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En
1930 Wilhem Reich publicó, con el título de
La revolución sexual,
el libro que lo haría famoso algunas décadas más tarde. La tesis de
fondo consistía en afirmar simplísticamente que el hombre una vez
que satisfaga todas s us
necesidades físicas (que para Reich son todas sexuales) alcanzará la
felicidad. Reich es uno de los tantos que llevan, como escribía Del
Noce, el sello de «inventor de la felicidad».
Reich murió olvidado, en 1957, en la penitenciaría federal de
Danbury, Connecticut, Estados Unidos, condenado por contumacia
criminal fraudulenta. Según el dictamen del psiquiatra
penitenciario, corroborado por otros médicos admiradores y
seguidores de Reich, era un paranoico o un esquizofrénico
progresivo. Para algunos llegó a este estado por anublamiento de la
conciencia, convirtiéndose en un anestésico moral.
Sin embargo, su antorcha fue recogida en la década del sesenta por
los movimientos
beat
y
hippy,
y, en el campo de la educación sexual contemporánea, las tesis
reinantes pertenecen en gran medida a aquel paranoico clínico
estafador del gobierno americano y de todos los que creyeron en él.
Años más tarde, a comienzo de la década del ochenta, Hans Nestius,
presidente de la Asociación Sueca para la Educación sexual, y uno de
los pioneros en aplicar a la sociedad (sueca) ideas del corte de las
reichianas (dedicando a ello más de veinte años), confesaba que sus
esfuerzos por lograr una sociedad feliz a través de la liberación de
los tabúes sexuales, no había engendrado otra cosa que una sociedad
infeliz.
Hoy, tres lustros más tarde, los sollozos de Nestius se revelan como
lágrimas de cocodrilo: nuestra sociedad está cada día más
estrangulada por el fenómeno de la pornografía y de su ideología
interna (el sexo sin fronteras morales) y asume, como el camaleón,
modalidades nuevas que escapan a la misma imaginación torcida de
todos los fieles vástagos de Freud. Me propongo examinar, con la
brevedad requerida por un mero pantallazo, el problema del fenómeno
pornográfico y su sustrato ideológico, psicológico y moral.
1. La pornografía
Pornografía, pornográfico y pornógrafo, en su origen etimológico,
designaba «la pintura y al pintor o escritor de la prostitución». En
sentido estricto es la obscenidad exhibida a través del lenguaje
escrito, pero el uso común -e incluso jurídico- lo aplica a
cualquier ostentación del mismo género a través de dibujos,
fotografías, espectáculos, etc.
También suele decirse que es «la literatura de la desviación sexual»,
ya que la pornografía alimenta las diferentes desviaciones sexuales
(dichas en general
parafilias)
como el exhibicionismo, voyeurismo (excitación a través de la
curiosidad), fetichismo (excitación por medio de fetiches o símbolos
sexuales), travestismo, pederastia (la búsqueda de la sexualidad con
niños del mismo o del otro sexo), homosexualismo, sadomasoquismo (la
excitación sexual a través de la crueldad activa o pasiva), la
necrofilia (que halla satisfacción sexual en ver, tocar o mutilar
cadáveres); al punto tal que existe pornografía especializada
(literatura, revistas, películas, videos y boletines) para cada una
de las diferentes parafilias.
En
tal sentido, la pornografía es un fenómeno de degradación
reduplicativa, una especie de «prostitución de la prostitución».
A la degradación propia del envilecimiento de la sexualidad y del
amor humano, le añade la comercialización, el escándalo provocado,
la intención degeneradora del prójimo.
Cuando hablamos de comercio de la sexualidad, usamos el término
sexualidad
de modo impropio. En efecto, la pornografía no tiene relación alguna
con la auténtica sexualidad humana, sino propiamente con la
genitalidad. La sexualidad es algo mucho más amplio que engloba las
dimensiones genéticas, físicas, psicológicas y espirituales del
individuo. La genitalidad se reduce sólo a la esfera biofísica. La
pornografía, en cuanto tal, es publicidad, exhibición u ostentación
exclusivamente de lo genital. Si usamos, pues, el término sexual,
vaya entendido en el sentido reductivo de genitalidad.
La
pornografía es, pues, un fenómeno de concentración obsesiva sobre la
genitalidad humana, y sobre todo lo que es capaz de incitar los
instintos biológicos con los que ella se relaciona. Es un fenómeno
que afecta (desordenando) pura y exclusivamente a la animalidad
humana y subvierte la realidad humana subordinando todo el hombre a
su esfera zoológica.
Más aún. El hombre «genitalizado» tampoco se reduce a lo
exclusivamente animal. Si renuncia a la función directiva y
ordenadora de su razón tampoco puede mantenerse en los límites de la
pura animalidad. La naturaleza humana es una naturaleza herida por
el pecado; por eso, al subordinar lo racional a lo animal se da el
primer paso para caer por debajo de la animalidad. Así como la
ferocidad hace a los hombres más crueles que las bestias salvajes,
del mismo modo, la depravación sexual no los hace «animales» sino
animales pervertidos.
La
pornografía, supone la degeneración del instinto sexual y añade algo
más. Su aspecto material lo constituyen propiamente hablando las
distintas anomalías morales (y en algunos casos psíquicas) de la
sexualidad, es decir la reducción del amor humano a genitalidad, y
el uso antinatural de la misma: homosexualidad, masturbación,
bestialismo, relaciones pre y extramatrimoniales. Lo formal de la
misma es la incitación a tales manifestaciones a través de canales
diversos: hay una literatura pornográfica, un cine pornográfico, una
prensa y una publicidad pornográfica, etc. Por eso, la pornografía
es también un negocio, una industria, un mercado, que explota todas
sus posibilidades y que maneja anualmente varios billones de dólares.
2. De la pornografía «clásica» al
sexo «virtual»
La
pornografía como fenómeno cultural comenzó como publicidad de la
prostitución. En cuanto tal fue y es un fenómeno propio de las
sociedades moralmente decadentes: prostitución ha habido en todas
las épocas, pero ofrecerla como producto publicitario ha sido propio
de las civilizaciones que entran en lo que los hindúes llaman el
Kali-yuga, y que nosotros designamos simplemente como la decrepitud
de la civilización.
De
este modo hizo acto de presencia en el declinar griego y romano y
desapareció parcialmente, como fenómeno de masas, con el afirmarse
del cristianismo. Según se dice, habría comenzado a reaparecer en
los siglos XVI y XVII, junto a la desintegración de la formalidad
cristiana de la sociedad.
1) Los cauces «tradicionales» de la pornografía
La publicidad del desenfreno sexual fue evolucionando a la par que
cambiaban y se sofisticaban los medios por los cuales se podían
alcanzar las grandes masas.
De
este modo, ha habido desde antiguo una
literatura
pornográfica desarrollada en los diversos géneros: el ensayo, la
poesía, el teatro escrito, la novelística. En algunos casos se trata
de pornografía vulgar, propia de una cierta literatura
under,
del submundo; otras veces, es ideología pornográfica, como los
escritos de Freud, Reich, Sade. Sin forzar mucho el género
deberíamos ubicar también aquí cierta literatura de divulgación
pseudo-científica de gran alcance en la incauta sociedad actual. Se
trata de aquellas
revistas educativas
que «enseñan» a «ser padres hoy», «cómo educar a los hijos», a «ser
mujer», «vivir en pareja», etc. La mayor parte de ellas tienen una
orientación exclusivamente freudiana y
transmiten
los principios del libertinaje sexual amparados bajo el «manto
sagrado» de la psicología, de la pedagogía o de la medicina. Así,
por ejemplo, un artículo de la Revista
Mujer,
titulado
Información sexual.
Cuánto pueden entender los chicos,
asesorado por la Licenciada Viviana Vammalia, enseña que es «obligación
de los padres hablar de los anticonceptivos después de tocar el tema
de la menstruación con las hijas [poco antes había dicho que este
tema debe tocarse a partir de los 9 años], o con los varones que
tienen de 11 años para arriba». Afirma también que «en las chicas,
los métodos más aconsejables son las píldoras y el diafragma... En
los varones, un profiláctico debe ser tan obligatorio como el uso de
un diafragma en las chicas». También aconseja hablarles a los hijos
de la homosexualidad: «es aconsejable explicar que así como las
mujeres se enamoran de los hombres y los hombres de las mujeres, se
casan y tienen hijos, hay personas que únicamente se pueden
relacionar bien con otras personas del mismo sexo». Termina tocando
el tema de la masturbación para decir: «de ninguna manera los padres
deben condenar la masturbación en el chico o en el adolescente. Es
una parte sana y natural del conocimiento de uno mismo». Este es un
ejemplo tomado al azar de innumerables que abundan; se trata, sin
lugar a dudas, de algo más pernicioso que un vistazo hecho a una
revista
Playboy
o
Penthouse,
porque este tipo de publicaciones no apuntan tanto a exacerbar los
instintos cuanto a prostituir la inteligencia.
La
pornografía ha usado y usa también la
música.
Ya sea a través de la letra, o de sus ritmos condicionantes y
excitantes, o de sus melodías que afectan a la sensualidad humana.
Otro tanto puede decirse de la
danza
o
baile
en aquellas manifestaciones en que se hace expresión de movimientos,
gestos y posturas de significado explícitamente sexual.
En
las
artes gráficas
es tal vez donde ha tenido una de las más intensas expresiones,
hasta el punto tal que muchos identifican pornografía con «revistas
pornográficas». Es ésta una de las industrias más conspicuas de
nuestro tiempo, en gran parte en manos de la
Cosa Nostra.
Junto a la pornografía propiamente dicha habría que colocar aquí el
fenómeno que podríamos denominar
publicidad erotizada.
Hoy por hoy, aun para vender una gaseosa o una corbata, parece
necesario que venga de la mano de una señorita que muestre una buena
porción de sus carnes. No hace mucho tiempo atrás nuestra sociedad
se vio envuelta en una tímida polémica en torno a una nueva variante
de la publicidad erotizada: el caso de las modelos plubicitarias que
alguno bautizó con el nombre de
«Lolitas».
Son adolescentes (algunas hasta de 12 años) que unen su mentalidad
infantil a un precozmente evolucionado cuerpo de mujer, las cuales
se están constituyendo, con el consentimiento o la complacencia de
sus padres, en auténticos, como suele decirse,
sex-simbols.
En su momento, el filósofo-psicólogo judío Jaime Barylko escribió al
respecto: «... las
Lolitas...
saltean las etapas que van de la niñez a la juventud. Evidentemente
hay un desborde de lo físico sobre lo psíquico que engendrará
conductas esquizoides:
el cuerpo se vuelve ajeno porque está sólo para ser expuesto a la
mirada de otros. No es un cuerpo para ser vivido... Durante mucho
tiempo la sensualidad y la sensibilidad se han ido degradando al
punto que por un exceso de motivaciones eróticas bajó el nivel de
excitación. La salida fue buscar elementos novedosos de
estimulación. Así nacieron las
Lolitas,
un fenómeno que a los ojos del observador está ligado a la
sexualidad más depravada».
Nuestra desvergonzada sociedad terminó dando carta de ciudadanía a
las mencionadas modelos en el campo de la publicidad de las revistas
de «mundo», negándose a plantearse aquello que no quiere ver: esas
«niñas-mujeres» no venden ropa interior, sino la sensualidad que
-consciente o inconscientemente- ellas simbolizan, y fomentan en sus
consumidores la perversión sexual. Así lo reconocía un simple
publicista: «Las chiquitas que salen en posturas eróticas ofrecen
una sensualidad perversa que tiene que ver con la fantasía de la
virginidad y las primeras experiencias sexuales».
¿Quién cargará luego las culpas? ¿Ellas, sus padres, nuestra
sociedad?
Otra vertiente es el
cine.
Y esto con todas las variantes imaginables. Tenemos desde la
pornografía «cotidiana» (ese «mínimo» que parece no faltar en
ninguna película), que sirve para «enganchar» un público
profundamente hedonizado, hasta la industria fílmica propiamente
pornográfica, que vende principalmente sexo (aunque algunos informes
dicen que como industria está en baja).
Esta a su vez en varios niveles: el cine pornográfico «suave», o sea
sólo pornografía (hetero u homosexual); el cine pornográfico «duro»:
el sexo violento, sadomasoquista; el cine pornográfico diabólico o
satánico, que combina el gusto por el terror con la pornografía más
crasa. Al cine hay que asociar la industria del
video
que permite consumir este tipo de pornografía a quienes no se animan
a asistir a las salas «restringidas» donde se proyectan.
En
este orden también debemos mencionar la
televisión
que en muchas familias desempeña el papel, como dice el Santo Padre,
de «niñera electrónica».
Esta tiene a su favor el poder abrir terreno o crear la demanda
pornográfica a través del exhibicionismo sexual que parece
componente necesaria de la mayor parte de la programación
contemporánea. Los programas de entretenimientos parecen
inconcebibles sin «vedettes» colaboradoras; y los mismos programas
infantiles son dirigidos, por lo general, por señoritas que parecen
escapadas de un teatro de revistas. El niño, el joven y el adulto,
reciben diariamente a través de la televisión (películas, programas,
cortos publicitarios) un auténtico bombardeo psicológico, en su
mayor parte compuesto de pornografía, violencia, valores subvertidos
y desinformación: «La televisión puede también perjudicar la vida
familiar: al difundir valores y modelos de comportamiento falseados
y degradantes, al mandar en onda pornografía e imágenes de brutal
violencia; al inculcar el relativismo moral y el escepticismo
religioso; al dar a conocer relaciones deformadas, informes
manipulados de acontecimientos nuevos y cuestiones actuales; al
transmitir publicidad que explota y reclama los bajos instintos y
exalta una visión falseada de la vida que obstaculiza la realización
del mutuo respeto, de la justicia y de la paz».
La
televisión por cable
ha abierto nuevas perspectivas, con el recurso de canales
«codificados» con programación exclusiva o fundamentalmente
pornográfica.
Finalmente, desde hace ya varios años, la pornografía ha
comercializado para sus fines, el
servicio telefónico.
La oferta de «líneas calientes» llenan páginas de algunos de los
periódicos más vendidos del país. Poca repercusión tuvo, en cambio,
la controversia que este tema ocasionó hace un tiempo en los Estados
Unidos cuando algunas encuestas demostraron el masivo uso que hacían
y hacen de los «teléfonos eróticos» no ya adultos solitarios, sino
una gran masa de niños dejados en la soledad por confiados padres.
2) El sexo en la era de la informática
¿Se abren campos nuevos en las «costumbres» sexuales de nuestros
contemporáneos? El proceso de descomposición que supone la
desvirtuación del verdadero «amor humano» no tiene de por sí ningún
límite establecido. Físicamente cuando una gangrena se apodera de un
organismo vivo, no se detiene por sí sola: ¿quién establecerá un
límite natural a su avance? Comerá tejido por tejido y órgano por
órgano hasta la muerte del individuo. Lo mismo vale para todos los
planos humanos: perdido el verdadero sentido del amor, y reducido
éste a genitalidad animal, ¿qué límite podemos poner? Del amor para
siempre, al amor por un tiempo, de la unión total entre hombre y
mujer, a la relación homosexual o lesbiana; de aquí al sexo entre
las especies, el bestialismo. Los pasos ulteriores de la cadena
pasan ahora por los avances de la informática.
Se
habla ya de sexo tecnológico, de cibersexo (sexo cibernético), de
ciberporno (pornografía cibernética), sexo virtual. Es el sexo de la
era computarizada.
Ya no hacen falta dos seres vivos (heterosexuales, homosexuales o
heteroespecíficos) sino un ser humano y su computadora. Por esta vía
transita la nueva dimensión pornográfica. De hecho, en un informe
publicado en Inglaterra en 1994, se establece que la pornografía por
computadora afecta al 10% de los colegios secundarios británicos, y
además ya está presente también en las escuelas primarias. Según las
cifras oficiales del mismo país (que son inferiores a la realidad)
el 2% de los niños entre 5 y 11 años ya han «tragado» pornografía
informática alguna vez.
Debemos, distinguir, sin embargo, dos manifestaciones emparentadas
entre sí, pero distintas a la vez: la pornografía informática y el
sexo «virtual».
a) La pornografía informática.
Hoy en día se dispone de un auténtico «menú tecnosexual».
Así, por ejemplo, se comercian corrientemente:
-Versiones
para computadora de las revistas pornográficas.
Ya lanzó este tipo de productos la publicación norteamericana
Penthouse
(el 28 de febrero de 1995), la cual, según el vicepresidente
ejecutivo de los servicios de Internet, «tuvo infinidad de pedidos
aún sin haberla promocionado». La revista
Playboy
también ha anunciado su revista de imágenes «chicas a la red», donde
las mujeres mayores de 18 años podrán mandar sus propias fotos
desvestidas, a sus amigos de la red de computación.
-Juegos
pornográficos para computadora.
La compañía Macintosh ya ha lanzado «Valeria
Virtual»,
una «compañera» que habita en un compact disc, lista para desnudar
por el usuario. Otros juegos que menciona F. Arbiser son: «Ciborgasmo»
que ofrece imagen y sonido sexuales reales y envolventes; «Una
aventura erótica»,
un juego «de hogar» donde aparecen rubias con las cuales el
consumidor hace de fotógrafo pidiéndoles provocativas poses
«artísticas»; «Amor
muerte»:
con doce criaturas «hambrientas y movidas por el instinto animal con
un único deseo: devorar a una chicha de nombre Samora»; «Máquina
de los sueños»:
un pasillo con diez habitaciones en cada una de las cuales hay
distintas prácticas sexuales; uno puede contentarse con mirar por la
cerradura o, por medio de un botón, entrar e interactuar con los
personajes. Otros juegos de menor sofisticación son, por ejemplo, el
«stip
poker»
(del cual, según un entendido, se hacen 10 pedidos por cada 2
pedidos de juegos de ajedrez); el
tetris
con figuras de genitales femeninos y masculinos, y otros que obvio
deliberadamente mencionar.
-Conexiones
mediante un ciberespacio:
se trata de conexiones, vía telefónica (modem), y pagando una cuota
a los organizadores de alguna de las tantas redes especializadas,
con lo cual uno puede transmitir por computadora sonido, texto y
tacto a uno o varios compañeros abonados a la misma red. Según la
sofisticación del sistema que use se puede transmitir desde sólo
texto hasta imágenes, fotos y movimientos.
-Establecer
charlas privadas sobre sexo por modem y computadora.
Así se conoció en Estados Unidos el caso una abuela de 85 años que
disfrutaba seduciendo jovencitos sin informarles, obviamente, el
detalle de su edad.
b) El sexo virtual.
El sexo virtual introduce el campo de la sexualidad humana en el
mundo de la llamada «realidad virtual». La realidad virtual, que se
va extendiendo asombrosamente en el mundo de los juegos
computarizados, consiste en recrear tridimensionalmente la fantasía
elaborada por computación. Gracias a algunos elementos, como son el
casco tridimensional, auriculares y algunos accesorios más, el
usuario «entra» en otro mundo, el mundo de la fantasía, donde los
personajes y paisajes tienen cierta «realidad» para él. Por obra del
casco, y eventualmente de sensores, sólo un acto de reflexión puede
hacerte tomar conciencia de que todo cuanto lo rodea (ese mundo en
el que está «sumergido» y los personajes que giran a su alrededor)
no existe en la realidad. Ya no es una escena que aparece en la
pantalla de su computadora, sino que es un escenario donde él esta
dentro, y su fantasía lo rodea. Pueden colegirse algunos de los
efectos que esto puede ocasionar, y ocasiona de hecho, sobre la
psicología humana: pérdida del sentido de la realidad, ausencia del
sentido de relación, principios de estados paranoicos, disociaciones
de la personalidad, ocasionales brotes esquizofrénicos.
Ahora eso llega al campo del sexo. Al casco y los auriculares se
añaden -por el momento- guantes sensoriales y prótesis tecnológicas
para simular la unión sexual (para las mujeres un vibrador en forma
de cilindro; para los hombres, un tubo con un mecanismo de succión y
presión).
Los guantes conectados a la computadora desencadenan sensaciones
para el receptor, a través de los numerosos sensores. El guante
permite accionar en tiempo real las imágenes simuladas en la
pantalla y toma la forma (mediante bolsas de aire) del objeto que se
palpa imaginariamente. Si alguien ve la escena de afuera no ve más
que un hombre o una mujer acariciando el aire; para el que está
usando el tecnosexo es como si lo hiciera con un ser real. Como uno
lo definió, es «la muñeca inflable inteligente». Todo esto está, por
el momento, en estado de experimentación. Los guantes,
confeccionados por la empresa norteamericana «VPL Research» cuestan
9.000 dólares. Algunos laboratorios (en Estados Unidos y en Europa)
ya fabrican también un «body», es decir, una malla que cubre el
cuerpo entero, plagada de sensores, vibradores, difusores de calor y
palpadores. Con todo esto el hombre frente a su computadora puede
tener relaciones sexuales con el personaje que se representa ante él
y del cual puede tener «experiencias sensoriales»: tacto, gusto,
olfato, oído, vista. Por el momento cuesta 50.000 dólares, y sólo se
vende para investigaciones; pero según una reciente encuesta, el 20
por ciento de los norteamericanos lo hubiera comprado si fuese
económicamente accesible. En realidad no es más que una máquina
generadora de orgasmos, como el «Orgasmatrón» que Woody Allen
inventó en su película
El Dormilón,
en la década del setenta.
La realidad virtual permite a quien la usa realizar actos sexuales
con los más variados personajes: hombres, mujeres, niños, ancianos,
jóvenes o animales. Estos pueden ser imaginarios (Julio César,
Cleopatra o Kin Kong); o bien puede ser seres reales (amigos,
vecinos, personajes famosos) que uno introduce en su programa a
través de una fotografía. A su vez, puede modificar estos personajes
moldeando sus cuerpos a gusto del consumidor y hacer sobre ellos los
más sofisticados retoques tecnológicos que pueda uno imaginar.
También ofrece la opción de practicar el «sexo a distancia» con un
personaje real que se encuentra a su vez -en cualquier parte de este
planeta- conectado con idéntico equipamiento a su propia
computadora, y conectados primero por un modem.
Sus propagadores son entusiastas. Dice por ejemplo Lisa Palac,
directora de la revista norteamericana
Future Sex:
«Por primera vez en la historia de la humanidad todos podrán hacer
el amor: viejos, adolescentes, enfermos, tímidos, feos, podrán dar
rienda suelta a sus fantasías gays o heterosexuales».
Este es el erotismo tecnológico, el erotismo de una sociedad
asustada por el Sida, por el virus Ebola, y por todas las pestes que
seamos capaces de traer a este pobre mundo. ¿Será éste el último
paso de la descendente cadena? ¿En qué acaba? Algunos hablan incluso
de «enamoramiento» entre el hombre y su máquina, como le ocurre al
personaje de la anteriormente mencionada película de W. Allen, o
como le sucede al protagonista de la película de Ridley Scott,
Blade Runner.
En el fondo es «enamoramiento» de sí mismo y el repliegue más brutal
al que puede conducir la incomprensión y la negación del amor.
3. El contenido de la pornografía
Hasta el momento he hecho una presentación fenomenológica del
panorama de la pornografía contemporánea. Para poder elaborar un
juicio adecuado es necesario establecer el contenido del fenómeno
pornográfico.
1) El mensaje comercializado
Desde las últimas dos décadas, la industria pornográfica ha estado
comercializando agresivamente cuatro mensajes principales a través
de los productores de películas, televisión y publicidad gráfica:
a) La represión sexual no es saludable (entendiendo por «represión
sexual» el admitir y atenerse a cualquier conjunto de normas
éticas).
b) La fantasía regresiva y la promiscuidad son sanas (son, como
dicen algunos psicólogos, desahogos, etapas de crecimiento,
canalización de inhibiciones, liberación de los instintos).
c) La desviación sexual, incluyendo la homosexualidad, no es una
perversión, sino opciones sexuales libres.
d) El amor maduro nada tiene que ver con el misterio.
Como puede apreciarse, son cuatro tesis que contradicen
explícitamente el sentido común, la moral sexual natural y moral
revelada. No me detengo en este tema, pero me contento con señalar
que aunque sea expuesta en forma de
slogans
o
mensajes,
se trata, en definitiva, de la doctrina sexual de S. Freud y de W.
Reich.
2) Los comportamientos publicitados
Junto al mensaje ideológico que trasmite la pornografía, la misma
divulga determinados comportamientos sexuales que encarnan dicha
ideología. Es sintomático, a este respecto, que la pornografía
corriente no se contente con publicitar actitudes sexuales inmorales
pero que no suponen anormalidades psíquicas (como es el caso de la
prostitución, el adulterio, la fornicación). Por el contrario, un
simple vistazo a las publicaciones pornográficas más difundidas
muestra que los productos ofrecidos (y en algunos casos, el más
demandado por los consumidores) deben calificarse como
comportamientos sexuales patológicos, como ser:
a) El sadomasoquismo, es decir, la búsqueda de la excitación sexual
a través de la crueldad física, ya sea activa (sadismo) o pasiva
(masoquismo). No sólo se encuentra en las revistas más comunes, sino
que existen publicaciones que versan exclusiva o preponderantemente
sobre este tipo de pornografía enfermiza.
b)
La homosexualidad; no sólo en forma de pornografía homosexual, sino
como apología ideológica de la homosexualidad. En el transcurso de
pocas décadas, ciertos grupos interesados, han conseguido hacer
evolucionar el concepto que el vulgo tiene de la homosexualidad de
un modo que no deja de ser significativo: así, antiguamente la
homosexualidad era considerada, sin más, como un
pecado contra-natura;
a continuación la primera concesión que se hizo a los homosexuales
fue considerar su actitud como
criminal,
colocándola a la par de otros delitos más comunes; poco después ya
era tan sólo
inmoral;
la sensibilidad social se inclinó luego a juzgarla como un fenómeno
marginal;
de aquí se pasó a verla como
enfermedad;
más tarde como
desahogo;
ahora -en honor al pluralismo moderno- se habla de
estilo de vida.
¿El próximo paso será hacerla
obligatoria?
Como dijo un taxista al escuchar esto: «¡Eso sí que no lo voy a
permitir!».
c)
La pedofilia (relaciones sexuales entre adultos y niños del mismo o
de diverso sexo). Éste es tal vez uno de los fenómenos más
alarmantes por el crecimiento que está tomando en los últimos
tiempos. En las revistas pornográficas los niños y jóvenes son
representados una veces como principiantes pasivos, aleccionados
sobre comportamientos sexuales; otras veces participando activamente
en relaciones sexuales voluntarias con adultos. Entre los
victimarios se enumeran pederastas (que buscan relaciones sexuales
con pre-púberes), hebefílicos (interesados en púberes y
post-púberes) y una enorme cantidad de sujetos que buscan relaciones
con niños y adolescentes sólo porque ven en ellos víctimas débiles y
vulnerables (lo que buscan en realidad, según el psiquiatra Ismond
Rosen, es una relación de crueldad).
El
problema de la victimación infantil es realmente alarmante, por
cuanto, los sujetos que tienen esta tendencia son socialmente más
peligrosos que los agresores heterosexuales incestuosos y que los
violadores heterosexuales: un estudio de hace unos años atrás,
manifestó que los agresores incestuosos heterosexuales tenían en
promedio poco más de dos víctimas cada uno; los violadores
heterosexuales entre 5 y 6 víctimas cada uno; en cambio los
pederastas homo y heterosexuales entre 30 y 63 víctimas cada uno.
Una investigación realizada por Judith Reisman sobre las principales
revistas pornográficas (Playboy,
Penthouse y Hustler)
a lo largo de tres décadas
le llevó a descubrir que los niños estaban representados, sobre un
total de 683 revistas, más de 6000 veces, generalmente envueltos en
un contexto directamente sexual y violento. Los niños aparecen: 1675
veces desnudos o exhibidos con un adulto desnudo; 1225 veces
involucrados en algún tipo de actividad genital; 989 veces
involucrados en actividades sexuales con adultos; 792 veces se trata
de adultos representados como pseudo niños; 592 veces en situaciones
violentas; 267 relacionados con animales u objetos. Todo esto, dice
Reisman, es la «educación» que ha estado recibiendo gran parte de la
sociedad por más de tres décadas, y su mensaje es el siguiente: los
niños son seductores y están sedientos de sexo.
Una de las cosas más significativas según Reisman es el recurso a
los pseudo niños: mujeres semidesnudas con características
infantiles (rodeadas de muñecas, ositos de felpa, con zapatos de
nena, mamaderas, juguetes, etc.), adultos en pañales en posición
fetal en una mecedora y con el pulgar en la boca, o en escenarios de
cuentos de hadas. La investigadora piensa que esto responde a la
intención explícita de despertar estímulos sexuales pedófilos, aun
en aquellos que no sufren este tipo de perversión.
Junto con esto también se evidenció una manifiesta insensibilidad
hacia el abuso sexual y violento de los niños. Así en distintos
avisos se sugiere el sexo sadomasoquista de adultos hacia niños, o
de los hermanos entre sí.
Finalmente su estudio incluye otros elementos como la propaganda del
incesto entre padres e hijos, la promoción de la bestialidad, el
sadomasoquismo y las drogas.
El
incentivar el sexo entre adultos y niños es el objetivo de todos los
grupos organizados de pederastas como la Asociación Nortemericana de
Amor entre Adultos y Niños (ANAAN), la Sociedad René Guyon, la
Asociación Lewis Caroll, el Intercambio de Información Pederasta (IIP),
el Círculo de la Sensualidad de la Infancia (CSI), etc. El lema de
una de ellas (Sociedad René Guyon) es: «sexo antes de los ocho, si
no, es demasiado tarde».
No
pensemos que esto es un fenómeno que afecta sólo a clases sociales
aisladas de nuestra realidad. El 30 de julio de 1993, en Ginebra,
los Estados Unidos junto a otras 21 naciones, entre las cuales se
cuenta la Argentina, votaron a favor de darle estatuto consultivo,
ante el Consejo Económico y Social de la Organización de las
Naciones Unidas, a ILGA (Asociación Internacional de Homosexuales y
Lesbianas). Esta asociación, con sede en Bélgica, agrupa a varias
organizaciones que operan en favor del derecho al homosexualismo,
entre las cuales se encuetra NAMBLA (North American Man/Boy Love
Association), que promueve el «amor» sexual entre adultos y menores
del mismo sexo. Por esta razón ILGA aprobó en 1990 un acuerdo que
exige reconocer a los pederastas como «minoría sexual». A través de
estos medios, los pederastas esperan conseguir el reconocimiento de
sus «derechos», entre los cuales está el derecho a tener relaciones
sexuales, con «consentimiento», con niños de cualquier edad
(aboliendo las leyes actuales que protegen a los niños hasta
determinada edad contra el abuso sexual). NAMBLA también acepta como
miembros a pederastas que han sido encarcelados por cometer crímenes
sexuales contra menores y aconseja a los lectores de su boletín (NAMBLA
Bulletin)
sobre cómo evitar la vigilancia de la policía y de los padres de las
víctimas. El mismo boletín publica regularmente fotos de niños para
atraer el interés de sus lectores, así como testimonios de
pederastas, algunos de los cuales afirman haber tenido relaciones
sexuales con niños de hasta 6 años de edad.
4. Las leyes de la pornografía
La pornografía en cuanto difusión provocativa del instinto genital,
tiene sus leyes, fuera de las cuales, puede dejar de producir los
efectos buscados. Esto, sus difusores lo conocen bien, y por eso se
guian rigurosamente por las mismas. Algunas de ellas son:
1) La ley de la dosificación
El pornógrafo -conocedor de la capacidad de absorción pornográfica
del medio en que trabaja- dispensa la pornografía en las dosis que
puede tolerar la sociedad sin gran repulsa y escándalo. Mientras más
bajo sea el nivel moral de una sociedad, más predispuesto está para
grandes dosis de pornografía; mientras más alta sea su cultura
moral, se contentará con amagos y tanteos. Esto ya nos da un
criterio para juzgar los valores y niveles morales de la sociedad en
que vivimos.
2) La ley de la saturación
Psicológicamente está demostrado que la sensorialidad trabaja bien
dentro de umbrales de mínima y de máxima, y de acuerdo a un
determinado grado de resistencia. Más allá de estas medidas, las
respuestas a los estímulos son nulas o casi nulas. Ante la
saturación, su respuesta es cero y hasta de repulsa. En tal sentido,
los comercializadores de pornografía deberían manejar su negocio
según los índices de reacción y asimilación que observan en sus
consumidores. Sin embargo, esto sólo sería posible si hubiese una
monopolización de la industria pornográfica, pero como -a pesar de
la existencia de las grandes multinacionales de la pornografía- hay
pornografía a todos los niveles imaginables, esta ley no puede ser
sino mínimamente observada, razón por la cual, al bombardeo
pornográfico al que está sometida nuestra sociedad contemporánea
responde como efecto la saturación y asfixia de la misma sociedad
animalizada. Es por esta razón que en tantos estratos sociales la
pornografía, si no va acompañada, es normalmente seguida por la
búsqueda de experiencias nuevas, tanto por el lado de los
«triángulos amorosos» (especialmente cuando se trataba de tres
homosexuales), como por el de la drogadicción, y muchas veces
termina en el homicidio pasional o en el suicidio.
3) La ley de la novedad o del contraste
Para impresionar sensorial y psíquicamente hay que variar y renovar.
El pornógrafo logra este efecto por combinaciones pornográficas
insólitas y novedosas. Por su carácter repetitivo, la pornografía
tiene el gran inconveniente de embotarse, caer y volverse
«inofensiva», en el sentido, de perder su capacidad de excitación.
Señala G. Zuanazzi: «estamos en un círculo vicioso: estímulo e
inmunización; nuevo estímulo, mayor inmunización y más sutil
búsqueda de emociones. Es un juego de
bric-à-brac,
en el que está en juego el desastre sexual y la infelicidad humana».
Por eso, el productor de pornografía se ve exigido a buscar
constantemente formas nuevas, inexplotadas. Esta ley lleva, pues, a
sondear nuevos campos de degeneración: de la heterosexualidad, habrá
de pasar al campo de la homosexualidad, de aquí a la pedofilia, de
ésta al sadismo, y así sucesivamente.
4) La ley de la convergencia
El estímulo es tanto más eficaz cuanto por más flancos asalta
simultáneamente a la sensorialidad y al psiquismo humano. Si la sola
presentación escrita (literatura pornográfica) o fotográfica provoca
al desorden sexual, esto se multiplica al añadírsele el color, el
movimiento, la intensidad, la reiteración. Esto, indudablemente
exige la búsqueda incesante de nuevas combinaciones.
5. Los efectos de la pornografía
Evidentemente un fenómeno tal como el que estamos presentando tiene
muy serias consecuencias de orden moral, psicológico, social y
cultural. Mencionemos sólo algunos efectos puestos de manifiesto en
estudios realizados por diversos equipos de psiquiatras y
psicólogos.
1)
Produce insensibilidad ante los comportamientos desviados: disminuye
la sensibilidad masculina y femenina ante la violación y la
condición de la víctima violada; se ha constatado que a raíz del
incremento de la pornografía comienza a juzgarse a la víctima menos
agraviada de lo que realmente ha sido, menos digna y más responsable
de su propia situación.
2)
No sólo insensibiliza, sino que produce un aumento de interés
morboso en la desviación sexual.
3)
Aumenta la hostilidad y la violencia individual y social,
especialmente dentro de la actividad sexual. Poco a poco los sujetos
adictos a la pornografía comienzan a desinteresarse de la llamada
pornografía
soft,
suave o blanda (sin contenido violento), y empiezan a necesitar
pornografía
hard core,
dura, violenta, para alcanzar los mismos niveles de excitación que
tenían tiempo atrás. Es tristemente aleccionador el ejemplo de
Theodor Robert Bundy,
proveniente de una familia normal, graduado en psicología y
abogacía, con unos prometedores pasos en la carrera política, pero
que, al ser ejecutado el 24 de enero de 1989 en la silla eléctrica
de la prisión del estado de Florida, dejaba tras de sí 31 mujeres
estranguladas y violadas, luego de haberlas sometido a la tortura y
al horror. Antes de enfrentar la muerte hizo declaraciones que nunca
deberían olvidarse: «a los 12 o 13 años comencé a encontrar material
pornográfico en los negocios, y me convertí en un adicto
obsesionado. Mientras fui creciendo, mi adicción me llevó a consumir
material de violencia sexual. Finalmente llegó el punto en que nada
de lo que viera me satisfacía. Pensé sobre esto durante casi un
año... Entonces decidí dar el salto trágico de matar a una mujer. No
podía creer lo que había hecho... Me sumí en una profunda depresión
durante los próximos seis meses... Pero luego eso desapareció. La
locura sexual regresó y maté nuevamente... esta vez el remordimiento
fue menor... Ustedes me van a matar, y eso protegerá a la sociedad
de mí mismo. Pero allí afuera hay muchas personas adictas a la
pornografía, y ustedes no están haciendo nada».
4)
Aumenta el apetito por pornografía cada vez más rara, grotesca y
desviada. Los sujetos analizados, dice un investigador, informan no
estar satisfechos con el material que ya les es familiar; necesitan
material más raro, grotesco y desviado, incluyendo representaciones
de sadomasoquismo y violación.
5)
Sobre el matrimonio la pornografía blanda conduce, dice Jennings
Bryant,
a la insatisfacción sexual tanto en hombres como en mujeres, y esto
los torna insatisfechos con el comportamiento sexual y la apariencia
de su propia pareja; conduce también a la desvalorización y
menosprecio de la monogamia y a la falta de confianza en la
viabilidad y duración del matrimonio como institución.
6) Puede conducir en muchos casos al suicidio. Investigaciones
hechas por el FBI han determinado que muchas revistas pornográficas
se convierten en guías para la llamada «muerte auto-erótica»,
especialmente en adolescentes. En efecto, algunas de estas
publicaciones describen actos sexuales realizados con el excitante
adicional de arriesgar la vida; así ha ocurrido (repetidamente en
Inglaterra y Estados Unidos) el caso de jóvenes que han realizado
actos masturbatorios teniendo al cuello una soga de nudo corredizo,
para experimentar qué se siente hacer sexo al borde de la muerte; en
más de un caso murieron ahorcados. Esto demuestra, por otra parte,
la falta de realismo y la puerilidad de aquéllos que pretenden
alejar a los jóvenes de comportamientos considerados de «riesgo»
informándoles de los peligros a los que se exponen, u ofreciéndoles
vías «menos riesgosas» (como se está haciendo respecto del SIDA con
las campañas que promueven el «sexo con preservativo» o la
drogadicción con «jeringa descartable»). Esto implica el no darse
cuenta de que en muchos ambientes modernos, decepcionados de los
placeres que se tornan monótonos y repetitivos, el riesgo y el juego
con la muerte, es parte de la atracción buscada y, en algunos casos
(relacionado, especialmente con la droga), se convierte en parte de
un auténtico «ritual».
6. Juicio psicológico y moral
1) El juicio moral
Es claro que el juicio moral que hemos de hacer respecto de la
pornografía y de los comportamientos que la misma supone, sugiere,
incita, ampara y publicita, es un juicio negativo.
Ante todo, el fenómeno que estamos analizando es intrínsecamente
perverso por su objeto, es decir, por la relación que tales
manifestaciones sexuales publicitadas tienen con el verdadero bien
integral de la persona humana. El hombre considerado en su verdad
integral, en sus inclinaciones naturales, en sus dinamismos y sus
finalidades materiales y espirituales, es totalmente subvertido por
los comportamientos sexuales promovidos por la pornografía. Es
contradictorio con el bien humano, el bien de la persona humana,
todo comportamiento extramaritral, adultero, fornicario u
homosexual. Es decir, todos aquellos comportamientos donde no se
salvaguarden los bienes fundamentales de la heterosexualidad, la
fidelidad, la donación total (que incluye la apertura a la vida),
que son esenciales al amor verdadero. Consecuentemente es también
inmoral el promocionarlos.
La heterosexualidad, la fidelidad y la donación total, sólo se
salvaguardan simultáneamente cuando la expresión sexual tiene lugar
dentro del matrimonio legítimamente constituido. Dentro de él, el
único comportamiento ético respetuoso del bien de los esposos es la
castidad conyugal (es decir, el ejercicio ordenado de la sexualidad,
como expresión y fomento del amor conyugal y de la apertura y
acogida de la nueva vida). Fuera del matrimonio, la castidad exige
la continencia absoluta.
A
este respecto bien vale una puntuación más. La castidad exige la
custodia no sólo de nuestros actos externos, sino de nuestra mente y
de nuestro corazón. La pendiente que hemos analizado comienza ante
todo en el terreno de las
fantasías sexuales,
es decir, en los pensamientos y en los deseos; los efectos de la
pornografía inciden principalmente en el terreno de la imaginación,
del pensamiento y de la volición; allí hacen su primera devastación
moral; sólo más tarde tendrá lugar el ejercicio externo de la
lujuria. Por eso Nuestro Señor condenó los mismos pecados internos
de lujuria:
Yo os digo que todo
el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su
corazón
(Mt 5,28).
Es
también perverso por su fin que consiste en la publicidad de tales
comportamientos y en despertar los bajos instintos, el sugerir el
pecado, el corromper directamente el pudor e inducir a la lujuria.
Con razón los pornógrafos han sido calificados por un psicoanalista
como «fabricantes de ansia».
Con tal intención se trata de un pecado de escándalo.
Es
perverso, finalmente, por las consecuencias y efectos que produce en
el individuo, en la familia y en la sociedad. Es parte de la
construcción de la «cultura de muerte» que caracteriza nuestra
sociedad contemporánea.
2) El juicio psicológico
Señala Gianfrancesco Zuanazzi
que si nos fijamos en la finalidad de la función biológica y en la
intencionalidad de la persona humana, resulta claro que
la sexualidad supera al individuo,
ya sea en el
plano biológico
en provecho de la especie, ya en el
plano psicológico
en el encuentro con «el otro». La norma de valor para la función
sexual es, pues, la
transitividad,
la superación del yo.
En este sentido, ser biológicamente capaces de reproducirse no
significa tener madurez sexual. El progreso sexual no es mera
perfección técnica, sino evolución armónica de funciones en el
respeto de los valores humanos; y la madurez sexual consiste en la
capacidad de llevar a cabo una elección, de vivirla y renovarla en
un acto de amor.
Es
propio del niño, durante sus primeros años, el cerrar sobre sí mismo
el círculo de sus propias impresiones, adoptando actitudes
defensivas, negativas y de oposición. El ser humano, al superar esto
adquiere la dimensión transitiva y trascendente. Cuando, en cambio,
no queda superada la actitud egocéntrica característica de la
infancia, se cae en la
neurosis.
Y de modo concreto, cuando la sexualidad se queda en una dimensión
posesiva, opositiva o competitiva, sin convertirse en oblativa, se
convierte en una sexualidad de tipo
neurótico.
En estos casos no es raro que aparezcan disturbios funcionales, que
son el resultado, y no la causa, de tantos fallos: el amor es el que
justifica la función sexual y renueva el deseo.
Dramática es la situación cuando no se trata de casos aislados sino
de un fenómeno de amplias dimensiones, como el que analizamos. Sigue
indicando Zuanazzi que el éxito de las revistas pornográficas no se
debe simplemente a la imagen de la tapa, sino más profundamente,
a la imagen que la revista ofrece de «lo que significa ser hombre».
Todas estas canalizaciones pornográficas que hemos indicado más
arriba, no venden solamente «material» pornográfico, sino
«conceptos» pornográficos, «ideales» y «valores». Y esos canales
presentan, promueven e implantan un modelo humano que es, en el
fondo, el modelo de un hombre
enfermo
(y no nos referimos al homosexual, al sadomasoquista o al pederasta,
sino al consumidor «normal» de pornografía). Es un enfermo porque se
trata de:
-Un ser humano profundamente
utilitarista y antisocial
(hombres
misóginos
y mujeres
misándricas):
no aman sino que usan. Esto supone siempre
desprecio
o
menosprecio,
materialización e instrumentación del «otro».
-Un ser humano
antisexual.
Como indica Zuanazzi, las revistas de sexo son profundamente
antisexuales, porque en realidad diluyen y disipan la auténtica
sexualidad.
-Un ser humano
neurótico
y potencialmente peligroso: biológicamente desarrollado y
afectivamente retrasado; el erotismo pornográfico encierra el más
descarado egoísmo; y un egoísta -aquél para quien sólo importa su
propio ego, su bienestar, y está dispuesto a destruir todo lo que se
oponga a él- es un ser potencialmente peligroso.
-Un ser humano
frustrado.
Ha dicho A. Kaplan que la pornografía sólo se nutre de la
frustración. Esta expresión encierra una indiscutible verdad. La
pornografía es el alimento del frustrado, es decir, del hombre o la
mujer para quien el amor verdadero -y la auténtica sexualidad- ha
sido una experiencia de frustración. Las variantes sexuales que la
publicidad pornográfica le ofrece son «escapismos», caminos nuevos
en donde probar suerte. La degradación paulatina que es
intrínseca
a todo amor falso, demuestra que no hace más que aumentar la
experiencia de frustración. Es en este sentido que un autor dijo que
«la masturbación es la rúbrica que uno pone a su fracaso». Lo mismo
se diga para toda sexualidad que pervierta el amor verdadero.
-Un ser humano
psíquicamente pervertido
(al menos en potencia). Señalaba H. Bless en su clásico estudio
sobre la pastoral psiquiátrica
que con frecuencia los que tienen una vida sexual pervertida
(tendencias sadomasoquistas, fetichistas, exhibicionistas, pulsiones
al bestialismo, travestismo, homosexualismo, o a la necrofilia) lo
deben al hecho de haberse quedado en una fase infantil de su vida
apetitiva sexual. En ellos se han fijado formas infantiles de
satisfacciones eróticas. Esto suele ser causa del sentimiento de
insuficiencia, que puede fácilmente dar lugar a conflictos, los
cuales, a su vez, causan perversiones sexuales. A esto hay que
añadir como agravante los malos hábitos adquiridos durante la
juventud, y el condicionamiento que causa el ambiente pornográfico
de la sociedad actual: al que no nace con estos problemas, nuestra
sociedad se los ofrece o se los crea.
7. Colofón
Con estas páginas no he querido limitarme a presentar el sombrío
paisaje de la sexualidad contemporánea, sino a volcar la atención
hacia dos puntos focales.
El primero de ellos es dejar en claro que la perversión de la
sexualidad y la pornografía (es decir, la publicidad de dicha
perversión) es la adulteración del amor verdadero. Y que no hay
términos medios entre una realidad y otra. El amor verdadero no
tiene nada que ver con la sexualidad deformada, y ésta se opone
diametralmente al concepto de amor: tanto como un movimiento
centrífugo se opone a uno centrípeto. El egoísmo y el amor se
oponen, se niegan y se destruyen.
Lo segundo es dejar sentado que hay, si no podemos decir tanto como
un nexo de causalidad, al menos una «lógica interna» entre las
formas más superficiales de perversión sexual y las deformaciones
más graves y aun patológicas. Ciertamente que quien mantiene
relaciones adulterinas o prematrimoniales no termina necesariamente
en el sadomasoquismo, ni tiene por qué acabar siendo un consumidor
de «sexo virtual». Pero entre la falta del amor oblativo y de
fidelidad inalterada de las primeras, y el egoísmo enfermizo de los
últimos hay elementos comunes que nos permiten englobarlos en un
mismo fenómeno. Si decimos que no hay una relación de causa-efecto
es porque afirmamos la libertad humana, capaz de sobreponerse
siempre a las exigencias tiranizantes de una concupiscencia
desenfrenada. Pero cierta relación hay, y la conocen los vendedores
de pornografía, como hemos visto al señalar las leyes por las que se
rigen: ellos saben bien que puestos en la cuesta, las pasiones
exigirán a sus consumidores siempre más, y más en el sentido de
novedad, de grotesco, de deforme, hasta la patología. «Los hombres,
dice Chesterton, pueden establecer un cierto límite al bien. Pero
nadie ha sido capaz de guardar un límite para el mal».
¿Qué hacer? A mi modo de ver hay dos formas de enfrentar esta
situación, la primera consiste en sentarnos a contemplar la
corrupción moral de nuestra sociedad y dedicarnos a los vaticinios
catastróficos. Podríamos, y no sin razón, decir con el autor de
aquel anónimo medieval que ponía en boca del augur que contemplaba
la corrupción troyana:
¡Gente loca,
gente dura,
e qué poca
es la cura
que de vos mesmos avedes!
Mas bien sé yo,
malfadados,
bien yo veyo
por pecados,
que todos por end morredes...
La otra actitud consiste en sembrar en esta cultura de muerte, en
esta sociedad de muertos, gérmenes de vida, porque, como señala Juan
Pablo II: «este horizonte de luces y sombras debe hacernos a
todos plenamente conscientes de que estamos ante un enorme y
dramático choque entre el bien y el mal, la muerte y la vida, la
'cultura de la muerte' y la 'cultura de la vida'. Estamos no sólo
'ante' sino necesariamente 'en medio' de este conflicto: todos nos
vemos implicados y obligados a participar, con la responsabilidad
ineludible de elegir incondicionadamente en favor de la vida».
El mundo pagano que San Pablo fustiga duramente en su carta a los
Romanos, tan semejante al nuestro en muchos aspectos, fue purificado
por Dios de sus vicios suscitando en su seno -y de su seno- sangre
pura y sangre virgen. Es extraordinaria la lista de las jóvenes y
los jóvenes vírgenes que asombraron con su entereza al paganismo
lujurioso en los primeros siglos; las mujeres y hombres que vivieron
en plenitud su castidad matrimonial; los que hicieron de su cuerpo
templos puros para un Dios infinitamente santo.
El mismo paganismo reconoció el valor de la virginidad y de la
castidad. El hedonismo romano alabó a Lucrecia por preferir la
muerte antes que la ignominia; el sensualismo griego exaltó a
Penélope por su fidelidad indiscutida. El Imperio pagano de Roma
estaba convencido tanto de que su existencia dependía
ineluctablemente de que no se extinguiera el fuego sagrado que ardía
noche y día en el templo de Vesta, cuanto de que éste sólo podía y
debía ser custodiado por vírgenes: en el fondo la supervivencia del
corrupto imperio dependía de la virginidad.
Decía Chesterton que la virtud no es ausencia de vicios o la
evitación de peligros morales; la virtud es algo vívido y destacado,
como el dolor o como un determinado aroma. Misericordia no significa
no ser cruel o evitar a la gente venganza o castigo; significa una
cosa clara y positiva como el sol. Castidad no es abstención de
desvíos sexuales; significa algo flamígero.
El hedonista y el lujurioso es un hombre triste y, en definitiva,
escéptico: su boca está llena de palabras como «placer, libertad,
deleite, satisfacción, felicidad, amor». Pero, en el fondo, no cree
en nada de eso. No cree en la felicidad, porque no puede tener
experiencia de ella. Para el puro, en cambio, esos términos tienen
sentido, y él tiene experiencia de ello. Parafraseando a Agustín
podría decir: «dame un corazón virgen y él me entenderá».
En otro tiempo, dijo un autor, virtud significaba fuerza y gracia, y
su resplandor hacía huir a los demonios. También en nuestro tiempo
significa eso. Y serán los hombres puros, los esposos castos y las
jóvenes vírgenes quienes harán huir a los demonios de nuestra
sociedad.
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