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Biografía
Enrique
Rojas, catedrático de Psiquiatría de la Universidad Complutense de Madrid
(Facultad de Psicología) y director del Instituto Español de
Investigaciones Psiquiátricas, pertenece a la generación de médicos
humanistas que tanta tradición ha tenido en España y en el resto de
Europa.
Premio Conde
de Cartagena de la Real Academia de Medicina de Madrid por sus trabajos
sobre la depresión, y Médico Humanista del Año en España (1995), su obra
ha sido traducida al francés, italiano, ruso, portugués, turco, inglés y
alemán. Sus trabajos de investigación se han centrado en dos temas: las
depresiones y la ansiedad.
Ha diseñado
dos escalas de evaluación de conducta para medir la ansiedad y el riesgo
de suicidio. Sus ensayos han abordado la sexualidad, las crisis conyugales
y la voluntad. De todos ellos, los siguientes han sido publicados con gran
éxito: Una teoría de la felicidad, Remedios para el desamor, La
conquista de la voluntad. El hombre light, El amor inteligente, La ilusión
de vivir, ¿Quién eres? y Los lenguajes del deseo.
INDICE
PRÓLOGO
I.
DEFINICIÓN Y CLASES DE VOLUNTAD
Definición
Elegir es
anunciar y renunciar
La
motivación
Clases de
voluntad
II.
EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD
¿Qué es
educar?
Educar a
una persona es entusiasmarla con los valores
La educación de la voluntad está compuesta de
pequeños vencimientos
El hombre
con voluntad llega en la vida más lejos que el inteligente.
El hombre
con poca voluntad está siempre amenazado
El hombre
que lucha está siempre contento
PRÓLOGO
Por fin he podido hacer realidad un viejo sueño: escribir
un libro sobre la voluntad; un tema bastante olvidado por la psicología
moderna.
Para mí la
voluntad es casi tan importante como la inteligencia. Cuando ésta
ha adquirido fuerza y vigor, nos ayuda en el empeño de conseguir los
ideales de la juventud y, también, los de la madurez; a continuar hacia
adelante cuando surgen dificultades y los vientos son contrarios a
nuestros deseos.
Marañón, en
sus Ensayos liberales, decía que el modo más humano de la conducta juvenil
es la inadaptación y a eso se le llama rebeldía. Cuando la voluntad está
educada, el hombre de cualquier edad se vuelve joven, lozano y con mucho
heroísmo en su comportamiento. Es la aspiración de llegar a ser un hombre
superior.
La voluntad
es el cauce por donde se afirman los objetivos, los propósitos y las
mejores esperanzas, y sus dos ingredientes más importantes para ponerla en
marcha son la motivación y la ilusión. La primera arrastra con su fuerza
hacia el porvenir; la segunda es la alegría de llevar los argumentos de la
existencia hasta el final.
Entre la
motivación y la ilusión radica la razón de proponerse mejorar en
cuestiones pequeñas: es decir, hago lo que debo, aunque me cueste, aunque
no lo entienda en ese momento. Debemos aprender a desatender esas voces
interiores que nos quieren llevar sólo a lo que nos apetece o nos gusta, o
hacia lo que nos pide el cuerpo, alejándonos del trayecto adecuado.
Toda
educación de la voluntad tiene un fondo ascético, por eso está
estructurada a base de esfuerzos no muy grandes, pero tenaces y pacientes,
que se van sumando un día tras otro. No sólo se consigue tener voluntad
superando los problemas momentáneos, sino que la clave está en la
constancia, en no abandonarse.
Primero dar
un primer paso y luego otro, y más tarde hacer un esfuerzo suplementario.
De ahí surgen y allí es donde se forjan los hombres de una pieza; los que
saben saltar por encima del cansancio, la dificultad, la frustración, la
desgana y los mil y un avatares que la vida trae consigo.
El que lucha
está siempre alegre, porque ha aprendido a dominarse, por eso se mantiene
joven. Todo lo que es válido cuesta lograrlo. Pero merece la pena vencer
la resistencia y perder el miedo al esfuerzo. Hay que aprender a subir
poco a poco, aunque sean unos metros y no nos encontremos en las mejores
condiciones.
La voluntad
recia, consistente y pétrea es la clave del éxito de muchas vidas y uno de
los mejores adornos de la personalidad; hace al hombre valioso y lo
transporta al mundo donde los sueños se hacen realidad.
CAPÍTULO I
DEFINICIÓN Y CLASES
DE VOLUNTAD
DEFINICIÓN
El estudio
de la psicología nos obliga a hacer hincapié y adentrarnos en uno de los
pilares de la condición humana: la voluntad. En nuestro patrimonio
psicológico hay muchos elementos que configuran una diversidad de
contenidos, pero unidos y entrelazados por un mismo motivo: hacer del
hombre un ser superior. Para ello son necesarios los requisitos de
libertad, afectividad, conocimiento... y, por supuesto, la voluntad.
Etimológicamente, voluntad procede del latín voluntas-atis, que
significa querer. El origen de este término se remonta al siglo X;
después, en el XV, aparece la expresión voluntario (del latín
voluntarius); y también conviene señalar la acepción procedente del
latín escolástico, volitio-onis.
Tras esta
descripción etimológica de la palabra voluntad, hay que decir que ésta
implica tres cosas: la potencia de querer, el acto de querer y lo querido
o pretendido en sí mismo. Desde un punto de vista académico, se pueden
establecer dos distinciones:
a)
la
simplex voluntas, que se refiere al fin que nos proponemos;
b)
voluntas consiliativa, que menciona los medios utilizados para conseguir
aquel objetivo o fin.
Estas dos clases de voluntad fueron consideradas
respectivamente como thélesis y boulesis en el pensamiento
posescolástico.
En el siglo
XIX aparecen dos palabras: noluntad y nolición, formadas a partir del
concepto latino nolle: no querer. De toda esta explicación podemos
extraer una primera aproximación para definir la voluntad: aquella
facultad del hombre para querer algo, lo cual implica admitir o rechazar.
Hay un
primer paso: la apetencia. Incluso hoy, en el lenguaje coloquial de los
jóvenes, se emplea con mucha frecuencia: «Me apetece» «No me apetece».
La voluntad
consiste, ante todo, en un acto intencional, de inclinarse o dirigirse
hacia algo, y en él interviene un factor importante: la decisión. La
voluntad, como resolución, significa saber lo que uno quiere o hacia dónde
va; y en ella hay tres ingredientes asociados que la configuran en un
todo:
1.
Tendencia. Anhelo, aspiración, preferencia por algo. Su origen etimológico
proviene de tendere, inclinarse, dirigirse, poner tirante, acción
de atender. Constituye una primera fase, que puede verse interrumpida por
circunstancias del entorno.
2. Determinación. Aquí hay ya distinción, análisis,
evaluación de la meta pretendida, aclaración y esclarecimiento de lo que
uno quiere.
3. Acción.
Es la más definitiva y comporta una puesta en marcha de uno mismo en busca
de aquello que se quiere.
La
tendencia, descubre; la determinación concreta, y mediante la acción
aquello se hace operativo. Por eso, la voluntad consiste en
preferir; lo esencial radica en escoger una posibilidad entre varias.
Antes de continuar hay que hacer una distinción muy
importante entre las palabras querer y desear.
Desear es pretender algo, desde
el punto de vista afectivo, sentimental, aquello que se manifiesta en la
vertiente cordial de uno, como una especie de meteorito, pero que no deja
huella, pues pronto decrece la ilusión que ha provocado en nosotros
Querer es aspirar a una casa
anteponiendo la voluntad, siendo capaces de concretar y sistematizar esas
espigas que aparecen de pronto y piden paso.
El deseo
se manifiesta en el plano emocional y el querer en el de la
voluntad; el primero se da en el adolescente con mucha frecuencia y no se
traduce ni conduce a nada o a casi nada; el segundo se produce, sobre
todo, en el hombre maduro y se materializa; tiene capacidad de conducir a
la meta mediante ejercicios específicos que se proyectan en esa dirección.
Voluntad es determinación.
ELEGIR ES ANUNCIAR Y RENUNCIAR
El acto de
la voluntad es bifronte, es decir, consiste en un acto de amor y de
decisión. Max Scheler, en su libro Esencia y formas de la simpatía
dice que la ley fundamental de la elección afectiva consiste en sentir lo
mismo que el otro, y cuando se trata de algo y no de alguien, la respuesta
es el amor.
El propio
Stendhal
dice que cuando una persona se enamora de otra, la elige para sí,
partiendo de la admiración, la esperanza y el estudio de las perfecciones
de esa otra persona... Así nace el amor y emerge la primera
cristalización; pero, como bien subraya este autor, con frecuencia, en ese
análisis sentimental se exagera una propiedad del otro, lo cual acabará
más adelante por echar a perder ese amor, es decir, la objetividad de los
hechos ponen de manifiesto que esa persona se había enamorado del amor o,
dicho de otra manera, había idealizado en exceso los puntos positivos del
otro.
Se pueden
describir varios tipos de amor.
1. El amor
pasión; por ejemplo, el caso de Eloísa y Abelardo, en el que todo se
desarrolla mediante un afecto vibrante, exaltado, vehemente. El entusiasmo
preside la relación, intercalada de fervor, ímpetu y cierta enajenación.
Desde el punto de vista psicológico, una de sus principales
características es que de alguna manera nubla o incluso anula la razón.
2. El amor
placer, que tanta importancia tuvo en el mundo y en la literatura francesa
del siglo XVIII. Hoy, en bastante medida, está vigente. Es el amor que
aparece mediatizado por la sexualidad e, inevitablemente, en él una
persona utiliza como medio de placer a la otra. En sentido estricto tiene
poco de amor auténtico, ya que no busca el bien del otro, sino sumergirse
y zambullirse en la experiencia de la voluptuosidad sexual; digamos que
podríamos denominarlo amor físico.
3. El amor
vanidad. Surge con frecuencia cuando ya han pasado los años juveniles; una
persona se pone a prueba, pensando que, a pesar de sus años, aún es capaz
de seducir a otra. Tiene mucho de reto personal y del manejo de las artes
de la conquista.
4. El amor
sentimental. Es el mejor de todos, está elaborado desde sentimientos
profundos y de pensamientos como: «No puedo prescindir de esa persona a mi
lado». No se concibe la vida sin esa persona, no tiene cabida en el
escenario mental propio. Ahí cuadra perfectamente aquella expresión
popular: «No entiendo la vida sin ti» o también aquella otra: «Eres mi
vida.» Por eso, donde más se retrata el ser humano es en la elección
amorosa.
LA MOTIVACIÓN
Pero
volvamos a nuestro tema: la voluntad. La esencia de la mejor elección es
la satisfacción. Se vive como gozo el haber escogido, hay alegría tras
haber tomado aquella dirección y no otra. Se practica el acto de ser
querido, el cual conduce a poseerse, a ser plenamente uno mismo, y por lo
que uno siente que se inclina hacia lo mejor.
Para que
todo lo anterior quede más claro explicaremos las fases de la elección:
1. Saber
el objetivo que pretendemos. Cuando queremos algo, hay que ser capaz
de perfilar muy bien aquello a lo que aspiramos. El adolescente, que aún
no está acostumbrado a renunciar -no sabe decir no-, quiere abarcar
demasiadas cosas y se dispersa, y la dispersión es la mejor manera de no
avanzar, por pérdida de energías.
En cambio,
cuando ya hay cierta madurez, uno es capaz de coger papel y lápiz para
concretar de forma clara lo que pretende. Sobra decir que no es lo mismo
hacer un plan de estudios, en una época relativamente cercana a los
exámenes, que modificar la irritabilidad del carácter o intentar ser más
ordenado.
2. La
motivación. Constituye el gran dilema de la voluntad. La voluntad
mejor dispuesta es la más motivada, la que se ve empujada hacia algo
atractivo, sugerente, que incita a luchar por perseguir esa meta lejana,
pero alcanzable.
El hombre no
puede vivir sin ilusiones. Ahora bien, ¿qué temas, qué cuestiones pueden
motivar al ser humano? KB. Madsen, en un libro clásico de psicología,
Teorías de la motivación, distingue cuatro tipos de teorías:
a) Las teorías biológicas y materialistas. Son
motivaciones biológicas la sexualidad y lo que de ella se deriva: los
placeres de la comida, la bebida, el bienestar por sí mismo.
b) Las
teorías psicológicas. Centradas en el conductismo, en la llamada
psicología cognitiva y el psicoanálisis.
c) Otras,
menos relevantes, las teorías sociales.
d) Las
teorías culturales, en las cuales quedarían incluidas las vertientes de
los valores y todo lo espiritual.
Para Freud
motivación era la liberación de los instintos y la superación de la
represión sexual. Para Paul T. Young, el psicólogo norteamericano,
la motivación estaba basada en la regulación adecuada entre los estímulos
externos y los internos, con relación a las demandas o los apetitos del
sujeto.
Para Tolman
todo se mueve entre un juego que se establece entre:
a)
las variables independientes, que son las que inician el
comportamiento;
b)
las
variables intervinientes,
determinantes para la conducta: la capacidad de cada uno, la forma de
pensar, las preferencias y las adaptaciones al medio ambiente.
En Allport la conducta es estudiada en unidades
específicas de comportamiento, por eso los motivos se adquieren con la
adaptación a la realidad. Por último, mencionaremos a uno de los padres de
la psicología moderna, Skinner, quien dice que toda la motivación se
establece en una relación de ida y vuelta entre premios y castigos; se
trata, por tanto, de una teoría radicalmente empírica, apoyada en la
observación de la conducta diaria.
Pero no hay
que olvidar que la línea entre lo que se manifiesta y lo que se oculta no
está clara, sino borrosa, desdibujada. Los psiquiatras tratamos de
descubrir el porqué de la trayectoria, tanto de fuera como de dentro; es
decir, amplificamos la conducta y la estudiamos.
Los
agentes motivadores son los que ponen en marcha la voluntad y la hacen
realidad, fácil, bien dispuesta, capaz de superar las dificultades, frenos
y cansancios propios de ese esfuerzo.
Motivación, por tanto, es ver la meta como algo grande y positivo que
podemos conseguir; pero desde la indiferencia no se puede cultivar la
voluntad.
Quizás el
problema resida en que muchas metas grandes para el ser humano son
excesivamente costosas y con comienzos muy duros. Ahí entra de lleno el
tema de los ideales o valores, cuya posesión nos alegra a todos; pero
hasta llegar a poseerlos hay que recorrer un camino muy empinado.
La paciencia
o el autodominio no se consiguen sólo pensando en ellos, sino después de
una batalla dura con uno mismo, a base de pequeños ejercicios repetidos
una y otra vez.
Estar
motivado significa tener una representación anticipada de la meta, lo cual
arrastra a la acción. De ahí emerge buena parte del proyecto personal que
cada uno debemos tener.
3. La
deliberación. Es el análisis minucioso de los medios y los fines.
¿Compensa hacer esto?, ¿vale la pena desgastarse para conseguir esa
empresa, ese proyecto, esa mejora en la personalidad, y en el plano de los
estudios o a nivel profesional?
Lo ideal es
que la motivación vaya acompañada de una lección de alguien que sea
portador de ese algo que motiva; o sea, debemos tener un modelo de
identidad, una persona a quien imitar, porque nos resulta atrayente,
sugestiva, con fuerza y nos llama la atención por ese algo, punto de
partida hacia nuestro cambio.
4. Por
último, está la decisión. Decidirse es querer. Estas dos últimas
etapas son esencialmente racionales, ya que comportan una tarea
intelectual de valoración. Sopesar, aquilatar, ver despacio el tema,
distinguir los diferentes componentes e incluirnos en ese esquema.
En
definitiva, juzgar, calificando lo que pretendemos. Todo ser humano se
mide y se aprecia por sus determinaciones. Se marcan éstas y después se
lucha por cumplirlas. El hombre maduro sabe trazarse objetivos concretos
en su vida, pocos pero bien configurados, y más tarde, pone todo el empeño
en alcanzarlos.
CLASES DE VOLUNTAD
La voluntad,
aunque aparezca como un todo, antes ha obedecido a unas intenciones o
concepciones; y dependiendo de éstas se puede hablar de seis tipos: según
la forma, según el contenido, según la actitud del sujeto, según la meta,
según la génesis y según su fenomenología.
1. Según la
forma. Nos encontramos con los siguientes subtipos:
a)
La voluntad
inicial,
que es aquella capaz de romper la inercia y poner en marcha la dinámica
del individuo hacia el objetivo que aparece ante él; si no hay constancia,
vale de muy poco.
b)
La voluntad
perseverante.
Por medio de ésta ya podemos embarcarnos en empresas más arriesgadas. En
ella intervienen elementos como el tesón, el empeño y la firmeza, y se va
robusteciendo a medida que esos esfuerzos se repiten
Con una
voluntad así se puede llegar a cualquier propósito. Al principio cuesta,
pero después, con el hábito de su repetición, produce sabrosos frutos, uno
de los cuales es la alegría de vencerse, de insistir, de continuar lo
iniciado. Comenzar supone mucho, pero perseverar es todo.
c)
La voluntad
capaz de superar las frustraciones.
La frustración es necesaria para la maduración de la personalidad, ya que
el hombre fuerte se crece en las dificultades, que son superadas a base de
volver a empezar. No hay que darse por vencido, sino tener capacidad de
reacción; de ahí surgen los hombres superiores.
Los
psiquiatras sabemos mucho de heridas psicológicas, traumas y desengaños, y
la vida está repleta de unos y otros. Pero eso son los retos: desafíos con
uno mismo, a través de los cuales nos probamos y vemos que somos capaces
de alcanzar ciertas cimas, si nos lo proponemos seriamente.
d) La
voluntad para terminar bien la tarea comenzada. El amor por el trabajo
bien hecho se compone de pequeños detalles que culminan en una tarea hecha
de forma correcta y adecuada. Eso requiere paciencia y laboriosidad, pero
entre ellas hay un puente que las une: la voluntad ejemplar.
2. Según el
contenido. Hay mucha materia para este apartado, pero intentaré resumirlo
a continuación. Ahora nos interesa el móvil de la voluntad, que puede ser:
a)
Físico. Pensemos en las dietas modernas de adelgazamiento, que llevan
consigo un enorme sacrificio en la comida; el deporte en tantas facetas...
o todo lo referente a la estética corporal y facial.
b)
Somático. Las privaciones necesarias que hay que seguir en ciertas
enfermedades para recuperar la salud corporal.
c)
Psicológico. Una de las tareas más importantes de la psiquiatría es la
psicoterapia: el medio por el que el psiquiatra cambia y modifica los
mecanismos negativos de la personalidad de un individuo para hacerla más
equilibrada y madura, pues encontrarse a sí mismo es la puerta de la
felicidad.
En
otras palabras, hay que tener una personalidad armónica para sentirse
bien interiormente. El psiquiatra debe motivar a su paciente para que éste
cambie, modifique, corrija, gire en su conducta y se dirija hacia
posiciones menos neuróticas.
El
campo de trabajo tiene muchas posibilidades: hacer superar complejos de
inferioridad, la inestabilidad emocional, una susceptibilidad a flor de
piel, o eliminar la tendencia a instalarse en el pasado negativo y no ser
capaz de salir de él. Todos estos factores, en un nivel normal,
constituyen una base importante y traerán a los paisajes interiores una
serenidad muy positiva.
d)
Social. Por medio de este móvil se pueden conseguir habilidades en la
comunicación interpersonal, vencer la timidez o la dificultad de
expresarse en público. Hoy, en las grandes ciudades, existe el grave
problema de la soledad, el aislamiento, la incomunicación.
Todo
ello se va haciendo crónico, conduce a tener una vida depresiva, muy
parecida a la que hay con la depresión clínica, pero que no se cura con
medicación, sino con medidas socioterapéuticas.
e)
Cultural. La cultura hace al hombre más libre y con más criterio. Max
Scheler decía que la cultura es humanización, un «proceso mediante el cual
nos hacemos hombres en medio del pasado histórico y del presente fugaz».
Ortega, en El espectador, apostilla: «La cultura es un movimiento
natatorio, un bracear del hombre en el mar de su existencia.»
Ser culto es
ser rico por dentro, tener más claves para interpretar de forma correcta
la vida humana. Si cualquier filosofía significa meditación sobre la
vida, la cultura es el texto eterno que habita en el interior del ser
humano. Por ello, todos los esfuerzos de la voluntad -aunque hoy ésta
escasea por avanzar en esa dirección son pocos. Para muchos, casi toda la
cultura que hay en sus vidas es la televisión, y ésta en el momento actual
carece de calidad suficiente.
La cultura
es como una segunda naturaleza; eleva por encima de lo inmediato, ayuda a
madurar, contribuye al progreso personal. Si no tuviera estos fines, sería
una lección intrascendente, divertida, que no despierta, sino que
adormece, que no alumbra, sino que deslumbra.
El hombre
no puede desarrollarse y desplegarse de forma completa, si no es a través
del conocimiento de sí mismo y del mundo que le rodea en toda su amplitud.
El individuo pegado a la televisión liquida su aspiración cultural con
sucedáneos epidérmicos que, a la larga, le dejan vacío. No sucede lo mismo
que con el ideal platónico, para el que la primera aspiración de la
cultura era la conquista de uno mismo.
La cultura
es para el hombre el asidero donde ir una y otra vez a refugiarse, a
buscar alimento para su conducta, para saber a qué atenerse. Su fin
consiste en ayudarle para que su vida sea más humana, tenga más relieve y
le revele sus verdaderas posibilidades. Pero para educar la voluntad hacia
la cultura es menester estimular la inquietud por sus distintas fuentes:
la literatura, el arte, la música, etc., y todo ello al servicio del ser
humano, para hacerlo más maduro, completo y con un mejor desarrollo en su
totalidad.
Sin cultura
está uno perdido, sin el equilibrio suficiente. La cultura, como
superestructura, se forma de acuerdo con una determinada concepción del
hombre, que puede ser variable. De ahí que surjan diversos tipos de
cultura: la hedonista, la marxista, la permisiva, la psicoanalítica, la
relativista, etc. Ahora bien, la mejor, la más completa, es aquella que se
inspira en las mejores raíces de Europa.
Antes de
continuar con el tema, quiero subrayar de modo sintético esas bases
culturales: el mundo griega, de él procede todo el pensamiento filosófico;
el mundo romano, que nos legó el Derecho y las leyes; el pensamiento
hebreo, con su amor a las tradiciones, el nuevo concepto de familia y
todas las ideas del Talmud y del Zoar, libro que recoge la sabiduría de
muchos célebres rabinos.
El
cristianismo, que aportó un nuevo concepto del hombre basado en el amor y
en el sentido trascendente; hasta llegar al Renacimiento, de una
influencia decisiva con el Quattrocento italiano y Dante, Boccaccio y
Petrarca como figuras más representativas, y el invento de la imprenta por
Guttemberg en el siglo xv .
Por tanto,
conducir la voluntad hacia la cultura, hacia los valores, es una tarea que
hay que saber ofrecer, como camino hacia la libertad personal y al
crecimiento interior. Este debe ser el móvil, el tirón para acercarnos a
todo lo que esté relacionado con lo cultural, no para el lucimiento
personal de cara a la galería, sino para ser más dueño de uno mismo. Es
más, para mí no hay felicidad sin amor, trabajo y cultura.
Kant, en su
Antropología, decía:
« Niégate la
satisfacción de la diversión, pero no en el sentido estoico de querer
prescindir por completo de ella, sino en el fina mente epicúreo de tener
en proyecto un goce todavía mayor [...] que a la larga te hará más rico,
aun cuando al final de tu existencia hayas tenido que renunciar en gran
parte a tu satisfacción inmediata.>
f)
Y,
por último, la voluntad espiritual, aquella que busca los valores
naturales y sobrenaturales. Trascendencia significa atravesar subiendo, y
todo lo que sube converge. Esta voluntad es en la actualidad más necesaria
que nunca.
El hombre
sin valores vive huérfano de humanismo y de espiritualidad: es el hombre
light, al que sólo le interesa el sexo, el dinero, el poder, el
éxito, el pasarlo bien sin restricciones y la permisividad ilimitada. Por
ese camino se suele llegar a una saturación de contradicciones que
desembocan en el vacío.
Es el culto
a la tolerancia total, la permisividad como religión, cuyo credo es una
enorme curiosidad por todo, donde lo importante son las sensaciones
dispersas, que desembocan en una indiferencia por saturación de
incoherencias.
3. Según la actitud del sujeto. En este apartado hay que
mencionar fundamentalmente tres tipos de voluntad, entre las
cuales podrían situarse otras, en sentido cuantitativo.
a)
La
voluntad poco motivada, que ya surge con un rasgo negativo, pues tiene una
raíz endeble y no florece la planta.
b)
La voluntad motivada y la muy motivada, según sea el grado e intensidad
de la ilusión que se tenga para lanzarse hacia el objetivo propuesto. La
motivación hace que el proyecto personal sea argumental, que tenga un
carácter programático, elaborado por una sucesión de pequeñas
superaciones, sobre las que la voluntad se va fortaleciendo,
acrisolándose, haciéndose madura. El individuo con este tipo de voluntad
sabe lo que quiere y pone de su parte lo necesario para ir poco a poco
consiguiéndolo.
4. Según la
meta. Existen tres tipos de voluntad en este sentido:
·
la
voluntad inmediata (a corto plazo, de miras cercanas, de resoluciones
rápidas),
·
otra mediata (a medio plazo) y
·
una a largo plazo (muy relacionada con nuestro proyecto).
La felicidad
consiste en tener un proyecto de vida coherente y realista, que nos
impulsa con ilusión hacia el futuro. La meta produce ilusión anticipada,
de ahí su fuerza. Cada uno tiene estas tres voluntades en su hoy y ahora.
Unas cuestiones requieren de mí un esfuerzo inmediato, de hoy para mañana
o para las próximas semanas; y otras requieren más tiempo y debemos
apostar por ellas. La voluntad más lejana sólo se da en el hombre
singular, con madurez, que ha aprendido a esperar y a sembrar. Ese llegará
a la meta propuesta si se apoya en la constancia.
5. Según la
génesis. En tal sentido mencionamos:
a)
la
voluntad centrífuga, que va de dentro hacia fuera y que está muy
relacionada con el temperamento;
b)
la
voluntad centrípeta, que va de fuera hacia dentro; en esta última, entra
de lleno la educación de cada uno desde la infancia, la adolescencia, el
ambiente familiar, así como el modelo de identidad en el que se ha
inspirado para ir afianzando la personalidad.
El modelo es la imagen con la que uño se va identificando
y a la que le gustaría parecerse. Está constituido por distintos
elementos: aspecto externo, tipo de personalidad, actitudes,
creencias, valores y contenido interior de esa existencia. Todo
esto forma un conjunto, una forma atractiva, que invita a
seguir en esa línea. La identificación es uno de los aspectos más
importantes del desarrollo de la personalidad.
Los niños y los adolescentes, que están en pleno proceso
de construcción y formación de sí mismos, imitan y quieren
parecerse a esas personas que admiran. La raíz es la admiración.
Tras la admiración hay un proceso de aprendizaje que va a tener
matices y vertientes complejas. Más adelante me ocuparé de ello.
6. Según su
fenomenología nos encontramos con los siguientes tipos:
a)
Voluntad intencional: que es aquella que quiere, que está determinada, a
diferencia de aquella otra que está movida sólo por estímulos
superficiales externos, que no nacen o se inspiran en el proyecto
personal; se dirige hacia aquello que motiva y produce ilusión.
b)
Voluntad de aprobación: que reconoce algo como valioso y decisivo y lo
aprueba para sí. Le da una nota positiva. Aquí entra de lleno lo que
ocurre en el enamoramiento. Es decir, entre las personas que conozco, o
que he conocido me quedo con la que más me llena.
c)
Voluntad reflexiva: ésta se vuelve sobre sí misma, siendo capaz de meditar
en las propias experiencias. Esta tarea intelectual es clave y cuando se
sabe hacer, el hombre tiene capacidad para aprender mediante dos
elaboraciones sucesivas: análisis primero y síntesis, después.
d)
Voluntad de interesarse: se da cuando hay curiosidad por la realidad.
Procede del latín ínter, entre, y esse, seleccionar. Se escoge entre
varias cosas la que más destaca ante uno por alguna cualidad especial.
CAPÍTULO II
EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD
¿QUÉ ES EDUCAR?
La palabra
educar cobija bajo su seno multitud de significados. Muchos de ellos son
incluso imprecisos, si nos atenemos estrictamente a lo que queremos
referirnos en este libro. Su etimología nos pone frente a sus referencias
más concretas. Deriva del latín educare, ir conduciendo de un lugar a
otro; y también de educere, extraer, sacar fuera.
El primer
significado subraya un proceso que debe llevarse a cabo paso a paso y que
tiene un sentido dinámico, algo que se produce en plena movilidad; el
segundo se reitere más a los resultados, pero contando con la habilidad
del educador, que debe saber sacar el máximo provecho de esa persona, todo
lo bueno y positivo que lleva dentro.
Educar es
ayudar a alguien para que se desarrolle de la mejor manera posible en los
diversos aspectos que tiene la naturaleza humana.
Las educaciones particulares especifican el sector de que se trata. No es
lo mismo la educación sentimental, que la sexual, que la que se reitere a
la esgrima, al inglés, al dominio de la voluntad o toda la concerniente al
campo cívico.
Educar
significa comunicar conocimientos y promover actitudes. Conocimiento
quiere decir que hay una transmisión de información inicial que nos sitúa
frente al tema concreto. Eso es mucho y a la vez poco. Pensemos en la
educación sexual: uno no aprende a gobernar y a ser dueño de su sexualidad
por el único hecho de conocer la anatomía, la fisiología y los demás
mecanismos endocrinológicos de su organismo. Necesita, además, que esa
información se acompañe de una orientación.
Esa es la
formación: dar pautas de conducta adecuadas que nos digan y expliquen con
claridad, por ejemplo, para qué sirve la sexualidad, qué se debe hacer con
ella... y si es bueno decir que sí a cualquier estímulo sexual que
aparezca ante nosotros.
Información
y formación constituyen un binomio clave en toda educación. La primera
abre la puerta, y la segunda nos instala en el proceso educativo. Son dos
etapas sucesivas y complementarias. No hay educación completa si falta
alguna de ellas. Recibir información es acumular una serie de datos,
observaciones y manifestaciones específicas.
La formación
va más allá: ofrece unos criterios para regir el comportamiento, de
acuerdo con una cierta orientación; pretende sacar el mejor partido
posible de los conocimientos recibidos, favoreciendo la construcción de un
hombre más maduro, más sólido y firme, más humano y más espiritual, más
dueño de sí mismo. Se puede decir, incluso, que educar es hacer que
alguien aprenda a vivir con alegría.
Los resortes
principales que permiten alcanzar los objetivos propuestos se inspiran,
por un lado, en la motivación, y por otro, en el esfuerzo. El uno mueve, y
el otro hace que a través de pequeñas luchas concretas, repetidas una y
otra vez, se llegue a un entrenamiento en el autodominio, el control de la
propia conducta y en el ir sabiendo posponer lo inmediato. Por ahí se
descubre la senda que nos hace ver lo mejor de nosotros mismos.
Toda
educación tendrá los siguientes apartados y derivaciones:
1.
Educar es mostrar una cierta doctrina. Eso es dirigir, encauzar, llevar
hacia una región determinada. No es lo mismo la educación en Psiquiatría
que en Derecho Civil, en Informática o en Bioquímica, pero en todas ellas
late una meta similar: llegar a dominar una serie de conocimientos más o
menos básicos que posibiliten moverse en ese campo con rigor.
2. Educar
es perfeccionar ciertas facultades, mediante motivaciones, ejercicios
específicos, ejemplos, etc. Se aprenden unas reglas que ayudan a
desarrollarse con soltura en esas tareas.
3. Toda
educación conduce a la formación de un ser humano más completo, coherente
y maduro. Completo, porque ha sido capaz de integrar vertientes diversas
adecuadamente; coherente, porque busca que entre la teoría y la práctica,
las ideas y la conducta, se dé una relación armónica; y maduro, porque de
ese modo alcanzará un buen equilibrio personal entre los distintos
componentes de su patrimonio psicológico (sensopercepción, memoria,
pensamiento, inteligencia, conciencia, afectividad, etc.), físico y
social. En cualquiera de los idiomas tiene el mismo significado y
aplicación.
4. La mejor
educación debe ayudar a la mejor formulación y desarrollo de nuestro
proyecto personal. Hay en ella dos ideas: concluir, que no es otra cosa
que señalar una dirección, guiar, llevar el timón.
En los
ejércitos profesionales que funcionan bien, el capitán, cuando avanzan en
combate, no dice, « ¡Adelante! », sino « ¡Seguidme! », con lo que da a
entender que él va delante, abriendo camino. Esa es la principal tarea del
educador; la obra consiste en promover, dirigir hacia unas metas
determinadas, atractivas, que lleven a cierto nivel de perfeccionamiento.
5.
Es
esencial la tarea del educador. Se educa más por lo que se es, que por lo
que se dice. Las palabras mueven, pero el ejemplo arrastra. Es decir, el
alumno suele fijarse en el profesor, buscando algo. La exposición
atractiva de otra vida incita a imitarla de alguna manera. El poder del
educador depende menos de sus palabras que de su presencia silenciosa y
auténtica.
Puede haber
muchos profesores y educadores que enseñen distintas materias y
asignaturas, pero hay pocos que sean maestros. En el proceso del modelo de
identidad, la figura del profesor es decisiva, ya que quizá signifique el
descubrimiento de una persona ejemplar a la que admirar, con la que
poderse identificar uno y que sirve como punto de referencia firme en que
apoyarse.
EDUCAR A UNA PERSONA ES
ENTUSIASMARLA CON LOS VALORES
Generalmente
se han descrito tres posiciones respecto a la forma de educar.
·
La primera se centra en la
espontaneidad: el niño y el adolescente van creciendo con muy pocas
normas, moviéndose con soltura y dictando ellos mismos sus patrones de
conducta.
·
La
segunda enfatiza el voluntarismo: desde muy pequeño el niño aprende a
dominar su voluntad, dirigiéndola no a lo que le apetece, sino a lo que a
la larga resulta mejor para él; ésta es mi postura, aunque sin excesos.
·
Y,
por último, la tercera aboga por una vía intermedia: el niño se educa
según el complejo juego que se establece entre espontaneidad y disciplina,
libertad y autoridad.
Cada persona
es un misterio y un tesoro, algo que hay que ir resolviendo y desvelando;
un ser valioso que conviene poner en ruta hacia lo mejor de su destino.
Descifrar a cada individuo y cuidarlo para que dé lo mejor de sí mismo es
la tarea del educador.
En otros
términos, educar es convertir a alguien en una persona más libre e
independiente. Toda educación humaniza y llena de amor. Si no es así, el
trabajo llevado a cabo, por mucho que se llame educativo, no es tal; si
esclaviza, aprisiona y no libera de verdad, a la larga tendrá un valor
negativo.
Educar es
instruir, formar, pulir y limar a una persona para que se vuelva más
armónica y sea capaz de gobernarse a sí misma. La mejor educación pretende
construir la felicidad, pero sin olvidar que no hay felicidad sin
sacrificio y renuncias. Un ser humano enriquecido: ésa es la pretensión.
Si todos
somos perfectibles y defectibles, la educación nos aportará nuevos ideales
y lo necesario para comportarnos de acuerdo con nuestra naturaleza. Como
decía Sócrates a su amigo Hipócrates: «Un sabio es un comerciante que
vende géneros de los que se nutre el alma».
Existen dos
máximas muy válidas cuando se habla de la educación:
«No hay
voluntad si no hay conocimiento de la meta» (Nihil volitum nisi
praecognitum),
y aquella
otra, algo distinta, pero con el mismo fondo:
«No se
puede amar lo que no se conoce».
Toda
educación es una labor de orfebrería: se debe labrar a golpe de martillo y
de cincel hasta conseguir la obra bien acabada. Pero no hay que olvidar
que la vida es un ensayo y, por eso, el hombre se convierte en un animal
descontento, siempre incompleto y siempre haciéndose a sí mismo: es el
eterno ritornello que comporta todo lo humano.
Se trata de
una operación progresiva y lenta que necesita tiempo para ir asimilando lo
que le llega; un proceso gradual y ascendente, integral y unitario, que
abarca todo lo que puede conducir a la realización más completa de la
persona, según sean sus facultades (físicas, intelectuales, afectivas y de
la voluntad) y circunstancias individuales (familiares, de residencia,
etc.).
Si la tarea
del educador va más allá de la explicación de ciertos conocimientos, es
porque tiene que saber estimular. El aprendizaje de una materia concreta
pueden lograrlo muchas personas, pero el maestro debe también enseñar a
vivir, ayudar a conocer la realidad personal y circunstancial en su
riqueza y profundidad. De este modo emergen los valores.
Tan
importante como el contenido es la personalidad de quien educa. Si ésta es
singular, positiva y coherente, dará clase con su sola presencia; si es
amorfa, incoherente y poco atractiva, aunque exponga los temas con
claridad, siempre faltará algo en sus enseñanzas. La actitud del educador,
al igual que sus modales, ha de ser propositiva. Así, sus silencios
resultarán elocuentes y su palabra modelará y arropará al que la escucha.
LA EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD ESTÁ
COMPUESTA DE PEQUEÑOS VENCIMIENTOS
El tema de
la voluntad nos afecta a todos de forma directa. Mientras escribo estas
líneas, pasan por mi mente muchas imágenes referentes a mí mismo en este
territorio. La vida, con sus exámenes, va dando cuenta de nuestra
existencia, y lo hace mostrándonos -aunque no queramos- si hemos sabido o
no educar la voluntad para arribar a los puertos que nos habíamos
planteado.
La voluntad
es capacidad para hacer algo anticipando consecuencias; una disposición
interior para anunciar o renunciar; algo propio del hombre, tanto como la
inteligencia y la afectividad.
La razón nos
hace distinguir lo accesorio de lo fundamental, nos enseña lo que es tener
espíritu de síntesis y nos ayuda a ensayar una solución concreta en un
momento determinado.
La vida afectiva se expresa a través de los sentimientos, las emociones,
las pasiones y las motivaciones, de las que ya hemos hablado.
La vía
habitual es el sentimiento, que se define como un estado subjetivo,
positivo o negativo, que suele tener un tinte difuso, etéreo, pero que nos
permite tomarle el pulso a los impactos que nos rodean. Casi al mismo
nivel sitúo yo la voluntad, algo que no se tiene porque sí, algo que no se
recibe de forma hereditaria, como el color de los ojos, la estatura o el
tipo morfológico.
La voluntad
es una aspiración que exige una serie de pequeños ensayos y esfuerzos,
hasta que, una vez educada, se afianza y produce sus frutos.
Para el niño
y el adolescente, educar la voluntad significa en primer lugar huir del
culto al instante (del latín instaras-antis: lo que está ahí),
según el cual lo más importante es vivir lo inmediato.
Goethe
escribía: «Detente, instante, eres tan bello». Todos los poetas han
cantado a esos «momentos privilegiados», a esas experiencias puntuales
tan relevantes y fecundas, sobre todo para las personas dedicadas a las
tareas creativas. Sin embargo, un síntoma frecuente de escasa voluntad es
buscar sólo la exaltación instantánea de lo más próximo.
Lo primero
que necesitamos para ir domando la voluntad es ser capaces de renunciar a
la satisfacción que nos produce lo urgente, lo que pide paso sin más. Lo
inmediato puede superarse y rebasarse cuando existen otros planes, a los
que nos hemos adherido y que han sido incluidos dentro de nuestro proyecto
de vida, el cual no se improvisa, sino que se diseña. Esta concepción,
lógicamente, supone muchas renuncias.
La
existencia es vectorial: va desde el presente hacia el futuro, pero en
ella todo
tiene sentido, porque forma parte de un concepto general que tenemos de
nuestra vida. Lo que empuja es el futuro, lo que está por llegar, y
precisamente nos ilusiona porque nos conduce a la autorrealización. La
alquimia de los estímulos se transforma merced a esa alegría de alcanzar
algún día las metas propuestas.
La
voluntad es determinación, firmeza en los propósitos, solidez en los
objetivos y ánimo frente a las dificultades.
Todo lo grande del hombre es hijo de la abnegación; así, por ejemplo, la
entereza de volver a empezar, cueste lo que cueste, privándose uno de
cosas buenas, pero que en ese momento exigen un recorte para después
dirigirse hacia objetivos de mayor densidad.
Quien tiene
educada la voluntad es más libre y puede llevar su vida hacia donde
quiera. El hombre de nuestros días, convulsionado y un tanto perdido,
deambula de un sitio a otro, muchas veces sin unos referentes claros.
Cuando la voluntad se ha ido formando a base de ejercicios continuos, está
dispuesta a vencerse, a ceder, a dominarse, a buscar lo mejor. En este
sentido, podemos llegar a afirmar que no se es más libre cuando se hace lo
que apetece, sino cuando se tiene capacidad de elegir aquello que hace más
persona, cuando se aspira a lo mejor; y para ello, hay que tener una
cierta visión de futuro.
La
aspiración final de la voluntad es perfeccionar, aunque teniendo en cuenta
que somos perfectibles y defectibles. Si hay lucha y esfuerzo, se puede ir
hacia lo mejor; si hay dejadez, desidia, abandono y poco espíritu de
combate, todo se va deslizando hacia una versión pobre, carente de
aspiraciones, de forma que surge lo peor de uno mismo.
EL HOMBRE CON VOLUNTAD LLEGA EN
LA VIDA MÁS LEJOS QUE EL INTELIGENTE
Esta
afirmación requiere ser explicada. Los dos ingredientes más importantes
de nuestra psicología son la inteligencia y la afectividad, de donde nacen
dos tipos humanos contrapuestos: el eminentemente racional y el afectivo.
Pero entre ambos modelos existen otros tipos intermedios de personalidad,
en los que junto al predominio de una u otra característica citada se
manifiestan otros elementos psicológicos: sensibilidad, creatividad,
memoria, pensamiento, etc. Pero en esencia son dos los cultivos básicos.
Cuando
Flaubert escribió La educación sentimental, nunca pudo pensar que estaba
diseñando un modelo afectivo para esa segunda mitad del siglo XIX ni las
repercusiones que éste tendría.
Después, con la llegada de Freud y las distintas psicologías, el tema se
ha hipertrofiado.
Pues bien,
si el amor y la razón son dos grandes argumentos en la vida del hombre, la
voluntad es el puente entre ellos, de tal modo que les da firmeza con su
entrenamiento. Una persona muy inteligente, pero que no ha ido poniendo la
voluntad en los objetivos previstos, antes o después, se dirige hacia una
travesía irregular, zigzageante, hasta salirse de las líneas trazadas.
En cambio,
una persona con una inteligencia media, pero con una voluntad férrea,
ordenada y constante, con disciplina y autoexigencia, llega al destino
trazado, aunque sea con poca brillantez. Un ejemplo de lo que hemos
expuesto lo vemos en el estudiante. Hace unos años, dos psicólogos
americanos, Harry Clemes y Bear, publicaron un libro que alcanzó una gran
resonancia: How to discipline children without feeling guilty,
sobre cómo inculcar disciplina a los niños.
El texto es
sencillo, pero está repleto de sentido común y de observaciones que surgen
en la vida cotidiana: los niños con frecuencia suelen convertirse en
problemáticos, generalmente por el mal funcionamiento del ambiente
familiar en el que viven; los castigos son buenos siempre que tengan un
fondo estimulante y se apliquen con suavidad, ya que son útiles para
cambiar el comportamiento inadecuado. Los padres dan seguridad y confianza
a un niño cuando saben educarlo con psicología; la coherencia que éstos le
aporten es el mejor indicador de que la educación es correcta.
Skinner, uno
de los padres de la psicología conductista, decía que del buen manejo del
binomio premios y castigos dependía que los niños tuvieran una buena o
mala educación.
Hay que
empezar siempre por tareas pequeñas e insistir una y otra vez en ellas,
sin desalentarse. Enseñar una disciplina conlleva una mezcla de autoridad
y cariño, porque la severidad por sí misma no es estimulante, al
contrario, produce unos efectos de impotencia ante la tarea que se tenga
delante. La educación de la voluntad debe estar educada sobre la alegría,
que nos conducirá poco a poco a ser mejores, pero que no hay que confundir
con hacer grandes gestas, cosas increíbles, ni renuncias extraordinarias.
Para
fortalecer la voluntad lo mejor es seguir una política de pequeños
vencimientos: hacer las cosas sin gana, pero sabiendo que ésa es nuestra
obligación; después, llevar a cabo otras tareas que cuestan, porque
sabemos que es bueno para nosotros; y, más tarde, abordar aquello otro,
aunque no apetezca, porque ésa será la manera de irnos haciendo hombres
íntegros; finalmente, negarnos aquel pequeño capricho, para entrenarnos en
el arte de ser más dueños de nosotros mismos.
Así consigue
una persona subirse en el jumbo de los propósitos y las pequeñas
resoluciones, a base de lo menudo. Ahí debemos buscar el campo de
adiestramiento, que nunca se debe desestimar porque parezca superfluo:
cuidar el horario, ser ordenado en las cosas que uno maneja, planificar
las cosas que se deben hacer, cuidar los detalles en la convivencia con
los demás, saber aprovechar bien el tiempo, aceptar las contrariedades
en el devenir de cada día.
Un hombre capaz de obrar así, va adquiriendo una especie
de fortaleza amurallada: se hace un hombre firme, recio, sólido, pétreo,
compacto, muy difícil de derrumbar. En esas cualidades inician su vuelo
las personas de categoría, que con el tiempo llegarán a ser dueños de sí
mismos y lograrán las cimas con las que habían soñado. Alguien con
voluntad, si persevera, puede conseguir que sus sueños se hagan realidad.
Ovidio decía
en una célebre sentencia: «Vídeo meliora proboque sed deteriora sequor»
(«Veo lo mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor»). Se necesitan
factores de corrección. ¿Por qué? Porque una cosa es tener claro lo que
uno debe hacer, lo más conveniente, y otra, muy distinta, aplicarnos en
esa vertiente. Ahí entra de lleno la debilidad humana. La voluntad
significa capacidad para hacer, para aplicarse, para trabajar en algo que
previamente se ha elegido como bueno porque sus resultados serán
positivos.
La voluntad
nos hace operar sobre la realidad para sacarle el mejor partido; no hay
que buscar el éxito resonante e inmediato, sino la victoria en las
pequeñas batallas, en escaramuzas, que cada vez nos fortalecen más en la
lucha. Estar educado para recibir el placer inmediato es la mejor manera
de sentirse uno traído, llevado y tiranizado por el instante más cercano y
que más apetece.
Por ese
camino, uno no llega a vencerse; al contrario, está desentrenado, porque
se siente constantemente derrotado, cuando no satisface lo que le pide el
momento inmediato, con esa urgencia tan típica de los que no saben decir
no con alguna frecuencia, pues están acostumbrados a entrar siempre por el
camino más fácil: el de la complacencia en lo cercano.
La voluntad
conduce al más alto grado de progreso personal, cuando se ha obtenido el
hábito de hacer, no lo que sugiere el deseo, sino lo que es mejor, lo más
conveniente, aunque, de entrada, sea costoso. Toda la publicidad se apoya
en lo contrario: estimular el deseo y crear necesidades inmediatas al
telespectador, al ciudadano.
EL HOMBRE CON POCA VOLUNTAD
ESTA SIEMPRE AMENAZADO
Se puede
afirmar, sin caer en la exageración, que el proyecto personal tiene
siempre un fondo inagotable. Nuestro desarrollo es interminable, por lo
que debemos estar llenos de argumentos y motivaciones para aumentarlo y al
mismo tiempo contar con una voluntad adiestrada en pequeños ejercicios.
El hombre
con poca voluntad está amenazado, porque, poco a poco, se vuelve más
frágil y cualquier cosa, por pequeña que sea, le hace desviarse de lo
trazado. Se escabulle de la obligación para escoger lo que le apetece, lo
que más le gusta en ese momento concreto, porque lo contrario le cuesta
mucho: exige querer otra cosa de uno mismo, pretender un mejor
autodominio.
Hacerse uno
a sí mismo, poseerse, no es fácil ni sencillo a corto plazo, pero después
de unos primeros períodos de ir contracorriente, la personalidad está ya
más domada y tiene capacidad para dejar de atender a lo fácil e inclinarse
hacia lo mejor, aunque sea costoso. Son momentos de lucha consigo mismo.
Los perdedores y los triunfadores no se hacen de un día para otro. Los
primeros lo consiguen tras muchos años de dejadez, abandono, desidia; los
segundos, por el contrario, después de una lucha consigo mismos repleta de
empuje, desvelos y repetidas obstinaciones. El que tiene voluntad dispone
de sí mismo, porque ha sabido vencerse con el tiempo, superarse.
Dicho en
otros términos: es capaz de posponer la satisfacción ante lo inmediato y
tiene cierta visión del futuro. La voluntad debe ser educada desde la
niñez. De ahí que los psiquiatras armemos lo importante que ésta es
durante los primeros diez años de la vida de un niño, etapa en la que si
no se ha dado una disciplina educativa de la voluntad, después todo será
mucho más difícil.
Cuenta
Martin Edem en su biografía sobre Jack London, cómo éste, cuando aún era
joven, iba a trabajar a una lavandería. Mientras alguno de sus compañeros
dedicaba su tiempo libre a beber y a emborracharse, él tenía la ilusión de
llegar a ser escritor algún día. Este era su reto, y, con esa meta en la
cabeza, se dedicó a leer y a escribir hasta esperar su momento, que llegó
gracias a su tenacidad.
Es decir,
que la vida diaria sigue siendo la gran cuestión. Ahí vienen a parar los
argumentos, estrellándose con la sucesión de los días, sacándoles partido.
La vida cotidiana se inspira y toma su razón de ser a través de la
motivación; con los ojos puestos en lo que podría ser de cada uno, si
somos capaces de no rendirnos, de no darnos por vencidos en esa contienda
con el día a día. Hay escondido en ese torneo interior una verdadera
arqueología de lo cotidiano.
La vida
cotidiana es el campo donde debemos luchar: las semanas, los meses, el
tiempo que pasa, van dejando una estela de lo que trabajamos la voluntad,
y ésta, junto a la motivación, forman un maridaje estrechísimo. Lo
cotidiano nunca es banal, ni insignificante, ni algo gratuito, sino que en
ello se encuentran las claves de muchas vidas ejemplares. Pero sin agobios
ni ansiedades, sino con determinación y coraje.
El momento en que más feliz se siente una persona es cuando hace lo que
debe, lo oportuno y adecuado, aunque sea con esfuerzos. Entonces brotan la
satisfacción y el contento consigo mismo por haberse vencido. Estos
pequeños y continuos triunfos hacen fuerte al hombre y afianzan su
voluntad.
Por eso, no hay que abdicar de lo pequeño.
Si
analizamos con detenimiento una persona vulnerable, probablemente nos
encontremos con que, al no tener educada la voluntad, se viene abajo ante
las dificultades y hace sólo aquello que le resulta fácil y le gusta. No
está capacitado para imponerse a sí mismo. Por esos derroteros se llega a
la imagen del niño mimado, que tanta pena produce al que lo observa. Al no
estar educado en la voluntad se convierte en un muñeco de las
circunstancias, traído, llevado y tiranizado por lo que el cuerpo le pide
en cada instante.
Esto le
lleva de acá para allá, no tiene rumbo fijo, ni planes realmente serios;
no tiene intención de esforzarse para vencerse. Alguien así está perdido:
consentido, mal educado para cualquier tarea, estropeado, es decir,
estamos ante la entronización de lo que antes he denominado la filosofa
del «me apetece».
Por ese
derrotero llegamos a la creación de una persona caprichosa, blanda,
apática, inconstante, veleta, que se mueve según el viento que pasa cerca
de ella, incapaz de ponerse metas y objetivos concretos; o sea, el fiel
retrato de una personalidad débil. Justo lo contrario del hombre sólido.
Con el paso
del tiempo, esa voluntad escasamente formada dejará su rastro en los
cuatro argumentos principales de la vida humana, que son los siguientes:
1. La propia
personalidad, que irá estando mal diseñada, con poca armonía y escaso
equilibrio.
2. El amor
conyugal, con el que no llegará muy lejos, ya que no sabe lo que es ceder,
ni está acostumbrado a pensar en los demás, ni a posponer las preferencias
personales en favor del otro, ni a valorar la importancia del sacrificio
pequeño, gustoso y escondido.
3. La vida
profesional se verá igualmente afectada; si la persona no se corrige, no
doblará el cabo de las propias posibilidades y, por tanto, se instalará en
la mediocridad.
4. Por
último, la cultura. Si ésta se propone la libertad, irá viviendo de
espaldas a cualquier curiosidad intelectual.
El que
tiene poca voluntad alimenta con este frágil bagaje esa tetralogía que
anida en el proyecto personal: su propia forma de ser, su afectividad, su
trabajo y el plano de la cultura y las ideas.
La vida, con el paso del tiempo, nos pasa examen a todos;
nos obliga a hacer recuento. Todo se detiene y vemos cómo vamos
circulando. Pero en la persona con muy poca voluntad, estos análisis son
escamoteados, pues la dureza negativa de su resultado está a la vuelta de
la esquina; estos individuos prefieren pasar de largo y seguir tirando,
pero sin someterse a un constante análisis interior.
EL HOMBRE QUE LUCHA ESTA SIEMPRE
CONTENTO
Quien llega
a tener una voluntad fuerte es porque la ha conseguido después de una
brega pertinaz consigo mismo. Cualquier esfuerzo que se haga para sacar lo
mejor de uno mismo viene acompañado de alegría, que alienta la ruta y
mueve a obrar en consecuencia. El resultado de todo esto es un hombre
recio, sólido, firme y consistente, que no se desalienta fácilmente.
Una persona
así consigue lo que se propone. Por eso está contenta. Experimenta
satisfacción consigo misma, no porque no le falte nada o se encuentre bien
físicamente, sino porque se siente feliz por estar haciendo algo que
merece la pena con su propia vida. Luchar implica esforzarse, pelear
consigo mismo, oponerse a llevar a cabo sólo lo que apetece sin más,
ejercitarse en conseguir los pequeños objetivos marcados y vencer todo
tipo de adversidades hasta lograrlo.
El aprendizaje en relación a este tema es otra de las grandes cuestiones
de la psicología moderna. Los aprendizajes complejos han nacido de otros
más sencillos, pero a través de superposiciones y crecimientos, de donde
surge precisamente el autocontrol: ese poder ser capaz una persona de
gobernarse a sí misma, ser más dueña de sí y de sus planes.
Aprender a
vivir significa tener capacidad de superar las adversidades que la vida
impone a su paso. Pero, ¿cuál es la clave para lograrlo?: el estímulo y el
aliento para lograr la meta. Ese es el momento para encontrarse con lo
mejor de uno mismo, esquivando todo lo malo que venga y que nos impida
avanzar, es la hora de no desanimarse. Quien logra soportar esas pruebas
sin derrumbarse e insistiendo alcanzará un grado máximo de madurez: una
mezcla de coherencia y espíritu de lucha en lograr vencer día a día lo
menudo: el hacerse a uno mismo.
De ahí que
la lucha sea un elemento esencial para la formación de la personalidad; es
un trabajo ascético, presidido por privaciones y ejercicios de
autodominio. Igual que sucede con el hierro, que para moldearlo debe
ponerse al rojo vivo, el educador debe alentar al educando con amor y
afecto, tras haber comprendido sus dificultades; igual que hace con el
grumete el viejo navegante, curtido en muchas tempestades, cuando en las
primeras tormentas se cierra el mar y hay momentos muy difíciles.
Lo mejor es
dar pasos cortos, pero continuos. El hábito implica la incesante
repetición de actos, en este caso voluntarios, que, con su frecuencia, van
echando raíces. El camino más adecuado para hacerlo es acostumbrarse a
hacer siempre lo más conveniente, lo que a largo plazo será lo mejor; pero
partiendo siempre de objetivos o unidades de vencimiento simples,
sencillas, aparentemente poco significativas.
Cuando el
educador conoce su oficio, sabe manejar bien el arte de la exigencia
personal, que conlleva una relación de sugerencias a modo de avisos para
superar los imprevistos y fracasos, que nunca faltan.
Pero la
ascética y todo lo que ella implica no están de moda, como tampoco la
voluntad. Vamos contracorriente. Hoy vivimos una época de permisividad, en
la que todo vale, cualquier comportamiento se puede dar por bueno, con tal
de que a uno le parezca bien o le apetezca.
Por ejemplo,
pensemos en la omnipresente invitación a la sexualidad a través del cine y
de la televisión. Y no por eso el hombre de este último tramo del siglo XX
es más feliz. De ahí que sea necesario el autodominio, porque protege
contra la autodestrucción por el placer, siempre que éste instrumentalice
a otro ser humano. Es decir, lo convierta en objeto propio de gozo. Por
ese camino se desvirtúa la relación humana, hasta irse degradando si no se
evita esa rampa deslizante.
La palabra
virtud, del latín vir-i ha caído en desuso; sobre todo en los
últimos años, suena a retrógrada. Santo Tomás de Aquino la definía como
ultimum potentiae: lo más alto a lo que uno puede llegar. Esta sentencia
lacónica no se presta a equívocos; el hombre está siempre haciéndose, no
es un sujeto modelado, estático, que al cabo de unos años alcanza ya su
plenitud.
Si fuera
así, todo sería mucho más fácil; pero no, la vida es abierta, dinámica,
siempre en movimiento, de ahí su carácter dramático. Los actos humanos
fundados en la decisión de llegar a una determinada meta, coherente y
realista, atractiva y sugerente, tienen un arco tensador: la del esfuerzo.
Pero lo que deben aportar las virtudes o los valores actualmente son
medios que ayuden a una mejor realización de nuestro proyecto.
Por eso,
querer sacar adelante el programa personal es amarlo, lo que significa
consentir y ser consciente de que es bueno, positivo para el propio
progreso. La alegría llega después; es siempre la consecuencia de algo que
aparece subordinado a un estímulo o fundamento.
«Estoy
contento con mi vida -a pesar de los pesares- y por eso estoy contento, me
siento alegre.» «Voy haciendo lo que más me gusta con mi vida, la dirijo
hacia lo mejor, intento ir ganando terreno y avanzar en mi proyecto
personal, tejido de amor, trabajo y cultura.» Todo esto enlazado y
vertebrado por una voluntad fuerte y templada en una lucha perseverante y
alegre.
La educación, en la lucha por fortalecer la voluntad, debe
ser integral; es decir, que abarque aspectos físicos, psicológicos,
afectivos, intelectuales, sociales, espirituales y culturales. La lucha no
es sino la base de cualquier buena pedagogía y la conquista del dominio de
uno mismo es la meta. Con respecto a este tema, en otra parte de este
libro he hablado de la importancia del modelo de identidad. La emulación
es necesaria, porque empuja a seguir a personas ejemplares, completas,
llenas de categoría. La tendencia a la imitación es universal.
Del amor, Alianza Editorial, Madrid, 1973. Es especialmente sugerente
el capítulo dedicado al flechazo (pág. 134 y ss.), en el que se pone
de manifiesto el impacto que produce otra persona, lo que va a
originar una cierta revolución interior, mezcla de sorpresa y
arrebato.
Últimamente
se ha puesto de moda, con acierto, la expresión televisión basura, que
contiene en su seno, masivamente, pornografía, sexo fácil, violencia,
concursos absurdos y los llamados reality shows. Estos últimos merecen
un apartado aparte. Estos dramas de la vida real sirven de ganchos de
audiencia, convirtiéndose en géneros de moda en las cadenas de todo el
mundo. Este recurso morboso se aliña a base de un hecho breve,
visualizable, lleno de dramatismo, sufrimiento, violencia...
¿Por
qué se utiliza? Porque el morbo vende, y su lenguaje nos bombardea
con sensaciones más que con ideas. Aquí se cumple otro principio: la
tendencia de la televisión a procurar entretener y hacer pasar el rato
a costa de lo que sea. De ahí que ese caleidoscopio de horrores, ese
desfile de situaciones trágicas, no sea otra cosa que cultivar una
curiosidad malsana.
Interesa la vida ajena convertida en dolor. El
telespectador llena su vacío sumergiéndose en escenas patéticas, con
lo que uno se queda relativamente tranquilo con su vida, al compararla
con lo que está viendo. ¡Qué lejos está todo esto de la cultura! Con
esa mediocridad el hombre no llegará muy lejos, pues queda indefenso
intelectualmente, siendo fácil presa de la manipulación de cualquier
mensaje.
El ideal clásico dé la cultura empezó siendo aristocrático, para
hacerse después contemplativo. Durante la Edad Media se creía que las
artes liberales -Trivium- eran las que hacían más libre al hombre: la
gramática, la retórica y la dialéctica. A la filosofía se la
consideraba como algo instrumental de la cultura. El Renacimiento es
una vuelta al mundo grecorromano, transitando de una etapa teocéntrica
a otra antropocéntrica (pasamos de la idea de Dios es todo a otra en
la que el hombre es todo). La sabiduría deja de ser contemplativa para
hacerse activa.
En el Renacimiento se fragua lo que será el concepto del hombre
europeo, con varias ideas básicas: aparición de la burguesía, el amor
a la libertad y el culto a la estética. El gran personaje del siglo
XVI es Tomás Moro. Junto a él hay que mencionara Erasmo de Rotterdam,
Pico della Mirándola y Lorenzo Valla.
Dos españoles brillan con luz propia: Luis Vives, que explicó en las
universidades de Lovaina, Oxford y París temas pedagógicos, morales y
filosóficos; y por otra parte, Antonio de Nebrija, que residió en
Italia, enseñó gramática en Salamanca y paso más tarde a la
Universidad de Alcalá de Henares, donde colaboró en la elaboración de
la Biblia políglota complutense y realizó su obra más célebre: la
Gramática de la lengua castellana.
Según
la psicología cognitiva, rama de la psicología moderna que se inspira
en el modelo informático, la inteligencia es la facultad para recibir
información, procesarla de forma adecuada y reaccionar con respuestas
correctas. Nos ayuda a poner orden en nuestros conocimientos, con el
fin de producir la mejor conducta posible, dentro de lo que es la
condición humana. Pues bien, tan importante como la inteligencia es
para mi la voluntad, ya que el hombre con voluntad puede llegar en la
vida más lejos que el hombre inteligente.
Por todo entiendo aquí los más diversos avatares que puedan sucederle
al hombre. Si hay un proyecto coherente y bien edificado, el dolor, el
sufrimiento, la decepción, la humillación, el fracaso... tienen
sentido. ¿Por qué?, ¿de qué manera? El sufrimiento, en sus diversas
formas, cura al hombre de su profunda soberbia y lo va volviendo más
amoroso con los demás. A la corta, lo frena; pero, a la larga, lo hace
más humano, más comprensivo y tolerante. Cuando estos impactos
negativos no son recibidos así, el hombre se neurotiza y se torna
agrio, amargado, resentido, echado a perder...
El mismo
sufrimiento que hace madurar a unos conduce a otros a uno de los
peores capítulos de la psiquiatría: la personalidad enferma. La
diferencia está en el modo de aceptarlo en el contexto del proyecto
personal.
Para un psiquiatra, hablar de educación sentimental sigue siendo un
tema prioritario. En torno a ella se organiza uno de los núcleos más
importantes de la vida. Aborda uno de los estratos más profundos y
esenciales, alrededor del cual se concentran muchos estratos
psicológicos.
Hoy
estamos en una época confusa, y la falta de claridad en este aspecto
está trayendo unas consecuencias muy negativas. Pensemos sólo en dos:
la confusión entre amor y sexo, y por otra parte, no saber que el amor
auténtico implica gozos y renuncias, alegrías y sacrificios. Estos dos
errores complican la vida del hombre en nuestros días y ofrecen la
enorme paradoja de una persona con un gran éxito profesional, pero
cuya vida privada está rota, descompuesta, sin ejes de sujeción
firmes.
Para
obtener información más completa véase mi libro Remedios para el
desamor, Ediciones Temas de Hoy, Madrid, 1990.
En psicología denominamos a esto tener una buena tolerancia de las
frustraciones, por medio de un aprendizaje progresivo.
La televisión, por ejemplo, tiende a matar la voluntad, la aniquila,
la arrasa. ¿Por qué? No exige ningún esfuerzo, sólo hay que apretar un
botón y dejarse llevar sin más. Su influencia excesiva es nefasta, ya
que fabrica jóvenes pasivos, que se entregan en brazos de la imagen,
sin necesidad del más mínimo espíritu de lucha. Y esto sin entrar en
la banalidad de !a mayoría de sus temas ni en la violencia, la
pornografía o la difusión de modelos de comportamiento aberrantes, sin
brújula, que emite.
Y hay
algo más: llega un momento en que si el telespectador no tiene unos
criterios claros y bien definidos es incapaz de distinguir entre el
bien y el mal, lo positivo y lo negativo, lo válido de lo que no lo
es. La importancia de los padres es en estos casos decisiva, si
quieren educar a sus hijos en el dominio de la voluntad. Y también los
padres deben educarse a sí mismos, porque hacer un uso adecuado de
ella es uno de los retos diarios que debemos superar. No en balde la
televisión es el nuevo y moderno deseducador.
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