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A principios del 1900
el escritor francés Paul Bourget, publicó varias novelas psicológicas de
feliz recuerdo. Una de ellas llevaba el título “El Discípulo”.
Su personaje, Roberto Greslou,
es “El Discípulo” de un filósofo moderno, llamado Antonio Sixto, en esta
historia ambientada en la Francia de fines del siglo XIX. Las obras del
maestro habían transformado al joven discípulo, cuya madre era de férrea
convicción católica y muy devota, en un escéptico de la religión, y en un
hombre de una fría moral determinista, cuyas acciones —y pasiones— son
parte ineludible del Universo, y en cuya conciencia no puede haber lugar
para el remordimiento. Continuador de Descartes y de Kant, el maestro,
casi sin sospecharlo, había llevado a Roberto a una disección de su propia
personalidad, en la que lo único real era su “yo” abstracto y pensante.
A la edad de catorce años,
Roberto comenzó a tomar afición por la literatura contemporánea, poco
después de quedar huérfano de padre; sus preferidos eran los autores de
novelas románticas, tales como, Balzac, Baudelaire, Heine, Stendhal y,
sobre todo, Alfredo de Musset, el cual hizo descubrir a Roberto “el
peligroso universo de la experiencia sentimental”.
Así predispuesta su alma, a
los diecisiete años, Roberto perdió la virginidad ante la seducción de una
criada. Luego de su segunda caída con la misma mujer, Roberto describió su
“esquizofrenia” de este modo: “Desde aquel día, al lado de las dos
personas que existían en mí, entre el adolescente fervoroso aún, formal,
piadoso y el adolescente romántico y fantaseador, nació y se desarrolló un
tercer individuo, sensual, asediado por los deseos más brutales”. La
adicción al sexo siguió su curso, pues a Mariana, —así se llamaba la
criada— siguieron el amorío con la esposa de un profesor del Instituto en
el que estudiaba (nótese cómo la adicción va rompiendo barreras), y la
relación romántica con la joven Carlota De Jussat, dama cándida y pura de
la nobleza, de cuyo pequeño hermano, Roberto era preceptor en el fastuoso
Castillo del Marqués De Jussat, en las cercanías de Clermont.
Su intención había sido
seducirla, pero él se auto-convenció de haberse enamorado de la dama,
cuando en realidad, la había manipulado y había jugado con sus
sentimientos. La joven enamorada, se decepcionó al leer en el Diario
privado de Roberto la descripción analítica de todo el proceso de
seducción del que ella había sido víctima.
El romance terminó, como toda
adicción, en una tragedia: Carlota se suicidó; Roberto, acusado de la
muerte de la joven, terminó en la cárcel, sin defenderse, para morir
también, si no fuera porque el Conde Andrés De Jussat, hermano de Carlota,
declaró su inocencia mostrando una carta de ésta en la que explicaba su
romance y deshonrosa caída con Roberto, y anunciando la terrible decisión
de quitarse la vida. Roberto fue absuelto, pero poco más tarde el Conde lo
asesinó de un balazo, vengando, con el más claro estilo pagano, la
deshonra de su desgraciada hermana. El maestro, por su parte,
comprendiendo las terribles consecuencias de su doctrina, terminó llorando
ante el cadáver de su pobre discípulo, mientras trataba inútilmente de
rezar el Padrenuestro ya olvidado.
1. Las ideas y
nuestros comportamientos
He aquí una terrible pero magnífica
descripción del poder de las ideas sobre nuestros actos. Viene al caso
aquella anécdota que relata Chesterton sobre un pequeño niño a quien
conoció en una plaza de Londres, mientras un rabioso ventarrón los
envolvía, agitando furiosamente las copas de los árboles y fastidiando al
crío que no podía jugar. En un momento dado, el pequeño se quejó a su
madre: “Pero ¿por qué no dejan quietos los árboles, así se detiene el
viento?”. Al igual que ese niño, reflexionaba Chesterton, piensan muchos
hombres y mujeres de nuestro tiempo. También ellos creen que son los
árboles, moviéndose a sí mismos como gigantescos abanicos, los que
producen el viento. Lo creen al menos cuando piensan que los hombres se
mueven siempre de modo espontáneo y completamente libre. Parecen olvidar
que, al igual que el viento agita los árboles, los hombres son agitados
por el motor invisible de las ideas que profesan. Los seres humanos y las
civilizaciones se mueven según las ideas que reciben y aceptan, y que
terminan por encarnarse en acciones. Cuando se piensa como un ateo, se
obra como un ateo; cuando se piensa como un materialista, se obra como un
materialista; cuando se piensa como un epicúreo, se obra como un epicúreo;
cuando se piensa como un egoísta, se actúa como si uno fuera el centro del
universo. Dime cómo piensas y te diré como obras, o como terminarás
obrando tarde o temprano.
Por fortuna, no siempre los hombres son
consecuentes con sus malas ideas como para que esta ley no admita
excepciones. Hay inconsecuencias benéficas. Por eso, hay egoístas que
hacen, accidentalmente, obras de filantropía, y hedonistas que pueden dar
buenos consejos. Pero estas son excepciones y las excepciones son “saltos”
de una regla general; no bastan para hacer buena a una persona.
Creo que todos podemos estar
sustancialmente de acuerdo, entonces, en que según lo que se piense, se
terminará por actuar en la vida. Al menos, así será ordinariamente. Por
supuesto, esto debe complementarse con la otra causalidad, la de la acción
sobre el pensamiento, que expresamos magníficamente en el dicho popular:
“si no se vive como se piensa, se termina pensando como se vive”. Pero
este punto debería ser considerado en otra oportunidad.
2. Las otras ideas:
las ideas subterráneas
Hasta aquí no tenemos nada nuevo. El
objetivo de estas reflexiones no apunta tanto a resaltar esta relación de
causalidad entre el pensamiento y la acción, cuanto a advertir una
realidad a la que solemos prestar poca atención a pesar de la importancia
que tiene para la educación. Me refiero al hecho de que, a menudo, las
ideas que manejan nuestros actos no son las que creemos profesar,
sino otros principios que subyacen escondidos en nuestra conciencia y
asechan amenazando constantemente nuestra libertad, hasta terminar, en los
momentos críticos de la vida, por convertirse en los principios rectores
de nuestra vida moral y espiritual.
Las llamo ideas subterráneas. Son
pensamientos, juicios, verdaderos principios doctrinales y morales, que no
asumimos conscientemente (y cuya presencia tal vez ignoramos), pero que
están y forman parte de nuestro modo de pensar y, tarde o temprano,
pueden terminar —como sucede de hecho— por tomar el mando de nuestras
acciones.
Debo confesar que he comenzado a prestar
cada vez más interés por estas ideas subterráneas a partir del momento en
que mi trabajo pastoral me ha puesto en contacto con personas dominadas
por dolorosas adicciones y otros desórdenes afectivos o
afectivo-espirituales. Al tratar de entender por qué personas de una buena
o discreta formación intelectual y religiosa se encontraban postradas y
esclavizadas por un conflicto de difícil resolución, me he topado una y
otra vez con un común denominador: esas personas han venido guardando (tal
vez desde su infancia) en algún rincón de la conciencia ideas y principios
contrarios a las normas de fe que, por otro lado, creen aceptar como
cristianos o incluso como religiosos. Y esas ideas subterráneas, después
de ejercer un largo proceso de erosión, terminaron por conducir su
conducta.
Podemos considerar estas ideas como
parasitarias. Crean como un subyacente sistema cultural de
pensamiento, que está como oculto en el fondo de corazón, paralelo y a
veces contrario a lo que decimos y pensamos creer.
Para ser más exactos debemos decir que
todos nos formamos a lo largo de la vida, especialmente en los primeros
años de la infancia y en la adolescencia, un sistema de pensamiento, o
sistema cultural. Llamo así al conjunto de principios doctrinales y
morales que tiene cada uno de nosotros. Lo hemos ido forjando a lo largo
de los años con las enseñanzas recibidas de nuestros padres y maestros y a
veces con nuestro propio estudio y experiencia. Forman parte de él los
principios morales que nos han enseñado desde pequeños, como los diez
mandamientos, ciertas reglas de urbanidad y otros preceptos varios;
afirmaciones sobre Dios, el hombre y el universo, muchas de las cuales
hemos aprendido en el catecismo, en la escuela, en predicaciones y
lecturas. Sin embargo, como podemos constatar en muchos casos (y tal vez
muchos de nosotros pueda percibirlo en su propia experiencia personal) a
veces descubrimos en nuestro interior como si tuviéramos, sobre algunas
cosas, ideas duplicadas y contradictorias.
3. Algunos ejemplos
Veamos algunos ejemplos.
Hay personas que repiten con Cristo:
“Bienaventurados los pobres porque de ellos es el reino de los cielos”,
pero luego evitan de modo instintivo vivir pobremente, o se entristecen
enfermizamente cuando les falta algo. Entonces, para ellos ¿la pobreza es
una bendición o una maldición? ¡Probablemente las dos cosas! En el plano
de los principios aprendidos de sus maestros y repetidos conscientemente
la pobreza es algo deseable; pero en otro plano interior, profundo,
semiconsciente y nunca exteriorizado con sinceridad es un mal
vitando.
Del mismo modo, hay quienes piensan que es
muy hermoso lo que Jesús proclama: “Bienaventurados los perseguidos por
causa de la justicia”, pero pierden el color y desmayan ante la
posibilidad de sufrir la mínima contrariedad no sólo sobre sus vidas sino
incluso sobre su fama. Alguno tal vez piense que sólo se trata de miedo al
dolor. De hecho lo es, pero todo miedo implica una idea, un concepto que
califica como malo para esa persona alguna cosa, y por eso se produce la
reacción de miedo. Y si esa idea que reputa la persecución como un mal
aborrecible lo bloquea, paraliza y condiciona, entonces, no se trata de
algo de poca importancia.
Lo mismo ocurre con muchas verdades
dogmáticas. Decimos “Creo en Dios Padre”, pero actuamos como huérfanos de
Dios. “Creo en la vida eterna”, pero ante la posibilidad de la muerte
reaccionamos como si todo fuese a acabarse con ella. “Creo en la
Providencia”, pero vivimos dominados por la desconfianza. “Creo que Dios
nos ama”, pero luego dudamos que Dios, en todo cuanto nos sucede, busque
nuestro bien.
Recuerdo el diálogo entre dos personas de
la Iglesia. Una le preguntaba a otra, que estaba a cargo de una obra
apostólica económicamente muy costosa: “¿Cómo hacen para mantenerse?”.
“Nos ayuda la Providencia”, respondió el interpelado; a lo que el primero
replicó como si se le estuviese ocultando parte de la verdad: “¡Bueno, yo
también creo en la Providencia, pero a mí no me ayuda tanto!”. No dudo que
este último creyera en la Providencia, pues era una buena persona; pero en
realidad creía “no tanto”, lo que puede traducirse de esta manera: “su
idea de la Providencia era la de una Providencia limitada”, lo que es
teológicamente erróneo. Probablemente no era consciente de ello; pero así
era en efecto, y esto condicionaba muchos de sus actos. Tal vez por eso
Dios no lo ayudaba “tanto” como él se lamentaba; el problema no estaba en
Dios sino en él mismo, en su desconfianza y ésta en su mala concepción de
Dios.
Podríamos dar cientos de ejemplos de
personas que, a pesar de cuanto profesan en su fe, sin embargo, actúan
siempre condicionados por otras convicciones que no se atreven a
sacar a la luz ni, menos aún, enfrentar.
Hasta cierto punto lo reconocemos con un
dicho popular cuando decimos: “Yo no creo en las brujas, pero que las hay,
las hay”. Ese “no creo” es nuestro pensamiento explícito, consciente,
basado en ciertas enseñanzas (que pueden estar bien o mal, lo que no viene
aquí al caso) y que presume de serio y o científico; pero un cierto temor
a lo desconocido nos empuja a temer lo contrario, es decir, que
“las haya”. Cuando ambas creencias colisionen (y en algún momento lo
harán), por lo general, termina por triunfar la que está más profundamente
incrustada en el fondo de la conciencia.
Para ser justos debemos decir que no
siempre somos totalmente inconscientes de estas ideas subterráneas.
Las percibimos cuando afloran a nuestra conciencia en forma de miedos,
deseos, ansiedades, fobias, resentimientos, etc. Puede suceder que al
aparecer las consideremos sólo tentaciones o ideas locas que se nos cruzan
por la cabeza. En tal caso nos solemos limitar a relativizarlas o
reprimirlas. Sin embargo, esto no basta, pues siguen arraigadas y
arraigándose cada vez más en nuestra conciencia. Cuando vuelven a emerger
pero ya en situaciones límites, pueden aflorar totalmente y controlar
nuestras decisiones.
4. El origen
¿De dónde salen o cómo
se forman? Creo que pueden identificarse cuatro fuentes:
(a) Ante todo, el
primer semillero de estas ideas pueden ser las experiencias traumáticas de
la vida, especialmente durante la infancia: los conflictos familiares, el
divorcio o la separación de los padres, las situaciones de violencia
doméstica, las exigencias desmedidas por parte de los padres (que terminan
en fracasos por parte de los hijos), el aislamiento de los amigos y
compañeros en la escuela (por ser malos deportistas, malos alumnos, o por
tener un temperamento demasiado tímido), los abusos sexuales, la ausencia
paterna o materna durante la infancia o la adolescencia, el tener padres
punitivos e incluso crueles, el sufrir a padres inmaduros, narcisistas o
inadecuados, los miedos no solucionados (incluso temores baladíes como el
miedo a quedarse solo, o el pánico a la oscuridad, o la vergüenza ante las
burlas), etc. El Dr. Joseph Nicolosi y su esposa han puesto de relieve la
influencia de varias de estas causas en el origen de las tendencias
homosexuales en los niños y adolescentes.
(b) En segundo lugar, los juicios
erróneos y falsos que pueden recibirse accidentalmente o bien
deliberadamente y que tal vez nunca han sido clarificados como corresponde
y que, por ese motivo, terminan por volverse convencimientos. Pueden tener
por objeto a Dios (pienso en aquellos que dicen a niño: “¡Dios no puede
quererte!”), sobre la misma persona (¿no hemos escuchado muchas veces la
expresión “¡eres peor que Judas!”?; ¿y cómo nos podemos sorprender después
que haya personas que se crean aborrecibles?), sobre el sexo (ya sea
cuando se lo banaliza o se aplauden groserías, o, por el contrario, cuando
se lo carga de tintes oscuros o se lo tacha de sucio o pecado sin
matices), etc. En situaciones de este tipo tenemos el origen, por ejemplo,
de muchos temperamentos escrupulosos, perfeccionistas, timoratos o, por el
contrario, mundanos. Un caso emblemático es el del escrupuloso quien, por
las causas más diversas, ha llegado a forjar ideas subterráneas realmente
parasitarias; en efecto, el escrupuloso en el fondo (¡y sólo en el fondo
porque no es consciente de ello!) teme que Dios le ponga zancadillas, tal
vez esperando que olvide involuntariamente algún pecado o que un confesor
poco avispado no entienda lo que confiesa para darle un zarpazo y
condenarlo. Ningún escrupuloso expresaría así sus infundados temores...
pero ¿no son acaso como los acabo de describir?
(c) En tercer lugar tenemos la influencia
de las malas enseñanzas de falsos amigos, malos maestros, programas
educativos ambiguos o nocivos.
(d) Finalmente, se originan también en los
defectos propios de cada temperamento que, al no ser corregidos cuando y
como conviene, terminan por empujar al pecado y al vicio y acaban por
influir en nuestro modo de pensar.
5. Un ejemplo
clarificador
Para que esto se
entienda bien quiero poner un ejemplo muy diáfano. Es el de la influencia
que la idea del padre (y análogamente, la de la madre) tiene sobre el
concepto de Dios. El psicólogo norteamericano Paul Vitz tiene un estudio
titulado “La fe de los sin padre”, en el que analiza la psicología de
creyentes y ateos célebres. En ese libro pasa revista a personajes de
renombre como Nietzsche, Hume, Russell, Sartre, Camus, Schopenhauer, Freud,
Pascal, Newman, Kierkegaard, Chesterton, Don Bosco, y varios más.
La perspectiva de Vitz
es una critica a la teoría freudiana según la cual la idea de Dios no
sería más que una proyección que los hombres hacen de su propio padre. Los
hombres, según Freud, inventan a Dios sublimando o exaltando a su propio
padre. La teoría freudiana es, en este punto, contradictoria y absurda; no
me detengo en ella por razones de espacio. Pero, a pesar suyo, reviste un
notable interés, porque si bien es falsa cuando con ella se aspira a
esclarecer por qué los hombres creen en Dios, sin embargo, es una buena
explicación de por qué algunos hombres niegan a Dios. Por supuesto,
Freud nunca pensó en usarla con este fin, puesto que hubiera equivalido a
quedarse él mismo (ateo confeso) en paños menores. En el ensayo que Freud
dedicó a Leonardo da Vinci tiene esta expresión: “El psicoanálisis, que
nos ha enseñado la íntima conexión entre el complejo del padre y la
creencia en Dios, nos ha mostrado que el Dios personal no es otra cosa que
un padre exaltado (sublimado), y diariamente nos demuestra cómo
personas jóvenes pierden sus convicciones religiosas tan pronto como se
quiebra para ellos la autoridad paterna”.
Lo primero es falso, pero lo último, que pareciera habérsele escapado
inconscientemente a Freud de la pluma, podríamos suscribirlo
sustancialmente. De hecho cuando la figura paterna se quiebra en la
infancia o en la primera juventud, no es infrecuente que también se
derrumbe la idea que el niño o el adolescente tiene de Dios (es decir, sus
convicciones religiosas).
La autoridad paterna puede perderse para un
niño de muy diversas maneras: (a) puede suceder que el padre esté presente
pero sea débil, cobarde o indigno de respeto, aunque, por otro lado,
parezca simpático o cariñoso; (b) o bien puede estar presente pero ser
física, psicológica o sexualmente abusivo de sus hijos o violento con su
esposa, lo que finalmente también repercute en sus hijos; (c) finalmente,
puede estar ausente, por haber abandonado a su familia o simplemente por
haber muerto. Estas situaciones difieren mucho entre sí, y muchas personas
que sufren circunstancias como estas nunca caen en el ateísmo. Pero
también son muchas las que sí terminan por dudar de Dios, o por formarse
de Él una imagen deforme, o incluso por negarlo (y me parece que cada día
con mayor frecuencia). Indudablemente, hablamos de mayores riesgos, no de
determinismos. Esto tiene su razón: concebimos a Dios como la fuente de
nuestra existencia, como nuestro principio y origen, como el Ser que nos
envuelve y protege, que nos da la vida y nos guía. Todo esto se resume en
una palabra: “padre”. Y ese concepto (“padre”) todo ser humano lo forja a
partir de una figura y un rostro de carne y hueso, que es el ser que a él
le ha dado la vida. Es, pues, consecuente que tal cual sea nuestra idea
del padre, así también tenderemos a concebir a Dios. La imagen de un padre
bueno, cariñoso, firme y providente, fortalecerá nuestra comprensión de un
Dios que reúne de modo eminentísimo estas cualidades. Pero también la
imagen de un padre ausente, violento, duro, incomprensivo, incapaz de
cariño, humillador, etc., se ha de revolver contra nuestro concepto de
Dios. Paul Vitz llama esta explicación, la “hipótesis del padre
defectuoso” y asegura que explica algunos casos de ateísmo, y lo demuestra
con la biografía de muchos ateos prominentes, en los que se verifica
juntamente un profundo rechazo de Dios y un encono notable hacia su padre
terreno. Análogamente puede esto entenderse de la madre.
Pero en los casos en que esto sucede, tales
personas no suelen llegar al descreimiento, al abandono de la religión o
al ateísmo haciendo un razonamiento que podría sonar más o menos así: “mi
padre me abandonó, por tanto no me quería o no consideraba que yo valiera
tanto la pena como para quedarse a mi lado; es así que Dios se presenta a
sí mismo como Padre; por tanto, tampoco Dios debe quererme y me abandonará
tarde o temprano; en consecuencia yo no quiero tener nada que ver con Él”.
Es probable que sólo algunos pocos de los célebres ateos que han sufrido
en su infancia un padre o una madre defectuosos o abusadores hayan
razonado así o de algún otro modo. Podemos presumir más bien que las
experiencias dolorosas de abandono, lejanía, abuso o violencia han dejado
una impronta dolorosa en su alma; una huella que asocia la idea de padre
con la de sufrimiento, de vacío, de anhelo incapaz de ser colmado; y que
esa idea, introducida en su conciencia como una pequeña piedrita dentro
del zapato o una basurita dentro de un delicadísimo mecanismo de
relojería, ha ido mellando y astillando las convicciones más profundas
hasta terminar por influir en la manera de pensar, de ver las cosas,
especialmente todo lo relacionado con la autoridad, la providencia, el
amor, Dios y la confianza en los demás. En el confesionario y en las
consultas espirituales solemos encontrarnos con personas difidentes,
inseguras, temerosas, escrupulosas, dubitativas y descreídas, cuyos
defectos caracterológicos y espirituales echan raíces en este fondo de
malas vivencias infantiles.
Esto es lo que llamo ideas subyacentes o
subterráneas. Y no es una hipótesis de trabajo; es lo que he topado con
mucha frecuencia en mi experiencia apostólica.
Lo que he dicho del padre/madre puede
aplicarse a otras experiencias de la vida que tienen que ver con el dolor,
el mal, la sexualidad, etc.
6. Un sistema
parasitario
Decía más arriba que todas estas ideas
subterráneas terminan por conformar un verdadero aunque a menudo
inconsciente sistema cultural que muchas veces parece un sistema
parasitario, porque vive (o puede vivir) junto a otro conjunto de
creencias aparentemente ortodoxo y armonioso. Insisto en que lo llamo
“sistema cultural” porque entiendo que se trata de un conjunto de
principios y convicciones sobre Dios, el mundo, el prójimo, nosotros
mismos y las realidades que nos rodean. No se trata de una doctrina
compacta y estructurada, ciertamente, pero sí convicciones tal vez sueltas
e inconexas sobre Dios, la felicidad, la religión, el amor, el sexo, el
sufrimiento, la amistad, la vida, etc. Tal vez sea más adecuado concebirlo
no tanto como un sistema paralelo a otro sistema (por ejemplo, de todo lo
que nos han enseñado en el catecismo o en la escuela) sino de un conjunto
parasitario o mejor aún de caries de las verdades aprendidas en la
infancia. En efecto, estoy convencido de que hay personas que tienen ideas
cariadas así como tenemos muelas cariadas. Tal vea hayamos recibido
enseñanzas sublimes sobre Dios (como el Ser perfectísimo, creador del
universo) y sobre nuestra propia persona (como creatura amada de Dios y
destinada al cielo); pero si las malas experiencias de las que más arriba
he dado algunos ejemplos, u otras ideas perversas (como las que
diariamente nos llegan por la televisión, el cine, los periódicos o la
misma enseñanza escolar) comienzan a distorsionar, lesionar y oscurecer
estas verdades, entonces, terminan por cariarse. Y así como a veces una
muela que parece inquebrantable, pero está internamente picada por una
carie, al morder un hueso se parte torturándonos los nervios, también
estas ideas, puestas a prueba por el sufrimiento, la tentación, las
ocasiones de pecado o las crisis propias del desarrollo humano, terminan
por fragmentarse haciendo pedazos nuestra conciencia.
Tienen ideas cariadas sobre Dios quienes
creen que existe, pero está muy lejos y no se interesa de los hombres; que
es todopoderoso, pero no puede o no quiere impedir el mal. Los que creen
que Jesús es Dios y ha muerto en la cruz, pero el dolor y el sufrimiento
es algo escandaloso e incomprensible y piensan que hay que evitarlo a
cualquier costo. Los que creen que el hombre es creado por Dios, pero
absolutamente autónomo; que tiene alma pero dudan de su inmortalidad. Los
que piensan que Dios ha dado leyes sobre el sexo pero que sólo valen para
la generalidad de los casos y que en el fondo son poco menos que
imposibles de cumplir. Los que creen que el matrimonio es institución
divina, pero no indisoluble, etc.
Otros, lamentablemente, ni siquiera tienen
ideas cariadas; carecen de dentadura.
Cuando una persona tiene un sistema
cultural infectado, inevitablemente también se forja un “subsistema” de
juicios dañinos. Estos son un conjunto de pensamientos perjudiciales
sobre nosotros mismos que se deducen con rigurosa lógica de las antedichas
verdades parasitas o cariadas. No podría ser de otro modo. Si una persona
considera que Dios está muy lejos, razonablemente tiene que pensar que él
está muy solo y que no puede contar con Dios. Si piensa que Dios no puede
vencer el mal en el mundo, pensará que él está indefenso ante el mal; y si
piensa que Dios puede vencer el mal y no quiere, lógicamente pensará que
Dios, al dejarlo sufrir, no lo ama. Si piensa que no se puede confiar en
los demás (ni siquiera en sus padres), pensará que debe arreglarse solo.
Si piensa que el sexo es esencial para la felicidad, pensará que él no
puede ser feliz si no tiene sexo. Y si piensa que nadie puede amarlo como
es, pensará que deberá buscarse el sexo como sea, incluso contra la
voluntad de los demás. Y así tenemos personas que están convencidas de que
nadie los quiere, de que son inservibles, de que ellos no pueden ser
felices, etc.
Lo que debemos entender es que muchas de
estas personas no son conscientes o no son plenamente
conscientes de estos pensamientos. Si les preguntamos por sus
convicciones personales es probable que nos reciten una magnifica
exposición de la doctrina católica. Sólo cuando les hacemos notar que sus
actos concretos manifiestan convicciones muy lejanas de las que ellos
dicen tener, empiezan a descubrir ese mundo de convicciones subterráneas.
Es en ese momento y no antes —y a veces demasiado tarde— que pueden tener
la oportunidad de corregir sus pensamientos rectores tergiversados.
Estos sistemas culturales parasitarios y
sus subsecuentes juicios dañinos los hallamos en el fondo de todos los
desórdenes afectivos, de todas las adicciones a las drogas, al alcohol, al
juego y al sexo; de los problemas de atracción por el mismo sexo, de
muchos fracasos matrimoniales, de muchísimas familias divididas y
enfrentadas, y de la mayoría de los intentos de suicidio.
Para que se comprenda mejor lo dicho, y ya
casi terminando, quiero transcribir un testimonio que he recibido hace
pocos meses atrás:
Tengo dieciocho años. Me
atrevo a compartir con usted mi propia experiencia personal, para que
pueda comprender con mayor exactitud mi problema.
Mi familia es religiosa, lo
suficiente como para inculcarme que todo lo referido a lo sensual es
pecado. Desde niño tengo alcance a material erótico o pornográfico. Mis
compañeros y amigos hacían sus primeras experiencias de lo “prohibido”, y
se entusiasmaban por compartirlo conmigo. Mi curiosidad me llevó a probar,
y luego frecuentar, ese tipo de experiencias con revistas para adultos, y
lo mismo con transmisiones televisivas. Sentí culpa y opté por renunciar a
mis oraciones, ya que me daba vergüenza hablar con Dios. Me alejé de la
Iglesia y dejé de acompañar a mis padres a misa. Cuando fui adolescente,
comencé a practicar el vicio impuro solo. Para entonces tenía acceso a
Internet, y pude satisfacer todo tipo de curiosidades referidas al sexo. A
los dieciséis empecé a cursar confirmación y volví a lidiar con Dios. Al
finalizar el proceso, opté por aceptarme tal y como era. Vivía mi
pervertimiento sexual, sin que sea un obstáculo para mi relación con Dios.
Entonces me dispuse a recorrer un camino espiritual, permitiéndome algunas
licencias para lo referido a la sensualidad. Lo cierto es que siempre
estas prácticas me dieron una sensación de pecado. Intenté extirparlas,
pero fue en vano. Decidí limitarme a los actos sexuales solitarios, pero
de mi imaginación nacía siempre la inmoralidad sexual. Cuando me reprimía
por varios días, mi mente relacionaba mucho más frecuentemente con el
sexo. Cada vez sentía más deseos de actos sexuales y de actos cada vez más
pervertidos; por eso decidía siempre realizar actos sexuales solitarios,
ya que de lo contrario pensaba que terminaría haciendo otros peores.
Entiendo que la juventud de
mi generación; y la venidera, con mayor intensidad, viven experiencias
semejantes en cuanto al acceso de material pornográfico y a frecuentar ese
tipo de contenidos.
La idea de castidad y
abstinencia no me parecen más que abstracciones, ya que se alejan
demasiado de mi vida cotidiana, y de la de mis “compañeros de emociones”.
Sé que la inmoralidad sexual me produce un alejamiento de Dios, y si él es
compasivo, yo no lo soy. Quisiera, pero mi pecho señala la falta, y soy
consiente de ello. De cualquier manera, deseo animarme a vivir mi
sexualidad conforme a Dios y a mí mismo, como reflejo de un amor
auténtico.
Habrán notado que he hecho
de mi vida sexual una batalla entre la moral y la satisfacción, entre la
mente y el cuerpo. Pero existe un sentido en el que aún no hice pie, no
por falta de voluntad, y se refiere al corazón. Si hay una mano que puedan
extenderme para no sentirme abatido, se lo voy a agradecer. Si está
interesado en mi problema, le pido que responda este mail, y me explique
la manera de recibir ayuda.
He trascrito esta carta, bien escrita, por
cierto, tal cual la recibí, sin añadido ni supresión alguna. Analicemos el
caso. Este muchacho:
-
Considera su familia religiosa, o
sea, punto de referencia de su formación sobre las verdades
trascendentes. Por tanto, no duda de cuanto le pueden haber enseñado
allí.
-
Pero lo que dice haber aprendido de ella
es algo erróneo: “todo lo sensual es pecado”. Así, sin distinciones
entre primeros movimientos y actos consentidos, sin distinción del
afecto y el sexo, del sexo dentro y fuera del matrimonio, etc., es una
falsedad. Y esta falsedad ha desequilibrado la formación de la
afectividad y de la castidad en este joven. De hecho es el mismo error
de Lutero quien creía que todo movimiento de la concupiscencia, incluso
involuntario, es pecado. He aquí una idea subterránea que ha marcado su
conducta durante muchos años.
-
De este error se deriva su obsesión por
el sexo; porque deduzco que de su confusión entre sensualidad y pecado,
se ha seguido: (a) que esté angustiado por el pensamiento de la
sexualidad, temeroso de toda moción sensual; (b) con un sentido
permanente de culpabilidad; (c) y al sentirse incapaz de vencer sus
movimientos, ha terminado por abandonarse a todo desenfreno.
-
A partir de entonces su relación con Dios
se plantea como una lucha y una vergüenza. Él habla de “lidiar” con
Dios. Porque esto ha distorsionado su idea de Dios: Dios pasa a ser
quien manda lo imposible; o sea, un Legislador arbitrario. Eso mismo
pensó Lutero quien estaba convencido de que Dios nos mandaba lo que
sabía que no podíamos cumplir para convencernos de que somos pecadores e
impotentes. Dios, así entendido, evidentemente no es un Padre. Nuestro
joven no lo dice, pero eso es lo que en el fondo —tal vez
inconscientemente— siente.
-
De aquí pasa a deformar la imagen de sí
mismo. Dice que terminó por “aceptarse como era”; pero esto, en su
cabeza, quiere decir: rechazado de Dios, corrupto, pervertido y sin
esperanza de cambio.
-
Distorsiona también la idea de la
castidad, que es una pura abstracción, o sea, un concepto irreal.
-
Y finalmente termina por suscitar el odio
de sí mismo; como dice el joven autor de la carta: “no soy compasivo”
(conmigo mismo).
Es probable que este muchacho no sea
plenamente consciente de la idea distorsionada que tiene sobre Dios, sobre
la sexualidad, sobre sí mismo o sobre el perdón (o al menos de algunas de
ellas). Por la educación heredada en su casa y por la instrucción
religiosa recibida en su infancia y al prepararse para la confirmación
quizá sea capaz de dar definiciones acertadas sobre las verdades
fundamentales de la fe y la moral cristiana; pero también ha ido acuñando
en su corazón otros pensamientos, que sólo percibe confusamente, y que son
responsables de la incoherencia que experimenta entre su fe y su
experiencia personal y que lo esclavizan a sus vicios asolándolo y
hundiéndolo cada vez más profundamente. No puede dudarse del daño de las
malas ideas subterráneas.
7. Consecuencia
práctica
En conclusión, he querido, con estos pocos
párrafos, llamar la atención de los padres y educadores sobre la necesidad
de estar atentos a este nivel delicadísimo de la conciencia humana,
especialmente en la edad infantil y la adolescencia, al que muchas veces
no prestamos suficiente atención. No debemos cometer el error de creer que
formamos bien cuando nos limitamos a enseñar buenas doctrinas. Podemos
estar sembrando trigo puro en terreno salitroso. Si no se sanea el
terreno, la semilla muere o se ahoga después de echar los primeros brotes.
Hay que adquirir la capacidad de discernir
y descubrir las ocultas caries culturales que pueden afectar a muchos
seres humanos desde pequeños. ¡Cuántos problemas de la juventud y de la
edad madura se remontan a traumas infantiles que nunca han sido resueltos!
Traumas que más tarde bloquean el desarrollo psicológico y espiritual de
una persona sin que nadie sea capaz de intuirlo y sacarlo a la luz antes
que despedace el alma.
Debemos prestar atención a los miedos, los
juicios dañinos, las desconfianzas, las rarezas, los aislamientos, los
comportamientos aviesos y tantas otras cosas que vemos a menudo en niños y
no tan niños, y frente a los cuales no actuamos sino cuando es demasiado
tarde y ya estamos enfrentando crisis de identidad sexual, ideas de
suicidio, pérdida del sentido de la vida, dudas sobre Dios,
irreligiosidad, drogadicción, alcoholismo, desenfreno sexual y muchas
otras perturbaciones.
Debemos, pues, estar atentos sin
obsesionarnos, indagar y descubrir sin perturbar, y rectificar llevando
luz y serenidad a estas almas atribuladas. Sobre todo, llevándolas a la
vida de la gracia y la práctica de las auténticas virtudes, al
descubrimiento de la verdadera paternidad de Dios y a la ilimitada
confianza en su Amor y Providencia, que son capaces de transformar para
bien las vidas más duras y complicadas por el dolor.
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