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"Hoy quisiera hablar de la moral cristiana
respecto a la sexualidad, de lo que los cristianos denominan
virtud de la castidad: la virtud cristiana menos popular de
todas..."
La virtud cristiana menos
popular de todas
Hoy quisiera hablar de la moral cristiana respecto a la
sexualidad, de lo que los cristianos denominan virtud de la
castidad: la virtud cristiana menos popular de todas. Sin embargo,
no existe otra alternativa: «o matrimonio con fidelidad total a la
pareja o abstinencia total», dice la vieja regla cristiana.
Cumplir esto resulta tan difícil y tan contrario a nuestros
instintos que, o bien la Iglesia está equivocada, o bien nuestro
instinto sexual se encuentra desviado por completo.
A la luz de un ejemplo
Desde el punto de vista biológico, el fin de la sexualidad es la
procreación, igual que la razón de ser de la alimentación es la
nutrición. Si comiéramos siempre lo que nos apeteciera y cuanto
quisiéramos, la mayoría de nosotros lo haría en exceso, aunque no
indefinidamente. Una persona puede comer por dos, pero no por
diez. Aunque el apetito puede sobrepasar el fin biológico en
alguna medida, nunca lo hará desmesuradamente. Pero si un hombre
joven lleno de vitalidad, diera rienda suelta su apetito sexual
siempre que éste se presentara, creando en cada ocasión una nueva
vida, en el transcurso de diez años habría generado fácilmente un
pueblo entero. Esto sería un exceso de la función biológica
ridículo y contradictorio.
Veámoslo desde otro punto de vista. Resulta bastante fácil llenar
un teatro o una sala grande para presenciar un striptease
. Imaginemos ahora que vamos a un país en el que se ha llenado de
público un teatro con el fin de ver cómo se destapa en el
escenario un plato que contiene una chuleta de cordero o un simple
filete. ¿No pensaríamos que algo anda mal en el apetito de aquel
país? Y una persona que se haya educado en un mundo diferente al
nuestro, ¿no pensará que algo falla en el instinto sexual de
nuestra sociedad?
He aquí un tercer punto. Es difícil encontrar a una persona que
quiera comer cosas que no sean alimento, o hacer con ellos algo
que no sea comérselos. En otras palabras, es raro encontrar
perversiones en relación con la comida. Pero las perversiones del
instinto sexual son abundantes, difíciles de curar e inquietantes.
Siento tener que descender a tanto detalle, pero es necesario,
porque durante los últimos veinte años se nos han contado muchas
mentiras acerca del sexo. Se ha repetido hasta la saciedad que el
deseo sexual es igual que todos los demás deseos naturales, y que,
si pudiéramos olvidar tabúes obsoletos, todo sería perfecto. Esto
es totalmente falso. Al mirar los hechos y dejar a un lado la
propaganda, se advierte el engaño.
El sexo: ¿un tabú?
Se dice que el sexo ha caído en un estado caótico porque durante
mucho tiempo ha sido considerado como un tabú. En los últimos
veinte años ha dejado de ser un tabú, se ha hablado de él hasta el
agotamiento y, sin embargo, el desorden continúa. Si considerar el
sexo como un tabú hubiera sido la verdadera causa del problema,
éste hubiera desaparecido una vez salvado aquel escollo. Pero no
ha sido así. Más bien pienso que ha sucedido todo lo contrario. A
mi entender, la humanidad soslayó este tema en el pasado para
evitar precisamente que se convirtiera en un caos.
Hoy se repite a menudo que «el sexo no es algo de lo que haya que
avergonzarse». Esta afirmación puede querer decir dos cosas. La
primera interpretación sería la siguiente: «no hay por qué
avergonzarse del modo en que el hombre procrea y que además exista
un placer en ello».
Si es esto lo que se quiere decir, me parece razonable. Los
cristianos dicen exactamente lo mismo. El problema no está en el
sexo en sí, ni en el placer que conlleva. De hecho los padres de
la Iglesia afirman que si el hombre no estuviera caído por el
pecado original, el placer sexual sería aún mayor. Soy consciente
de que algún cristiano despistado ha podido decir que para la
religión cristiana el sexo, el cuerpo, o el placer eran malos
per se . Estaba equivocado. El cristianismo es,
prácticamente, la única religión que defiende el valor del cuerpo,
que cree que la materia es buena, porque Dios mismo tomó la forma
humana y que, incluso, en la vida eterna recibiremos un cuerpo
(glorioso) que será parte esencial de nuestro gozo y de nuestra
belleza y energía. El cristianismo ha glorificado el matrimonio
más que cualquier otra religión. La mejor poesía amorosa del mundo
ha sido escrita por autores cristianos. Por tanto, el cristianismo
rechaza la afirmación de que el sexo es malo por naturaleza.
En segundo lugar, al decir que «el sexo no es algo de lo que haya
que avergonzarse» quizá se quiera decir que «no hay que
arrepentirse de que se haya dado rienda suelta al instinto
sexual». A mi juicio tal afirmación es una equivocación. No hay
nada de malo en disfrutar de la comida, pero sería catastrófico
que medio mundo hiciera de la comida su principal objetivo en la
vida, y que se pasara días enteros mirando fotos de suculentos
manjares mientras la boca se les hacía agua. Con este discurso no
trato de decir que individualmente seamos responsables de la
situación a la que se ha llegado. Ciertamente nacemos con un
cuerpo que está predeterminado en este sentido, y crecemos
rodeados de una publicidad que no facilita la castidad. No faltan
quienes avivan nuestro instinto sexual con el fin de hacer
negocio, ya que es evidente que un hombre presa de una obsesión,
es un hombre muy débil frente a la publicidad.
Si quisiéramos curarnos realmente, podríamos. Cuando un hombre
intenta vivir de acuerdo con la moral cristiana, y se decide a
vivir célibe o a casarse con una mujer y serle fiel, puede que al
principio fracase, pero mientras se arrepienta y vuelva a empezar,
estará en el buen camino. No se hará daño, y si busca sinceramente
ayuda la encontrará. La dificultad está, por tanto, en querer de
verdad. En ocasiones es fácil pensar que se quiere algo, cuando en
realidad no se quiere. Una vez oí contar a un conocido personaje,
que se confesaba católico, que cuando era joven rezaba pidiendo el
don de la castidad. Pasados varios años se dio cuenta de que,
mientras en voz alta repetía: «Señor, concédeme el don de la
castidad», por dentro pensaba: «pero, por favor, no lo hagas hasta
dentro de algunos años». Esta oración, algo engañosa, se refiere
también a otros muchos asuntos que no siempre tienen que ver con
la castidad.
Quisiera añadir otros dos comentarios. No hay que malinterpretar
lo que nos dice la psicología a cerca de peligro de reprimir el
instinto sexual. Muchos no saben que «represión» es un termino
técnico. «reprimir» un instinto no significa tener un deseo y
reprimirlo; significa, más bien, que aquel impulso nos aterroriza
de tal manera que evitamos hacerlo consciente, y es en el
subconsciente donde empieza a causar problemas. Resistir un deseo
consciente es algo bien distinto y hasta ahora nunca ha sido
perjudicial.
En segundo lugar quiero dejar claro que el sexo no representa el
núcleo de la moral cristiana. Es erróneo pensar que el
cristianismo considera la lujuria como el vicio más importante.
Aunque los pecados de la carne son malos, son los menos malos. Los
peores placeres son siempre espirituales: el placer de dejar mal a
los demás, el de mandar, el de asumir un aire de superioridad, el
de tener como regla general contradecir a todos, los placeres
relacionados con el poder y el odio, etc. Y es que hay dos fuerzas
dentro de mí que pugnan contra el ser humano que quiero llegar a
ser: el «yo animal» y el «yo diabólico». Este último es el peor de
los dos. Por ello, probablemente, un hipócrita frío y convencido
de sí mismo esté más cerca del infierno que una prostituta.
Evidentemente lo mejor es no ser ni lo uno ni lo otro.
Sexualidad y convencionalismo
La virtud de la castidad no se debe confundir con una especie de
«convención social», es decir, con lo que la sociedad reconoce
como bueno o malo. Este tipo de sentimiento ético determina qué
partes del cuerpo se pueden enseñar, qué temas se pueden tratar en
una conversación, y qué palabras son las adecuadas de acuerdo con
la situación y con los interlocutores.
Mientras que el imperativo de ser castos permanece inalterable
para todos los cristianos y a lo largo de todos los tiempos, las
«convenciones sociales» pueden cambiar. Una indígena semidesnuda
de las islas del Pacífico y una señora de la época victoriana
perfectamente cubierta pueden ser igual de decentes según los
valores defendidos por sus respectivas sociedades. Algunas
expresiones aceptadas en tiempos de Shakespeare, sólo serán
utilizadas por mujeres de dudosa reputación en el siglo XIX.
Cuando alguien actúa en contra de las reglas sociales para
provocar un deseo sensual en sí mismo o en otros, está, al mismo
tiempo, actuando contra la castidad. En cambio, si hace aquello
inconscientemente, se le acusará tan sólo de mala educación. Con
frecuencia una persona puede escandalizar a los demás o ponerlos
en una situación incómoda mediante un comportamiento provocativo,
pero esto no implica necesariamente una falta de castidad; tal vez
sí, una consideración hacia los demás. Qué duda cabe de que es una
falta de consideración y cariño divertirse a costa de poner al
otro en una situación embarazosa.
Tampoco creo que un concepto de decencia especialmente estricto,
incluso exagerado, sea señal de castidad o un medio adecuado para
practicarla. En este sentido, me alegra esa cierta liberalización
que se ha ido implantando en los últimos años. Sin embargo,
todavía existe el inconveniente de que personas de diferentes
edades y procedencias no siempre coincidan al señalar lo que está
o no permitido. Por eso es difícil tomar una decisión o adoptar
una línea de actuación determinada. Mientras reine esta confusión,
las personas de más edad o aquellas más próximas a la tradición
deberían evitar un juicio precipitado y concluir que la gente
joven y emancipada está pervertida, cuando quizá sólo estén
comportándose mal. Tampoco los jóvenes deberían tachar de
puritanos a los mayores cuando éstos tengan dificultades a la hora
de aceptar los comportamientos de hoy en día. La solución de la
mayoría de los problemas reside en el recto deseo de pensar
siempre bien del otro.
Respecto al ejemplo que puse más arriba, un crítico argüía que si
en un país existieran espectáculos de striptease a base
de chuletas de cordero, llegaría a la conclusión de que la gente
de aquel país se estaba muriendo de hambre. Con ello quería decir
que los espectáculos de striptease no son señal de
perversión sexual, sino de hambre sexual. Hasta cierto punto le
doy la razón. Un striptease de chuleta de cordero puede
significar escasez de alimentos. El paso siguiente es analizar el
índice de nutrición de aquel país. Si no hubiera hambre, entonces
habría que buscar otras razones para el striptease .
Esto mismo se puede aplicar a los espectáculos de striptease
de nuestros escenarios: antes de llegar a la conclusión de
que responden al hambre sexual es preciso demostrar que la
abstinencia sexual es hoy en día mayor que la de épocas en las que
no se conocían tales espectáculos. Demostrar esto es,
sencillamente, imposible. Los preservativos han «abaratado» el
costo de satisfacer el deseo sexual dentro del matrimonio, y han
hecho más segura la relación sexual fuera de él. La opinión
pública es cada vez más comprensiva con las relaciones
extramatrimoniales e incluso con los casos esporádicos de
adulterio. Además esta teoría del hambre sólo es una de las muchas
explicaciones posibles. Todos sabemos que el deseo sexual, como
ocurre con cualquier deseo, aumenta con su satisfacción. El
hambriento sueña con una mesa llena de alimentos, pero el que ha
caído en la gula también lo hace.
Tres dificultades
Existen tres razones por las que hoy resulta especialmente difícil
desear una castidad plena, y más aún, alcanzarla.
En primer lugar nuestra naturaleza caída se alía con los demonios
que nos tientan y con toda la publicidad erótica para darnos la
impresión de que los deseos que intentamos resistir son tan
«naturales», «sanos» y «racionales» que no satisfacerlos es algo
perverso y anormal. Posters , películas, novelas, todo
ello contribuye a vincular la idea de la satisfacción sexual con
el concepto de normalidad, de juventud, de vigor, de animación,
etcétera. ¡Esta conexión es falsa!
Como toda mentira, también ésta tiene su parte de verdad, en
concreto, la idea de que el sexo en sí, dejando a un lado
cualquier tipo de perversiones y exageraciones, es un hecho normal
y sano. El error está en afirmar que la satisfacción inmediata del
deseo sexual es siempre algo normal y sano. Esto es un
contrasentido desde cualquier punto de vista, no sólo desde el
punto de vista cristiano. La satisfacción de todos nuestros deseos
lleva consigo impotencia, enfermedad, celos, mentiras y farsa:
todo lo contrario de salud, buen humor y normalidad.
También en nuestro mundo muchas cosas buenas tienen como precio la
abstinencia. Por ello afirmar que cualquier deseo, cuando es muy
intenso, es natural y debe ser satisfecho, no tiene ningún
sentido. Cualquier persona normal y civilizada debe tener unos
principios según los cuales elige qué deseos quiere contener y
cuáles quiere satisfacer. Quizá uno actúe guiado por principios
cristianos, otro por higiene y un tercero por normas sociales. Es
entre estos puntos de vista donde existe conflicto, y no entre el
cristianismo y la naturaleza. La naturaleza (en el sentido de
«deseos naturales») ha de ser dominada y frenada en muchos
momentos si no queremos destrozar nuestra vida. Ciertamente los
principios cristianos son más estrictos que los demás, pero si
decidimos seguirlos, contaremos con una ayuda que no tendríamos en
ningún otro caso.
En segundo lugar, muchos ni siquiera intentan vivir la castidad
porque lo consideran imposible. Creo que cuando se intenta
conseguir algo no hay que plantearse desde el principio si se
puede o no alcanzar. En un examen cabe plantearse si contestar una
pregunta opcional o no, pero habrá que dar respuesta a todas las
preguntas obligatorias. Una contestación mediocre tendrá más
puntuación que dejar la pregunta en blanco. Así hay que actuar en
la guerra, al practicar el alpinismo, o cuando aprendemos a
patinar sobre hielo, a nadar o a montar en bicicleta. Al final
llegamos a hacer cosas de las que nunca nos habríamos creído
capaces. Es increíble lo que uno puede hacer cuando no le queda
más remedio que hacerlo.
En tercer lugar: para vivir la castidad, como un amor absoluto, se
requiere algo más que el simple esfuerzo humano. Es preciso acudir
a la ayuda de Dios. Quizá después de pedírsela nos dé la impresión
durante mucho tiempo de que no la recibimos o que quizá es poca
para la que necesitamos. No debemos desanimarnos. Detrás de cada
caída hay que pedir perdón, levantarse y volverlo a intentar. En
muchas ocasiones Dios no nos da la virtud misma, sino la fuerza
para no rendirnos. Porque si la castidad (la fortaleza, la
sinceridad y, en general, cualquier virtud) es importante, mucho
más importante es la actitud de quien se empeña en un continuo
volver a empezar. Esta actitud nos cura de todas las falsas
ilusiones que podamos tener, y nos enseña a confiar en Dios.
Aprendemos así que no nos podemos fiar de nosotros mismos, ni
siquiera en los mejores momentos y, por otra parte, nos damos
cuenta de que no hay motivo para la desesperación, porque nuestros
errores están perdonados. Lo peligroso es pactar con nuestra
mediocridad.
Publicado en el nº 11 de Atlántida
Traducción: Ana Halbach.
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