos para evitar esto y
alcanzar la plenitud del ser humano en el mutuo afecto de la pareja. El
romanticismo maduro es capaz de entusiasmar a una persona con la otra,
pero con una perspectiva cartesiana: aunar dos figuras en una, Stendhal y
Descartes, Max Scheller y Husserl, sentimientos y razones, lo emotivo y lo
intelectual, corazón y cabeza.