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ENTREVISTA CON ALFONSO
AGUILÓ
En Escritos Arvo, diciembre 2003
EL AMOR Y EL SEXO
—¿Por qué cree usted que resulta tan importante ese “arte del
auriga” al que se refería Platón?
El amor es la realización más completa de las posibilidades del ser
humano. Es lo más íntimo y más grande, donde encuentra la plenitud de
su ser, lo único que puede absorberle por entero. El placer que se
deriva de su expresión en el amor conyugal es quizá el más intenso de
los placeres corporales, y también quizá el que más absorbe. Por eso,
el entusiasmo que produce un enamoramiento limpio y sincero saca al
hombre o a la mujer de sí mismos para entregarse y vivir en y para el
otro: es el entusiasmo mayor que tienen en su vida la mayoría de los
seres humanos.
Cuando el placer y el amor se unen a la entrega mutua, es posible
entonces alcanzar un alto grado de felicidad y de placer. En cambio
–como ha escrito Mikel Gotzon Santamaría–, cuando prima la búsqueda
del simple placer físico, ese placer tiende a convertirse en algo
momentáneo y fugitivo, que deja un poso de insatisfacción. Porque la
satisfacción sexual es en realidad sólo una parte, y quizá la más
pequeña, de la alegría de la entrega sexual con alma y cuerpo propia
de la entrega total del amor conyugal.
El terreno sexual ofrece, más que otros, ocasiones de servirse de las
personas como de un objeto, aunque sea inconscientemente. La dimensión
sexual del amor hace que éste pueda inclinarse con cierta facilidad a
la búsqueda del placer en sí mismo, a una utilización sexual que
siempre rebaja a la persona, pues afecta a su más profunda intimidad.
Al ser el sexo expresión de nuestra capacidad de amar, toda referencia
sexual llega hasta lo más hondo, al núcleo más íntimo, e implica a la
totalidad de la persona. Y precisamente por poseer tan gran valor y
dignidad, su corrupción es particularmente corrosiva. Podría decirse
que cada uno hace de su amor lo que hace de su sexualidad.
APRENDER A AMAR
— ¿Es entonces la sexualidad un asunto importante en la vida de
una persona?
El hombre, para ser feliz, ha de encontrar respuesta a las grandes
cuestiones de la vida. Entre esas cuestiones que afectan al hombre de
todo tiempo y lugar, que apelan a su corazón, que es donde se
desarrolla la más esencial trama de su historia, está,
incuestionablemente, la sexualidad.
Por eso es preciso encontrar respuesta a preguntas capitales como:
¿qué debo hacer para educar mi sexualidad, para ser dueño de ella?,
pues el cuerpo de la otra persona se presenta a la vez como reflejo de
esa persona y también como ocasión para dar rienda suelta a un deseo
de autosatisfacción egoísta.
La sexualidad es un impulso genérico entre cualquier macho y cualquier
hembra. El amor entre un hombre y una mujer, en cambio, busca la
máxima individualización.
Y para que el cuerpo sea expresión e instrumento de ese amor
individualizado, es necesario dominar el cuerpo de modo que no quede
subyugado por el placer inmediato y egoísta, sino que actúe al
servicio del amor. Porque, si no se educa bien la propia afectividad,
es fácil que, en el momento en que tendría que brotar un amor limpio,
se imponga la fuerza del egoísmo sexual. Por eso, si una persona no
adquiere el necesario dominio sobre su sexualidad, vive con un tirano
dentro, pues en el momento en que la sexualidad deja de estar bajo
control, comienza su tiranía.
Si una persona permite que su mente, sus hábitos y sus actitudes se
impregnen de deseos sexuales no encaminados a un amor pleno, advertirá
que poco a poco se va deteriorando su capacidad de querer de verdad.
Está permitiendo que se pierda uno de los tesoros más preciados que
todo hombre puede poseer. Si no se esfuerza en rectificar ese error,
el egoísmo se hará cada vez más dueño de su imaginación, de su
memoria, de sus sentimientos, de sus deseos. Y su mente irá
empapándose de un modo egoísta de vivir el sexo. Tenderá a ver al otro
de un modo interesado. Apreciará sobre todo los valores sensuales o
sexuales de esa persona, y se fijará mucho menos su inteligencia, sus
virtudes, su carácter o sus sentimientos.
Además, una relación basada en una atracción casi sólo sensual, tiende
a ser fluctuante por su propia naturaleza, y es fácil que al poco
tiempo –al devaluarse ese atractivo– aquello acabe en decepción, o
incluso en una reacción emotiva de signo contrario, de antipatía y
desafecto.
UN CIERTO "ENTRENAMIENTO"
— ¿Y cómo se puede rectificar ese deterioro en el modo de ver el
sexo?
Lo fundamental es reconocer sinceramente la necesidad de dar ese
cambio, y decidirse de verdad a darlo. Es como un reto: hay que
purificar, llenar de luz la imaginación, de limpidez la memoria, de
claridad los sentimientos, los deseos. Es –en otro ámbito mucho más
serio– como entrenarse para recuperar la frescura y la agilidad
después de haber perdido la buena forma física.
— ¿Y no suena un poco artificial eso de “entrenarse”? ¿No bastaría
con tener las ideas claras?
En el amor, como sucede en la destreza en cualquier deporte, o en la
mayoría de las habilidades profesionales, o en tantas otras cosas, si
no hay suficiente práctica y entrenamiento, las cosas salen mal. Para
aprender a leer, a escribir, a bailar, a cantar, o incluso a comer,
hace falta proponérselo, seguir un cierto aprendizaje y adquirir un
hábito positivo. Si no, se hace de manera tosca y ruda. Para expresar
bien cualquier cosa con un poco de gracia conviene entrenarse,
cultivarse un poco. Cuando una persona no lo hace, le resulta difícil
expresar lo que desea. Siente la frustración de no poder comunicar lo
que tiene dentro, de no poder realizar sus ilusiones. Y eso sucede
tanto al expresarse verbalmente como al expresar el amor. Si no
educamos nuestra capacidad de amar y de entregarnos por entero, en
lugar de expresar amor nos comportaremos de forma ruda, como sucede a
quien no sabe hablar o no sabe comer.
EDUCAR LA SEXUALIDAD
Es una lástima que muchos limiten la educación sexual a la información
sobre el funcionamiento de la fisiología o la higiene de la
sexualidad. Son cosas indudablemente necesarias, pero no las más
importantes, y además son cosas que casi todos hoy ya saben de sobra.
En cambio, el autodominio de la apetencia sexual, y por tanto, de la
imaginación, del deseo, de la mirada, es una parte fundamental de la
educación de la sexualidad a la que pocos dan la importancia que
tiene.
— ¿Y por qué le das tanta importancia?
Si no se logra esa educación de los impulsos, la sexualidad, como
cualquier otra apetencia corporal, actuará a nivel simplemente
biológico, y entonces será fácilmente presa del egoísmo típico de
cualquier apetencia corporal no educada.
Por eso, cuando en la infancia o la adolescencia se introduce a las
personas a un ambiente de frecuente incitación sexual, se comete un
grave daño contra la afectividad de esas personas, un atentado contra
su inocencia y su buena fe. Y aunque suene quizá demasiado fuerte,
pienso que no exagero, porque todo eso tiene algo como de ensañamiento
con un inocente. Romper en esos chicos y chicas el vínculo entre sexo
y amor es una forma perversa de quebrantar su honestidad y su
sencillez, tan necesarias en esa etapa de la vida. Los primeros
movimientos e inclinaciones sexuales, cuando aún no están corrompidos,
tienen un trasfondo de entusiasmo de amor puro de juventud. Irrumpir
en ellos con la mano grosera de la sobreexcitación sexual daña
torpemente la relación entre chicas y chicos. En palabras de Jordi
Serra, “no se les maltrata atándolos con una cadena, pero se les
esclaviza sumergiéndoles en un mundo irreal”.
Como escribió Tihamer Toth, la castidad es la piedra de toque de la
educación de la juventud. Por la intensidad y vehemencia del instinto
sexual, esta virtud es de las que mejor manifiesta el esfuerzo
personal contra el vicio. Quizá por eso la historia es testigo de que
el respeto a la mujer siempre ha sido un índice muy revelador de la
cultura y la salud espiritual de un pueblo.
ENCAUZAR LOS SENTIMIENTOS
Igual que el uso inadecuado del alcohol conduce al alcoholismo, el uso
inadecuado del sexo provoca también una dependencia y una
sobreexcitación habitual que reducen la capacidad de amar. Y de manera
semejante a como el paladar puede estragarse por el exceso de sabores
fuertes o picantes, el gusto sexual estragado por lo erótico se hace
cada vez más insensible, más ofuscado para percibir la belleza, menos
capaz de sentimientos nobles y más ávido de sensaciones artificiosas,
que con facilidad conducen a desviaciones extrañas o a aburrimientos
mayúsculos. Sobrealimentar el instinto sexual lleva a un
funcionamiento anárquico de la imaginación y de los deseos.
Cuando una persona adquiere el hábito de dejarse arrastrar por los
ojos, o por sus fantasías sexuales, su mente tendrá una carga de
erotismo que disparará sus instintos y le dificultará conducir a buen
puerto su capacidad de amar.
— ¿Y no hay otra solución que reprimir ese impulso?
Pienso que no es cuestión tanto de reprimir ese impulso como de
encauzar bien los sentimientos. Basta que la voluntad se oponga y se
distancie de los estímulos que resultan negativos para la propia
afectividad. Es preciso frenar los arranques inoportunos de la
imaginación y del deseo, para así ir educando esas potencias, de
manera que sirvan adecuadamente a nuestra capacidad de amar.
Quien se esfuerza en esa línea, poco a poco aprenderá a convivir con
su propio cuerpo y con el de los demás, y los tratará conforme a la
dignidad que poseen. Gozará de los frutos de haber adquirido la
libertad de disponer de sí y de poder entregarse a otro. Vivirá con la
alegría profunda de quien disfruta de una espontaneidad madura y
profunda, en la que el corazón gobierna a los instintos.
EL PEAJE DE LA RENUNCIA
Son muchas las cosas que el hombre desea, y para alcanzar cada una de
ellas ha de renunciar a otras, aunque esa renuncia le duela. Toda
elección conlleva una exclusión. Por eso, cuando se elige, es
importante acertar, sin demasiado miedo a la renuncia, pues detrás de
lo atractivo no siempre está la felicidad. Tanto el placer como la
felicidad llevan siempre consigo asociada alguna renuncia.
Tampoco está la solución en la supresión de todo deseo, porque sin
deseos la vida del hombre dejaría de ser propiamente humana. El hombre
se humaniza cuando aprende a soportar lo adverso, a abstenerse de lo
que puede hacerse pero no debe hacerse. Este es el precio que debe
pagar nuestra inexorable tendencia a la felicidad, si queremos
alcanzar lo que de ella es posible en esta vida.
Igual que guardar la salud exige un cierto esfuerzo y una cierta
disciplina pero gracias a eso te sientes mucho mejor, la castidad
fortalece el interior del hombre y le proporciona una honda
satisfacción. Cuando no se cede al egoísmo sexual, se alcanza una
mayor madurez en el amor, en el que la castidad sublima la intensidad
de los sentimientos. Surge una luz transparente en los ojos y una
alegría radiante en la cara, que otorgan un atractivo muy especial.
— ¿Y no suele hablarse demasiado de prohibiciones en la ética
sexual?
Hasta ahora apenas hemos hablado de prohibiciones, sino más bien de un
modelo y un estilo de vida positivos. De todas formas, aunque la clave
de la ética no son las prohibiciones, tampoco puede olvidarse que toda
ética supone mandatos y prohibiciones. Cada prohibición custodia y
asegura unos determinados valores, que de esa forma se protegen y se
hacen más accesibles. Esas prohibiciones, si son acertadas, ensanchan
los espacios de libertad de valores importantes para el hombre. Así
sucede en cualquier ámbito moral o jurídico: proteger el derecho a la
vida, a la propiedad, al medio ambiente, a la intimidad, etc., supone
prohibiciones y obligaciones para uno mismo y para los demás; de lo
contrario, todo quedaría en una ingenua, ineficaz y simple
manifestación de intenciones.
La moral no puede verse como una simple y fría normativa que coarta, y
mucho menos como un mero código de pecados y obligaciones. Las
exigencias de la moral vigorizan a la persona, le aúpan a su
desarrollo más pleno, a su más auténtica libertad.
Carlos Azarola
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