Tomás Melendo
Catedrático de Filosofía
Universidad de Málaga
México D.F., 5-XI-2006
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En el
artículo anterior consideré las dos raíces constitutivas de la
superioridad del sexo humano sobre el de todas las realidades
sexuadas. Esas dos causas radicales son:
i) el
espíritu que anima al ser humano, y
ii), de
manera derivada, el amor que de tal espíritu surge.
Analizaremos ahora brevemente algunas de las consecuencias que
brotan, para la sexualidad humana, del hecho de encontrarse
incardinada en un ser espiritual y ejercerse en un clima
exquisito de amor interpersonal.
1. Esenciales o constitutivas
Las
primeras, las que nacen de su relación con el alma espiritual,
podemos calificarlas como propiedades esenciales o, quizá
mejor, constitutivas.
Sabemos
que la sexualidad es en el hombre
diferente y muy superior al sexo meramente animal. Y que sus
discrepancias y preeminencia se encuentran determinadas por los
caracteres que distinguen al espíritu de la materia: se
configuran como una cierta participación de tales rasgos.
Ahora
bien, las notas fundamentales por las que un ser espiritual se
eleva abismalmente por encima de cualquier realidad inferior
pueden reducirse a dos, bien conocidas:
+ por una
parte, su intrínseca y constituyente dignidad (que la
sexualidad manifiesta, como antes apunté), a la que va ligada la
libertad;
+
por otra, su pronunciada singularidad, su índole
irrepetible, que la dota, como sabemos, de mayor capacidad de
comunicación.
Como
consecuencia, estas dos prerrogativas se hallan
participadamente en la sexualidad humana, por el hecho de
ser la sexualidad de un compuesto de espíritu (imperfecto) y
materia: lo que a veces se denomina, de modo no excesivamente
correcto, un «espíritu encarnado» (más bien: un espíritu-imperfecto
y, como tal, necesariamente encarnado; o, mejor aún:
un compuesto de un alma —o forma sustancial— espiritual y de un
cuerpo adecuado a ella).
a)
Libertad de la sexualidad humana
La
libertad, en su sentido más propio, afecta
al sexo (para elevarlo) en mucha mayor proporción que a los
demás instintos —o tendencias— inscritos en el hombre. Lo que
constituye una nueva prueba de que la esfera sexual del ser
humano se encuentra más íntima y estrechamente incorporada a las
dimensiones estrictamente espirituales (o personales) de la
persona; o más bien, que las dota de una característica muy
peculiar, de modo que toda la persona humana es
intrínseca y constitutivamente sexuada, como persona masculina o
femenina.
Y de
ahí que las tendencias sexuales resulten, como acabo de
sugerir, las formalmente más libres, por encima de otras
inclinaciones.
Como
la libertad «señala» y caracteriza a la persona en cuanto tal,
lo más personal resulta más libre, y lo menos personal, menos
libre.
·
Y, así, a la hora de satisfacer las necesidades de comida y
bebida, el hombre puede ejercer una cierta libertad, que lo
discrimina ya de los animales inferiores.
+ No solo
tiene la posibilidad de elegir entre los variados tipos de
alimento, sino que, además, y en última instancia, es capaz de
sustraerse a la solicitación del apetito, y abstenerse de
probar bocado o de ingerir líquido alguno, aun cuando el hambre
o la sed sean acuciantes.
+ Pero
esta libertad, relacionada con el instinto de conservación, es
relativamente escasa, pues tiene un límite muy claro:
- el
hombre no puede decidir dejar de sustentarse más allá de un
determinado lapso de tiempo, so pena de que la «dieta» acabe por
afectar gravemente a su salud o, incluso, le acarree la muerte;
- en lo
que atañe a la nutrición, el ser humano participa escasamente
de la libertad de su propio espíritu, quedando en parte
aherrojado por las leyes que determinan el dinamismo de lo
estrictamente biológico.
Lo cual es un
índice, como acabo de señalar, de que la tendencia a comer y
beber afecta menos a la persona en cuanto tal, en cuanto
persona, y resulta menos impregnada de «personeidad» —menos
personal— que el ejercicio de su sexualidad… que por eso
participa más de las condiciones estrictamente personales.
Soy consciente
de que me repito en este extremo, pero resulta imprescindible ir
dejando claro hasta qué punto la condición sexuada es
constitutiva de la persona humana.
·
Con el sexo no ocurre lo mismo: la sexualidad humana es
mucho más libre que el resto de las tendencias que se
dan en el hombre.
+ Por
naturaleza, este tiene la capacidad de ejercerla con relativa
independencia de sus impulsos, sin que ello —a pesar de cuanto
se haya dicho en contra— provoque la más mínima perturbación de
su equilibrio vital y psíquico.
+ El ser
humano puede conservar enteramente la plenitud de su salud y su
vida, aun cuando se abstenga de llevar a cabo la unión sexual en
esta o aquella circunstancia o, incluso, de manera absoluta: la
renuncia completa al uso de la genitalidad no constituye la más
mínima traba para su desarrollo físico y psíquico.
Utilizando
adrede términos de origen freudiano, para que sus afirmaciones
resulten más netas, sostiene un experimentado psiquiatra, con
muchos años de vuelo en la Europa Central:
«La observación libre de prejuicios del comportamiento humano ha
hecho posible que la psicología más reciente reconozca que la
represión del instinto es tan humana y natural como la
satisfacción del mismo, y que la una y la otra son causa de
salud o enfermedad, de serenidad o de inquietud, de placer o de
disgusto, según la relación que mantienen con la entera escala
de valores específicamente humanos. Respecto al llamado
“instinto” sexual, tiene el “amor” un papel decisivo: la
continencia “por amor” produce calma y libertad de espíritu, lo
mismo que la relación sexual llevada a cabo también “por amor”.
La disposición íntima de la persona, que plasma y colorea el
mundo entero, se traduce en las relaciones interpersonales y,
especialmente, en el modo de ser y de existir-con-el-Otro-del
amor».
Conclusión: por estar más estrechamente asociada al dinamismo
espiritual del individuo humano, por participar más
estrictamente de ese tipo de alma, la sexualidad se reviste con
las prerrogativas propias de semejante espíritu, entre las que
destaca —como acabamos de ver— la libertad.
b) La sexualidad humana, orientada hacia la persona singular
Pero lo
mismo ocurre con la singularidad.
La
sexualidad humana madura es, siempre, una sexualidad
personalizada, singularizada: concentrada en una persona
particular y única.
·
Y en esto se diferencia también, abismalmente, de lo que ocurre
en las realidades inferiores.
«En el
mundo animal —nos dice de nuevo Jean Guitton—, la selección
no se realiza atendiendo a la interioridad. Cuando el
lobo devora a la oveja o se aparea con la loba, solo necesita
que se hayan cruzado en su camino. Es la oveja general la que le
interesa, y no esta determinada oveja, la loba y no una cierta
loba. Y así sucedería en el hombre si este fuera solo un animal
más refinado».
Al no
serlo, el sujeto humano tiene la posibilidad —y el deber— de
personalizar el uso de su sexualidad: singularizarlo y
ejercerlo en un exquisito clima de amor, que culmina en la
entrega para siempre a una sola persona del sexo
complementario (hasta el punto de que, hablando en rigor, para
quien está verdaderamente enamorado las demás personas de ese
otro sexo acaban por «desaparecer»… en cuanto sexuadas:
en cuanto tal, solo existe una).
Se trata de
una cuestión explicada con gran profundidad en la cita que
sigue:
«La persona es un ser que vale en sí y por sí, es un todo en sí
y por sí,
no
es
parte de un todo del cual derive su valor. Metafísicamente
hablando, no forma parte y no puede “formar parte” de ninguna
serie. La especie humana existe solo para la biología. Desde el
punto de vista metafísico esta realidad no existe: existe la
“naturaleza humana”, que no es la misma cosa. En este sentido,
cada uno de nosotros, cada persona, es un
“unicum”.
Esta “unicidad” debe ser reconocida a toda persona: a la
propia y a la de cualquier otro. Es el precepto ético
fundamental o norma personalista: “ama al prójimo como a ti
mismo”.
Sin embargo, una vez descubierta esta particularidad de la
persona, una vez advertido que cada persona es distinta de otra,
irrepetible e insustituible, resulta espontáneo preguntarnos:
¿No exige esta singularidad una correspondiente forma de
reconocimiento? ¿No debería haber una forma de reconocimiento
del todo excepcional y única?
¿Única
y excepcional porque es dada a una persona singular y no a otra?
Ahora bien, si reflexionamos seriamente sobre la experiencia del
encuentro sexual, vemos que implica, como su fuente última,
precisamente esto: el reconocimiento del otro. La unidad en la
carne, en el cuerpo, apunta a este reconocimiento (es su
intentio);
lleva en sí mismo esta finalidad.
Unicidad del otro y, por tanto, imposibilidad de sustitución:
“tuyo/tuya para siempre” puesto que ningún otro podrá tomar tu
puesto. Esta es la definición misma del matrimonio monogámico e
indisoluble en su íntima esencia ética».
También
en este caso se advierte una mayor interiorización de la
tendencia sexual respecto a los instintos inferiores. Porque,
continúa Guitton, «cuando queremos alimentarnos no distinguimos
entre tal o cual perdiz, tal o cual trucha. El paladar más
delicado distingue la cosecha y acaso el plantío, pero no el
viñedo ni el racimo. La individualidad de la materia se nos
escapa, y nos contentamos con el pan y el vino como el lobo se
contenta con la oveja. Y lo mismo ocurriría con la generación si
el hombre no fuera espíritu y libertad antes de ser carne».
·
Como lo es, por el contrario, la sexualidad puede ser
personalizada. Y ello va unido a la libertad que la configura
intrínsecamente, en virtud de su incardinación en un ser
espiritual:
Precisamente porque no estamos obligados a ejercer
nuestra genitalidad ni a entregar la sexualidad a ningún
individuo determinado (porque no respondemos a un instinto, sino
a una tendencia: por lo tanto, controlable), podemos
libremente escoger el término personal, intransferible, de
ese ejercicio y de ese don; está en nuestras manos
personalizar la sexualidad.
c) Libertad y singularidad «sexuales», al servicio del amor
Y, como
consecuencia de tal personalización, el sexo es capaz de
participar activa y abundantemente en el dinamismo constitutivo
del amor:
Podemos amar también con el sexo, comunicarnos o
entregarnos gracias a él, elevándolo infinitamente por encima
del ejercicio que del mismo hacen los animales irracionales.
Debido a
su pertenencia a ser espiritual, la sexualidad humana puede
transformarse, formalmente, en don, en culminación de la entrega
propia del amor.
En relación
con este extremo, conviene no olvidar lo que ya vimos: que amar
era corroborar en el ser a la persona querida, con todas las
consecuencias que esa confirmación lleva consigo; y que
consistía también, desde una perspectiva casi coincidente con
la anterior, en elegir el término de nuestros anhelos,
ratificarlo en su estricta individualidad irrepetible… y
entregarse a él de por vida.
Víctor
Frankl lo recuerda con palabras claras, que constituyen un
cierto eco de cuanto estudiamos al hablar del amor.
«El amor —nos
dice— no tiene nada que ver con un compañero anónimo de
relaciones instintivas; por ejemplo, un compañero que se puede
cambiar a menudo por otra persona que tenga propiedades
idénticas.
En el caso del
individuo elegido instintivamente no se busca a la persona, sino
un tipo (...). El compañero en una relación puramente
instintiva (también el compañero en una relación social) es más
o menos anónimo.
En cambio, al
compañero en una relación de amor verdadero se le trata como
una persona, se le considera como un tú.
Por tanto,
podríamos decir que amar significa poder decirle “tú” a
alguien; pero no solo esto, sino poder decirle también “sí”:
esto es, no solo aprehenderlo en toda su esencia, en su
individualidad y unicidad, tal como hemos dicho anteriormente,
sino aceptarlo en todo lo que vale.
Así pues, no
consiste en ver solo el “ser-así-y-no-de-otro modo” de una
persona, sino en ver al mismo tiempo su 'poder-ser', esto es,
ver no solo lo que realmente es, sino también lo que puede ser o
lo que deberá ser.
En otras
palabras, citando una hermosa frase de Dostoiievski: “Amar
significa ver a la otra persona tal como la ha pensado Dios”».
Y, al
advertirla según el boceto divino, surge en nosotros el impulso
razonable, sumamente generoso, de ponernos radicalmente a su
servicio: tiene lugar la entrega, resello conclusivo de la
corroboración del ser.
Pues
bien, el sexo humano puede hacer todo eso, puede decir un «tú» y
un «sí» plenos, radicales, y puede entregarse, en la misma
medida en que, por pertenecer a una realidad espiritual, obtiene
la posibilidad esencial de ser personalizado.
Pero,
para que efectivamente actúe de esa manera, para que pronuncie
el «tú» y el «sí» que corroboran a la persona querida (en cuanto
sexuada), se requiere que, existencialmente, en la vida
diaria, se encuentre englobado bajo una corriente cardinal de
amor libérrimo.
Solo
con esa condición la sexualidad humana se verá enaltecida y
elevada, hasta integrarse en la actividad más noble y definitiva
que puede realizar la persona: el amor, en el que el
hombre y el sexo conquistan definitivamente, y actualizan, su
intrínseco y constitutivo carácter terminal de don.
2. Y existenciales o de la vida diaria
a) Requisitos
Y ahora
podríamos preguntarnos: ¿cuáles son, existencialmente,
en el discurrir de cada día, los requisitos que permiten
hablar de una sexualidad personalizada, ejercida por amor, de
una sexualidad transformada o capaz de trasformarse en don?
Cabría
deducirlos, una vez más, de la definición aristotélica que nos
sirvió de punto de partida en nuestros análisis del amor. Amar,
decía entonces, es «querer el bien para otro».
·
Ahora bien, en la sexualidad humana —y en lo que a este punto
respecta— podríamos reseñar tres componentes:
+ el
placer que acompaña al ejercicio del sexo;
+ la
atracción, fundamentalmente psíquica, por la que se tiende a
completar la propia indigencia con la ayuda de la persona del
sexo complementario que se ha transformado en el propio cónyuge;
+ y el
amor hacia esa misma persona, que, por su carácter conyugal,
inclina a hacer completa la donación a ella: en el alma y en el
cuerpo.
De esos
tres elementos, los dos primeros miran fundamentalmente a la
propia satisfacción y cumplimiento, mientras que solo el tercero
—el amor electivo— instaura con vigor la «dialéctica del tú»,
afirma radicalmente al otro… y nos hace salir de nosotros mismos
y, así, crecer y desarrollarnos.
(Curiosamente,
como hemos visto en otros momentos, la gran paradoja de la
condición de la persona —que solo vive en plenitud al
des-vivirse— también está presente aquí: de modo que, cuando en
la unión íntima alguien persigue el propio contentamiento
—placer y consuelo emocional, por resumirlo en un par de
expresiones— no es cuando propiamente da pie a la
propia mejora y felicidad; sino que esta tiene lugar, al
contrario, cuando el fin de nuestros actos es el amor al otro en
cuanto otro: la búsqueda de su bien, en las
diferentes modalidades que adopta en la unión íntima
De nuevo con
palabras de Benedicto XVI, «la
promesa más profunda del “eros” puede madurar solamente cuando
no solo buscamos la felicidad transitoria y repentina. Al
contrario, encontramos juntos la paciencia de descubrir cada
vez más al otro en la profundidad de su persona, en la totalidad
del cuerpo y del alma, de modo que, finalmente, la felicidad del
otro llegue a ser más importante que la mía. Entonces, ya no
solo se quiere recibir algo, sino entregarse, y en esta
liberación del propio “yo” el hombre se encuentra a sí mismo y
se llena de alegría»).
Por
eso «querer el bien para otro» lleva consigo, en este caso,
articular los tres ingredientes recién enunciados de manera que
el más noble y altruista —el amor voluntario— se constituya en
motor y guía del afán de complementación y del placer derivado
de la cópula.
·
Y el peligro, lo que impediría la personalización existencial,
radica precisamente en que esa necesaria jerarquía puede
desintegrarse, de modo que el placer se transforme en único
móvil de la vida conyugal o sexual, o que, trascendiendo
levemente esa perspectiva, en el trato matrimonial se busque en
exclusiva el propio contento o la propia perfección como
persona.
En
ninguno de estos dos casos podrá decirse que «se quiere el bien
para otro».
¿Cuándo,
por el contrario, puede establecerse fundadamente esa
afirmación? Antes de avanzar una respuesta, querría hacer una
observación casi innecesaria: los dos integrantes del uso del
matrimonio que el amor ha de supeditar a sí, personalizándolos,
en modo alguno deben ser calificados como ilegítimos ni, en
consecuencia, han de quedar excluidos de la vida conyugal.
Cada cual
es bueno —en el sentido más cabal de este término— en su
propio orden. El deseo de la propia plenitud es bueno, además de
inevitable; el placer derivado del coito es bueno, además de
natural.
Pero
ambos, para personalizarse, han de ser reducidos a la
categoría de corolario: esto es, subordinados al amor
personal, a la búsqueda lúcida y voluntaria del bien del otro en
cuanto otro. Por otra parte, los bienes más altos no deben
someterse a los de menor calibre y entidad.
b) Síntesis
En
consecuencia, una vida sexual ejercida bajo los auspicios del
amor, una vida sexual enriquecida por el don, por la entrega,
una vida sexual jerarquizada y ordenada, desde los puntos de
vista ontológico, antropológico y ético, establece la siguiente
gradación (un tanto esquematizada, por razones puramente
didácticas):
1)
En primer término, se debe buscar el bien del cónyuge en cuanto
persona y en cuanto cónyuge: que
sea, que sea bueno, como esposo, como padre y educador,
etcétera; y, para lograr tal fin, hay que ponerse totalmente a
su disposición, a su servicio: en el alma y en el cuerpo.
(Más adelante
matizaré este extremo).
2)
A continuación, se puede procurar el propio bien personal,
sin anteponerlo nunca al de la persona con quien se está unido
en matrimonio; más aún, según acabo de sugerir, hay que tener de
nuevo en cuenta que lo que perfecciona al hombre como persona,
lo que hace de él un ser plenamente humano, es la búsqueda del
bien ajeno y la entrega amorosa que esa solicitud lleva
consigo.
3)
En tercer lugar, cabe establecer como meta el proporcionar el
placer de la unión al propio cónyuge: semejante deleite es
antropológica y éticamente bueno, y puede y debe ser procurado,
siempre que no se anteponga o, menos todavía, elimine la
consecución de bienes más altos, como podrían ser el auténtico
amor o la fecundidad conyugal, los hijos.
4)
Por fin, en última instancia, y supeditado a los otros tres
bienes, resulta legítimo andar en pos del propio placer;
instalado en el lugar que le corresponde —el que señala una
correcta antropología de la vida sexual— es también algo bueno
y deseable.
(Aunque, como
es obvio, esta especie de «complicada jerarquía» no se plantee
explícitamente en cada relación, que es mucho más natural y
espontánea, sino que constituya la disposición habitual del
buen amor entre los esposos… que se unen íntimamente, «sin tener
que pensar más», cuando el conjunto de las circunstancias los
conduce a ello.
Por otra
parte, tampoco estimo necesario detenerme a explicar que la
especie de fragmentación de elementos que he llevado a cabo es
el resultado de una «abstracción» o separación de hechos que en
la realidad se interpenetran mutuamente y en los que se pone en
juego, como me gusta repetir, toda la biografía (en este
caso, individual y de los cónyuges).
Recojo un par
de citas al respecto: «… “subjetivamente”, los estados psíquicos
que acompañan este comportamiento se sitúan […] en muchos otros
momentos y situaciones psíquicas de la vida afectiva y emotiva
de la persona y de la pareja. Mirándolo bien, la “psicología”,
es decir, la vida interior que en el individuo subyace en la
relación sexual, va siempre más allá del tiempo y del espacio
del momento dado, llevando consigo el “pasado” y el “futuro”,
ampliándose a toda la relación entre las dos personas y, en ese
instante, al “modo” en que el individuo está viviendo esa
especial relación, que quedará después grabada en él. Además,
por mucho que se quiera describir esta realidad en términos
generales, en cada pareja y “en su presente histórico” será
siempre distinta y única».
«En la pareja
enamorada, es evidente que el placer, por todo lo que el sexo
brinda en la relación de amor, es mucho más amplio que el placer
meramente físico que les puede ofrecer el acto sexual en sí.
Cuando la sexualidad se expresa, en el momento oportuno,
buscando “también” el placer de la relación sexual y, al mismo
tiempo, adaptándose a la intencionalidad del amor, es
decir, en una relación profunda y activa, de comunicación del
ser de la persona con el de la persona amada, aquella desarrolla
entonces toda su fuerza positiva»).
En
definitiva, todo resulta, una vez más, cuestión de orden.
Y es
el orden que acabo de esbozar el que permite existencialmente,
en la vida vivida, elevar la sexualidad a la noble categoría de
expresión y ejercicio del amor, del don personal genuino; a esa
categoría cuya conquista ha sido esencialmente posibilitada por
la incardinación del sexo en un ser dotado de espíritu.
c) Un apéndice fundamental
Y todo
ello, puesto al servicio del engrandecimiento personal-humano de
cada uno de los cónyuges.
Como
antes apunté, a través del trato mutuo —también del íntimo— la
mujer descubre y hace crecer ulteriormente su feminidad, de
manera análoga a como el varón va percibiendo e incrementando su
masculinidad… que son la forma propia en que una y otro pueden
desplegar su condición personal (masculina o femenina, pues la
persona-humana sin más constituye una abstracción).
Según
escribí en otro lugar:
1)
La mujer acaba de desvelar y desarrolla su personeidad femenina
en contacto y relación con el varón en cuanto tal;
2)
de manera análoga, el varón pone al descubierto la riqueza de su
masculinidad y es capaz de engrandecerla gracias a la presencia
de las mujeres y, de forma muy particular, de aquella con quien
especialmente se relaciona.
3)
En ese juego de complementariedad irremplazable:
+ van
saliendo a la luz y tomando forma todas las prerrogativas y
atributos de lo humano, suscitados cada uno de ellos
preferentemente por la mujer o por el varón…
+ para
hacerlo conocer al otro cónyuge y ayudar a que lo encarne a su
manera,
+ con el
fin de llevar a su (relativa) plenitud la perfección de «lo
humano», que, como sabemos, surge y se implementa solo
en la complementariedad sinérgica de lo femenino y lo masculino:
es dual, según suele decirse.
(Como
apuntaba, este extremo constituye el tema de reflexión en otro
módulo).