Francisco nació el 21 de
agosto de 1567 en el Castillo de Sales, en Saboya. Su madre, Francisca
de Sionnaz, aún no había cumplido los dieciséis años; su padre contaba
alrededor de cuarenta y cinco. Tal desproporción, que ahora nos parece
extraña, no asombraba en absoluto en aquella época; y quizá esté ahí la
fuente secreta de la gracia ingenua, del candor del alma, de la
delicadeza y frescura de sentimientos que concurrieron en el futuro
obispo de Ginebra, junto a la madurez de espíritu, prudencia y
ponderación de juicio.
La madre de Francisca
entregó como dote a su hija el señorío de Boisy, poco distante del de
Sales, a condición de que su esposo adoptase ese nombre; así se explica
que, desde entonces, se llamase al Sales, Boisy. Muy pronto tuvo el niño
a su lado un preceptor, el Sr. Déage, sacerdote recto y austero, de
carácter más bien áspero y de una abnegación absoluta. Sus maneras
rudas, a veces extrañas y totalmente desprovistas de gracia, procuraban
al joven Francisco continuas ocasiones de ejercitar la tolerancia, la
paciencia y la dulzura, virtudes éstas en las que llegaría a sobresalir.
El Boisy empezó a temer
que «el exceso de mimos», sobre todo por parte de su esposa, llegara a
ser contraproducente en la formación viril que quería para su hijo. Y
decidió enviarle, con sólo seis años, a la vecina escuela de La Roche y
después a la de Annecy. Sus pequeños camaradas sintieron hacia él una
amistad llena de respeto. A los doce años dijo que quería ser sacerdote
y pidió recibir la tonsura. Como eso en nada comprometía su futuro, el
Boisy no puso obstáculos. Pero tenía para su hijo muy distintos
proyectos, por lo que al cumplir quince años, Francisco fue enviado a
París para cursar allí sus estudios.
En el colegio de Clermont,
dirigido por los jesuitas, siguió los cursos de célebres maestros;
estudió retórica y filosofía y, por elección propia, griego, hebreo y
teología. Como su padre «había pedido al Sr. Déage que su hijo
aprendiera todo lo que era propio de la nobleza», Francisco tuvo además
que dedicarse a la esgrima, la equitación y la danza. Estos ejercicios
le ayudaron en su desarrollo físico de adolescente, confiriéndole una
agilidad de movimientos, una soltura y una gracia, que más adelante
contribuyeron a su poder de atracción. Mas por entonces una prueba
íntima, con su fuerza purificadora, templó esta alma dilatándola para
siempre en la alegría de la amistad divina:
En aquella época se
discutía apasionadamente en las Escuelas el problema de la
predestinación. La doctrina que sostenía la vieja Sorbona, pretendiendo
apoyarse en san Agustín y santo Tomás -a quienes excedía y deformaba-,
era que por una decisión absoluta de su voluntad soberana, Dios
destinaba a los hombres a la salvación o a la condenación sin tener en
cuenta sus méritos. ¡Qué angustia para el corazón de Francisco! ¿Cómo
estar seguro de no encontrarse entre aquellos a los que la voluntad
divina condena a las penas eternas y a la privación perpetua del amor de
Dios? ¿Es realmente así como Dios manifiesta su misericordia para con
los que destina a su gloria y su justicia para los que condena?
Para no caer en la
desesperación, Francisco tuvo que sostener una lucha extenuante. Su
salud se resintió por ello, y el trabajo excesivo a que se había
sometido en sus estudios le agotó, hasta el punto de que al principio ni
siquiera lograba ver cuánto más conforme era a la sabiduría y a la
bondad divinas la opinión de los jesuitas, que, aun manteniendo la
gratuidad de la predestinación -puesto que la elevación al orden
sobrenatural sobrepasa las fuerzas naturales-, pone de relieve los
méritos y deméritos de los hombres, que Dios tiene previstos, y según
los cuales Él predestina a la gloria o al castigo.
Francisco estudiaba las
razones, sopesaba los motivos que le movían a abrazar una u otra tesis,
pero no conseguía decidirse. Este desconcierto tan cruel no podía
calmarse sólo mediante el razonamiento. Además, Francisco no había
cesado de invocar el auxilio de lo alto. Y un día, al entrar, según su
costumbre, en la iglesia de Saint-Etienne des Grés, se arrodilló a los
pies de la imagen de la Virgen, cogió una tablita que estaba colgada en
la balaustrada de la capilla y leyó en ella la oración «Acordaos, oh
piadosísima Virgen María...». Inmediatamente desapareció la duda. La luz
divina alumbró su espíritu y cautivó su mente, madura ya tras esa
dolorosa lucha de seis semanas. En agradecimiento, «consagró a Dios y a
la Virgen su virginidad, y, en memoria y testimonio de esto, se
comprometió a rezar el rosario todos los días de su vida».
Esta crisis fue decisiva
en la vida de Francisco. Además de fortalecer su profunda devoción a la
Virgen, lo afianzó en el optimismo, al que se sentía inclinado por
temperamento, y lo confirmó en la confianza y abandono filial en Dios, a
los que le impulsaba su alma. Este optimismo, esta gozosa confianza,
iluminarán más tarde su dirección espiritual.
En el verano de 1588
Francisco ya estaba de vuelta en Sales. Pero permaneció allí poco
tiempo. Su padre, que quería para él una formación amplia y sólida, le
envió a Padua, cuya Universidad era tan ilustre como la de París. En
Padua estudió sobre todo Derecho y profundizó sus conocimientos
teológicos. Tras una brillante defensa de su tesis, que le valió el
título de doctor «en Derecho civil y canónico», emprendió el camino de
vuelta, y, después de visitar Venecia, Loreto y Roma, regresó a Saboya.
¡Qué hermosos sueños de
futuro se había forjado el Boisy para su hijo mayor, de quien se sentía
tan orgulloso! Le regaló una propiedad, cuyo nombre llevaría Francisco:
se le llamará desde entonces Sr. de Villaroget; le envió a Chambery, y
allí fue recibido como «abogado del soberano Senado»; le presentó a una
familia de la alta nobleza, cuya hija sería para él una perfecta
esposa...Bruscamente se desvanecieron esos sueños. Francisco, tras haber
vacilado durante un tiempo por temor de contrariar excesivamente a su
padre, le comunicó que estaba resuelto a consagrar su vida a Dios y
sería sacerdote.
Sucedió por entonces algo
que ayudó al Boisy, por otra parte profundamente cristiano, a aprobar la
decisión de su hijo: el deán del cabildo de la catedral había muerto, y
Monseñor de Granier, obispo de Ginebra, había dado los pasos necesarios
para lograr que Roma otorgara el cargo vacante al Villaroget. ¡Cómo no
iba a sentirse halagado el Boisy por esta desig nación que convertía a
su hijo en el primer personaje eclesiástico después del obispo!
Francisco de Sales fue ordenado sacerdote el 18 de diciembre de 1593.
Muy pronto se le presentó una vasta empresa, difícil y audaz: la
evangelización del Chablais. Esta región, perteneciente a la diócesis de
Ginebra y que se extendía desde el lago Léman a los montes de Faucigny,
se había pasado al calvinismo hacía sesenta años y seguía tenazmente
adicta al mismo. Los calvinistas ocuparon Ginebra en 1534 y expulsaron
al obispo de su sede episcopal. Desde entonces, los obispos de Ginebra
establecieron su residencia en Annecy, aunque conservaban el título de
Príncipe-Obispo de Ginebra, como sus predecesores, que, antes de la
Reforma, ejercían jurisdicción espiritual y temporal en la diócesis.
Esta empresa, en la que
el duque de Sahoya estaba muy interesado, se la propuso Mons. Granier al
deán, que la aceptó con prontitud. No hay más remedio que admirar sin
reservas el heroísmo del misionero, durante los cuatro años que pasó en
el Chablais. Ni la obstinación de los protestantes, que se negaban a
escuchar su palabra, ni los rigurosos fríos del invierno, ni los
atentados que estuvieron a punto de costarle la vida, ni las
dificultades de toda clase -llegaron a prohibir que fueran a escuchar al
«papista»-, que intentaban paralizar su acción, lograron hacerle
desistir de su empeño.
Como los habitantes de
Thonon no venían a escuchar sus sermones, decidió ponerlos por escrito;
y todas las semanas, durante casi dos años, hizo distribuir por las
casas del pequeño pueblo sus instrucciones sobre la doctrina cristiana.
Esas hojas, que se encontraron sesenta años más tarde en los archivos de
la casa de Sales, fueron reunidas y publicadas en un compendio titulado
«Las Controversias» o «Meditaciones sobre la Iglesia». Su argumentación
precisa y exacta, presentada en un estilo sobrio y ágil, obliga a
reflexionar, espeja las dudas y prepara a la adhesión. Roturar el campo
costó mucho tiempo, pero la cosecha fue magnífica: a finales de 1598
todo el Chablais había vuelto a la fe de la Iglesia Ro-mana.Mientras
tanto, Granier había solicitado al Soberano Pontífice que nombrara al
deán su coadjutor. Y Francisco, pese a su resistencia al honor del
episcopado, acabó aceptando, no queriendo oponerse a la voluntad de Dios
que así se le manifestaba. Y en los últimos meses del año 1598 marchó a
Roma a buscar las bulas o documentos que lo acreditaban como obispo
coadjutor de Ginebra.
Recién vuelto a Saboya,
Francisco se vio obligado a trasladarse a París con una misión delicada
que le había encomendado Granier: obtener de Enrique IV que las
parroquias católicas del país de Gex (entre el lago Léman y el
Franco-Condado), retenidas por los protestantes, fueran devueltas a los
católicos. El asunto supuso mucho tiempo, y obligó a Francisco a
prolongar su estancia en la capital, donde estuvo en contacto con la
sociedad más distinguida. Allí frecuentó especialmente el círculo de la
Sra. Acarie, cuya discreción y profunda piedad admiraba. Y, sobre todo,
predicó. Predicó la cuaresma en la «Capilla de la reina» en el Louvre;
predicó en Fontainebleau ante Enrique IV; predicó en numerosas iglesias
y capillas, donde multitudes de fieles acudieron con interés a
escucharle.
En sus predicaciones
empleaba un lenguaje sencillo, agradable, fácilmente accesible a todos.
Ya con ocasión de sus primeros sermones, en Annecy, su padre le había
hecho este reproche: «Deán, predicas demasiado a menudo; oigo tocar al
sermón, incluso en días de trabajo, y siempre me dicen que es el deán.
En mis tiempos no era así; los predicadores escaseaban, pero ¡había que
ver qué predicaciones! Bien lo sabe Dios: eran doctas, muy estudiadas;
en ellas se decían maravillas. Cada una contenía más citas en latín y
griego de las que tú empleas en diez sermones. Tú has convertido esta
actividad en algo tan co-mún, que ya no se te estima tanto».¡Qué le
importaba a Francisco la estima en que le tuvieran! No buscaba su propia
gloria. Lo que pretendía era instruir a las almas, elevarlas a Dios y
comunicarles la llama que a él le abrasaba.
En el camino de vuelta a
Saboya se enteró de la muerte de Granier. A partir de ese momento,
Francisco era, por tanto, obispo de Ginebra. Recibió la consagración
episcopal el día de la Inmaculada Concepción, 8 de diciembre de 1602.
Inmediatamente se dedicó a sus nuevas obligaciones, pero la
administración de la diócesis no le impedía dedicarse a las almas. Se
hacía todo para todos, mostrando sus preferencias con los pobres, los
humildes, los pequeños.
Le gustaba mucho enseñar
el catecismo a los niños. Tenía asimismo su confesonario en la catedral,
«junto a la puerta del lado del Evangelio»,para estar más accesible a
quienes quisieran encontrarle allí.Y seguía predicando como antes. El
año 1604 es una fecha importante en la vida de san Francisco de Sales.A
petición de los regidores de Dijon, fue a predicar allí la cuaresma. Y
en esa ciudad tuvo lugar el encuentro con la baronesa de Chantal,
hermana de Mons. Andrés Fréinyot, joven arzobispo de Bourges, que
invitaba a menudo a Francisco a su casa.Ese fue el comienzo de una
amistad magnífica, bella y pura como la que más, preparada por la
Providencia y que desembocaría en la fundación de la Orden de la
Visitación.
También conoció en Dijon
a la abadesa de Puits d'Orbe, Rosa Bourgeois, y a su hermana, María
Brúlart, esposa del presidente del Parlamento de Borgoña. Ellas habían
notado la unción y la piedad del obispo de Ginebra en sus instrucciones
cuaresmales y quisieron beneficiarse de su dirección espiritual. Tanto
las cartas dirigidas a la Chantal, como las que Francisco escribió a la
abadesa de Puits d'Orbe y, en especial, a la Sra. Brúlart, mujer de
inteligencia superior, son muy valiosas por los sensatos consejos que
contienen para hacer que la «devoción» -o sea, la vida cristiana- se
adapte a todas las circunstancias y resulte amable y atrayente.
Tal fue el inicio de una
abundante correspondencia que seguiría creciendo cada vez más,
convirtiéndose pronto en una carga no ligera para el obispo. «No había
día en que no contestase a veinte o veinticinco cartas de toda clase de
personas, de Francia o de Saboya», afirmó el criado que «cerraba los
sobres y hacía los paquetes». ero, ¿acaso podía rechazar su ayuda a las
personas que la solicitaban? Ellas le exponían sus dificultades, le
confiaban sus aspiraciones; y él, con toda el alma, con «una suavidad
sin igual», una prudencia sobrenatural y una gran experiencia, respondía
a sus deseos.
El éxito de la
Introducción a la vida devota prueba que sobresalía como excelente
director, pues este libro, en el fondo, no es más que una recopilación
de notas y de «pequeños tratados» referentes a la vida espiritual,
dirigidos a la Chantal, Brúlart y, sobre todo, de Charmoisy, la Filotea
de la Introducción.El libro fue publicado por primera vez en 1609. Se
imprimió más de cuarenta veces en vida de su autor, y Francisco, con su
esmero de gran humanista, revisó cuidadosamente las diferentes
ediciones. El éxito de esta obra maestra no ha conocido el ocaso y
continúa encantando a sus lectores por la sencillez de su estilo, la
superabundancia de imágenes, la naturalidad del lenguaje y la
encantadora prudencia de sus consejos.
El 24 de agosto de 1604
Francisco de Sales se reunió en Saint-Claude con la Chantal, como lo
habían acordado. Aceptó dirigir a esta alma que Dios, evidentemente,
confiaba a su cuidado. Y la orientó hacia las cimas más altas de la
santidad por la generosa abnegación de su propia voluntad en el
cumplimiento lleno de amor de la voluntad de Dios. Encontró en Juana
Francisca Frémyot de Chantal un alma fuerte, muy templada y decidida a
toda clase de entregas.
La baronesa de Chantal
había quedado viuda, con cuatro hijos, a los veintiocho años, tras siete
de una unión muy feliz. A partir de entonces se entregó por entero a la
oración, a sus hijos y a las obras de caridad. No salía de su castillo
de Bourbilly más que para cuidar de sus tierras, atender a los enfermos
y visitar a los pobres. Su abnegación era total; su caridad, heroica,
hasta el punto de recoger en su casa y cuidar, con la amorosa dedicación
de una madre, a una mujer atacada de un horrible lupus que le destrozaba
el rostro, o dar consuelo a un leproso, besándole en el momento de
fallecer.
Sin embargo, poco después
de la muerte de su marido, el padre de éste llamó junto a él a la
baronesa. Se trasladó a Monthelon (no lejos de Autun) y encontró que
junto al anciano vivía una sirvienta que había logrado un nocivo
ascendiente sobre él y que pretendía no perder un ápice de su insolente
dominio. Sin decir palabra, la Chantal aceptó esta humillante situación
y se ocupó de los cinco hijos de la criada igual que de los suyos. ¿No
era voluntad de Dios que ella pudiera así domar su orgullo y ejercitar
la paciencia?Tal era el valor humano y sobrenatural de aquélla que iba a
ser la «piedra fundamental» de la Congregación que san Francisco de
Sales iba a fundar, y cuyas grandes líneas poco a poco se perfilaban en
su mente.
Durante el ejercicio de
su ministerio, el obispo había encontrado a muchas jóvenes, señoras y
viudas, a quienes las austeridades del claustro impedían abrazar la vida
religiosa por la que suspiraban. Él soñaba con una Congregación que no
hiciera excesivo hincapié en las penitencias corporales, y donde las
Hermanas pudieran entregarse por entero al amor de Dios y a la práctica
de las «pequeñas virtudes» de humildad, paciencia y dulzura, que obligan
a una continua renuncia y al olvido propio.Este proyecto había sido
largamente madurado en la reflexión y en la oración. El 29 de marzo de
1610, la baronesa de Chantal dejaba a su familia' e iba a Annecy, y el 6
de junio, en la fiesta de la Santísima Trinidad, nacía en esta ciudad la
«Visitación de Santa María».
Este pequeño Instituto
iba a crecer rápidamente y a producir admirables frutos de santidad.
Muchos capítulos del Tratado del amor de Dios -que el obispo escribió
aprovechando «los breves ratos libres» que lograba hurtar a «la urgencia
de otros deberes»- fueron inspirados al ver las maravillas que el
Espíritu Santo realizaba en la Madre de Chantal y en sus religiosas. El
obispo velaba celosamente por sus hijas y las visitaba a menudo. Ellas
le preguntaban sobre algún punto de sus constituciones o sobre la
práctica de las virtudes. Él les respondía en su estilo sencillo, claro,
rico en imágenes y dulce. Las religiosas anotaban en el momento sus
respuestas, o las redactaban de memoria inmediatamente después. Estas
notas, recopiladas cuidadosamente por la M. de Chantal, fueron editadas
con el título de Conversaciones espirituales y son de un encanto y un
sabor indescriptibles.
En 1618, Francisco de
Sales volvió a París formando parte del cortejo que debía concertar el
matrimonio del príncipe del Piamonte, hijo del duque de Saboya, con la
princesa Cristina de Francia, hermana de Luis XIII. Enseguida los
parisienses quisieron oír su palabra. En ocasiones tuvo que predicar
dos, tres y hasta cuatro sermones al día. En los nueve meses que pasó en
París predicó ciento sesenta y cinco veces.
Aparte de los sermones,
dio conferencias que iluminaban a las almas y reavivaban su fervor.
También confesó y dirigió espiritualmente a un grupo selecto de señoras
de la nobleza que en esos comienzos del siglo XVII se sentían
fuertemente inclinadas a la piedad. Al mismo tiempo, se ocupó de
preparar una casa de la Visitación - la sexta- que la M. de Chantal fue
a fundar en la primavera siguiente y que él confió a un sacerdote que
llegaría a ser el gran «padre de los pobres»: Vicente de Paúl.
En esta época fue cuando
conoció á la abadesa de Port-Royal, Angélica Arnauld. La visitó varias
veces en su monasterio, y, cuando se marchó de París, mantuvo con ella
una correspondencia en la que se adivina lo que hubiera él conseguido de
esta alma enérgica, autoritaria y obstinada, si su pronta muerte no le
hubiera impedido seguir dirigiéndola.
Las cartas de dirección
espiritual y la fundación de casas de la Visitación estaban lejos de
agotar toda la actividad del obispo, que se dirigía, ante todo, a las
necesidades de su diócesis, inmensas, porque la herejía había hecho
terribles estragos.
Había que reorganizar las
parroquias y confiarlas al cuidado de un clero dedicado a los intereses
sobrenaturales de las almas e instruido. Desde el primer contacto
mantenido con sus sacerdotes, en el sínodo del año 1603, el obispo les
dijo que «la ciencia, para un sacerdote, es el octavo sacramento de la
jerarquía de la Iglesia». Y no consintió jamás confiar la cura de almas
a sacerdotes poco capaces, aunque le fueran recomendados por protectores
influyentes.
Dedicó cuatro años, de
1605 a 1608, a visitar todas las parroquias de su diócesis, muchas de
las cuales se encontraban en parajes montañosos, con accesos difíciles y
a menudo peligrosos. En sus visitas animaba a los párrocos, estimulaba
su celo y llevaba por todas partes, con la irradiación de su bondad, la
llama de su palabra, siempre adaptada a las necesidades del auditorio.
Uno de sus sirvientes, que le acompañó en esta gira agotadora, hacía
notar con admiración que «aunque Monseñor predicaba en todas las
parroquias, nunca le había oído repetir las mismas cosas».
Le gustaba conversar
amigablemente con los campesinos y se sentía edificado con el ejemplo de
las «santas aldeanas». Admiraba su fe sólida y sencilla, pero sufría por
el mal que habían causado las nuevas doctrinas. Sufría aún más por la
relajación de los monasterios, que, en su mayor parte, habían perdido el
fervor primitivo. En estos antiguos núcleos devida religiosa no había
entonces más que vida mundana y fácil y, a veces, escandalosa.
¡Con qué prudente
persuasión promovió la reforma! ¡Con qué incansable firmeza, y al precio
de cuántos esfuerzos la consiguió en la abadía de Notre-Dame d'Abondance,
en el monasterio de los canónigos de Sixt y en los benedictinos de
Talloires...! Y continuaba predicando. No sabía negarse a las
invitaciones que le dirigían. Como él mismo reconocía, «prefiero
predicar un sermón que decir `no'. Me haría falta un vicario que se
negase por mí». Eran sermones de circunstancia, que lograban convertir a
las gentes. En época de adviento o cuaresma los fieles se apiñaban junto
a su confesonario y alrededor del púlpito. Les decía: «La cuaresma es el
tiempo de la cosecha de almas... Yo cosecho un poco con lágrimas, en
parte de alegría y en parte de amor»."
El obispo de Ginebra, que
nunca pretendió sino la gloria de Dios y la salvación de las almas,
sufrió muchas veces la desconfianza de su soberano, el duque de Saboya,
Carlos Manuel. Éste sentía por él verdadera estima, pero como su
carácter era suspicaz, prestaba fácilmente oídos a insinuaciones
malévolas. Por eso, cuando en 1609 Francisco atravesó Ginebra para ir a
la región de Gex, a hacerse car-go de tres parroquias devueltas por
Enrique IV al culto católico, el duque se alarmó, temiendo que el obispo
«anduviera en manejos de Estado con extranjeros». Y a pesar de que
Francisco apaciguó sus sospechas, el duque le negó autorización para
salir de Sahoya y trasladarse a París, donde se le reclamaba para la
cuaresma de 1611, así como para ir al año siguiente a Lyon.
Idénticas sospechas
volvieron a surgir en 1615, cuando Francisco fue a Lyon para tratar con
el arzobispo sobre las constituciones de la Visitación, y cuando tres
meses después Marquemont fue a Annecy, a devolver la visita al obispo.
Estos disgustos, que hubieran podido enojarle, no alteraron la serenidad
del obispo, que se disculpaba con paz. Pero, en tono distinto y con
firmeza llena de nobleza, alzó su voz en defensa de uno de sus hermanos
y de su primo, el Charmoisy, a quienes el duque de Nemours había acusado
injustamente ante Carlos Manuel.
La fama de que gozaba
Francisco más allá de las fronteras saboyanas halagaba al duque,
orgulloso de tener tal súbdito en sus Estados. Quizá también le
inquietaba, temiendo que Francisco se dejase retener en París. Eso era
no conocerle bien. Enrique IV, que sentía gran admiración por el obispo
de Ginebra, deseaba tenerlo a su lado. A través de su secretario, des
Hayes, le hizo interesantes propuestas para lograrlo, a las que
Francisco siempre respondió con un cortés y firme rechazo.
Incluso se quedó
indiferente ante la perspectiva de un capelo cardenalicio que sus amigos
quisieron procurarle, o ante la proposición de ser nombrado coadjutor
que le hizo el cardenal de Retz, Enrique de Gondi, obispo de París. ¿Por
qué iba a dejar Annecy? «Mi obispado -decía- es para mí tanto como el
arzobispado de Toledo, pues puede suponerme el paraíso o el infierno,
igual que le sucede al arzobispo de Toledo en su sede. Todo depende de
cómo uno y otro nos comportemos en nuestros cargos».
En el suyo, él se
comportaba como un santo; un santo cuyo rostro aparecía, a veces,
nimbado por una aureola luminosa, y que, como sin quererlo, hacía
milagros. Pero todo eso a sus ojos contaba poco: Se esforzaba sobre todo
en hacer más estrecha su unión con Dios mediante la meditación, el
espíritu de oración, el cumplimiento de la voluntad divina; en hacer más
perfecto su desprendimiento por el don de sí a los que se-le acercaban,
siempre sereno, sonriente y bueno, sin que nadie supiese el «tormento de
la multitud de preocupaciones» que le agobiaban.
Sin embargo, Francisco de
Sales notaba que sus fuerzas declinaban y los achaques de salud le
advertían que pronto llegaría al fin de su tarea. Ya tenía a su hermano
Juan Francisco como coadjutor y soñaba con acabar sus días en soledad,
lejos de la multitud de los asuntos, entregándose a la oración y
ocupándose en escribir algunas obras que tenía en proyecto, sobre todo
un tratado sobre el amor al prójimo.
Soñaba con soledad y
reposo. El año 1622 le negó lo uno y lo otro. Al cansancio habitual de
cada jornada, que minaba duramente sus energías, se unieron diversos
acontecimientos que agotarían sus fuerzas y apresurarían su fin.Por
orden de Gregorio XV, que ignoraba el estado de salud del obispo, debió
ir a Pinerolo, al otro lado de los Alpes, para abrir el 30 de mayo el
capítulo de los monjes de san Bernardo'", que iban a elegir superior
general.
Terminada esa misión, se
trasladó a Turín, donde la Corte le reclamaba. Se alojó en el convento
de los fuldenses, en una pequeña celda expuesta al ardor del sol.
Agotado, se vio obligado a guardar cama durante varias semanas. Apenas
recobró las fuerzas necesarias para retornar a Annecy. Sin embargo, no
permaneció allí mucho tiempo. El duque de Saboya, Carlos Manuel, había
decidido salir al encuentro de Luis XIII, que, tras derrotar a los
hugonotes en Montpellier, recorría las ciudades del valle del Ródano, de
regreso hacia París. El duque puso mucho empeño en que el obispo de
Ginebra formase parte de su comi-tiva. A pesar de su gran agotamiento, y
sin escuchar los consejos de quienes le instaban a excusarse, se unió a
la Corte en Avignon, donde Luis XIII hizo su entrada el 17 de noviembre.
El día 29 del mismo mes, tras un descanso en Valence, el cortejo real
llegó a Lyon.
Francisco no admitió otro
alojamiento que la humilde casa -«la chocita»- del jardinero de la
Visitación. Hacía frío y la casa «estaba expuesta a todos los aires y al
humo», porque la chimenea funcionaba mal. A pesar de ello, el obispo
aseguró «que jamás estaba mejor que cuando no se encontraba bien».
Recibía con su benevolencia acostumbrada a todos los que deseaban verle.
El tiempo que le dejaban libre las numerosas visitas que le asediaban y
sus deberes para con la Corte lo consagró a sus Hijas de la Visitación.
En una breve entrevista
que mantuvo con la M. de Chantal, creyó notar en ella demasiado afán en
hablar de su alma. «Qué es esto, Madre mía - le dijo-, ¿aún tenéis
deseos y gustos demasiado impulsivos?». Por lo que a él respecta, ya
estaba abandonado a la voluntad divina. Se sentía cerca del puerto y
murió apaciblemente en la tarde del 28 de diciembre a causa de una
apoplejía, soportando con paciencia los dolorosos remedios con que los
cirujanos trataron de salvarle. Había pedido los últimos sacramentos y
conservó hasta el fin su lucidez y su admirable fidelidad para aceptar
amorosamente todas las exigencias de la voluntad divina, auténtica señal
de santidad.
S. Francisco de Sales explica en qué consiste la
verdadera santidad
«La perfección de la vida
cristiana consiste en la conformidad de nuestra voluntad con la de Dios,
que es la soberana regla y ley de todas las acciones»Desde «Nécy, el día
de la santa Cruz de 1604», escribía Francisco de Sales a la Chantal: «No
cesaré nunca de rogar a Dios que quiera perfeccionar en vos su santa
obra, es decir, el buen deseo y el propósito de llegar a la perfección
de la vida cristiana; deseo que debéis guardar y alimentar con ternura
en vuestro corazón, como un don del Espíritu Santo y una chispa de su
fuego divino.
En Roma vi un árbol
plantado por el bienaventurado santo Domingo: todo el mundo lo va a ver
y lo cuidan por amor a quien lo plantó; por eso, al ver en vos el árbol
del deseo de santidad que nuestro Señor ha plantado en vuestra alma, lo
amo y me complace pensar en él ahora aún más que en vuestra presencia, y
os exhorto a hacer lo mismo y decir conmigo: que Dios os haga crecer, oh
hermoso árbol que Él plantó; divina semilla celestial, que Dios os haga
producir frutos maduros y que, una vez producidos, Dios mismo los guarde
del viento para que no caigan por tierra y se los coman las alimañas.
Señora, este deseo debe permanecer en vos como los naranjos de la costa
de Génova, que están casi todo el año cargados de frutos, de flores y de
hojas a un mismo tiempo. Porque vuestro deseo ha de estar presto para
fructificar en cuanto se presente la ocasión, sin dejar por ello de
seguir deseando más cosas y más motivos para ir adelante. Esos deseos
son las flores del árbol de vuestros propósitos; las hojas serán el
reconocimiento constante de vuestra flaqueza, que os conservará las
buenas obras y los buenos deseos... Encomendadme a nuestro Señor, pues
lo necesito más que nadie en el mundo. A Él le suplico que os conceda
abundantemente su santo amor».
No sólo en su hija
predilecta, sino en todas las almas, ve el obispo de Ginebra el árbol
del deseo de santidad que el Señor ha plantado, y él lo cuida
tiernamente y lo ayuda para que produzca con las hojas de la humildad y
las flores de los generosos deseos, los frutos de las sólidas virtudes.
Son innumerables las almas a quienes, con su gracia delicada y su gran
poder de persuasión, él ha encaminado del deseo de la santidad a su
realización más elevada, bajo el fuego del divino amor.Para llevarlas a
la perfección de la vida cristiana les ha enseñado «la verdadera y viva
devoción», que «no es otra cosa -nos dice en su In-troducción- que un
verdadero amor a Dios. Este no es un amor cualquiera, porque cuando el
amor divino embellece nuestra alma, se llama gracia y nos hace
agradables a su divina Majestad; cuando nos da fuerza para obrar el
bien, se llama caridad; y cuando llega al grado de perfección en que no
solamente nos mueve a obrar el bien, sino a hacerlo de forma cuidadosa y
frecuente y con prontitud, entonces se llama devoción».Así se lo
explicaba a una de sus dirigidas, que le había preguntado qué era la
devoción y cómo adquirirla. «La virtud de la devoción -le respondía- no
es más que una general inclinación y prontitud del alma para hacer lo
que se sabe agradable a Dios; es esa dilatación del corazón de que
hablaba David cuando decía:corrí por la senda de tus mandatos cuando me
ensanchaste el corazón.Los que son simplemente buenos -proseguía el
obispo- andan por los caminos de Dios, pero los devotos corren; y si son
muy devotos, vuelan». Según esto, lo que sabemos que agrada a Dios es el
cumplimiento de su voluntad; voluntad significada en los mandamientos y
en los deberes de nuestro estado; voluntad de beneplácito, manifestada
en los acontecimientos que nos ocurren, ya sean agradables o
desagradables para nuestra naturaleza.Estudiemos bajo esos diversos
aspectos las enseñanzas de san Francisco de Sales. Él nos per-mitirá
comprender mejor la voluntad de Dios, incitándonos a cumplirla siempre
con todo amor.
La observancia de los mandamientos
Cumplir los mandamientos
es el primer deber de un alma deseosa de hacer la voluntad de Dios.
Escribe san Francisco de Sales:«Antes que nada, es necesario observar
los mandamientos generales de la ley de Dios y de la Iglesia, que
obligan a todo fiel cristiano; y sin ello -añade- no puede haber ninguna
devoción; esto lo sabe todo el mundo».Pero aunque todo el mundo lo sepa,
quizá no sea inútil insistir en ello. Es bueno convencerse de esta
verdad, de que la observancia de los mandamientos es condición necesaria
para toda vida cristiana y que ninguna práctica de supererogación
dispensa jamás de las prescripciones formales de la ley.'''«Por eso,
siempre debemos procurar cumplir lo que Dios manda a todos los
cristianos... y quien esto no observe cuidadosamente, sólo tendrá una
devoción falsa».Y aún hay más: quien aspire a una vida fervorosa, tiene
que observar los mandamientos «con prontitud y con gusto». Puesto que
son la expresión de la voluntad de Dios, deben encontrarnos siempre
dispuestos a cumplirlos, y a hacerlo de buen grado, tanto más cuanto
que, por su naturaleza, son «dulces, agradables y suaves».¿Es ésta, sin
mbargo, nuestra actitud? El Santo observa: «Muchos cumplen los
mandamientos como quien traga una medicina, más por miedo a condenarse
que por el placer de vivir según la voluntad del Salvador».Y es ésa una
peculiaridad de la condición humana, que siente horror a todo lo que le
es impuesto. Por ello prosigue:«Y así como hay personas que, por
agradable que sea un medicamento, lo toman de mala gana, sólo porque es
medicamento, así hay almas que tienen horror a lo que se les manda por
el hecho mismo de ser mandado.
En este sentido
-continúa-, se cuenta que un hombre había vivido a gusto en la gran
ciudad de París sin salir de ella durante ochenta años y en cuanto el
rey le ordenó permanecer allí para siempre, salía a diario a disfrutar
del campo, cosa que antes nunca había echado de menos»."Es cierto que
este humor caprichoso se remonta a los comienzos de la humanidad:«Eva,
de cien mil frutos deliciosos, escogió el que se le había prohibido, y
seguro que, si se le hubiera permitido probarlo, no se lo habría
comido». "Gusto por la independencia, ciertamente, pero también
debilidad de nuestra naturaleza, que se asusta a veces de las exigencias
de los mandamientos. Si tuviéramos verdadero amor de Dios, las
dificultades, en vez de echarnos para atrás, aumentarían nuestro ánimo y
convertirían en dulce y agradable lo que nos parece áspero y molesto.«Un
corazón que está lleno de amor, ama los mandamientos, y, cuanto más
difíciles son; más dulces y agradables los encuentra, porque así
complace más al Amado y le hace mayor honor». El amor de Dios, la
adhesión a su santa voluntad expresada en los mandamientos, dan
prontitud en la obediencia y gozo en su ejecución. El obispo se preocupa
mucho por nuestro progreso en este camino y en la Introducción a la vida
devota nos invita a «examinar el estado de nuestra alma para con
Dios»:-«¿Cómo se encuentra vuestro corazón respecto a los mandamientos
de Dios? ¿Los encuentra buenos, dulces, agradables? ¡Ay, hija mía!,
quien tiene el gusto en buen estado y el estómago sano, disfruta con la
comida buena y rechaza la mala...-¿Cómo está vuestro corazón para con
Dios? ¿Se complace en acordarse de Él? ¿Siente su agradable dulzura?
David dice: me he acordado de Dios, me he complacido en él. ¿Sentís en
vuestro corazón cierta facilidad para amarle y un gusto particular en
saborear ese amor? ¿Se recrea vuestro corazón al pensar en la inmensidad
de Dios, en su bondad y en su dulzura? Si el recuerdo de Dios os
sobreviene en medio de las ocupaciones del mundo y de sus vanidades,
¿logra hacerse sitio, se apodera de vuestro corazón? ¿Os parece que
vuestro corazón se vuelve hacia Él y en cierto modo sale a su encuentro?
Ciertamente hay almas así, que, por muy ocupadas que estén, si les viene
el recuerdo de Dios, les resulta imposible atender a otra cosa, por el
placer que sienten al experimentarlo, lo que constituye una buenísima
señal».
El amor a nuestra vocación
«Ademas de los
mandamientos generales -escribe san Francisco de Sales-, hay que cumplir
exactamente los mandamientos particulares que nuestra vocación nos
impone»', porque también ellos son expresión de la voluntad divina.«Y
quien no los cumpliere -prosigue-, aunque resucitara muertos, no dejaría
de estar en pecado y condenarse si muriera así. Por ejemplo, los obispos
tienen el deber de visitar a sus ovejas, para enseñarles, corregirlas y
consolarlas. Si yo permaneciera toda la semana en oración, si ayunara
toda mi vida, pero no visitase a las mías, me perdería. Si una persona
casada hiciera milagros pero no cumpliese sus deberes matrimoniales para
con su cónyuge, o no cuidase de sus hijos, sería peor que un infiel,
dice san Pablo».Esta es una verdad que es necesario profundizar: nuestra
vocación y sus deberes son queridos por Dios. Pero ¿nos consagramos
verdaderamente a los deberes de nuestro estado de vida para agradar a
Dios? «¡Ay! -decía el Santo-, todos los días pedimos a Dios que se haga
su voluntad, y, cuando llega el momento de cumplirla, ¡cuánto trabajo
nos cuesta! Nos ofrecemos al Señor, le repetimos: Señor, soy todo
vuestro, aquí tenéis mi corazón. Pero cuando quiere servirse de él,
¡somos tan cobardes! ¿Cómo podemos decirle que somos suyos, si no
queremos acomodar nuestra voluntad a la de Él?». ''Tengamos en cuenta,
además, que esos «mandamientos particulares de nuestra vocación», son,
al igual que los generales, «dulces, agradables y suaves». «¿Qué es,
pues, lo que nos los hace molestos? En realidad, solamente nuestra
propia voluntad, que quiere reinar en nosotros al precio que sea...
Queremos servir a Dios, pero haciendo nuestra voluntad y no la suya. No
nos corresponde a nosotros escoger a nuestro gusto; tenemos que ver lo
que Dios quiere, y si Él quiere que yo le sirva en una cosa, no debo
servirle en otra».Pero eso no hasta. Una persona fervorosa, «devota»,
como dice el obispo, debe cumplir sus deberes, todos sus deberes, con
amor y con gozo.
«Esto no es todo
-continúa san Francisco de Sales-, sino que, para ser devoto, no sólo
hay que querer cumplir la voluntad de Dios, sino hacerlo con alegría. Si
yo no fuera obispo, quizá no querría serlo, por saber lo que sé; pero,
puesto que lo soy, no solamente estoy obligado a hacer todo lo que esa
penosa vocación exige, sino que debo hacerlo con gozo, y complacerme en
ello y sentir agrado. Es lo que dice san Pablo: que cada uno permanezca
en su vocación ante Dios. No tenemos que llevar la cruz de los demás,
sino la nuestra, y para poderla llevar, quiere núestro Señor que cada
uno se renuncie a sí mismo, es decir, a su propia voluntad. Es una
tentación decir: Yo quisiera esto y lo otro, yo preferiría estar aquí o
allá. Nuestro Señor sabe bien lo que hace; hagamos lo que Él quiere y
quedémonos donde Él nos ha puesto»."
Y es que, efectivamente,
nos sucede que no queremos aceptar nuestra vocación e intentamos huir de
ella. ¿Es quizá la prosaica monotonía de la vida cotidiana, para la que
tanta paciencia necesitamos; o el gris descolorido de nuestras jornadas,
que exaspera nuestros nervios y nos hace soñar con otra situación más
fácil que podría darnos la sensación de que estábamos en nuestro lugar
y, libres de irritantes servidumbres, podríamos, por fin, lograr la
felicidad?Todo eso es un vano sueño que corre el riesgo de ser
peligroso, porque nos hace imaginar un estado de vida que no es el que
Dios ha querido para nosotros.
«Es cierto -escribía san
Francisco de Sales a la baronesa de Chantal-, que nada nos impide tanto
perfeccionarnos en nuestra vocación como aspirar a otra; porque, en vez
de trabajar én el campo propio, enviamos nuestros bueyes y nuestro arado
al campo del vecino, donde ciertamente no cosecharemos este año. Y todo
eso es una pérdida de tiempo, pues es imposible que, teniendo puestos
nuestros pensamientos y esperanzas en otra parte, podamos aplicarnos a
conseguir las virtudes requeridas para el lugar en que nos encontramos».
Las carmelitas acababan
de establecerse en Francia. La Sra. Brúlart, esposa del presidente del
Parlamento de Borgoña, se ocupaba activamente en su instalación y le
gustaba hablar largo y tendido con ellas. San Francisco de Sales, a
quien esta mujer, de elevada y sólida piedad, había confiado la
dirección de su alma, no dejaba de inquietarse por ello y escribía así a
la Chantal:
«¡Cuánto me satisface que
nuestro Dijon haya recibido a las buenas carmelitas de la Madre Teresa!
¡Que Dios las haga fructificar para gloria suya! Mucho me alegra que la
Sra. Brúlart se ocupe tanto de ellas, con tal que su corazón no se deje
llevar por vanos deseos de esa vida, puesto que ella debe cultivar otra
distinta. Es de maravillar, hija mía, la firmeza de mis ideas respecto a
no sembrar en el campo del vecino, por hermoso que sea, mientras que el
nuestro tiene tanta necesidad. La dispersión del corazón es siempre
peligrosa: tener el corazón en un lugar y el deber en otro» .
Y, en efecto, la
presidenta Brúlart, al salir de esas conversaciones espirituales que
encantaban su espíritu y ensanchaban su corazón, experimentaba cierto
fastidio al tener que enfrentarse con la monotonía de su vida cotidiana.
Y su santo director le escribía:«Ved, hija mía, que los que comen miel
frecuentemente, encuentran más agrias las cosas agrias y más amargas las
amargas y sólo quieren comida refinada. Vuestra alma, dedicada con
frecuencia a ejercicios espirituales que son dulces y agradables al
espíritu, al volver a los quehaceres corporales, exteriores y
materiales, los encuentra. Y es que, efectivamente, nos sucede que no
queremos aceptar nuestra vocación e intentamos huir de ella. ¿Es quizá
la prosaica monotonía de la vida cotidiana, para la que tanta paciencia
necesitamos; o el gris descolorido de nuestras jornadas, que exaspera
nuestros nervios y nos hace soñar con otra situación más fácil que
podría darnos la sensación de que estábamos en nuestro lugar y, libres
de irritantes servidumbres, podríamos, por fin, lograr la felicidad?
Todo eso es un vano sueño
que corre el riesgo de ser peligroso, porque nos hace imaginar un estado
de vida que no es el que Dios ha querido para nosotros.«Es cierto
-escribía san Francisco de Sales a la baronesa de Chantal-, que nada nos
impide tanto perfeccionarnos en nuestra vocación como aspirar a otra;
porque, en vez de trabajar én el campo propio, enviamos nuestros bueyes
y nuestro arado al campo del vecino, donde ciertamente no cosecharemos
este año. Y todo eso es una pérdida de tiempo, pues es imposible que,
teniendo puestos nuestros pensamientos y esperanzas en otra parte,
podamos aplicarnos a conseguir las virtudes requeridas para el lugar en
que nos encontramos».
Las carmelitas acababan
de establecerse en Francia. La Sra. Brúlart, esposa del presidente del
Parlamento de Borgoña, se ocupaba activamente en su instalación y le
gustaba hablar largo y tendido con ellas. San Francisco de Sales, a
quien esta mujer, de elevada y sólida piedad, había confiado la
dirección de su alma, no dejaba de inquietarse por ello y escribía así a
la Chantal:
«¡Cuánto me satisface que
nuestro Dijon haya recibido a las buenas carmelitas de la Madre Teresa!
¡Que Dios las haga fructificar para gloria suya! Mucho me alegra que la
Sra. Brúlart se ocupe tanto de ellas, con tal que su corazón no se deje
llevar por vanos deseos de esa vida, puesto que ella debe cultivar otra
distinta. Es de maravillar, hija mía, la firmeza de mis ideas respecto a
no sembrar en el campo del vecino, por hermoso que sea, mientras que el
nuestro tiene tanta necesidad. La dispersión del corazón es siempre
peligrosa: tener el corazón en un lugar y el deber en otro»
Y, en efecto, la
presidenta Brúlart, al salir de esas conversaciones espirituales que
encantaban su espíritu y ensanchaban su corazón, experimentaba cierto
fastidio al tener que enfrentarse con la monotonía de su vida cotidiana.
Y su santo director le escribía:«Ved, hija mía, que los que comen miel
frecuentemente, encuentran más agrias las cosas agrias y más amargas las
amargas y sólo quieren comida refinada. Vuestra alma, dedicada con
frecuencia a ejercicios espirituales que son dulces y agradables al
espíritu, al volver a los quehaceres corporales, exteriores y
materiales, los encuentra molestos y desagradables y, por ello, se
impacienta fácilmente». En verdad es bueno desplegar las alas y volar
cual mística paloma hacia las serenas cimas de la alta piedad, lejos de
las mezquindades de la tierra. Pero debemos permanecer en la vida real,
en los valles profundos, con sus preocupaciones, y en medio de la
confusión de lo material, puesto que ésa es la voluntad de Dios. En este
sentido, el obispo apunta la siguiente idea:
«Habéis de ser paloma, no
solamente al volar en la oración, sino también en el nido y con todos
los que están a vuestro alrededor» Y no se cansa de repetir a la Sra.
Brúlart en sus cartas esta austera doctrina:«Perseverad en venceros en
esas pequeñas contrariedades que sentís cada día, poniendo en ello todo
vuestro empeño. Y estad segura de que Dios, por el momento, no quiere
otra cosa de vos; por lo tanto, no os entretengáis en hacer otra cosa.
No sembréis vuestros deseos en jardín ajeno, sino cultivad bien el
vuestro. No queráis ser lo que no sois, sino desead, más bien, ser con
perfección lo que sois; ocupad, para ello, vuestro pensamiento en ser
cada vez mejor y en llevar las cruces, pequeñas o grandes, que vayáis
encontrando.Creedme, esta es la palabra clave, y la menos entendida, en
la dirección espiritual. La mayoría escoge según su gusto, pero pocos
escogen según su deber y según el gusto de Dios nuestro Señor. ¿De qué
nos serviría edificar castillos en España teniendo que vivir en Francia?
Esta es mi lección de siempre, y la comprendéis muy bien. Decidme si la
practicáis, hija mía».
Ella, al menos, se
esforzaba en practicarla. Y un día el obispo recibió una carta suya que
le hizo estremecer de gozo. La carta se ha perdido, pero conservamos la
respuesta de san Francisco de Sales:«Son palabras maravillosas las que
me decís: que el Señor me ponga en la salsa que quiera; todo me es
igual, con tal de que yo le sirva».Efectivamente, son palabras
maravillosas, porque, en su prosaico realismo, suponen una gran
docilidad a la voluntad divina. Y san Francisco de Sales le contesta
siguiéndole el juego con esas mismas palabras:«Saboread bien esa salsa
en vuestro espíritu, paladeadla en vuestra boca, sin tragarla de
golpe».Pero le advierte que esté atenta, pues en un momento de
entusiasmo ¡es tan fácil hacerse ilusiones...!
«La Madre Teresa, a quien
me complace saber que amáis tanto, dice en alguna parte que a menudo
decimos tales palabras por costumbre y sin demasiada reflexión, y nos
aconseja que las digamos desde el fondo del alma, aunque ni si quiera
entonces las pongamos en práctica, como sabemos por
experiencia».Efectivamente, la presidenta lo había experimentado...
«Me decís que cualquiera
que sea la salsa en que Dios os ponga, os da lo mismo. Pues bien, ya
sabéis en qué salsa os ha puesto, en qué estado y condición. Y, decidme,
¿os da lo mismo? Bien sabéis cuál es vuestra deuda diaria, la que Dios
quiere que le paguéis, y a la que os referís en vuestra carta; pero no
veo que os dé lo mismo. ¡Dios mío, qué sutilmente se mete el amor propio
en nuestros gustos y afectos, aunque parezcan devotos!» .Por tanto, hay
que reconocer y aceptar la voluntad de Dios; es más, hay que amarla y
amar todas sus consecuencias.
«Ahí está la clave
-concluye san Francisco de Sales-. Hay que buscar lo que Dios quiere y,
una vez sabido, tratar de hacerlo con alegría o, al menos, con valor. Y
no sólo eso; hay que amar la voluntad de Dios y las obligaciones que de
ella se derivan para nosotros, aunque tuviéramos que guardar puercos
toda la vida, o hacer los menesteres más bajos del mundo, porque
cualquiera que sea la salsa en que Dios nos ponga, nos debe dar lo
mismo. En la perfección, esa es la diana a la que debemos apuntar, y
quien más se aproxime a ella, se llevará el premio ».
Es la misma doctrina que
trata de hacer comprender a otra de sus dirigidas, la Sra. Le Blanc de
Mions, a la que había conocido cuando predicaba la cuaresma en Grenoble,
en 1617. A esta señora la habían casado imprudentemente en su juventud,
con un hombre que derrochaba su fortuna y que, para colmo, su conducta
dejaba mucho que desear. Ella tenía una imaginación muy viva, lo cual
acrecentaba sus males.«Tiene mucha necesidad de ser ayudada, escribía
san Francisco de Sales, y apoyada con dulzura, por la multitud de
dificultades que la vivacidad de su espíritu le proporciona, lo cual es
causa de que se le acrecienten sus males».
Ella misma confesaba a la
Chantal que no podía pensar en un pastor que está en el campo «sin
suspirar de envidia por su felicidad». Y precisamente, en esta tentación
era donde estaba el peligro. Por ello, san Francisco de Sales le
escribe:«Os digo, hija mía, con respecto a esa tentación vuestra de
siempre, y os lo digo con toda firmeza, que seríais muy fiel a la
voluntad de la Providencia, si aceptaseis con toda humildad y sinceridad
el designio celeste, que es el que os ha puesto donde estáis. Tenemos
que permanecer en la barca en que estamos mientras dura el trayecto de
esta vida a la otra. Y debemos hacerlo de buen grado y con amor; porque,
aunque algunas veces no haya sido la mano de Dios la que nos ha puesto
allí, sino la de los hombres, una vez en la barca, estamos allí porque
Dios lo quiere, por lo que debemos seguir en ella de buena gana y con
gusto».Bien sabe el obispo que esta doctrina le será dura de oír, y por
eso, vuelve sobre ella con insistencia:«Os ruego encarecidamente que
seáis fiel en practicar la aceptación y dependencia propia de vuestro
estado».
Pero esto lleva consigo
exigencias que le serán penosas, como, por ejemplo, que el nombre de su
marido, que ella calla obstinadamente, salga a veces de sus labios.«Por
eso, querida hija, habrá ocasiones en las que deberéis nombrar a la
persona que sabéis, y cuyo nombre os cuesta tanto pronunciar» .¿Esto
quiere decir que debe abstenerse de todo reproche? No, ciertamente.«Yo
le he dicho que puede hablar enérgica y resueltamente cuando la ocasión
lo requiera, para mantener en su sitio a quien ella sabe; pero que su
fuerza será mayor si está tranquila y actúa razonablemente y sin dejarse
llevar de la pasión».El obispo le pide aún más:«Es preciso que algunas
veces, junto a vuestros reproches, empleéis palabras de respeto». Y
añade: «Esto es de tal importancia para la perfección de vuestra alma
que lo escribiría gustosamente con mi sangre».
No ignora que le está
pidiendo algo heroico, pero, si Dios así lo exige, no debemos dudar:
«Hay que dejar que las espinas de las dificultades ciñan nuestra cabeza
y que la lanzada de la contradicción traspase nuestro corazón. Beber la
hiel y tragar el vinagre... puesto que Dios así lo quiere». Aceptar
lealmente nuestro estado de vida sin tratar de rehuirlo bajo ningún
pretexto, es lo que nos pide san Francisco de Sales, si estamos
resueltos a cumplir la voluntad de Dios.Pero esta tentación de evasión
no se da sola-mente entre los casados. El claustro tampoco la ignora. A
la propia Sra. Brúlart, cuya hermana, Rosa Bourgeois, era la abadesa de
Puits d'Orbe, le escribía así:
«El mayor de los males
entre personas de buena voluntad, es que suelen querer ser lo que no
pueden ser. Me han dicho que esas buenas monjas están prendadas del olor
de santidad que exhalan las santas carmelitas y que todas desearían
estar en el Carmelo. Pero, puesto que eso no es factible, pienso que no
sacan el debido fruto de ese buen ejemplo, que debería servirles para
animarse a abrazar la perfección de su estado y no para turbarlas y
hacerles desear algo que no pueden conseguir. La naturaleza ha dado una
ley a las abejas: que cada una haga la miel en su panal y de las flores
que tiene a su alrededor».Pero nosotros no tenemos la docilidad de las
abejas y envidiamos otros panales. Y esto, ¡ay!, es cosa muy común, como
le dice el obispo a la Chantal hablando de estas mismas religiosas: «He
escrito a la abadesa de Puits d'Orbe, de la que no he recibido noticias
desde hace mucho tiempo. Tengo entendido que sus hijas suspiran por las
carmelitas, donde no pueden entrar, y descuidan la perfección de su
monasterio, cosa que tienen mucho más a su alcance. Es lo que suele
ocurrir».
Esta fue la constante
doctrina del Santo. Para ir a Dios hay muchos caminos, y quizá más
excelsos que el nuestro. Reconozcamos su excel situd, pero pongamos todo
nuestro empeño en progresar en el que Dios nos ha puesto, porque es ahí
donde Él nos quiere.«No lo dudéis, mi querida hija, la verdadera luz del
cielo os hace ver vuestro camino y os conducirá por él felizmente. Hay,
sin duda, caminos más excelentes, pero no para vos; y las excelencias
del camino no son las que hacen excelentes a los caminantes, sino su
rapidez y agilidad. Todo lo que intente apartaros de ese camino, tenedlo
por tentación, tanto más peligrosa cuanto más atractiva. Nada es tan
agradable a la divina Majestad como la perseverancia; y las virtudes
pequeñas, como la hospitalidad, hacen más perfectos a los que en ellas
perseveran hasta el fin, que las grandes, si sólo se practican de cuando
en cuando y por variar. Estad, por tanto, tranquila y decid: ¡cuántos
caminos para ir al cielo!; benditos sean los que andan por ellos; pero
ya que éste es el mío, lo recorreré con paz, sinceridad, sencillez y
humildad. Sin duda, querida hija, la simplicidad del corazón es el más
excelente medio de perfección. Amadlo todo, alabadlo todo, pero no
sigáis, no aspiréis sino a la vocación de esta Providencia celestial, y
no tengáis sino un corazón dirigido a ello». «Marchad con decisión por
el camino en que la Providencia de Dios os ha puesto, sin mirar ni a
derecha ni a izquierda, porque ése es el camino de la perfección para
vos. Y esa satisfacción espiritual, aunque sea sin gusto, vale más que
mil agradables consuelos».«¡Vamos, hija mía!, estamos en el buen camino.
No miréis ni a derecha ni a izquierda, porque éste es el mejor para
nosotros.No nos distraigamos en considerar la hermosura de otras vías;
saludemos simplemente a quienes transitan por ellas y digámosles con
sencillez: que Dios nos guíe hasta encontrarnos en su morada».
Cumplimiento de nuestros deberes de estado
La voluntad de Dios
exige, en fin, que cumplamos con amorosa fidelidad todos los deberes que
comporta nuestro estado de vida, que por esa razón se les llama «deberes
de estado». Santa Francisca era una mujer casada que vivía en Roma en el
siglo XV. Estaba persuadida de que la santidad está en el camino que nos
ofrece cada una de nuestras jornadas, en que los deberes de nuestra vida
cotidiana se presentan ante nosotros con desigual atractivo.
Un día, mientras rezaba
«el Oficio de nuestra Señora, su marido la llamó para algún quehacer
doméstico». Dejó la oración y acudió inmediatamente junto a su marido.
Apenas vuelta a su rezo del Oficio, la volvieron a llamar; y así ha ta
cuatro veces seguidas. Y cada vez, con la misma prontitud, dejaba la
oración, convencida de que sus deberes de esposa y de ama de casa eran
más importantes que un ejercicio piadoso. Y cuando al fin pudo ponerse
en oración, el versículo «que tantas veces había dejado por obediencia y
vuelto a tomar por devoción», lo encontró «escrito en bellas letras de
oro».
Me diréis: ¡una piadosa
leyenda! ¿Lo creéis así? Cuántas veces nos sucede tener que dejar
nuestras ocupaciones: a veces, porque llega una visita cuando estamos
sumidos en un trabajo que nos absorbe; en otras ocasiones, son los
niños, una tarea doméstica, nuestra vida social o las múltiples
molestias cotidianas las que interfieren en nuestra actividad y la
interrumpen. Y cuando por la noche volvemos la mirada hacia ese día tan
fragmentado y vemos nuestros trabajos interrumpidos, nuestras
ocupaciones abandonadas y nuestros proyectos echados por tierra,
sentimos la tentación de entristecernos y lamentarnos del vacío y
pobreza de nuestra vida. Pero si consintiésemos en admitir un sentido
más exacto de la realidad, ¿no nos daríamos cuenta de que todo eso es
oro puro, porque con ello estamos cumpliendo nuestro deber y, en
definitiva, la voluntad de Dios sobre nosotros?
Nuestra vida será tanto
más rica cuanto más estrecha sea nuestra unión con la voluntad divina.
«Pensad a menudo que todo el valor de lo que hacemos está en la
conformidad que tengamos con la voluntad de Dios. Si yo como o bebo
porque ésa es la voluntad de Dios, le soy más agradable que si sufriera
la muerte sin tener esa intención».El amor que ponemos en nuestros actos
es lo que les da diferente valor, cualesquiera que sean las tareas en
que nos ocupemos:«Estas tareas pueden ser, ciertamente, muy variadas,
pero el amor con el que las tenemos que hacer es siempre el mismo.
Solamente el amor es el que da diferente valor a nuestras acciones.
El divino Salvador es el
Hijo muy amado del Padre cuando se humilla en el río Jordán, cuando es
exaltado en las bodas de Caná, cuando aparece transfigurado en el monte
Tabor y cuando está crucificado en el Calvario, porque en todas sus
obras honra a su Padre con el mismo corazón, la misma sumisión y el
mismo amor. Tratemos también nosotros de tener un amor exquisito y
noble, que nos haga buscar únicamente lo que agrada a nuestro Señor, y
Él hará que nuestras acciones sean grandes y perfectas, por pequeñas y
vulgares que puedan parecer».
Afortunadamente, esto es
así. Debajo de la pobre ganga que envuelve la mayor parte de nuestros
actos, se descubre el oro de «un amor exquisito y noble», que busca
únicamente «agradar a nuestro Señor». Por eso, el obispo no duda en
aconsejar:«Haced mucho por Dios, pero no hagáis nada sin amor. Poned
amor en todos vuestros actos, incluso cuando comáis y bebáis».
Y afirma:«El amor es el
que da valor a todas nuestras obras. No agradamos a Dios por la grandeza
de éstas, o por su gran número, sino por el amor con que las
hacemos».¡Qué error creer que la multiplicidad de nuestras obras
favorece nuestro progreso espiritual! Esa era la ilusión de aquellas
religiosas, que hacía sonreír, con su amable indulgencia, a san
Francisco de Sales.
«Hace algún tiempo
-contaba él a sus Hijas de la Visitación- unas santas religiosas me
dijeron: Monseñor, ¿qué podemos hacer este año? El año pasado ayunamos
tres días por semana y nos disciplinamos otros tantos. ¿Qué haremos este
año? Tendremos que hacer algo más, para dar gracias a Dios por el año
pasado, y para ir avanzando en el camino hacia Él. Y les respondí: como
bien decís, hay que avanzar siempre; pero no se avanza como pensáis, por
el número de ejercicios piadosos, sino por la perfección con que los
hacemos... El año pasado ayunasteis tres días por semana y os
disciplinasteis también tres veces se-manales. Si quisierais hacer el
doble este año, os ocuparía la semana entera. Pero, ¿cómo os las
arreglaríais el año próximo? Necesitaríais una semana de nueve días, o
ayunar dos veces al día» .Y concluía el Santo: «¡Es gran locura la de
aquellos que sueñan con ser martirizados en las Indias y no ponen todo
el empeño en hacer lo que deben según su estado! Se engañan también
quienes quieren comer más de lo que pueden digerir».Y con frecuencia
insiste sobre esta verdad que nos parece evidente, pero que a veces
estamos tentados de olvidar en la práctica: «No conquistamos la
perfección por la multi-plicidad de cosas que hacemos, sino por la
exactitud y pureza de intención con que las hacemos».
Pongamos, pues, nuestro
empeño, no en hacer mucho, sino en hacerlo bien. Y cuando queramos hacer
el doble, que sea nuestro esmero, no nuestras devociones, el que se
duplique:
«Pongamos todo nuestro
interés, no en redoblar nuestros deseos ni nuestras obras, sino en
aumentar la perfección de lo que hacemos, tratando así de ganar más por
un solo acto, cosa que indudablemente lograremos, que por otros cien
hechos siguiendo nuestra inclinación y nuestro gusto».
La perfección de nuestros
actos revela el amor que tenemos en el corazón:
«Hay que hacer crecer ese
amor por las raíces y no por las ramas».
Y lo explicaba
así:«Crecer por las ramas es querer hacer una infinidad de actos de
virtud, muchos de los cuales son no solamente defectuosos, sino a menudo
hasta superfluos, parecidos a esos pámpanos inútiles de la vid que hay
que cortar para que engorden las uvas. Crecer por la raíz, por el
contrario, es hacer pocas obras, pero con mucha perfección, o sea, con
gran amor de Dios, pues en esto consiste la perfección del cristiano».''
¡Cuánto nos engañaríamos si tan sólo juzgásemos el valor de nuestros
actos por su grandeza! ¿Hay algo más grande que el martirio? ¿Qué es a
su lado una bofetada? Sin embargo, no juzguemos por las apariencias;
valoremos el peso del amor:«El amor es el que da perfección y valor a
nuestras obras...
Si una persona sufre el
martirio por Dios con una onza de amor, tiene mucho mérito, porque no
podría dar nada más grande que su vida. Pero si otra recibe una bofetada
con dos onzas de amor, tendría mucho más mérito, porque la caridad y el
amor son los que dan valor a todo»''Y decía a sus visitandinas:«A menudo
encontramos personas débiles de cuerpo y de espíritu, que sólo se ocupan
en cosas pequeñas, pero que las hacen con tanta caridad que sobrepasan
con mucho el mérito de acciones grandes y elevadas».Y añadía:«Sin
embargo, si se hace una obra grande con tanta caridad como la pequeña,
sin duda el que la hace tendrá más mérito y mayor recompensa». Concluía
diciéndoles:«La caridad da el valor y el mérito a todas nuestras obras,
de forma que todo el bien que hacemos es preciso hacerlo por amor de
Dios y el mal que evitamos, es preciso evitarlo por amor de Dios».
Tenemos que penetrar
hasta el fondo de esta hermosa doctrina salesiana, tan rica en
atrayentes perspectivas; doctrina que introduce la santidad en toda
nuestra vida, que nos la pone al alcance de la mano y la acrecienta y
fortalece mediante la práctica de las «pequeñas virtudes» que con tanta
frecuencia nos salen al paso cada día.
Hace entrar la santidad
en toda nuestra vida, porque cada ademán y cada paso a que nos obliga el
deber cotidiano aumenta en nosotros la gracia santificante.La oración y
los sacramentos son las fuentes ordinarias de la vida de gracia. Pero
también lo son -y pensamos poco en ello-, toda la serie de actos que a
lo largo del día hacemos estando en amistad con Dios.
«Porque así como en la
`Arabia Feliz' no sólo las plantas aromáticas, sino todas las demás,
tienen buen olor porque participan de la bondad del suelo, así las almas
llenas de caridad comunican la virtud del santo amor no sólo a sus obras
importantes, sino también a sus pequeñas tareas, y las hacen de olor
agradable a la Majestad de Dios, por lo cual el Señor aumenta en ellas
la santa caridad». Así pues, Dios tiene tanto amor a nuestras almas que
«su divina Bondad hace que saquemos provecho de todas las cosas, que
todas redunden para nuestro bien, por pequeñas y humildes que sean.
Pero quiere que nos
esforcemos por crecer en su amor. Porque, en mayor o menor medida, todos
perseguimos la amistad con Dios, pero únicamente las almas generosas -y,
por supuesto, en muy diversos grados- penetran en la intimidad de Dios.
¡Qué diferencia a este respecto, entre un cristiano corriente, que vive
en estado de gracia pero con tibieza, y el santo que pone en sus obras
un gran amor! Y es a esto a lo que debemos aspirar, porque si bien hasta
«las pequeñas obras que se hacen con cierto descuido, sin poner en ellas
toda la fuerza de la caridad, son agradables a Dios y tienen valor ante
Él», sin embargo «un corazón lleno de amor tratará de poner en sus
acciones todo su fervor y cariño, para aumentar mucho su caridad».
Esta doctrina pone la
santidad al alcance de nuestra mano. Quizá creíamos que había que ir a
buscarla muy lejos, muy arriba, allá en las nubes, cuando en realidad
está muy cerca, en las obligaciones de cada día, y nos va arraigando al
suelo donde la Providencia nos ha colocado. «El modo con que hagamos la
santa voluntad de Dios, sea mediante obras elevadas o humildes, carece
de importancia. Suspirad con insistencia por la unión de vuestra
voluntad con la de nuestro Señor... No os afanéis, ni multipliquéis los
deseos de hacer cosas que os son imposibles». Y es que no tenemos
siempre la posibilidad de hacer algo grande, y quizá nunca la tengamos;
pero, en cambio, siempre está a nuestro alcance el aceptar con amor las
pequeñas contrariedades que a diario se nos ofrecen con largueza.
«Yo sé muy bien, mi
querida hermana, que las pequeñas contrariedades suelen molestar más que
las grandes, porque son muchas e inoportunas; y las domésticas más que
las de fuera. Pero también sé que dominarlas es muchas veces una
victoria irás agradable a Dios que otras que a los ojos del mundo
parecen de mayor mérito».''
Por eso, es conveniente
que nos preparemos no solamente para «las grandes aflicciones, sino
también para los pequeños disgustos y molestias...». Y hace notar el
obispo que en esto «se engañan muchas personas, porque sólo se preparan
para las grandes adversidades y se quedan apenas sin fuerzas y sin la
menor resistencia ante las pequeñas; cuando sería preferible estar menos
preparado para las grandes, que suelen llegarnos muy de tarde en tarde,
y estarlo más para las pequeñas, que se nos presentan diariamente en
cualquier momento. Voy a poneros un ejemplo de lo que digo: si yo me
preparase a soportar la muerte con paciencia, aunque no me va a llegar
más que una sola vez, pero no me preparo para soportar las incomodidades
que me ocasiona el carácter de las personas con las que trato, o el mal
humor que puede depararme mi cargo, cosas que se presentan cien veces al
día, ésa sería la causa de mis imperfecciones» .
No nos lamentemos;
esforcémonos por someternos mansamente a la voluntad de Dios cuando
lleguen «esas pequeñas molestias diarias». «En cuanto a vuestras quejas,
de que sois miserable y desgraciada, ¡Dios mío, querida hija!, es
preciso que os guardéis de ellas, porque, aparte de que tales
expresiones son impropias de una sierva de Dios, provienen de un corazón
muy abatido y, más que de impaciencia, son de cólera.
Hija mía, tenéis que
hacer un gran esfuerzo por ser dulce y por someteros a la voluntad de
Dios, no sólo en cosas extraordinarias, sino, sobre todo, en los
pequeños disgustos cotidianos. Preparaos por las mañanas, al dar gracias
después de comer, o antes y después de cenar, y obtendréis con ello
vuestra recompensa, aunque sólo sea temporal. Pero hacedlo con mucha
tranquilidad y alegría, me refiero a esos ejercicios; y si cometéis
alguna falta, humillaos y volved a empezar». Aceptemos valerosamente las
mortificaciones que se nos presentan, las cruces que Dios pone sobre
nuestros hombros, sean de la madera que sean:
«Cuidad de practicar
especialmente aquellas mortificaciones que se os presentan más a menudo.
Ésa es vuestra primera tarea; después, vendrán otras. Besad con
frecuencia y de todo corazón las cruces que el mismo Señor ha puesto
sobre vuestros hombros; no miréis si son de madera preciosa y aromática;
son más cruz si están hechas de madera vulgar, sin valor, y de olor
desagradable».
Guardémonos de despreciar
estas pequeñas renuncias. Estemos atentos, pues, por su insignificante
apariencia, corren el peligro de ocultarnos a Cristo. Dada nuestra manía
de grandezas, podemos ser víctimas de la ilusión, como María Magdalena,
que no reconoció a Jesús «bajo el sencillo traje de jardinero».
«Magdalena busca a nuestro Señor teniéndole delante; y le pregunta a Él
mismo. Puesto que no le veía en la forma que ella quería, no le bastó
con tenerle delante, empeñada en encontrarlo lleno de gloria... y no
vestido como un pobre jardinero. Pero al fin lo reconoció cuando Él le
dijo: ¡María! Ya veis, mi querida hermana, hija mía, es al Señor vestido
de jardinero al que encontraréis todos los días aquí y allá, cada vez
que se os presenten esas mortificaciones corrientes. Os gustaría que Él
os enviase otras mortificaciones más grandes. Pero, ¡oh, Dios mío!,
sabed que las más grandes no son siempre las mejores. ¿No creéis que os
está diciendo María, María? No, antes de que le veáis en su gloria,
quiere plantar en vuestro jardín muchas flores pequeñas y humildes, pero
a su gusto; por eso va vestido así. ¡Que nuestros corazones estén por
siempre unidos al suyo y nuestras voluntades a la suya!».
En consecuencia, la vida
cotidiana, por las incesantes renuncias que nos impone, es una
maravillosa maestra de santidad, si sabemos someternos a su austera
disciplina.
«¡Oh Dios mío!, mi
querida hija, ¡qué santos y qué agradables a Dios seríamos si supiésemos
aprovechar bien todas las ocasiones de mortificarnos que nuestra
vocación nos proporciona!».Son precisamente las mortificaciones que nos
proporciona nuestra vocación, y no las que escoge nuestra propia
voluntad, las que nos hacen santos y agradables a Dios. Esforcémonos,
por tanto, en imitar no a «los jóvenes aprendices en el amor a Dios»,
sino a «los viejos maestros en el oficio».«Los jóvenes aprendices se
ciñen ellos mismos; eligen las mortificaciones que les parece, escogen
la penitencia, así como su propia entrega y devoción y mezclan mucho su
voluntad con la de Dios. En cambio, los viejos maestros en el oficio se
dejan atar y ceñir por otro y se someten al yugo que se les impone,
yendo por caminos que no recorrerían de seguir su inclinación. Es verdad
que extienden las manos; pero, a pesar de la resistencia que encuentran
en sus inclinaciones, se dejan gobernar de buen grado contra su
voluntad, y dicen que vale más obedecer que hacer ofrendas. Y así
glorifican a Dios, crucificando no solamente su carne, sino también su
espíritu».
Vemos que la doctrina de
san Francisco de Sales nos obliga a la práctica de «esas pequeñas y
humildes virtudes que, cual flores, crecen al pie de la cruz» y extraen
del sacrificio un aroma discreto y penetrante que perfuma toda nuestra
vida. Imaginémonos lo que supone de renuncias íntimas y, por tanto, de
fuerza de voluntad y de amor, esa página de la Introducción a la vida
devota, en el capítulo que lleva como sugestivo título «De cómo hay que
serfiel en las ocasiones grandes y en las pequeñas». San Francisco de
Sales enumera allí algunas de esas `cosas pequeñas y abyectas'",
mediante las cuales podemos «arrebatar por amor» el corazón de Dios.
«Soportad con toda dulzura -le dice allí a Filotea-, las pequeñas
ofensas, las ligeras molestias y privaciones que sufrís a diario, pues
con todas estas menudas ocasiones, si las aprovecháis con amor y
dilección, ganaréis enteramente su Corazón y será todo vuestro. Las
pequeñas obras de caridad de cada día, un dolor de cabeza o de muelas,
una desilusión, las rarezas del marido o de la mujer, el vaso que se
rompe, un desprecio o una burla, los guantes, el anillo o el pañuelo que
se pierden, la molestia de tener que acostarse pronto y levantarse
temprano para orar, para comulgar, el ligero sonrojo que sentimos al
hacer ciertas devociones en público. En fin, todos estos pequeños
sufrimientos, aceptados y abrazados con amor, agradan mucho a la divina
Bondad, que ha prometido que por un solo vaso de agua dará un océano de
felicidad a sus fieles. Y puesto que esas ocasiones se nos presentan a
cada momento, si las empleamos bien, son un magnífico medio de acumular
grandes riquezas espirituales».
Pero esas riquezas
espirituales no las obtendremos sino al precio de un gran esfuerzo y
gracias a «esas pequeñas y humildes virtudes» a las que el obispo quiere
que todos nos apliquemos. «¡Ánimo, pues, hija mía!; caminemos por esos
valles de las pequeñas y humildes virtudes. Allí encontraremos rosas
entre las espinas, veremos la caridad que brilla entre las penas
interiores y exteriores; los lirios de la pureza, las violetas de la
mortificación... y tantas cosas más. Por encima de todo, prefiero estas
tres pequeñas virtudes: la dulzura de corazón, la pobreza de espíritu y
la sencillez de vida. Y estas acciones tan vulgares: visitar a los
enfermos, servir a los pobres, consolar a los afligidos y otras
semejantes. Pero todo ello sin afán, con verdadera libertad. No,
nuestros brazos aún no son suficientemente largos para alcanzar los
cedros del Líbano; contentémonos, pues, con el hisopo de los valles».San
Francisco siente gran desprecio por esos espíritus enfermizos que se
imaginan tener grandes arrebatos y éxtasis, con lo cual se creen
dispensados de ejercitarse en desprenderse de su propia voluntad y en
sufrir con paciencia al pró-jimo. Por eso, escribe:«La verdadera
santidad está en el amor de Dios y no en futilidades de la imaginación,
como raptos y arrebatos, que alimentan el amor propio y alejan de la
obediencia y de la humildad. Fingirse extasiados es un engaño.
Ejercitémonos en la verdadera dulzura y sumisión, en el renunciamiento
propio, en la docilidad de corazón, en el amor a lo que nos humilla, en
la condescenden-cia hacia los demás: ése es el éxtasis verdadero y más
amable de los siervos de Dios».A esta clase de éxtasis es a la que
invitaba a las personas que se ponían bajo su dirección espiritual. A la
Chantal, que era el alma más grande, más fuerte y más generosa que había
conocido, le escribía en estos términos:
«Hilad, no con esos
gruesos husos que vuestros dedos no sabrían manejar, sino sólo con los
que están a vuestro alcance, esto es, la humildad, la paciencia, la
humillación, la dulzura de corazón, la resignación, la sencillez, la
caridad con los pobres enfermos, la tolerancia con los que os enojan.
Éstos y otros actos semejantes son los que se acomodarán al pequeño
huso, que os resultará fácil de manejar conversando con santa Mónica,
santa Paula, santa Isabel, santa Ludivina y tantas otras que están a los
pies de vuestra gloriosa Abadesa . Ella, que bien puede manejar husos de
cualquier tamaño, prefiere los pequeños, yo creo que para darnos
ejemplo».''
Y, por eso, el obispo
admiraba la santidad de las modestas aldeanas, que con la sencillez de
su corazón, daban a Dios el fiel testimonio de su amor mediante la
aceptación generosa de los deberes que su estado les imponía.«Pronto os
enviaré -escribía a la Chantal- el resumen de la vida de una santa cam-pesina
de mi diócesis, casada, y que a sus cuarenta y ocho años nos ha dejado
todas las señales de una vida de perfección en lo interior y en lo
exterior; porque ella ha sido una Mónica en su familia y una Magdalena
en la oración».'' Os digo la verdad-añadía el obispo-, hay un no sé qué
de bueno en esa pequeña historia de una mujer casada, que tuvo la
benevolencia de ser una de mis grandes amigas y que muchas veces me
encomendó a Dios» .«¡Oh, hija mía! -concluía-, ¿por qué no seremos
santos teniendo tantos ejemplos cerca y lejos, en la ciudad y en el
campo? Todo nos habla a favor de la santidad y, sin embargo, vacuos muy
lentos hacia ella. Esta idea me deja muy confundido».De hecho, él mismo
se acusaba de tibieza en el cumplimiento de los deberes de su cargo y
confesaba «ser muy poco diligente en la búsqueda de sus ovejas».
Con ocasión de la visita
pastoral que hizo en 1606 a las parroquias de su diócesis, comentaba que
entre «montes que aterraban, cubiertos por espesos hielos», había visto
«maravillas en esos lugares: valles llenos de casas y montes totalmente
cubiertos de hielo». Y se decía a sí mismo: «Las pobres viudas y las
pobres campesinas son fértiles como los hondos valles; y los obispos,
tan encumbrados en la Iglesia de Dios, ¡están completamente helados!
¡Ay!, ¿dónde habrá un sol lo suficientemente fuerte para fundir el hielo
que a mí me congela?». Estas reflexiones se le suscitaron con motivo de
un accidente, cuyo solo relato le hacía «estremecer las entrañas de
temor»: «Unos ocho días antes de llegar a la región de los hielos, un
pobre pastor que andaba buscando una vaca que se le había perdido, dio
un paso en falso y cayó en una sima muy profunda. Nunca se hubiera
sabido de él, a no ser por el sombrero, que, al caerse el pastor, se
quedó enganchado en el borde de la sima, indicando así el lugar de su
desaparición. Y, ¡oh, Dios!, he ahí que uno de sus vecinos, que se había
prestado a que le bajasen con una cuerda para ir a buscarlo, lo encontró
no ya muerto, sino casi convertido en un témpano de hielo. En ese
estado, se abrazó a él y gritó que tiraran de la cuerda enseguida, para
no morir él también congelado. Y lo izaron con el muerto entre sus
brazos... ¡Qué aguijón fue esto para mí, mi querida hija! Ese pastor
corriendo por lugares tan peligrosos, sólo por una vaca; esa caída
terrible sufrida en el ardor de la búsqueda, mientras piensa más en el
animal y dónde habrá ido, que en dónde ponía los pies él mismo; la
caridad de ese vecino que se descuelga al abismo buscando a un amigo,
para sacarlo de allí; ¿no deberían esos hielos congelarse de temor o
arder en amor ante ese espectáculo?"
La aceptación de la voluntad de Dios
Al caminar por aquí
abajo, procurando cumplir con los deberes de nuestro estado, de pronto
aparecen ante nosotros las cruces por las que la divina Providencia nos
muestra el agrado divino. Y adivinamos cuál será la actitud de un alma
de fe, que conoce la verdadera ciencia de Dios, ante las contrariedades,
las pruebas o las aflicciones.
«La verdadera ciencia de
Dios nos enseña, ante todo, que su voluntad es la que debe marcar la
pauta a nuestro corazón para que le obedezca y encuentre bueno -como
ciertamente lo es, y muy bueno- todo lo que ella ordena a sus amados
hijos».
Por eso el obispo
recomienda la sumisión a la divina voluntad en todas las ocasiones:
«Someted vuestra voluntad a la de Dios, dispuesta a adorarla, tanto si
os envía tribulaciones como en tiempo de consolación». Y nos da esta
regla de conducta -ciencia santa, verdadero tesoro- de la que nunca nos
em-paparemos bastante:
«Debemos cumplir nuestro
deber porque es nuestra obligación y por el simple deseo de agradar a
Dios, y ello tanto en la tempestad como en la calma. La verdadera y
santa ciencia consiste en dejar a Dios que haga y deshaga en nosotros y
en todas las cosas lo que le plazca, sin otra voluntad ni elección,
reverenciando en profundo silencio lo que, por nuestra humana debilidad,
el entendimiento no acierta a comprender, porque sus designios pueden a
veces estar ocultos, pero siempre son justos. El tesoro de las almas
puras no está en recibir bienes y favores de Dios, sino en darle gusto,
no queriendo ni más ni menos que lo que Él nos da».
A veces podremos
sentirnos defraudados al no recibir las satisfacciones que, por alguna
razón, esperábamos. No nos inquietemos. Moderemos nuestros deseos,
adoptemos una santa indiferencia, sin buscar otra cosa que el amor de
Dios y su santa voluntad:
«Cuando nos falten las
razonables satisfacciones que desearíamos recibir, debemos tener
paciencia y tratar de moderar un poco nuestros deseos, aceptando las
cosas, incluso cuando son buenas, con espíritu de santa indiferencia, al
que constantemente debemos recurrir para decir: no deseo tal virtud ni
tal otra; lo único que quiero y deseo es el amor de Dios y que se cumpla
en mí su voluntad».
Esa misma ha de ser
nuestra actitud ante los proyectos que nos son más queridos:
«Debéis poner mucho
empeño en procurar ser religiosa, puesto que Dios os concede tantos
deseos de serlo. Pero, si una vez hecho todo lo posible, no lo lográis,
la mejor manera de agradar a nuestro Señor será sacrificarle vuestra
voluntad y permanecer tranquila, humilde y devota, totalmente entregada
y sumisa a su divino querer y designio; voluntad y designio divino que
se os muestran claramente en el hecho de no haber conseguido vuestros
deseos, pese a haber hecho todo lo posible para ello. Porque nuestro
Dios prueba a veces nuestro valor y nuestro amor, privándonos de cosas
que nos parecen muy buenas para el alma, y que efectivamente lo son. Y
si nos ve muy afanados en conseguir algo, pero, al mismo tiempo,
humildes, tranquilos y resignados a no lograrlo, nos da mayores
bendiciones en esa privación que las que hubiéramos recibido con aquello
que deseábamos. Porque siempre y en toda ocasión, Dios ayuda a aquéllos
que de todo corazón y en cualquier circunstancia pueden decirle: hágase
tu voluntad».
Cuando nuestro Señor nos
llama para algún trabajo, no debemos anteponer a sus deseos nuestros
gustos personales, ni nuestras inclinaciones, ni mirar nuestras fuerzas.
«Querida hija, haced descansar vuestros pensamientos sobre los divinos
hombros del Señor y Salvador. Él cargará con ellos y os fortificará. Si
os llama (y realmente os está llamando) a un servicio que sea de su
agrado, aunque no lo sea del vuestro, no por eso debéis tener menos
ánimo, sino más aún que si vuestro gusto coincidiera con el suyo, porque
cualquier asunto marchará mejor cuanto menos haya de nosotros en él. Mi
querida amiga e hija mía, no permitáis que vuestro espíritu se mire a sí
mismo, ni vuelva sobre sus fuerzas o sus inclinaciones; nuestros ojos
tienen que estar fijos en los designios de Dios y en su Providencia. No
hay que entretenerse en discurrir cuando hay que correr, ni en hablar de
las dificultades, cuando lo que hay que hacer es su-perarlas».
El obispo exhorta también
a las almas generosas a abrazar con sinceridad y sin reservas, libre y
alegremente, la santa voluntad de Dios: «Confirmad cada día más y más la
resolución que habéis tomado de servir a Dios según sus designios y de
ser enteramente suya, sin reserva alguna ni para vos ni para el mundo.
Abrazad sinceramente sus santos deseos, sean los que fueren, y no creáis
haber alcanzado la pureza de corazón que le debéis, mientras vuestra
voluntad no esté del todo y en todo, incluso en las cosas más
desagradables, libre y gozosamente sometida a la suya santísima. Para
ello, fijaos no en la apariencia de lo que hagáis, sino en Quien os lo
ordena, que saca su gloria y nuestra santa perfección de las cosas más
miserables y ruines, cuando le place».
Efectivamente, ésa es la
manera de aceptar con alegría las cosas que repugnan a nuestra
naturaleza: mirar no sólo su apariencia, sino la mano amorosa de Aquél
que nos las presenta. «Las penas, consideradas en sí mismas, ciertamente
no pueden ser amadas; pero, consideradas en su origen, es decir, en la
Providencia y bondad divina que las ordena, son infinitamente amables...
Las tribulaciones, de por sí, son horribles, pero, vistas en la voluntad
de Dios, son amables y deliciosas. ¡Cuántas veces nos hemos visto
obligados a tomar de mala gana la medicina que nos daba el médico o el
boticario! Pero si nos la ofrecía una mano muy querida, el amor se
sobreponía al horror y la tomábamos con gusto».
Él mismo lo hacía así y
los disgustos -a los que no era insensible-, los soportaba con total
resignación ante la voluntad divina:«Veréis por la carta de ese buen
Padre el disgusto que he tenido, que, ciertamente, me ha afectado un
poco; pero, como la noticia encontró mi espíritu lleno del sentimiento
que tengo de una total resignación y conformidad con la manera como me
guía la santísima Providencia, sólo dije en mi interior: Sí, Padre
celestial, pues así lo habéis querido. Y esta mañana, al despertar, he
tenido una impresión tan intensa de vivir entera y puramente según el
espíritu de fe, que,a pesar mío, yo quiero lo que Dios quiera, y quiero
lo que sea para su mayor servicio, sin reserva ni de consuelos sensibles
ni espirituales. Y pido a Dios que no permita jamás que cambie de
propósito».Consolaba también, con afectuosa delicadeza, a sus amigos
afligidos por la enfermedad:
«Veo a vuestra esposa, a
la que quiero muy cordialmente, en la cruz, entre los clavos y las
espinas de muchas tribulaciones que la hacen sufrir, lo mismo que a vos.
¿Qué puedo deciros ante esto, mi querido hermano? Preguntad a menudo al
corazón de nuestro Señor de dónde procede esta aflicción, y Él os hará
saber que tiene su origen en el amor divino. Es bueno que pensemos en la
justicia que nos castiga, pero es mucho mejor bendecir la misericordia
que nos pone a prueba».
Y le explicaba a una
enferma que ofrecer el sufrimiento es algo preferible a la oración:
«En cuanto a la
meditación, tienen razón los médicos al decir que mientras estéis
enferma, debéis dejarla. En su lugar, incrementad el uso de las
jaculatorias y ofreced vuestro sufrimiento a Dios, aceptando enteramente
su voluntad, pues, aunque os impide la meditación, eso no os separa en
absoluto de Él, sino que os une más, mediante el ejercicio de una santa
y serena resignación. Con tal de estar con Dios, ¿qué más da que sea de
una manera o de otra? Puesto que realmente sólo le buscamos a Él, y no
lo encontra-mos menos en la mortificación que en la oración -sobre todo
cuando nos envía la enfermedad-, nos deben parecer tan buenas tanto la
una como la otra. Además, las jaculatorias, ímpetus de nuestro espíritu,
son verdaderas y continuas oraciones; y el ofrecimiento de nuestros
males es el más digno que podemos hacer a Aquél que nos salvó sufriendo»
Con una ternura
profundamente humana enjugaba las lágrimas de quienes habían perdido un
ser querido, mientras que les animaba dulcemente a que aceptasen
sobrenaturalmente el sacrificio:
«Tomad, hija mía, las
vendas y el sudario con que fue envuelto nuestro Señor en el sepulcro y
enjugad con ellos vuestras lágrimas. Ciertamente, yo también lloro en
esas ocasiones, y mi corazón, de piedra para las cosas celestiales,
derrama lágrimas por estos motivos; pero, ¡bendito sea Dios!, lo hago
siempre calladamente y, por hablaros como a una hija querida, con un
sentimiento de amorosa dilección hacia la Providencia de Dios; pues
desde que nuestro Señor aceptó la muerte y nos la dio como objeto de
nuestro amor, ya no puedo dejar de querer la muerte de mis hermanas, ni
la de nadie, con tal que mueran en el amor de esa muerte sagrada de mi
Salvador» .
Recomendaba, sobre todo,
que, con el amor, diéramos valor a nuestras pruebas:«Es preciso que
nuestras penas, nuestros trabajos, nuestras tristezas y todas nuestras
aflicciones adquieran mérito mediante la santa dilección. Son buenos
materiales para hacer avanzar a un alma en el servicio de su divina
Majestad».Puede que, bajo el golpe que nos hiere, no sintamos el amor
que nos lo hace soportar con valor. No importa, siempre que
permanezcamos totalmente abandonados al divino beneplácito - lo que es
señal de verdadero amor-, y que la experiencia del sufrimiento nos
permita comprender y acoger con corazón compasivo a quienes atraviesan
por esos duros caminos. Eso es lo que explicaba a una religiosa:
«¿Qué nos puede importar
que sintamos o no el amor? En realidad no estamos más seguros de tenerlo
cuando lo sentimos que cuando no, sino que la mayor seguridad está en el
total, puro e irrevocable abandono de nosotros mismos en los brazos de
su divina Majestad, tanto en el consuelo como en la desolación, para
que, con un corazón abatido, humillado y muerto, reciba el aroma
agradable de un santo holocausto y para que nuestras Hermanas
atormentadas encuentren en nosotros un corazón compasivo y un apoyo
dulce y amoroso».Por su parte, su más ardiente deseo era el de valorar
por encima de todo el amor de Cristo crucificado; lo demás, apenas si
contaba a sus ojos.«No puedo decir otra cosa de mi alma, sino que siente
cada vez más el deseo ardentísimo de no querer sino el amor de nuestro
Señor crucificado, y que yo me siento tan invencible a los
acontecimientos del mundo, que apenas me afectan».
Y es que no quería otra
cosa que la voluntad de Dios:
«No sé más que una
canción. Se trata, sin duda, querida hermana, del Cántico del Cordero,
que, aunque un poco triste, es armonioso y bello: Padre mío, que se
haga, no lo que yo quiero, sino lo que Vos queréis»."
¿Un poco triste? Tal vez
sí, según la naturaleza; pero, fuente de alegría para los que se han
encontrado y amado en esta peregrinación terrena, ayudándose unos a
otros a vivir según el querer divino. «Pidamos mucho al Señor que nos dé
la gracia de vivir de tal modo según su beneplácito durante esta
peregrinación, que al llegar a la patria celestial, podamos alegrarnos
de habernos conocido aquí abajo y de haber conversado sobre los
misterios de la eternidad. Sólo por ello nos alegraremos de habernos
amado en esta vida, pues todo ha sido para gloria de su divina Majestad
y para nuestra eterna salvación...
Id en paz, mi querida
hija, y que Dios sea siempre vuestro protector. Que Él os tenga siempre
de su mano y os guíe por el camino de su santa voluntad».
Y el obispo resume en una
frase lapidaria la actitud que nos mantendrá firmes ante los golpes de
la adversidad: «En suma, el que desee soportar bien los golpes de las
adversidades de esta vida mortal, ha de tener puesto su espíritu en la
santísima voluntad de Dios y su esperanza en la venturosa eternidad».
También para hacer aquí
abajo una feliz travesía, debemos dejarnos guiar siempre por la voluntad
de Dios. Ella es la estrella que nos conducirá a buen puerto en las
riberas celestes.
«Esta vida es breve, la
recompensa por lo que aquí hagamos será eterna. Practiquemos el bien,
unámonos a la voluntad de Dios. Que sea ella la estrella que guíe
nuestros ojos en esta travesía. Es la manera cierta de que lleguemos con
bien».
El amor a la voluntad de Dios
San Francisco de Sales
escribía un día a una de sus hijas:«Acordaos, querida hija, de cumplir
bien la voluntad de Dios en las ocasiones en que tengáis más dificultad.
Cuesta poco agradar a Dios en lo que nos agrada a nosotros; nuestra
fidelidad de hijos exige que queramos agradarle en lo que nos disgusta,
recordando lo que el Hijo amado decía de Sí mismo: Yo no he venido a
hacer mi voluntad, sino la del que me ha enviado. Además, no sois
cristiana para hacer vuestra voluntad, sino la de Aquél que os ha
adoptado para ser su hija y su heredera por toda la eternidad».''
Para conseguir esa
perfecta sumisión que requiere la fidelidad de hijos, san Francisco de
Sales nos pide, no sólo aceptar enteramente la voluntad de Dios, aunque
sea con repugnancia'', sino también amar en todo acontecimiento, y
ejercitarnos en amar su santísima y amabilísima voluntad.
«Hay que amar la
santísima voluntad de Dios en las pequeñas y en las grandes
ocasiones»1', escribía. Y también:«Os aconsejo que os ejercitéis mucho
en amar la amabilísima voluntad de Dios».''Y cuando esa voluntad sea
para nosotros dolorosa, nuestra fidelidad, lejos de desmentirse,
estrechará los lazos de amor que nos unen a Cristo crucificado.«¿Qué
mejor bendición puedo desearos que la de ser fiel a nuestro Señor en
medio de las adversidades de toda clase que os rodean? Porque siempre
que os recuerdo, siento fervientes deseos de que avancéis en el amor de
Dios. Amadle mucho, querida hermana, cuando os retiréis para orar y
adorarle; amadle cuando le recibís en la sagrada comunión; amadle cuando
inunde vuestro corazón de consuelo; pero, amadle, sobre todo, cuando
lleguen las preocupaciones, las molestias, las sequedades del alma, las
tribulaciones; porque así os ha amado Él en el paraíso y aún os ha
demostrado más amor en medio de los azotes, los clavos, las espinas y
las tinieblas del Calvario».
El propio san Francisco
ponía en práctica la doctrina que enseñaba, y amaba la voluntad de Dios
«en las pequeñas y en las grandes ocasiones».¡Las «pequeñas» le llovían
en su ministerio pastoral!
«Os suplico que recéis
mucho por mí. Es increíble lo que me agobia y oprime un cargo tan grande
y difícil».
«No son ríos, son
torrentes, los asuntos de esta diócesis»."«Seguramente no hay otro
obispo en cien le-guas a la redonda que tenga tal cantidad de asuntos
como tengo yo»Este tumulto de asuntos no le dejaba tiempo para abrir sus
queridos libros y descansar un poco mediante el estudio.«Estoy en
continuo desasosiego por la variedad de asuntos de esta diócesis, sin
tener ni un día para poder ocuparme de mis pobres libros, que tanto he
querido y que no me atrevo a seguir amando, por temor de sentir pesar y
amar-gura por haberme visto obligado a separarme de ellos».¿Y qué era lo
que absorbía su precioso tiem-po.«Son infinidad -nos dice- las pequeñas
nimiedades que la vida me obliga a resolver cada día, que me cansan y
enojan y me hacen perder el tiempo»."',
Además, las cartas de
dirección espiritual eran un trabajo adicional que cada vez le abrumaba
más.
«Acaba de llegar el Sr.
Miguel con un número enorme de cartas, a las que, ¡oh Dios mío, tendré
que responder! Lo iré haciendo en mis ratos libres».¡Vana esperanza! Los
ratos libres no llegaban, y las esperadas respuestas tenía que
redactarlas a toda prisa. «Os estoy escribiendo sin tiempo porque tengo
la habitación llena de gente que me reclama». «Estoy tan agobiado por
mil impedimentos, que no puedo escribiros cuando quiero».
«Os escribo a toda prisa,
pero quiero contestar a las dos preguntas que me hacéis, pues sé muy
bien que no tendré ocasión de hacerlo más sosegadamente, ya que estoy
destinado a tener que correr siempre».
«Os escribo deprisa, como
casi siempre, debido a la multitud de asuntos que me agobian»." «De
haber tenido más tiempo, os hubiese escrito más ordenadamente, pero
siempre escribo a retazos, cuando tengo un rato libre».
Y bendecía a Dios: «¿Qué
importa me moleste yo con tal de contribuir algo a la salvación de las
almas?».Nos descubre que el secreto de su serenidad en su abandono a los
designios divinos, reside en la simple aceptación de todas las cruces
que la mano de Dios nos envía:
«La Cruz es de Dios, pero
es Cruz porque no nos abrazamos a ella; puesto que, si estuviéramos
firmemente resueltos a querer la que Él nos envía, dejaría de ser cruz.
Es Cruz porque no la queremos, pero si es de Dios, ¿por qué no la
queremos?».
«La Cruz es de Dios, y no
debemos sólo mirarla, sino conformarnos con ella, como haríamos con una
persona con la que nos viéramos obligados a convivir. Sin pensarlo más,
hay que cargar con ella dulcemente, tomando las cosas con sencillez,
como venidas de la mano de Dios, sin más reflexiones. Desnudez y pura
simplicidad de espíritu»."Es cierto que la Cruz puede estremecer nuestra
carne, sin que, por ello, deje de exultar nuestro espíritu. Ese es el
sentimiento que expresaba san Francisco de Sales a la Sra. de Chantal la
víspera de comenzar una visita pastoral, que prometía ser rica en
mortificaciones.
«Me ha detenido una serie
de asuntos urgentes, querida hija, y ahora parto para esa bendita
visita, en la que preveo que en cada esquina me esperan cruces diversas.
Mi carne se estremece, pero mi corazón las adora. Sí, yo os saludo,
pequeñas y grandes cruces, espirituales o temporales, exteriores o
interiores; saludo y beso vuestros pies, yo, indigno del honor de
vuestra sombra».
Porque él no quiere sino
lo que Dios quiera, y no ama más que su voluntad. A esto se dirigen sus
exhortaciones: «No queráis más que lo que Dios quiera para vosotras;
abrazad con amor los acontecimientos y las diversas manifestaciones de
su divina voluntad, sin distraeros en ninguna otra cosa»."«¡Oh, qué
felices seríamos si no nos preocupásemos de lo que hacemos o sufrimos,
sino úni-camente de que estamos cumpliendo la voluntad de Dios, y ella
fuera todo nuestro contento! Es grande y perfecta sencillez no detenerse
voluntariamente sino en solo Dios»."'
Amar la voluntad de Dios
en las pequeñas contrariedades cotidianas es señal de que un alma está
desprendida de sí misma, pero conservar ese amor y practicarlo, para
enraizarlo en nosotros, cuando llegan acontecimientos que desgarran el
corazón, supone haber abandonado toda nuestra voluntad en la de Dios.
La Sra. de Boisy había
confiado su hija menor, Juana, a la Sra. de Chantal. Ésta la acogió
encantada en Borgoña y velaba con gusto por su educación. De improviso,
una rápida enfermedad se llevó a la niña. Tenía catorce años y era
hermana de san Francisco de Sales... Es fácil comprender que la baronesa
se sintiera a punto de enloquecer; en su enorme angustia, había pedido
al Señor que se la llevase a ella o a alguno de sus hijos, pero que
salvase a la joven. El obispo, afectadísimo por esta muerte, escribió en
una carta a la Sra. de Chantal manifestando su pena y su resignación:
«¡Ay, hija mía!, soy tan
humano como cualquiera. Nunca hubiera creído que mi corazón se
conmoviera tanto, pero la verdad es que la pena de mi madre y la vuestra
han contribuido mucho a mi dolor, porque he temido tanto por vuestro
corazón como por el suyo. Pero por lo demás, ¡viva Jesús! yo estaré
siempre conforme con la divina Providencia, que todo lo hace bien y
dispone las cosas del modo mejor. Esta niña ha tenido la suerte de haber
sido arrebatada del mundo para que la malicia no pervirtiera su corazón,
y de salir de este sucio mundo sin mancharse. Las fresas y las cerezas
se recogen antes que las peras y las manzanas porque maduran antes.
Dejemos que Dios recoja lo que ha plantado en su huerto; Él todo lo coge
en su momento oportuno.
Podéis imaginar, querida
hija, lo que amaba a esa niña. Yo le di la vida para su Salvador, pues
con mi propia mano la bauticé hace unos catorce años; fue la primera
criatura con la que ejercí mi sacerdocio. Yo era su padre espiritual y
esperaba sacar un día algo bueno de ella; y lo que aún me la hacía más
querida (y os digo la verdad) es que era vuestra. Sin embargo, mi
querida hija, en ¡ni corazón de carne, al que tanto duele esta muerte,
experimento cierta suavidad y paz, como un dulce reposo de mi espíritu
en la Providencia divina, que llenan mi alma de un gran gozo en medio de
la pena».
Si el obispo, a pesar de
su extremo dolor, permaneció dulcemente resignado, ¿cuál fue la reacción
de la Sra. de Chantal ante esta desgracia?
«Explicadme, querida hija
-le preguntaba san Francisco- qué queréis decir cuando me escribís que
en esta ocasión os habéis visto tal como sois. Decidme, os ruego: ¿es
que nuestra brújula no ha tendido siempre a su hermosa estrella, a su
astro santo, a su Dios? ¿Qué ha hecho vuestro corazón? ¿Habéis
escandalizado a quienes os han visto en este trance? Decídmelo
francamente, porque no apruebo que hayáis ofrecido vuestra vida ni la de
ninguno de vuestros hijos a cambio de la vida de la difunta. No, querida
hija, no sólo hay que
aceptar que Dios nos
hiera, sino que sea en el lugar que le plazca; hay que dejar la elección
a Dios, porque es a Él a quien corresponde.David ofrecía su vida por la
de su hijo Absalón, pero fue porque moría para su perdición; y en ese
caso sí debemos suplicar insistentemente a Dios. Pero en las pérdidas
temporales, querida hija, dejemos a Dios que toque y pulse la cuerda de
nuestro laúd que Él prefiera; siempre logrará un sonido armonioso.
¡Señor Jesús!, sin reservas, sin un `si...', sin un `pero', sin
excepciones, sin limitaciones, que se cumpla vuestra voluntad sobre el
padre, la madre, la hija, en todo y siempre. No digo que no tengamos que
desear y rogar que nos los conserve; pero decir a Dios: dejad esto y
llevaos lo otro, eso, querida hija, nunca debemos hacerlo. Y no lo
haremos, ¿verdad? No, hija mía, con la gracia de Dios no lo haremos»."
Y no le basta esta
resignación a la divina voluntad. Exige más del alma generosa a la que
sueña con llevar a la más alta santidad. La baronesa no sólo tiene que
adorar la voluntad de Dios en las cosas más insoportables, sino quererla
y amarla por encima de todo. Le pide, por ello, que haga un examen
particular sobre este punto una vez por semana.
«Creo ver en vos, mi
querida hija -le dice-, un corazón vigoroso, que ama y quiere con ardor;
cosa que mucho me agrada, porque ¿para qué valen esos corazones medio
muertos? Pero debemos hacer examen particular, una vez por semana, sobre
la forma de querer y amar la voluntad de Dios con más fuerza, o, más
aún, con mayor ternura y amor que a ninguna otra cosa en el mundo; y eso
no sólo en las ocasiones fáciles, sino también en las más
difíciles...».Sin duda, es preciso que la pura luz de la fe ilumine
semejantes simas, para que nos sea posible llegar hasta ellas. «Es
verdad, hija mía, que es ésta una lección muy elevada, pero Dios, que
nos la enseña, es el Altísimo. Tenéis, hija mía, cuatro hijos, un padre,
un suegro y un hermano querido; y, además, un padre espiritual. A todos
los queréis mucho, y ello es meritorio, porque Dios lo quiere. Pues
bien, si Dios os lo arrebatara todo, ¿no tendríais bastante con tenerle
a Él? ¿Verdad que estáis de acuerdo?».
Francisco de Sales había
prometido a su querida hija, «escribirle con algún detenimiento sobre la
obediencia y el amor a la voluntad de Dios», en cuanto tuviera tiempo.
No habían pa sado tres meses desde la muerte de Juana de Sales, cuando
la Sra. de Chantal recibió estas líneas del obispo: «Tenía muchos deseos
de escribiros algo sobre el amor a la voluntad de Dios... Cuando paseéis
sola, o en cualquier otro momento, pensad sobre la voluntad general de
Dios, por la que Él quiere todas las obras de su misericordia y de su
justicia tanto en el cielo como en la tierra, o bajo la tierra. Y, con
profunda humildad, aceptad, alabad y luego amad esta voluntad soberana,
santísima, justísima y buenísima. Después, contemplad la voluntad
especial de Dios, por la que Él ama a los suyos y obra en ellos mediante
consuelos y tribulaciones. Os será preciso saborearla, considerando la
variedad de consuelos y, sobre todo, de tribulaciones, que sufren los
buenos; y, enseguida, con humildad grande, aceptad, alabad y amad toda
esa voluntad. Pasad luego a considerar esa voluntad en vuestra persona
concreta, en todo lo que os sucede, bueno y malo, y en todo lo que pueda
sucederos, excepto el pecado; después, aceptad, alabad y amad todo ello,
reiterando el deseo de honrar, querer y adorar por siempre jamás esta
santa voluntad, poniendo a su disposición y entregándole vuestra persona
y la de todos los vuestros, uno de los cuales soy yo. Y, por último,
terminad con una gran confianza en esa voluntad, que todo lo hará para
nuestro bien y felicidad».
Olvidemos que estas
líneas fueron dirigidas a la baronesa de Chantal. Digamos que el obispo
las escribió también para nosotros. Y volvamos a leer esa página
admirable, tanto por el dinamismo de las ideas y el sobrio vigor de su
estilo, como por el hálito que rodea a esas estrofas, cuyo estribillo
nos prosterna por tres veces en la adoración de la voluntad divina,
haciéndonos aceptarla, alabarla y amarla, y nos lleva, en fin, más allá
de esta aceptación amorosa, hasta lograr la entrega absoluta de nosotros
mismos y de todos los nuestros a esta voluntad soberana.
¿El alma que se entrega
sin reservas a merced de Dios, podrá sentir temor? No. Muy al contrario,
se llenará de un sentimiento de gran confianza en la bondad de un Padre
que todo lo hará bien, porque quiere nuestra felicidad.
Este ejercicio debe
producir en nosotros una disposición permanente, un estado del alma. Por
ello, el obispo aconseja a la baronesa que «lo acorte, que lo varíe»,
como le resulte más conveniente. Entonces surgirá un latido y como un
grito espontáneo, que brota cien veces al día de un corazón total y
amorosamente sometido a la santísima voluntad de Dios.
«Ya casi os he dicho todo
lo necesario -concluye su carta el obispo-, pero quiero añadir que,
cuando hayáis hecho dos o tres veces este ejercicio de la manera que os
digo, podéis acortarlo o variarlo, adaptándolo como mejor os parezca,
pues hay que clavarlo en el corazón, como un impulso».'' Esto supone,
evidentemente, largos y perseverantes esfuerzos, porque la naturaleza se
resiste y se rebela ante tales renuncias. Francisco de Sales confiesa
que también él quisiera ser más dócil:«Que se haga su divina voluntad»,
escribe. Y, añade: «Yo quisiera ser aún más dócil para humillarme ante
esta soberana Providencia, y no sólo doblegar mis afectos a los
designios de Dios, sino además amar tierna y afectuosamente su sagrada
voluntad». Pero escuchad esta confidencia: «Debo haceros una pequeña
confidencia: no hay persona en el mundo que tenga un corazón más tierno
y afectuoso para sus amigos, que yo, ni que sienta más las separaciones.
Sin embargo, tengo en tan poco la vanidad de esta vida nues-tra, que
nunca me vuelvo a Dios con mayor amor que cuando me hiere, o permite que
me hieran. Hija mía, dirijamos nuestro pensamiento hacia el cielo y nos
libraremos de los accidentes de la tierra». El corazón de san Francisco
de Sales está totalmente penetrado de amor a la voluntad divina. A
ejemplo suyo, y siguiendo sus enseñanzas, esforcémonos en amar la
voluntad de Dios. Entonces gustaremos la suprema felicidad.
«¡Oh, qué felices son las
almas que viven sólo de la voluntad de Dios! Si al saborearla un
poquito, con una consideración pasajera, siente tanta paz interior el
corazón que acepta esta santa voluntad, con todas las cruces que ella
presenta, ¡cuál no será la paz que experimenten las almas totalmente
sumergidas en la unión a esta santa voluntad!''.