ÍNDICE DEL CAPÍTULO
Las imaginaciones
La tentación
La ansiedad
Las caídas
Contrición y culpa
Sueños
Enfrentando el éxito
En cierto
sentido el capítulo anterior fue el más fácil de escribir y éste el más
difícil, porque trata de cosas que son aparentemente irracionales y no se
entienden fácilmente. Sin embargo, éste es quizá el capítulo más
importante para entender el celibato casto y para vivir triunfantemente la
castidad. Las fantasías, sueños, tentaciones y pecados forman el lado
oscuro del cuadro; son a menudo fenómenos misteriosos y causan intenso
sufrimiento a la persona. El lado luminoso o brillante es práctica
triunfante de la castidad, ya sea en una tentación singular o a lo largo
de un lapso de tiempo o durante toda la vida. Debemos mirar cuidadosa e
inteligentemente tanto al lado obscuro como al lado luminoso.
Las imaginaciones
Todos los
aspectos de la vida de algún modo se reflejan en la conciencia. Todos nos
damos cuenta, aunque débilmente, de las funciones biológicas de nuestro
cuerpo, pero éstas son tan persistentes que puede suceder que no las
advirtamos conscientemente hasta que se detienen o se vuelven
perjudiciales. Solemos darnos cuenta de que hay un reloj sólo cuando ha
dejado de hacer tic-tac. A menudo nos damos cuenta de nuestras necesidades
insatisfechas, al recordar satisfacciones pasadas o cuando surgen deseos
o imaginaciones en el presente. Algunos que han pasado por situaciones de
intensa hambre más tarde recuerdan haber tenido en esos momentos
imaginaciones o fantasías de comidas que en la mayoría de los casos eran
recuerdos de buenos tiempos anteriores. Las fantasías sexuales reflejan no
solamente nuestros impulsos biológicos, sino necesidades profundamente
sentidas, como la expresión sexual de nuestro propio ser y la necesidad de
ternura, de apoyo, de intimidad y de amor espiritual.
La fantasía
puede ser o puede no ser algo voluntario. Usualmente comienza siendo
involuntario, ya que fluye del conjunto del organismo y nace de la
necesidad de colocar toda experiencia dentro de un marco experimental
único o gestalt. Se hace voluntaria al ser aceptada o fomentada por
el deseo. Esto ocurre cuando una persona está escribiendo una novela e
inventando una historia.
Las
fantasías sexuales siempre son involuntarias al comienzo, reflejando
simplemente los varios niveles de necesidad de un individuo. Si se aceptan
y aumentan, se vuelven más o menos voluntarias. El mandato de evitar los
malos deseos que Cristo da en el Sermón de la Montaña (cf. Mt 5,28-29) nos
exige no aceptar voluntaria y conscientemente los deseos sexuales
prohibidos. Tales deseos pueden ser resultado de la fantasía sexual
voluntariamente aceptada. La calificación moral no viene, en este caso, de
la fantasía misma, sino del deseo de la persona y de las circunstancias.
Por ejemplo, para un casado no es moralmente malo imaginar sus relaciones
sexuales con su propia esposa cuando ella está ausente.
Con
frecuencia las personas solteras tienen fantasías sexuales muy activas y
les preocupa el que puedan ser pecaminosas. Hay que hacer al respecto una
cuidadosa distinción. Nadie tiene suficiente control sobre la fuerza de la
imaginación porque, como hemos dicho más arriba, representa necesidades e
impulsos que brotan de la mente (psique) y del cuerpo del individuo. No se
pueden detener las mareas, aunque se las puede controlar.
En caso de
las imaginaciones sexuales fuertes, parece irrealista negar un mínimo de
aceptación voluntaria por parte de la mente consciente. Pero debe
determinarse, sin embargo, si ha habido tal aceptación voluntaria de la
imaginación; y en caso de ser así, el hecho sería culpable. Para que tal
aceptación sea culpable o pecaminosa debe ser reflexiva y voluntaria. La
persona debe tener la capacidad suficiente como para afirmar
conscientemente. “esto está mal, pero de todos modos voy a pensar en
ello”. Si la persona ha estado luchando contra movimientos e imaginaciones
sexuales durante cierto tiempo (en el que la compulsión sexual parece
intensificarse y menguar), también podría ocurrir que la referida
afirmación haya sido realizada en un momento de distracción y sin plena
responsabilidad.
¿Hay alguna
regla que nos permita determinar fácilmente si ha habido consentimiento
moral a las fantasías sexuales y a los deseo ilícitos? Me parece que el
mejor examen práctico es responder a las siguientes cuestiones:
-
¿He aumentado voluntariamente la imaginación?
-
¿He respondido físicamente a ella, ya sea por medio de estímulos
sexuales voluntarios o con actos para aumentar la fantasía, por ejemplo
mirando a objetos provocadores?
-
Al darme cuenta de lo que estaba haciendo ¿rehusé dirigir mi atención a
una cosa distinta?
Si la
respuesta a todas estas cuestiones (especialmente la última) es
clara e inequívocamente sí, entonces pienso que la persona es
culpable. Pero incluso esta plena culpabilidad puede estar disminuida por
otros factores relacionados con la persona o con la situación. Sin una
respuesta afirmativa a estas cuestiones, yo presumiría que no se hizo nada
moralmente malo. Una buena regla es recordar que no se puede cometer
pecado mortal de modo accidental. Un pecado mortal, psicológicamente, es
una temible situación en la vida de un cristiano luchador.
En otras
épocas estas cuestiones y conclusiones habrían parecido laxas y sin
fundamento. Sin embargo, los principios con los que juzgamos estas cosas
deben fundarse en una sólida comprensión de la conducta humana. La
realidad es que la gente no tiene demasiado control sobre su fantasía.
Usted se habrá dado cuenta de ello si alguna vez ha tratado de leer una
obra aburrida o si ha intentado rezar en medio de distracciones.
Supongamos
que una persona ha adquirido habilidad para controlar la imaginación, en
especial la imaginación sexual. Esto no necesariamente es la mejor
disposición, ya que tal control puede provenir de la represión, esto es,
de un mecanismo de defensa que entierra inconscientemente los impulsos,
las necesidades y los deseos espontáneos, y que dispara el comienzo de la
fantasía en el inconsciente. Es probable que así se vaya almacenando una
reserva de material sexual reprimido, que podría empujar en el futuro a
acciones descontroladas. Las páginas de la historia están salpicadas de
trágicos casos producidos como efecto de la represión y de la pérdida de
control. Muchos estudiosos del comportamiento aceptan como un hecho que la
represión es algo incompleto e inadecuado. La persona reprimida está
condenada a perder control en el futuro y a padecer serios efectos en el
presente.
El control
consciente es algo completamente diferente de la represión. Por
definición, la persona tiene conciencia de rechazar, o al menos de no
aumentar una imaginación o deseo. No está tratando de detener la marea,
sino simplemente de controlarla para que no lo arrastre. Cuando más
adelante discutamos el tema de la ansiedad, veremos su estrecha relación
con la fantasía y cómo altos niveles de ansiedad pueden precipitar una
conducta que lleva al pecado.
Tentación
Al hablar
de fantasía estamos usamos lenguaje psicológico. En cambio, tentación
es un término teológico y que puede definirse como la invitación a hacer
algo malo o algo que es en sí mismo bueno pero no en alguna circunstancia
concreta. Para que una tentación sea real debe provocar deseo en la
persona tentada. Hay muchas cosas que están prohibidas, como robar un
banco, pero pocos de nosotros se sienten tentados de hacerlo.
He notado
que cuando las personas dicen haber pedido la gracia de la castidad, con
frecuencia lo que han pedido es la gracia de ser ángeles, la cual no
recibirán. No es que no quieran pecar; lo que en realidad quieren es no
tener tentaciones.
La
tentación se origina tanto en la mente, con los deseos o necesidades que
ya hemos mencionado, como en el cuerpo, en sus sistemas que buscan escape
o deleite. Las personas con ideales religiosos incluirán, a menudo, entre
las fuentes de la tentación al Príncipe de las tinieblas, y lejos de mí
negar la posibilidad. Sin embargo, hay que reconocer que tenemos
suficientes provisiones –psicológicas y biológicas– como para explicar la
mayoría de nuestras tentaciones. Sospecho que cuando una persona
discretamente madura, que trata con seriedad de ser un buen cristiano,
sufre tentaciones sexuales muy fuertes o dominantes, o bien vive en un
medio ambiente descontrolado que lo lleva a una extrema ansiedad, o bien
tiene un conflicto interior sin resolver que se expresa sexualmente.
¿Exceptúa
esto al individuo de luchar contra la tentación o lo absuelve de toda
responsabilidad? No faltan libros religiosos de divulgación que darían
impresión de responder afirmativamente; pero yo estoy en total desacuerdo.
Y mi discrepancia se basa en el conocimiento de la teología moral católica
y de los escritos de los grandes maestros espirituales. Además, lo he
corroborado en mis muchas entrevistas con personas que han seguido el
camino fácil sugerido por los escritores populares terminando por
encontrarse a sí mismos atrapados por vicios sexuales, que ellos sabían
por experiencia que eran moralmente malos y dañinos para su crecimiento
personal y espiritual. En efecto, tentaciones fuertes pueden reducir la
responsabilidad, y el reconocimiento de esta realidad puede permitir que
persona se perdone más fácilmente a sí mismo y continúe su camino. Pero
tales tentaciones, sin embargo, no nos dan permiso para pecar o, lo que es
peor, para pretender que el pecado no sea pecado.
La
tentación es parte de la vida y una manifestación clara y consistente del
pecado original. El deseo de no tener tentaciones es parte de la falta de
realismo que muchos terapeutas han identificado como una raíz de los
problemas sexuales. La tentación puede ser un excelente maestro; puede
actuar como el entrenador de un boxeador. A lo largo de la Sagrada
Escritura y de la historia religiosa todos los que han buscado a Dios han
luchado contra las tentaciones, y un cierto número de ellos con frecuencia
ha caído y se ha arrepentido. Más importante aún es el hecho de que la
tentación nos enseña que no podemos salvarnos a nosotros mismos, que
debemos apoyarnos en el poder de Dios y en la gracia salvadora de su Hijo,
o de lo contrario pereceremos. Apartarnos de Él es perecer; volvernos
hacia Él equivale a salvarnos.
Si usted ha
seguido todas las sugerencias de este libro dirigiendo su vida de un modo
sano, trabajando en la vida espiritual y siendo fiel a la oración y a los
sacramentos, llegará un día en que será tentado más allá de lo que usted
ha esperado o ha pensado que podía soportar. En ese momento comprenderá la
acción de los dones del Espíritu Santo, que después de esa hora ferozmente
penosa lo elevará con alas de águila. Sólo entonces verá claramente lo que
significa ser salvado. La hora de la tribulación puede presentarse muchas
veces. Usted puede llegar a caer o triunfar, y volverá una y otra vez. Si
usted triunfa, crecerá, y al crecer se convertirá en una bendición para
otras personas de un modo que nunca podría prever en la hora obscura de la
tentación.
La tentación de la tentación
Prepararse
para la hora de la prueba es el mejor medio para vencer las tentaciones
menos virulentas. Cada tentación que se vence fortalece a la persona,
incluso si hay posteriores fracasos. La tentación más peligrosa para
quienes tratan de ser castos es lo que yo llamo la “tentación de la
tentación”.
La mente de
la persona tentada se halla en estado de conflicto. Es un momento penoso
en que la persona es tironeada en distintas direcciones. No tiene paz
interior –o tiene poca; está ansioso sobre su futuro inmediato, está
preocupado por el peligro espiritual y enojado y frustrado por tal
conflicto. Es entonces que aparece la tentación de la tentación: “¡Oh,
terminemos con esto! ¿Qué cambia una caída vez más? Al menos después
quedaré en paz y podré rezar con arrepentimiento. Incluso Dios me parecerá
cercano así como ahora parece estar tan lejos”.
Si hay
algún aspecto de la tentación sexual en el que me inclino a reconocer los
efectos diabólicos es en esta sugestión aparentemente piadosa. El antídoto
para esta tentación es recordar que toda tentación que se resiste es un
gran acto de adoración a Dios. El soportar la tentación sin buscar la
salida fácil es un poderoso reconocimiento de la soberanía de Dios y de
Cristo, nuestro Legislador y Rey. Resistir la tentación significa buscar
primero el reino de Dios. Incluso si más tarde uno cae, ya cumplió un acto
de obediente adoración que no le será quitado.
La ansiedad
La
ansiedad, que comienza en el cuerpo y en la mente del individuo, genera
una percepción de peligro y destrucción. Puede llegar a distorsionar la
fuerza vital que nos mantiene vivos. Para vivir y crecer debemos luchar
para superar nuestros miedos y aparentes limitaciones. Cuando el impulso
de lucha y movimiento es bloqueado por el miedo y la aprehensión, tenemos
como resultado es una ansiedad neurótica. Necesitamos un nivel normal y
manejable de ansiedad para concentrar nuestras acciones y evitar las
distracciones. Samuel Johnson observó una vez que nada ayuda tanto a estar
atento como el saber que uno será ahorcado el próximo martes. La gente
seria, como los que leen libros sobre la castidad, con frecuencia tienen
excesiva ansiedad. Encontramos un ejemplo en la diaria preocupación que
San Pablo tenía por todas las iglesias. A pesar de las advertencias
frecuentes de Nuestro Salvador de que no nos preocupemos, nos gusta
preocuparnos, y cuando nos preocupamos, usamos las profundas reservas de
ansiedad que llevamos dentro. Si ser discípulo lo pone ansioso, no le eche
la culpa al Maestro en este caso.
Ahora bien,
no se sienta mal. Si usted ha decidido arrojar todo por la borda y
volverse pecador, continuará tan ansioso como ahora, añadiendo, además, la
ansiedad de alejarse de Dios. He notado que los cristianos que bajan los
brazos de su fe y toman el camino corto de los pecados carnales son
invariablemente un fracaso como pecadores. En vez de gozar hasta el límite
los breves placeres mundanos, pierden mucho tiempo en tratar
impetuosamente de inducir a otros a que los sigan. Al estilo de Don
Quijote, terminan peleando contra las torres de las iglesias en lugar de
hacerlo contra molinos de viento. Los ex-cristianos hacen un mal papel de
pecadores, como podemos ver en la turbada vida de James Joyce o de Aubrey
Beardley, el artista de lo obsceno que angustiosamente volvió a Dios a
tiempo de recibir los últimos sacramentos de la Iglesia.
La ansiedad
no nace por ser creyente o por tratar de ser discípulo, pero se entromete
en la tentación del creyente de resistir la voluntad divina. Las
sugerencias siguientes tratan de ayudar a quien está en estado de ansiosa
tentación. Estos consejos proceden de algunas personas que he conocido a
lo largo de los años, las que se han convertido en expertos en vencer
tentaciones:
1.
Cálmese y reconozca conscientemente (repítalo usted mismo) que usted está
siendo tentado seriamente y que debería tomar medidas apropiadas. Una
caminata, un rato de serenidad tranquilizándose en la iglesia o en su
habitación le hará un gran bien.
2.
Pregúntese cuáles son las fuentes de esta tentación particular. Las
consideraciones que hemos hecho en los capítulos anteriores le pueden dar
algunas claves. ¿Hay razones concretas para estar ansioso, deprimido,
solitario, etc.? ¿Ha tratado de remediarlas? ¿Qué cree que debería hacer
ahora?
3.
Pida a Dios con tranquilidad algo de paz interior y haga un acto de
confianza en Él.
4.
Haga algo más. La tentación no actúa cuando uno está ocupado; por tanto
corte con firmeza la situación en la que ahora se encuentra. Llame a un
amigo, vaya al cine, preocúpese por los problemas de otra persona. Llamar
a la policía o arrojarle una torta a alguna persona puede que sea
demasiado, pero tiene que hacer algo que rompa el molde de esa situación.
Es sorprendente cuán poca gente tiene tentaciones de pecar cuando está
sonando la alarma de incendio.
Las caídas
Si una
persona es todavía débil espiritualmente o no tiene bien ordenada su vida,
o está intentando vencer alguna compulsión, es probable que tenga alguna
caída. Para reducir sustancialmente la fuerza de un hábito se requiere más
o menos unos tres meses. Cuando se intenta vencer una compulsión sexual,
cualquier clase de conducta sexual ilícita realizada voluntariamente,
incluyendo el autoerotismo, tiende a reforzar la compulsión original.
Cuando decimos tres meses nos referimos, pues, a tres meses de castidad.
Una caída o
la posibilidad de caer, es parte del combate de quienes tratan de llevar
una vida casta. Uno de los grandes dones de Cristo a sus hijos es hacerles
saber que el perdón está a la distancia de una oración o una buena
determinación. El sacramento de la reconciliación, con su valiosísima y
terapéutica experiencia de la confesión vocal, es uno de los signos más
poderosos del perdón de Cristo. El acto de contrición perfecta, o sea, de
dolor por amor de Dios unido al propósito de no pecar más, también es un
instrumento muy efectivo en la vida espiritual. Deberíamos rezar a menudo
esta oración, culminando con la recepción del sacramento. Demorar el acto
de perfecta contrición es peligroso e imprudente.
Paradójicamente quienes tratan de ser castos pueden, por un lado, estar
arrepentidos pero continuar de hecho realizando el acto pecaminoso. Piden
a Dios que esto no les suceda. Esta confusión es un signo claro de
compulsión. Una vez que la persona que cae recupera su equilibrio, el paso
siguiente es la oración. Mientras más confiada y amorosa sea ésta, de modo
más efectivo calmará al individuo. En este sentido, las palabras que Jesús
dirige a San Pedro pueden ser muy gráficas: Satanás ha pedido cribarte
como el trigo, pero Yo he rezado por ti, Simón, para que tu fe no
desfallezca, y una vez convertido, tú a su vez fortalece a tus hermanos
(Lc 22,32-33).
Las caídas
contribuyen al arrepentimiento, y éste produce un mayor amor de Dios. Si
uno enfrenta las tentaciones y cae (por más trágico que sea) puede
convertir sus caídas, con oración y confesión, en una poderosa fuente de
arrepentimiento.
Contrición y culpa
Para que
las caídas sirvan a la castidad es muy importante que la contrición no sea
simplemente expresión de una culpa neurótica. La siguiente cita del
Maestro Eckhart, el místico alemán del siglo XIII, muestra una buena dosis
de perspicacia psicológica sobre la diferencia entre la conducta neurótica
y una verdadera contrición.
Hay dos
clases de arrepentimiento; uno temporal y del sentido, otro divino y
sobrenatural. El arrepentimiento temporal se inclina siempre en dolor
mayor y sumerge al hombre en la tristeza como si tuviese que desesperar;
este arrepentimiento permanece como dolor, sin permitirle progresar; de
nada aprovecha.
En cambio, el arrepentimiento divino es muy diferente. Tan pronto como el
hombre alcanza el aborrecimiento de sí mismo, inmediatamente se alza hacia
Dios y se afirma en rechazo eterno de todo pecado y en una inamovible
voluntad; y se encumbra a mucha confianza en Dios alcanzando gran
seguridad. De aquí proviene un gozo espiritual que eleva el alma por
encima de toda tristeza y llanto volviéndola segura en Dios. Por más débil
que se reconozca un hombre, y por muchas que hayan sido sus malas
acciones, con más razón debe entregarse a Dios con un amor indiviso en el
que no hay pecado ni debilidad. Así el mejor camino por el que alguien se
eleva a Dios cuando quiere ir a Él con devoción es el estar sin pecado,
fortalecido por una divina contrición.
Y mientras más graves sean sus pecados, más dispuesto está Dios a
perdonarlos y a venir al alma para sacarlos de allí. Todo hombre hace lo
posible por librarse de lo que más le fastidia. Por más numerosos que sean
los pecados, más complacido y pronto es Dios para perdonarlos porque ellos
le fastidian a Él. Así, como la divina contrición lo eleva hacia Dios, los
pecados se desvanecen en el abismo de Dios, si el arrepentimiento es
completo, más velozmente de cuanto me toma a mí cerrar mis ojos,
volviéndose completamente nada, como si no hubiesen existido.
Sueños
Entender y
usar los sueños puede ser muy importante para llevar una vida casta. Los
sueños son experiencias que permiten al inconsciente salir a la superficie
de la mente; permiten también ciertas expresiones involuntarias de
naturaleza sexual durante el descanso. Es probable que el primer encuentro
que la mayoría de las personas tenga con la sexualidad ocurra en algún
sueño anterior a la pubertad. Para quien ha decidido a temprana edad
llevar una vida casta, los sueños presentan una oportunidad importante
para madurar psicológicamente. Esto nace del hecho de que la experiencia
del sueño puede conducir simbólicamente a la mente de la persona y a
niveles de desarrollo de la memoria, que de otro modo habrían permanecido
desconocidos. Tal vez no haya otro grupo de gente para quien los sueños
sean más importantes que los célibes en vías de maduración.
En las
teorías psicológicas contemporáneas de la conciencia se piensa que los
sueños se originan en huellas de la memoria, modelos y engramas (unidades
de memoria) entretejidas de experiencias –durante el sueño o en estado de
somnolencia–semejantes a las percepciones. (Decimos semejantes a las
percepciones porque los sueños no son percepciones reales). Bajo este
aspecto los sueños se asemejan a las alucinaciones. La mente tiene la
tendencia a tejer las hebras del pensamiento y de la memoria en un único
campo coherente, o gestalt. Cuando esto ocurre un sueño tendrá una
secuencia y partes coherentes a pesar de que no estar controlado por la
razón o por nuestro conocimiento de la realidad objetiva, sino por
impulsos inconscientes.
Por esta razón los sueños a menudo pueden presentar de modo simbólico no
sólo temas conscientes y recuerdos, sino también deseos y necesidades
profundamente reprimidas (e inconscientes).
Cuando una
persona, estando despierta, se ha contenido de expresarse sexualmente o de
ahondar sus necesidades sexuales para evitar la excitación sexual, es
lógico que tal excitación y las necesidades y deseos que la causan se
expresen durante los sueños. Puesto que la mayoría de los sueños parecen
ocurrir durante el sueño ligero (somnolencia) se los puede recordar
vivamente. Mientras más complejo es un sueño, más parece representar
necesidades, intereses e incluso conflictos experimentados por la persona
en la vida conciente. Durante la somnolencia puede ocurrir una alucinación
hipnogógica –o sea, una experiencia que se parece mucho al sueño en el
sentido de que no está bajo el control voluntario del individuo. A
diferencias de otras alucinaciones, ésta no se relaciona con ninguna
enfermedad mental ni con el uso de drogas alucinógenas.
Tengo la
impresión de que quienes tienen un sueño sexual o una imaginación sexual ,
o incluso una alucinación vívida no psicótica, en estado de somnolencia
pueden sentirse culpables. La experiencia es tan intensa que les parece
haber sido responsables. Quisiera hacer todo lo posible para despejar esta
ilusión que considero causante de desanimo y culpa neurótica en muchos
buenos cristianos. La culpa, a su vez, puede terminar produciendo una
conducta consciente prohibida. Ya Pascal advertía a los espirituales que
si trataban de ser ángeles podían convertirse en bestias
Puesto que
los sueños y los estados de somnolencia no tienen connotaciones morales
pueden aliviar muchas tensiones sexuales, y tal vez reducir los impulsos
biológicos posteriores al sueño; por eso creo que debería entenderse
cuidadosamente los sueños. Esto vale especialmente para los que intentan
llevar una vida de celibato casto. Casi podría decirse, con cierta ironía,
que los sueños sexuales se derivan de la castidad, en el sentido de que
tal vez ellos no existirían si la actividad sexual fuese parte de la vida
consciente de esa persona.
En el
pasado, cuando no se entendían los sueños, las personas piadosas a menudo
hacían grandes esfuerzos para tratar de evitar los sueños sexuales:
llegarían a dormir sobre tablas o en lugares estrechos, o se sumergirían
en arroyos helados y rociarían su cama con agua bendita antes de
acostarse. Esto puede haber sido contraproducente.
Los
terapeutas han descubierto que si una persona concientemente se propone
soñar, lo hará más frecuentemente y recordará mejor sus sueños. Así
nosotros podemos proponernos soñar y, si el sueño nos despierta, volvernos
a dormir. Podemos proponernos levantarnos a una hora particular o cuando
se escuche algún sonido especial. Esto, con frecuencia, funciona sin que
sea necesario que suene la alarma del reloj. También podemos proponernos
apropiadamente no despertarnos si sabemos que alguna persona saldrá de la
casa temprano.
Recomiendo
que los que prevén la posibilidad de tener sueños sexuales a causa de
haber pasado un día con persistentes tentaciones o fantasías, que se
propongan a sí mismos continuar durmiendo o volver a dormirse en caso de
que la excitación o la liberación sexual tenga lugar. Obrar de modo
diverso, sería más bien una rebelión puritana contra las leyes de la
naturaleza en nombre del angelismo. Ya hemos dicho que Dios aparentemente
no se ha mostrado muy colaborador con quienes han intentado convertirse en
ángeles. Pero por otro lado, una actitud excesivamente permisiva con los
sueños podría estar disfrazando la aprobación de excitaciones sexuales
voluntarias. En estos casos, se hace necesario el consejo de un confesor
sabio.
El
contenido de los sueños a menudo puede darnos buenas oportunidades para
conocer nuestra vida interior. El secreto está en buscar el significado
escondido bajo del simbolismo del sueño. Por ejemplo, los sueños sexuales
por lo general indican un fuerte deseo de amar y de ser amado a cambio.
Una persona puede asustarse del simbolismo sexual pero puede enfrentar muy
bien la idea de que lo que en realidad desea es ser amado. La presencia de
fuertes deseos sexuales en los sueños indica también que tal vez se esté
haciendo mucha represión. Si bien el análisis de los sueños es un estudio
complejo y exige un gran entrenamiento, la persona prudente puede arrojar
mucha luz sobre el subconsciente. Pero para lograr esto es esencial
trascender el simbolismo del sueño que es dado usualmente por el recuerdo
de la fantasías conscientes que tienen lugar mientras estamos despiertos.
Enfrentando el éxito
El célibe
casto no solo debe enfrentarse a los fracasos sino también al éxito.
Algunos pueden haber mantenido la castidad exitosamente durante muchos
años o incluso toda la vida. Otros habrán perseverado sólo un cierto
tiempo. El gran peligro del éxito en vivir cualquier virtud es el orgullo
–la creencia de que es uno mismo quien lo ha logrado o al menos “con poca
ayuda de arriba”. Si bien una actitud así tal vez no lleve a un pecado
sexual, ciertamente no manifiesta una buena inteligencia de la realidad
espiritual de la salvación.
Asimismo
los triunfos pueden volver a una persona menos cauta. Esto de dos modos.
Si alguien está inclinado al puritanismo, el triunfo puede empujar a ideas
puritanas más rígidas ya que éstas parecen funcionar tan bien. Si la
persona se ha descuidado en adquirir un sano estilo de vida, en adelante
podría descuidarse más todavía. Por otro lado, si uno ha sido más bien
laxo en las expresiones de afecto formando amistades peligrosas, tal vez
continúe en el mismo camino hasta que termine por caer gravemente. El
éxito, con facilidad, puede convertirse en un peligro.
A pesar de
esta prudente advertencia, tan obvia como sutil, nos hemos propuesto como
objeto de este libro el llevar una vida casta de modo exitoso. Con ayuda
de la gracia y una buena voluntad, este objetivo se alcanza tarde o
temprano. Invariablemente la victoria trae consigo un profundo sentido de
humildad y la conciencia de que llevamos nuestro tesoro en vasijas de
barro. La conquista de la castidad (conseguirla o mantenerla) sin recurrir
a la represión casi siempre se acompaña de una creciente compresión y
compasión hacia quienes han tenido grandes dificultades con su vida
sexual.
Cuando una
persona se esfuerza continuamente en ser casta sucede algo muy hermoso
–algo que para poder apreciarse debe ser experimentado. No solamente se
alcanza un sentido de cumplimiento sino que también crece la conciencia de
la presencia de Cristo y de la intimidad con Él en el alma. Como se dice
en el himno de San Bernardo Iesu dulcis memoria, sólo puede
entenderlo quien lo ha experimentado.
Nuevamente
recurro a San Agustín para hallar una digna expresión de esta experiencia
de Cristo. Su oración de acción de gracias tras su conversión rebosa un
cautivante sentido de la presencia espiritual de Cristo.
¡Oh
Señor!, siervo tuyo soy e hijo de tu sierva. Rompiste mis ataduras; yo
te sacrificaré una hostia de alabanza (Sal 115,16-17). Te alabe mi
corazón y mi lengua y que todos mis huesos digan: Señor, ¿ quién
semejante a ti? Díganlo, y que tú respondas y digas a mi alma: Yo
soy tu salud (Sal 34,10).
¿Quién fui yo y qué tal fui? ¡Qué no hubo de malo en mis
obras, o si no en mis obras, en mis palabras, o si no en mis palabras, en
mis deseos! Mas tú, Señor, te mostraste bueno y misericordioso, poniendo
los ojos en la profundidad de mi muerte y agotando con tu diestra el
abismo de corrupción del fondo de mi alma. Todo ello consistía en no
querer lo que yo quería y en querer lo que tú querías. Pero ¿dónde estaba
durante aquellos años mi libre albedrío y de qué bajo y profundo arcano
no fue en un momento evocado para que yo sujetase la cerviz a tu yugo
suave y el hombro a tu carga ligera (Mt 11,30), ¡oh Cristo
Jesús!, ayudador mío y redentor mío? (Sal 18,15).
¡Oh, qué dulce fue para mí carecer de repente de las dulzuras
de aquellas bagatelas, las cuales cuanto temía entonces perderlas, tanto
gustaba ahora de dejarlas! Porque tú las arrojabas de mí, ¡oh verdadera y
suma dulzura!, tú las arrojabas, y en su lugar entrabas tú, más dulce que
todo deleite, aunque no a la carne y a la sangre; más claro que toda luz,
pero al mismo tiempo más interior que todo secreto; más sublime que todos
los honores, aunque no para los que se subliman sobre sí.
Libre estaba ya mi alma de los devoradores cuidados del
ambicionar, adquirir y revolcarse en el cieno de los placeres y rascarse
la sarna de sus apetitos carnales, y hablaba mucho ante ti, ¡oh Dios y
Señor mío!, claridad mía, riqueza mía y salud mía”.
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