CAPÍTULO III
ORDEN
ARTE, ORDEN Y MEDIDA
Los
principales elementos para educar la voluntad son:
1)
la
motivación, de donde surge toda la disposición para el esfuerzo;
2)
el
orden,
3)
la
constancia,
4)
una mezcla de alegría e ilusión, sin las cuales los sinsabores que se
presentan en las distintas etapas y períodos de lucha acaban llevándoselo
todo por delante.
Una fuerte y
clara motivación es el mejor punto de partida para conseguir la voluntad y
aplicarla, aunque al principio, el camino sea siempre áspero y costoso.
El que no
tiene una mínima educación de la voluntad se parece a una selva
inexplorada, por donde no se han abierto surcos ni brechas que desbrocen
la frondosidad del bosque. Se va formando una persona apocada,
somnolienta, desorientada, que no se atreve a seguir hacia adelante por
haber cedido con demasiada frecuencia. Ahí está la raíz de su debilidad.
Voluntad
significa tener la intención de hacer algo, aunque cueste. La palabra
intención procede del latín intentio, que a su vez se compone de in
y tendere, tendencia, inclinación... y una cierta distancia y
relación entre el principio del impulso y su fin. La intención surge
cuando apetece algo que no tenemos y que se aspira a conseguir, pero hasta
lograr el objetivo hay que superar ciertos retos intermedios.
Asimismo,
nos encontramos ante la elección, término que deriva del latín eligere,
compuesto por ex y lego, coger de, reunir. La elección es el acto
de preferir entre varias posibilidades una de ellas, así como una labor
intelectual y afectiva a la vez; es decir, me adhiero a algo que me parece
bueno y dejo de lado otra, la desecho. Esta capacidad de elección ante las
cosas constituye uno de los pilares de la libertad.
Acertar en
las elecciones básicas de la vida es decisivo, sobre todo en cuanto al
tipo de carácter que uno va troquelando, la persona con la que uno se
compromete afectiva y sentimentalmente,
o el trabajo, siempre y cuando se haya podido escoger (cosa difícil en
estos tiempos de enorme paro laboral).
Una vez que arrancamos de esa rampa de lanzamiento -la
voluntad-, los hábitos positivos son los que van adiestrando la conducta,
a base de ejercicios pequeños y continuos. La voluntad distingue al hombre
y representa un factor clave en el desarrollo personal y en la promoción
integral de todas sus posibilidades. Si la vida es un arte, el orden dota
de armonía y disciplina a sus diferentes elementos.
EL ORDEN ES
EL PLACER DE LA RAZÓN
Orden es un
término universal. En cualquiera de los idiomas que escojamos -inglés,
alemán, francés, italiano, griego o latín-, su significado es el mismo: lo
recto, lo correcto, es decir, la disposición adecuada de las unidades que
constituyen un todo.
Lo recto
supone una dirección y una meta; un sentido y unos puntos de referencia.
Una persona no se vuelve ordenada rápidamente, sino que para ello necesita
verlo hecho realidad en alguien cercano. Ya he señalado con anterioridad,
en más de una ocasión, que los mejores educadores son los padres. Ellos,
ejemplificando con la práctica diaria, van señalando el camino correcto.
Los ideales
no emergen por arte de magia, sino que nacen de ejemplos cercanos, unas
veces gracias a los padres y otras, a los de los hermanos mayores, los
amigos o unos educadores de verdadera talla. En cualquier caso, el
educador actúa más positivamente por su ejemplo que por su doctrina; es
decir, cuando se aplican una serie de conductas positivas, vividas no en
la teoría sino en la práctica, y que arrastran a la imitación.
De hecho,
los integrantes de una familia ya rota, por ejemplo, los hijos de padres
separados, que han visto o vivido situaciones violentas o de mucha
agresión, quedan marcados negativamente en su carácter, pues no fueron
testigos de un buen ejemplo. En esos casos no suele ser fácil que
prosperen los ideales, y la falta de éstos constituye una de las más
graves carencias, por lo que a largo plazo se paga un alto precio. En ese
vacío anidan ideas sin fuerza y sin atractivo.
El tema de
la voluntad ha cambiado de posición en los libros de texto, cuando hace
tan sólo unas décadas tenía un puesto de privilegio. Toda educación se
basaba desde el principio en una educación de la voluntad. La expresión
fuerza de voluntad tuvo su tiempo y aún quedan reminiscencias de ella.
En esa línea precisamente están los que podríamos llamar
pensadores voluntaristas: Descartes, Duns, Scoto o Hume, entre otros.
Entre los modernos, destaca con luz propia Schopenhauer, que hace tal
elogio de la voluntad, que la sitúa entre uno de los elementos más
importantes de los que constituyen el ser más auténtico y verdadero del
hombre, intentando demostrar cómo aparece por todas partes la voluntad. La
voluntad es voluntad de vivir, el impulso incesante que nos alimenta para
el futuro.
Nietzsche,
otro autor en esta línea, apunta hacia la voluntad de poder, Zubiri habla
de un voluntarismo paradójico: la voluntad de la razón. El
voluntarismo alzaprima el valor de la voluntad, poniéndola al mismo nivel
o incluso por encima de las demás facultades psíquicas, y asimismo realza
su predominio en las determinaciones de la conducta, así como en la razón
práctica sobre la teórica. Son, pues, tres puntos importantes sobre la
concepción de la voluntad, que el cristianismo acentuó, ligándola a la
trascendencia.
El orden es
un segmento esencial de la voluntad, placer de la razón y sedante de la
afectividad; pero cuesta entenderlo así y hacerlo operativo en nuestra
vida diaria; aunque, como veremos, el orden puede aparecer de distintas
maneras:
1. El orden
serial, que se refiere al espacio, al tiempo, al movimiento, a la
disposición... y también a la relación del pasado con el futuro, del antes
con el después. Los ejemplos pueden ser muy claros: desde la ley de la
gravedad, a las reacciones de los psicofármacos sobre nuestro cerebro,
pasando por los motivos que conducen a experimentar la tristeza o el
estudio de una biografía en sus distintas etapas.
2. El orden
total, que nos permite distinguir y estructurar las partes con el todo;
jerarquiza, establece una relación sistemática entre los diversos
elementos de un conjunto.
3. El orden
de los distintos niveles que existen en la moral, de los cuales tres son
primordiales, y que describiremos en gradación ascendente: las virtudes
humanas (éticas y noéticas);
las virtudes cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza); las
primeras constituyen la base de las segundas; y en una posición más
elevada, las teologales (fe, esperanza y caridad).
En la
psicología actual y en la psicopatología, la voluntad es una de las
grandes ausentes, como lo fue la conciencia en el conductismo. Simplemente
no se habla de ella, y en su lugar ha ido emergiendo en los últimos años
la postura inversa: la permisividad.
¿Qué
significa permisividad? ¿De qué hablamos cuando utilizamos esta palabra?
Unamuno, en un texto que me parece sobresaliente, dice:
«Se dice, y
acaso se cree, que la libertad consiste en dejar crecer una planta, en no
ponerle rodrigones, ni guías, ni obstáculos; en no podarla, obligándola a
que tome ésta u otra forma; en dejarla que arroje por sí, y sin coacción
alguna, sus brotes, sus hojas y sus flores. Y la libertad no está en el
follaje, sino en las raíces, y de nada sirve dejarle al árbol libre la
copa y abiertos de par en par los caminos del cielo, si sus raíces se
encuentran, al poco de crecer, con dura roca impenetrable, seca y árida o
con tierra de muerte.»
Es decir,
debemos descubrir aquello que hace verdaderamente progresar al hombre, de
modo que su proyecto como persona sea lo más rico posible. El uso adecuado
de la libertad y de la voluntad son las velas decisivas, los soportes, que
empujan la navegación de cada uno hacia buen puerto.
Permisividad
significa que no debe haber prohibiciones, ni territorios vedados, ni
impedimentos que frenen la realización personal, ya que todo depende del
criterio subjetivo de cada uno. Por eso, nada es bueno ni malo. Esta se
sustenta sobre una tolerancia absoluta, dando casi todo por válido y
lícito, con tal de que a esa instancia subjetiva le parezca bien
. Se ha dicho que la época moderna está marcada por la desustancialización,
ya que la mayor parte de lo que hay a nuestro alrededor está rebajado,
diluido, cada vez con menos contenidos, y se va impregnando por la lógica
del vacío.
¿Por qué
tiene un trasfondo nihilista el hombre permisivo? La respuesta es que un
hombre hedonista, permisivo, consumista y relativista, no tiene referentes
ni puntos de apoyo, y acaba no sabiendo a dónde va, envilecido, rebajado,
cosificado... convertido en un objeto que va y viene, que se mueve en
todas las direcciones, pero sin saber adónde se dirige. Un hombre que en
vez de ser brújula, es veleta.
De este
modo, vienen a la mente un conjunto de estados anímicos engarzados por el
tedio, el aburrimiento, la desolación, una especial forma de tristeza,
todo consecuencia de la permisividad. Es una nueva pasión la que aflora:
la pasión por la nada; un nuevo experimento para ver qué sale de esta
rotura de las directrices (proyecto personal) y superficies (bases) de la
geometría humana, pero sin dramas, sin catástrofes ni vértigos trágicos.
Todos los grandes valores son relativos, dependen de cada uno, de lo que
cada sujeto piense...
Hoy, a
excepción del político, no hay debate ideológico en la Europa del
bienestar y la opulencia. Un ejemplo bien claro es la televisión: se trata
de ganar audiencia como sea y no precisamente estimulando las vertientes
culturales: se recurre a la pornografía, a la violencia o al escándalo. En
tales circunstancias todo invita al descompromiso; se lleva la desidia;
está de moda la vida rota, deshilachada.
También los
personajes actuales más afamados carecen de mensajes interiores, no
quieren decir nada. El hombre light está vacío, sólo le interesa el
dinero, el poder, el éxito, la fama, pasarlo bien sin restricciones, y
estar en los sitios y en los ambientes de moda.
Hay diversas
teorías y creencias sobre la época y el hombre actual: Gines Lipovetsky
dice que estamos en la era del vacío; Daniel Bell la diagnostica como
etapa de rebelión contra todos los estilos de vida reinantes; Guy Debord,
la define como la sociedad del espectáculo, donde se produce una discusión
vacía y los medios de comunicación insisten en seguir sin decir ni
transmitir nada. Por último, otro pensador contemporáneo, Hans Magnus
Erneberger dice que estamos en la mediocridad de un nuevo analfabetismo.
Permisividad
y subjetivismo forman un binomio estrechamente entrelazado. El
subjetivismo insiste una y otra vez en que la única norma de conducta es
el punto de vista personal, lo que uno piense, sea quien sea, y proceda
esa opinión de donde proceda; esta postura se va instalando de espaldas a
la verdad del hombre y de su naturaleza, buscando y persiguiendo el
beneficio inmediato. Con ello se quiere afirmar que la verdad es lo útil,
lo práctico.
Por eso, no
existe nada absoluto, definitivo o fundamental: todo es relativo, o sea,
depende de un entramado de relaciones complejas; nada es verdad ni
mentira, no podemos emitir juicios ni análisis sobre algo demasiado
terminante. Es así, siguiendo esta línea argumental, como caemos en el
relativismo: tratando de encontrar la verdad a través de nuestros deseos y
puntos de vista. Pero en realidad, alcanzamos una verdad subjetiva,
replegada sobre sí misma, sin vínculo alguno con la realidad, apoteosis de
las opiniones y de los juicios particulares.
Según lo
explicado hasta ahora, afirmamos que se cae en un nuevo absoluto: todo es
relativo; huyendo de las verdades universales, se termina aterrizando en
ellas. El relativismo es aquella postura en la cual no existe ninguna
verdad universal, definitiva, algo a lo que asirse y que sea esencial para
cualquier vida humana. Protágoras decía que el hombre es la medida de
todas las cosas.
La
transición de la filosofía a la psicología, en el tema de la voluntad,
tiene su trascendencia, ya que fue estudiada desde supuestos científicos y
con rigor metodológico; pero ha sido Freud, con ideas sugestivas... pero
también con errores muy significativos, quien más ha contribuido a que la
permisividad adopte una forma de tales características que hoy sea una
pedagogía de uso frecuente.
Entre los
mecanismos de defensa que él descubrió habló de la represión, con lo que,
al no ser bien entendida su definición por muchos, se creyó que, cuando
ésta se refería a la sexualidad, conducía casi inexorablemente a la
neurosis. Hoy, algunos años después de aquellas afirmaciones, sabemos que
esto no es cierto y que los datos confirman en muchas ocasiones lo
contrario.
ORDEN EN LA
CABEZA
Desde el
punto de vista filosófico, hay que distinguir cuatro tipos diferentes de
orden, que van a dar origen a cuatro parcelas importantes del pensamiento:
a)
el
orden natural, que no depende de la razón humana y que tiene dos
derivaciones: el orden físico, que abarca las realidades materiales, y el
orden metafísico, de las realidades no materiales;
b)
el
orden lógico, que es el que introduce la razón humana, formada por
conceptos simples y complejos;
c)
el orden moral, que busca alcanzar el fin último del hombre, llegar a la
auténtica felicidad, tanto objetiva como subjetiva, pero esto sólo se
lleva a cabo mediante el ejercicio de los valores morales;
d)
el
orden artificial, que introduce la razón en todo lo exterior.
En otra
descripción más práctica, voy a detenerme en estas cuatro dimensiones de
orden: orden en la cabeza, orden en el tipo de vida, orden en la forma, y,
finalmente, orden en los objetivos, todas ellas íntimamente relacionadas.
Orden en la
cabeza quiere decir saber a qué atenerse, tener unos criterios coherentes
y operar siguiéndolos de cerca. Hoy vivimos en una época confusa y el
ritmo trepidante de la vida nos deja poco tiempo para pensar con calma. El
hombre moderno está sometido a una actividad excesiva, y al mismo tiempo
la televisión y los medios de comunicación social le bombardean con
permanentes informaciones, que ayudan muy poco a su mejora personal y
desarrollo interior.
Una cosa es
estar informado, saber lo que pasa, y otra distinta, tener formación: ésta
es más definitiva y se produce tras esfuerzos personales concretos por
saber responder a las claves de la vida.
Ortega, en su obra Ideas y creencias, nos dice:
«Las ideas se tienen, en las creencias se está [...] de las ideas podemos
decir que las producimos, las sostenemos, las discutimos, las propagamos,
combatimos en su pro y hasta somos capaces de morir por ellas. Lo que no
podemos hacer es [...] vivir de ellas [...] Con las creencias no hacemos
nada, sino que simplemente estamos en ellas.»
En una
palabra, aquello en lo que creemos nos sostiene, actúa como tierra firme
sobre la que pisamos. El que no tiene esquemas claros en su mente, está
desorientado y no sabe ni lo que quiere ni hacia dónde va.
Este orden
conduce a tener una jerarquía de valores: tenemos un escalafón de
principios que nos sirve como patrón de referencia. Y esto en cuanto a la
vida personal, que va desde la afectividad a lo profesional, pasando por
lo intelectual, la familia y los amigos. La clásica rivalidad nuera-suegra
no es otra cosa que una falta de orden jerárquico en los sentimientos. Por
ahí muchas personas sufren lo indecible, pero si pusieran orden en ese
terreno, se ahorrarían muchos sinsabores.
También el
orden afecta al proyecto de vida, ya que éste no puede ser improvisado,
hay que diseñarlo, ponerle cotas, vallas protectoras, pequeños objetivos y
metas a medio y largo plazo. La realidad zigzagueante de la existencia se
encarga después de cambiar muchas cosas, darle la vuelta, con la aparición
de imprevistos y problemas o asuntos inesperados. La necesidad de tener
una flexibilidad dentro de ese esquema personal es, simplemente, algo
práctico, fundamental, que no debemos olvidar.
Cualquier
orden que se precie surge de una estructura mental bien sistematizada.
Tener orden por dentro no es cualquier cosa; es más, desde él empieza uno
a saber qué hacer ante ese sinfín de vaivenes y altibajos de la vida
humana. Sería una pretensión inútil querer tener estructurados todos los
aspectos de la existencia. El orden establece unos mínimos para
desenvolvernos bien, para perseguir nuestros propósitos, a pesar de las
ineludibles desviaciones que no pueden evitarse.
ORDEN EN EL
TIPO DE VIDA
Esta es otra
parcela interesante que hay que cuidar, si se quiere progresar en la
voluntad. La organización y la planificación de nuestras actividades tiene
un carácter preventivo y, a la vez, multiplicador del tiempo. Preventivo,
porque impide que los acontecimientos nos lleven por delante a su paso y
no podamos ensayar una solución satisfactoria; prever, adelantarse,
anticiparse a los hechos con una cierta cautela.
Multiplicador quiere decir que, con orden, el tiempo se multiplica y una
persona llega a casi todos los objetivos propuestos, porque distribuir
bien el tiempo es saber sacarle partido. Esto se ve muy claro en las
personas muy ocupadas, que saben lo que valen los minutos. La persona
acostumbrada a perder el tiempo, deja que se le escape casi sin sentirlo,
sin darse cuenta.
Saber
utilizar a fondo el tiempo abarca aspectos muy prácticos: desde tener un
horario que uno se esfuerza por cumplir, hasta ser metódico con los
asuntos que tenemos pendientes, diseñar una sistemática exigente y
flexible a la vez. Así es como cunde el tiempo. Sin orden, nunca saldrán
nuestros planes; no es posible, por más que uno quiera y luche. Falla la
base, la raíz del problema.
A este
respecto hay una observación que no quiero dejar de lado: hoy confundimos
mucho dos hechos diferentes: activismo y actividad. En el primer caso, uno
se mueve intensamente de acá para allá, pero con poco fruto, es un
movimiento que se hace de cara a la galería, de escasa productividad, que
suena mucho hacia fuera, pero tiene pocos resultados. En cambio, el
segundo es menos ruidoso, pero más efectivo: labor callada, lenta y de
resultados prometedores.
En el joven
hay un caballo de batalla para este tipo de orden: el estudio. Es un
verdadero termómetro, un sismógrafo que, a esa edad, registra muchos
valores al mismo tiempo. En mi experiencia de estudiante y de profesor
universitario, he podido ver que, muchas veces, unos buenos resultados
académicos no son tanto producto de una buena capacidad intelectual, como
de saber poner en práctica las condiciones instrumentales del estudio y el
rigor en los libros, apuntes y anotaciones.
La vida
ordenada produce tranquilidad y sosiego. Por eso, cuando alguien se va
acostumbrando a aplazar las tareas previstas, no se da cuenta que por ese
camino acabará debilitando su voluntad, y que cada vez se verá más incapaz
de sobreponerse a los momentos difíciles y de cansancio.
ORDEN EN LA
FORMA
Siguiendo
este recorrido, hay que insistir en el orden exterior. Este está
íntimamente conectado con los anteriores, pero con rasgos propios y
distintivos de los demás. Hace referencia a la ropa, los libros, las cosas
personales que uno utiliza diariamente. Es un aprendizaje que se debe ir
adquiriendo desde pequeño, con la ayuda de los padres y que, más tarde,
uno se encarga de cuidar. Ahora bien, quiero hacer una llamada de
atención: el orden en la forma es siempre un medio, nunca un fin; es decir
debe estar gobernado por la prudencia.
Los
psiquiatras sabemos que existen enfermedades producidas por un afán
desmesurado por el orden,
cuyas consecuencias son negativas tanto para la persona que lo sufre, como
para los que conviven con ella. Su despliegue debe dejar un margen a la
espontaneidad, ya que, si no es así, puede convertirse en algo enfermizo,
neurótico, que enturbia la convivencia.
Suelo decir que entrar en la habitación de alguien es como
hacerle un test. Esa persona se retrata, dejando constancia de muchas
cosas de su personalidad. Las cosas tiradas, los libros y los papeles
amontonados y ver cada cosa por un sitio, refleja un manifiesto desorden,
que en bastantes ocasiones se corresponde con un cierto desorden interior,
que de este modo queda al descubierto.
En la
educación de los hijos, los padres tenemos un buen campo de
experimentación para robustecer la voluntad. En alguna ocasión he
escuchado a algún padre decir que él no podía enseñar a sus hijos el
orden, porque él no lo vivía. Hay un contra argumento con respecto a esto.
Se trata,
justamente, de empezar a luchar por conseguirlo, explicándoles a los hijos
cómo ellos intentan superarse. Como he comentado en otras páginas de este
libro, lo mejor es ir haciendo pequeños ejercicios, insistir en ellos y
continuar, sabiendo que los pequeños avances de ahora serán ampliados en
el futuro si hay perseverancia.
En
definitiva, el valor de la estimulación positiva es importante a la hora
de empujar hacia estos valores, hoy poco apreciados. El buen ejemplo de
los padres debe estar presente, para que los hijos entiendan el porqué de
esos esfuerzos continuados. El orden por el orden tiene poco sentido, hay
que colocar las cosas de acuerdo con unos criterios determinados. Ahora,
en la era del ordenador, lo que sucede con este aparato es que simplifica
nuestra vida en algunos aspectos concretos.
El hábito
del orden es más fácil que arraigue si se empieza desde joven. Cuando una
persona se ha ido acostumbrando al desorden formal, le cuesta mucho
corregirse, salvo que haya tenido alguna experiencia muy negativa, que sea
casi traumática. Por ejemplo, haber perdido documentos importantes o
papeles de uso personal de difícil recuperación puede ser la piedra
angular desde donde se inicie un cambio serio, de propósito firme, que
conduzca a un orden estricto.
Para educar
a alguien en el orden, lo mejor es ver la utilidad del mismo y la
facilidad para encontrar lo que se busca. Esto vale para muchos aspectos
de la vida. Paciencia, perseverancia, insistir, no darse por vencido...
son las mejores bases para conseguir esta empresa difícil de entrada, pero
en la que una vez adquirido un cierto nivel, todo se hace más llano y
llevadero, pues se ha convertido en parte de nosotros.
Para un
niño, empezar a tener orden significa aprender a dejar su habitación
recogida, guardar sus juguetes, no dejar sus pequeñas tareas escolares a
medio hacer, tener sus cuadernos y libros en su sitio. Sucede lo mismo con
los idiomas. A un niño se le enseña inglés jugando, cantando, en plan
divertido. Y así, casi sin darse cuenta, va asimilando la gramática, la va
aprendiendo. De manera parecida sucede con el orden.
ORDEN EN LOS
OBJETIVOS
El orden en
los objetivos es el único modo de que los propósitos salgan adelante. Pero
para esto se necesita concretar; tener pocos objetivos, bien delimitados,
sin querer abarcar demasiado. Así se inicia el camino hacia las
determinaciones detalladas. Cuando se fijan los planes es el momento en
que uno ha aprendido a renunciar a la dispersión. Hay que partir de aquí.
Decir sí a todo lo que va apareciendo ante nosotros es la forma más segura
de salirse del cauce trazado. Ahí es donde uno precisa, analiza lo que;
quiere hacer, define y perfila sus objetivos, centra sus límites y capta
lo necesario para saber decir no a tantas sugerencias y tirones que
proceden del exterior, para desatender de algún modo lo que se tiene entre
manos y en la cabeza.
Planificar a
corto y medio plazo. Lo haremos con papel y lápiz. Muchas veces, esta
tarea se simplifica recurriendo a una agenda, donde todo queda anotado. De
este modo, todo es vivido de forma más sabrosa, pues lo mejor es
adelantarse a lo que está por llegar;. Este orden llena de aroma la
biografía, pues invita a no ceder, ni a darse por vencido cuando las cosas
salen mal, se tuercen o arrecia el viento de las contrariedades.
Organizar es
saber distribuir, de acuerdo con el paso de los días y las semanas, todas
las cosas que están pendientes, y que, al irlas haciendo, nos llenan de
satisfacción, de plenitud, porque percibimos una gratificación interior
cuando han sido llevadas a consecución. Este es el mejor método para
alinearlas hacia delante, con rigor e ilusión. El detalle, el esmero y la
minuciosidad es prever y, por tanto, va a ser portador de calma,
regularidad, equilibrio y sensatez en la organización.
EFECTOS DEL
ORDEN LA VIDA PERSONAL
Si la
batalla del orden se aplaza y no se da en los primeros años de vida,
ganarla va a costar bastante trabajo. Y sin una base o rampa de
lanzamiento, conseguir ciertos valores supondrá mucho esfuerzo hasta que
formen parte del comportamiento habitual.
Quien tiene
una buena educación de la voluntad es porque ha trabajado a fondo en el
orden y la constancia, y ha sido capaz de ir dando pequeños pasos hacia
delante, venciendo en unos, y en otros siendo vencido. Los primeros
estímulos son recibidos del ambiente familiar, siempre que éste tenga un
cierto equilibrio psicológico y los padres se anticipen a los hijos
abriéndoles el camino.
Hay que
saber motivar, ésa es la base de gran parte de la psicología que los
tutores deben emplear. Se juega con los hijos para que sean ordenados,
costándoles poco esfuerzo. Así se va adquiriendo el hábito: con la
repetición de actos de este tipo.
Por eso,
jugar en familia es tan importante: porque se crean lazos de amistad, se
liman las diferencias de autoridad sin rebajarlas de nivel, se ríe con los
hijos, y así aprenden el valor de saber perder con elegancia, pues
adquieren la importancia de saber ceder... en definitiva, el valor
pedagógico del juego entre padres e hijos es una verdadera escuela, donde
se pueden aprender muchas cosas positivas.
Ahí nace una
convivencia más directa entre todos, y cada uno va dejando clara su
personalidad, su forma de ser única y particular. Y a la par, le pueden
ayudar a corregir aspectos de su conducta.
Los
principales efectos del orden se resumen en los siguientes apartados:
1. Paz
exterior e interior. La primera supone tranquilidad, la segunda serenidad.
Entre ellas hay lazos y puntos de relación, en donde ambas están
implicadas. Uno sabe dónde están las cosas por su exterior, y cómo se
deben estructurar los hechos según su interior. Hay armonía, equilibrio,
conexión dentro de una estructura amplia. Uno está en la realidad, con los
pies en la tierra, sin querer demasiadas cosas y sin pretender hechos
imposibles.
2. Alegría.
Pienso que orden y alegría forman un binomio con muchos puntos en común.
La alegría es un resultado: La consecuencia de un tipo de vida coherente,
realista y con un buen nivel de exigencia, en busca de la meta, por encima
de los avatares y las luchas continuas. Uno se desvive por hacerse
persona, por mejorar en puntos concretos y esto, a la larga, produce una
satisfacción interior inmensa.
Entonces,
cuando se ven los logros, el desenlace de esos esfuerzos trabajosos, se
capta la trascendencia que tiene lo ordinario y el buen rendimiento que
produce. La alegría es la recompensa del esfuerzo y la perseverancia. La
vida merece la pena cuando hay retos, grandes desafíos, y rebeldías nobles
que llevan a apostar por conseguir ser lo mejor posible.
Todo esto
choca frontalmente con la sociedad hedonista de nuestros días. Porque se
vive una reñida pelea que hay que mantener con uno mismo, para no dejarse
vencer y poder adquirir los valores del guerrero: ganas de pelear,
capacidad de entrega, no darse por vencido, e insistir sin desaliento. Por
ese camino la vida humana cobra su más genuino sentido.
Julián
Marías dice: «Desvivirse en la forma suprema del interés; pero, ¿qué es el
interés más que ínter esse, estar entre las cosas? Cuando nos
interesamos es que estamos ahí, con las cosas, desviviéndonos. Y vivir es
estar entre las cosas que nos rodean y solicitan, en nuestra circunstancia
.»
La alegría
es al mismo tiempo afirmación de resultados positivos, y negación para
disciplinarnos en los objetivos trazados. El que es demasiado blando
consigo mismo se ha ido haciendo a base de cesiones en cosas, quizá no muy
significativas, pero que a la larga lo desentrenan en el trabajo de
luchar.
Las fibras
últimas del ser humano se templan ahí, vibrando en un diapasón con dos
puntas en su horquilla: en un extremo, la fortaleza, y en el otro, la
paciencia; la primera, compuesta de materiales firmes, la que hace al
hombre que la posee sólido, capaz de acometer y resistir los
contratiempos; la otra, la paciencia, basada en el aprender a esperar,
sabiendo sobreponerse cuando no se producen los planes previstos, sin
perder la calma.
3. Eficacia.
Cuando hay orden en el desarrollo de cualquier actividad, el tiempo se
dilata, y se tiene la sensación de que se llega a todo si uno ha sido
capaz de no dispersarse. Pensemos tan sólo, como ejemplo, en la ciencia
moderna de la bibliometría, en la que la suma de datos informativos sobre
una cuestión monográfica llega a ser hoy exponencial.
Pero si hay
orden, si esos datos están bien archivados, apoyados en un sistema lógico,
racional y estructurado, de acuerdo con unos parámetros operativos, todo
eso puede ser guardado en la mente sin que éstos se pierdan con el paso
del tiempo. El saber sí ocupa lugar, y hay que hacerlo a base de orden.
4. El
cuidado en los detalles pequeños dentro de las ocupaciones que uno tiene
entre manos. Joseph Pieper nos dice que tener valores significa que el
hombre pretende ser verdadero, tanto en el sentido natural como
sobrenatural; en el primero, uno se eleva personalmente, mientras que con
el segundo, se aspira a lo máximo que puede llegar alguien en esta vida.
En la Edad
Media se consideraba sabio al hombre a quien las cosas le parecían tal y
como eran realmente, tenía capacidad para ver con objetividad la realidad,
desde varias perspectivas.
Este cuarto
apartado oscila entre poner amor en lo pequeño, saber terminar bien un
trabajo, esmerarse en hacerlo todo con corazón y cabeza, y elevar el nivel
de la tarea haciendo las cosas despacio, con calma, sin correr, sin
atropellarse. De ese modo, el instante cobra un carácter duradero, con
resonancias dilatadas.
También es
importante en este aspecto del orden el cumplimiento fiel del horario,
desde el comienzo hasta el final, el orden en la convivencia cotidiana con
los demás, pasando por aprender a ser templados y no pretender abarcar más
de lo que uno realmente puede.
5. El orden,
a la larga, si es vivido con un sentido profundo, basado en el servicio a
los demás y en la lucha por mejorar, conduce a que la persona sea más
libre y responsable. La madurez psicológica es algo que se va adquiriendo
paso a paso, a base de trabajo bien hecho, de responsabilidades asumidas,
de capacidad para superar las frustraciones, de haber sido consciente de
que hay que tener buen perder y volver a empezar de nuevo... Todo con
voluntad y constancia. Este es el modelo en el que se deben fijar los
humanos para sacar el mejor resultado.
De ahí emerge un hombre más reposado, alegre, firme en sus
propósitos, que no se desmorona con facilidad, con más gusto por el humor
que por el drama, más inclinado por la ilusión que por la agonía. Así es
como se forja en el futuro un tapiz humano que apunta hacia algo grande,
atractivo, sugerente, por lo que merece la pena luchar dejándose uno lo
mejor de sí mismo en el esfuerzo.
El orden y
la prudencia son los dos protectores de uno de los tesoros más preciados:
ser conscientes de que hay que luchar con la inteligencia y la
afectividad. Platón, en La República, dice que la prudencia es la madre de
todas las virtudes; es decir, de ella parten otras tres: la justicia, la
fortaleza y la templanza.
La palabra
virtud actualmente está en desuso, su valor no es apreciado en el mercado
psicológico y de la calle, pero conviene bucear en su etimología, ya que
de ella podemos sacar algunas conclusiones provechosas. Los griegos hablan
de areté, capacidad, habilidad o incluso cierto grado de
perfección, no sólo exclusivas del hombre, sino también de un animal o
incluso de un instrumento.
Así, por
ejemplo, el caballo tenía la areté de la velocidad; el violín, la
de expresar unos sonidos sugerentes; y el cuchillo de cortar bien. La
palabra alemana tungend deriva de taugen y significa
capacidad en general.
Los romanos
llamaban a la virtud virtus, que procede de vir, varón; y a su vez
equivale a virilidad o propiedades específicas de la condición masculina
en cuanto a fuerza.
En general, la esencia de la virtud es que facilita el
hábito de inclinarse a obrar hacia el bien o hacia lo mejor. De aquí que
el orden y la constancia, como dos valores sustanciales de la voluntad, se
abran camino para la consecución de un hombre de más nivel, que quiere
volar alto y elevarse por encima de sus limitaciones.
CAPÍTULO IV
ORDEN Y ALEGRIA
VIVIR EL
ORDEN DISFRUTÁNDOLO
En el mundo
de los sentimientos nos encontramos con este rasgo afectivo, el orden, que
presenta dos caras: la alegría y el placer. La alegría (del latín
alacritas-atis, fuego, vivacidad, ardor) es un sentimiento de contento y
satisfacción interior que se produce como consecuencia o reacción de algo
positivo que ha acontecido a una persona. Esta definición nos presenta las
siguientes características:
-
La
alegría, como estado de ánimo, es una experiencia subjetiva y por tanto,
sólo puede analizarse o estudiarse teniendo en cuenta este dato.
-
Por medio
de la alegría la vida se percibe de forma plena, dilatada, llena de
fuerza y de sentido; eso que procede de fuera y nos alegra lo sentimos
como un don, es decir, tiene un valor positivo.
-
Es uno de
los estados afectivos fundamentales del hombre, que, generalmente, se
produce como consecuencia de algo positivo que ha ocurrido y que es el
desencadenarte de esta emoción gratificante.
-
Esta
emoción, que proporciona placer y que se extiende al plano psíquico,
produce una vivencia de luminosidad y esperanza.
-
La
alegría, está motivada siempre por la posesión de un bien o por su
previsión anticipada.
La auténtica
alegría es aquella que rezuma optimismo, satisfacción, animación y
regocijo, que invita a la celebración y está propensa a abrirse a la
comunicación. Y, además, enriquece interiormente, muestra un panorama
futuro amplio y proporciona a la existencia su auténtico sentido en esos
momentos.
La vida, a
pesar de todo, merece la pena sólo por la alegría; es entonces cuando el
pasado adquiere un relieve comprensivo; el futuro se ve con confianza, y
se espera de él todo lo bueno que puede traernos. Entendida desde esta
concepción, lo que hace es reafirmar a la persona con respecto a su
biografía, y encajar en ella las tres instancias temporales -pasado,
presente y futuro- en un bloque, en un armazón que tiene un fundamento y
una dirección precisa, a pesar de los vaivenes de la existencia.
En la Divina
comedia, Dante dice que la alegría es luz intelectual llena de amor, amor
de verdad lleno de júbilo, júbilo que trasciende toda dulzura. Descartes,
en su tratado Las pasiones del alma, dice: «Emoción placentera del alma
que consiste en el gozo del bien.» Nosotros preferimos reservar la palabra
placer para otro contexto y con connotaciones distintas.
TRABAJO Y
ALEGRÍA: DOS PIEZAS INSEPARABLES
Cuando
estamos alegres se debe a que hemos conseguido algo o que esperamos
alcanzarlo, sea un bien material o no. Por ello, la alegría auténtica es
producto y consecuencia del esfuerzo; por ejemplo, una de las más
importantes es la que se deriva del trabajo bien hecho.
Trabajo,
alegría y fiesta forman un continuum psicológico. Sólo una vida con
un trabajo lleno de sentido hace al hombre alegre, y únicamente es posible
celebrar una fiesta cuando ésta se da en una persona cuya vida y cuyo
trabajo siguen un camino, tienen una dirección que se rebasa a sí misma.
Conviene no olvidar en este apartado que la alegría está más ligada al dar
que al recibir. Cuando se invierte esta dirección, con frecuencia pueden
aparecer la tristeza, la melancolía y la desilusión, y afectan a las
fortificaciones de la personalidad.
LAS TRES
CARAS DE LA TRISTEZA
La palabra
tristeza (del latín tristitia) significa afligimiento, pesadumbre.
Su experiencia pertenece al mundo sentimental y se puede definir como un
sentimiento de pesar, de dolor interior, que lleva consigo el estar
desolado, con pena, embargado por la melancolía. En la clasificación de
los sentimientos propuesta por Max Scheler, éstos quedan estratificados en
cuatro planos:
1. Los sentimientos sensoriales, es decir, ligados al
cuerpo, pero localizados, de ahí que sea frecuente escuchar a un enfermo
depresivo: «Tengo la pena cogida al estómago.»
2. Los
sentimientos vitales son también corporales, pero generalizados:
«Tengo el cuerpo triste, como si todo él me pesara.» Estos dos tipos de
sentimientos no motivados son endógenos, obedecen a los cambios
internos de la fisiología humana, por lo general los ligados a
la enfermedad depresiva.
3. Los
sentimientos psíquicos, que son motivados, debidos a algún suceso
personal y, generalmente, están desligados del cuerpo.
4. Los
sentimientos espirituales, ligados a los planos trascendentales.
Pero, ¿qué
es un sentimiento? Es un estado pasivo, interior, que siempre tiene una
cualidad vivencial positiva o negativa. Hay que diferenciar el sentimiento
de la sensación, que consiste en la captación del mundo exterior mediante
los sentidos, auténticas ventanas que nos incorporan todo lo externo.
Mientras que
en las sensaciones intervenimos activamente, ya que nos dirigimos hacia
operaciones que están fuera de nosotros, en los sentimientos nos dejamos
invadir por ese cambio emocional, sin hacer nada, de forma pasiva, viendo
cómo cambian los distintos niveles de nuestra afectividad.
La tristeza
puede ser, de distintas maneras, tres formas de vivir esa experiencia
universal.
- Una
primera, la tristeza psicológica, es aquella producida por algo
negativo, cuyos desencadenantes son factores externos. Esta se percibe,
sobre todo, a nivel íntimo, sin resonancia corporal, y evoluciona en
relación con el motivo que la produjo; pertenece al estrato de los
sentimientos psíquicos. La mejor terapéutica para curarla es el tiempo.
- La segunda
es la tristeza vital, la más grave de las tres que se describirán,
llamada así porque procede de los sentimientos vitales que se encuentran
entre lo psíquico y lo somático. La vivencia de ésta es distinta
cualitativa y cuantitativamente: se experimenta como un vacío interior y
el sujeto queda invadido por la falta de motivación emocional, lo que en
la psiquiatría alemana clásica se denomina «el sentimiento de la falta de
sentimiento».
Es tan intensa y profunda, que con frecuencia se escucha
decir a estos sujetos -enfermos de depresión-: «Ya no puedo estar más
triste.» Hay una nota especialmente importante en ella: se mira siempre
hacia el pasado, porque sienten cerradas todas las posibilidades de
proyectarse en el futuro. Aflora cada vez más la culpa, y, más tarde, la
desesperación, donde se queman las últimas oportunidades de salir adelante
y enfrentarse al mañana. A este estado interior hay que sumarle los
síntomas somáticos que lo acompañan: dolor de cabeza, molestias digestivas
y manifestaciones físicas por todo el cuerpo.
- Y por
último, la tristeza vitalizada, un estado intermedio entre las dos
anteriores. Aquí el proceso se produce del siguiente modo: cuando la
tristeza psicológica tiene gran intensidad y duración se va haciendo
independiente de aquello que la originó.
Pero la
complejidad de los sentimientos se pone de relieve cuando intentamos
analizarlos de forma fragmentada. Así, la alegría y la felicidad son las
dos aspiraciones universales del hombre, muy parecidas, pero distintas. Lo
mismo sucede con el placer, pero éste, en último lugar, después de la
felicidad y la alegría, en este orden.
La alegría
siempre da satisfacción cuando se ve alcanzado un deseo; un contento que
desemboca en una vivencia de reposo. La felicidad ya es más compleja y se
experimenta como una síntesis de nuestra vida, en donde son explorados el
amor, el trabajo y la cultura, así como la propia personalidad.
El placer es
más sensible y el cuerpo tiene una importante participación. La relación
entre placer y alegría es comparable a la que existe entre superficie y
profundidad, entre fugacidad y permanencia. La alegría es más densa,
porque afecta a planos más íntimos; el placer es momentáneo, pasajero,
tiene una connotación más instantánea.
Alegrarse
significa saborear algo bueno que esperábamos, es un indicador de que
vamos en buena dirección, aunque sólo sea en aspectos parciales de nuestra
vida. Toda educación auténtica conduce a la alegría, o dicho en otros
términos: educar a una persona es darle entusiasmo con respecto a los
valores para su realización como hombre.
Alegría y
felicidad se hallan en la base de cualquier motivación humana, aunque la
primera sea más corta que la segunda. La primera es conciencia de un bien
que se ha conseguido; la segunda, abarca muchos segmentos de la realidad
personal, de ahí su densidad. La alegría es siempre un logro parcial, es
decir, el puente hacia una felicidad relativa.
Pero, en
definitiva, podemos afirmar que, en el hombre maduro, ambas forman un
binomio, en el que la alegría estimula a continuar hacia adelante, le da
alas a la ilusión.
ORDEN Y
CONSTANCIA: LAS VELAS DE LA VOLUNTAD
Hay razones
más que suficientes para elogiar el orden. No obstante, pienso que no
están de moda ni él ni la constancia ni la voluntad. Y por tanto entiendo
que, cuando se las trata de estudiar y de fomentar, uno va
contracorriente. Ahora bien, creo que es una cuestión universal, ya que
inculcar valores costosos requiere una primera etapa difícil, hasta que se
aceptan y van calando en nuestro interior.
Muchos
hombres inteligentes no son sabios, porque carecen de valores humanos y
trascendentes. Se ven abocados a cierta superficialidad, que puede
conducir a la frivolidad.
Porque el orden y la constancia deben estar bien enfocados
en nuestro proyecto personal. No basta sólo con poseerlos, sino que su
contenido, aquello a lo que aspiremos, debe ser algo que nos ennoblezca,
que nos haga más humanos, que nos mejore. Las rutas cambiantes de la
existencia esforzada saltan los tropiezos que va encontrando a su paso, si
hay una motivación fuerte que es vivida con ilusión.
El orden y
la constancia significan regularidad en las acciones y estado por el cual
los objetivos y aquello que nos rodea no se amontonan, ni quedan apilados
en un aplazamiento sine die.
Ambos
valores posibilitan situarse mejor frente a lo cotidiano. Hay que
mencionar algunos rasgos característicos, aunque parezcan poco
importantes: la puntualidad, la observación correcta en la división del
tiempo, la colocación de las cosas que normalmente utilizamos, etc. Todo
esto llega a constituir un verdadero estilo de vida ordenado. Dicho de
otro modo: el valor del orden reside en que es la condición previa para la
consecución de un armazón racional de la vida.
En el
desorden todo se mezcla y se confunde. No sólo no se encuentran las cosas,
sino que ante todo, uno no se encuentra a sí mismo, porque anda perdido
sin rumbo fijo, sin saber a qué atenerse.
He
mencionado con anterioridad en otros capítulos que estos dos valores
alcanzan su máxima consideración en el Renacimiento. Fue el siglo XVI el
que las alentó, con la elevación del hombre a un rango superior. Pero
también logran una especial preponderancia en la Ilustración, a lo largo
del siglo XVIII.
Su papel en
la educación fue ya puesto de relieve de forma patente. Yo diría incluso
lo siguiente: igual que la prudencia es la «cochera» de la justicia, la
fortaleza y la templanza, el orden lo es de los valores éticos y noéticos,
o sea, los orientados hacia la conducta, los que tienen como objetivo la
vida intelectual y todo lo que de ella se deriva.
Sobre un
cierto orden inicial se organizan otras formas ordenadas más complejas.
Como he comentado en el capítulo dedicado al orden,
éste se desarrolla mediante un despliegue de cuatro geografías
complementarias: el orden en la cabeza, el orden en el tipo de vida, el
orden en la forma y el orden en los objetivos. Es decir, al que se vive
preferentemente hacia el exterior, le corresponde otro en el interior, que
facilita la vida y la potencia hacia la realización de las aventuras
previstas.
Como
cualquier cuestión relacionada con los valores, el orden tiene su
contrapartida cuando es vivido de modo exagerado. Un orden rígido,
estricto, inflexible, convierte al que lo practica en neurótico, ya que le
impide funcionar de forma relajada, fluida, sana.
Es entonces
cuando nos hallamos ante el perfeccionismo, una manera enfermiza de vivir
el orden y que se caracteriza por los siguientes elementos: nunca se está
contento con lo que se ha hecho, ya que todo podría mejorarse, lo que
conduce a la insatisfacción; por otro lado, rigidez en la conducta, una
especie de estar encorsetado y no poder moverse con desenvoltura.
De ese modo,
la persona perfeccionista tiene un nivel excesivo de exigencia consigo
misma y con los demás, de quienes brota asimismo gran descontento. Además,
alrededor de esta persona crece el miedo al fracaso, al no ver cumplidos
los puntos previstos con la exactitud y la perfección deseadas.
El orden
sano agiliza la vida y amplía sus horizontes, y al hombre que lo practica
le sirve para hacer poco a poco lo que debe. Uno mismo es quien crea su
futuro, con fines particulares, precisos, de acuerdo con las propias
necesidades; lo contrario produce el caos, la improvisación, el descuido,
el no tener claro lo que uno tiene ante sí. En consecuencia, la vida se
desorganiza, el proyecto que uno tiene por delante se desmorona, porque
está sometido al vaivén de los caprichos y los cansancios psicológicos.
CAPÍTULO V
CONSTANCIA
CONSTANCIA
ES TENACIDAD SIN DESALIENTO
La
constancia constituye otro de los grandes pilares de la voluntad. Habiendo
tomado una determinación concreta, la constancia conduce a no interrumpir
nada ni darse por vencido, a pesar de las dificultades que surjan, ya sean
internas, externas o por el descenso de la motivación inicial. Así se
edifica el hombre fuerte: a base de tesón y de firmeza, que deben ser
aprendidos desde que somos pequeños.
Todo hábito
requiere un aprendizaje, sobre todo cuando, de entrada, es costoso y
pensamos que se trata de una tarea ardua a primera vista; por lo que tener
ejemplos cercanos de personas constantes es el mejor impulsor para
continuar en lo emprendido.
En la vida
humana, el binomio orden-constancia es inseparable y habita en el hombre
con voluntad, el cual está gobernado por una capacidad de perspectivas
amplias, de ver a lo lejos, pero sin variar fácilmente los objetivos
propuestos. Hay que tener visión de futuro, captar una panorámica que se
adelante al porvenir, para combatir los cansancios normales que cualquier
tarea conlleva en su realización.
La
constancia presupone que somos vulnerables, pues hay un sinfín de
ocasiones que, de un modo u otro, nos hacen pensar en abandonar lo
comenzado. Cuando estamos tentados por la inconstancia se dan muchos
factores a la vez: desánimo, cansancio por los contratiempos, ausencia de
resultados cercanos, la imaginación que inventa metas sin esfuerzo... la
comparación con otras vidas próximas más fáciles, etc.
Pero el
hombre constante mira hacia adelante, con la ilusión de alcanzar la cima
deseada y por eso se mantiene firme, inalterable. De ahí la importancia
tan esencial de las motivaciones, como comentaremos más adelante.
La
constancia en la preparación de unas oposiciones para un trabajo
profesional muy competitivo no es la misma que la necesaria para luchar
por modificar aspectos negativos del propio carácter o la que se utiliza
para vencer la dejadez, el abandono o la apatía. Hay un hilo conductor en
todas ellas, pero los desencadenantes no son los mismos.
Uno de los
signos de madurez de la personalidad lo constituye la visión de futuro;
quien la posee ya ha ganado mucho terreno, porque sabe relativizar las
contingencias inmediatas, con las que cuenta como manifestaciones normales
de cualquier trabajo. Esta persona se interesa y pone especial énfasis en
que estos avatares no le distraigan de la dirección hacia donde apunta.
Cuando más
se siente uno lleno de fuerza es cuando se vencen las adversidades y se
mantienen constantes los contenidos fijados para llegar hasta donde se ha
propuesto. La satisfacción es el premio a esos momentos de pequeñas
victorias; muchas de ellas, entremezcladas con derrotas parciales, le irán
fortaleciendo.
Pieper habla
del enfermizo afán de seguridad como un rasgo casi neurótico, pues la vida
también está dotada de incompletud y de provisionalidad que pueden surgir
en cualquier momento, y no hay que perderlas de vista. Al que le falte el
ánimo para acometer los riesgos que conlleva prosperar en su proyecto
personal, avanzará poco en la consecución del mismo.
Alasdair
Macintyre
pasa del «vive como quieras y haz lo que te guste» a una ética, cuya
aspiración final es la felicidad. En esa misma línea está la obra de
Giuséppe Abba
. Ambas formas de concebir la ética pretenden lo mismo: preguntarle a cada
uno qué tipo de persona quiere ser o cuál es su aspiración cuando se
comporta de una determinada manera.
Vuelve aquí
una cuestión central: La noción de fin. Lo que lleva a restablecer el
esquema tridimensional de la moral clásica: ¿qué es la naturaleza humana?,
¿cuál es su fin?, y ¿cuáles son los medios adecuados para andar por ese
camino hasta alcanzarlo? En la respuesta a estas tres preguntas está la
clave para poner en marcha la constancia.
La mejor
manera de realizar nuestro proyecto es no interrumpir los planes, saber
enfrentarse a las presiones externas e internas e ir adquiriendo recursos
para sobreponerse a las inexorables dificultades.
HAY QUE
SABER QUÉ ES LO QUE UNO QUIERE
Para poner
en práctica diariamente la constancia hay que saber lo que se quiere:
querer es activar la voluntad, impulsada ésta por la motivación. Sin
embargo, la falta de claridad, la dispersión en los objetivos, y la falta
de exactitud en las pretensiones son rasgos psicológicos que no ayudan a
la constancia.
Los
objetivos se prever a corto, medio o largo plazo; pero todos deben estar
diseñados por el mismo patrón: la consecución gozosa y arriesgada del
proyecto personal, para lo que se necesitan ilusiones. De ellas surge la
fuerza para resistir contra viento y marea. El fruto más preciado del
orden, la constancia y la voluntad es que uno se hace más dueño de sí
mismo, siendo capaz de guiar su propio destino, por encima de los
altercados y las vicisitudes de la vida.
He ahí la
recompensa. Los pasos intermedios cuestan, son esforzados, significan
superar tantos lances como vayan sobreviniendo, pero con la mirada puesta
en llegar a la meta y obtener el galardón. El que así obra, se hace
superior, y si persevera, se transforma en alguien invencible.
Ser
perseverante en el esfuerzo diario debe ser el eje de cualquier
planteamiento. Las principales características de la constancia, desde el
punto de vista psicológico, son tres:
1. La
actitud, que es la predisposición interior para no darse uno por vencido y
seguir adelante sin desanimarse, es una forma de estar frente a las
realidades y las luchas. Con esta premisa el panorama cambia, porque se ha
ido alimentando una postura, un talante esforzado, una situación de
emplazamiento que permite una mezcla de serenidad y de firmeza. La actitud
está regida por el saber esperar tiempos mejores y continuar sin bajar la
guardia.
2. El
hábito, la dirección constante hacia lo mejor se va alcanzando con la
repetición de actos, que implican renuncias no muy grandes y que entrenan
para el vencimiento. Vencerse en lo pequeño y dar batallas en objetivos en
apariencia insignificantes son los rasgos de cualquier valor que se
precie. Insistencia, reiteración, empeño, tenacidad; todo se desliza hacia
el mejor aprendizaje de la conducta.
Un
aprendizaje compuesto de entrenamiento, que, una y otra vez, se esmera en
alcanzar la meta, aunque a veces, momentáneamente, no se aprecie. El
hábito es un proceso educativo que va construyendo una segunda naturaleza:
la conducta se va arraigando con fuerza en ese empeño.
3. Tener un
espíritu deportivo de lucha, mediante ejercicios de vencimiento,
superación de pequeñas derrotas, capacidad para saber reponerse y volver a
empezar, retomar las ilusiones del principio y crecerse ante los
imprevistos que frenan el avance y saber perder y empezar de nuevo. Este
espíritu supone pelear con bravura para que salga lo mejor que hay en
nosotros, oculto en el fondo de la personalidad.
ENTREGA
OBSTINADA A UN FIN
La entrega
rebelde a un fin -entiéndase rebeldía como no querer darse por vencido- es
la mejor manera de perseguir la meta, sin desviarse demasiado de su ruta.
La vida humana nunca es rectilínea, sino casi siempre sinuosa y
complicada. La tozudez, el ser pertinaz y estar motivado fuertemente
supera con frecuencia al talento y a la capacidad intelectual.
La persona
constante se ha hecho a base de golpes duros, de pequeñas renuncias, hasta
ir ganando en fortaleza: hay que ser hercúleo, consistente, difícil de
derribar... casi sublime en lo puramente humano. Estos son los rasgos que
definen al hombre firme.
Un hombre
así estará siempre dispuesto a llegar lejos, a elevarse por encima de las
circunstancias y a situarse en una posición cuyas categorías superarán las
adversidades, por muchas que sean y por duro que parezca su contenido. El
sentido platónico de los valores quedaba resumido como la capacidad
personal para realizar la propia obra que uno se había propuesto.
La persona
constante se hace permanente, estable, trasciende las acciones
particulares y está dispuesta para buscar siempre lo más conveniente a
largo plazo, aunque, de entrada, le cueste y signifique tener que
vencerse. Ni el orden, ni la constancia, ni la voluntad son disposiciones
innatas, sino adquiridas en la pelea diaria, y deben lograrse mediante
esfuerzos expresos, concretos, claros, bien delimitados.
Aristóteles,
en su Etica a Nicómaco, nos dice:
«De las
acciones crece al fin la actitud fija. Por eso debemos comunicar a
nuestras acciones un determinado valor, una determinada cualidad, pues si
se configuran conforme a ella, resulta la correspondiente actitud
fundamental fija. Que nosotros nos formemos desde la juventud en ésta o en
la otra dirección no importa poco, sino mucho y hasta todo.»
Pero la
cuestión estriba en saber la manera en que el hombre puede ir adquiriendo
estos valores que acrecienten la voluntad.
El orden y
la constancia tienen como fruto inmediato la consecución de los objetivos,
y como mediato, la sensación de alegría por sacar lo mejor de nosotros
mismos, venciendo presiones y resistiendo infortunios. Así una persona se
hace infranqueable con sus pretensiones, y nada ni nadie podrá derribarla.
Ambos, el
orden y la constancia, cumplen la misteriosa función de hacernos más
libres, de sacar adelante nuestro proyecto, dando vía libre a los
argumentos que han hecho posible esa travesía.
Es interesante analizar la ordenación que hace David Isaacs sobre las
virtudes
pues aunque es difícil establecer una sistematización clara y
jerarquizada, su trabajo consiste en poner sobre el tapete los valores más
destacados del hombre, todo orientado hacia el niño y el joven, aunque sin
olvidar al hombre adulto.
Otto Bollnow
sitúa el orden y la constancia entre lo que él denomina las virtudes
burguesas, las cuales suelen olvidarse en los estudios sobre moral y
ética, ya que en estas disciplinas se buscan comportamientos
extraordinarios. Yo prefiero al héroe diario, capaz de dominarse a sí
mismo, y no a quien entrega su vida de pronto y se lo juega todo a una
carta.
En
definitiva, la vida diaria sigue siendo la gran cuestión. Para mí estos
valores que yo llamaría renacentistas
tienen hoy especial relevancia, a la luz del hombre cercano ya al siglo
XXI. El Renacimiento se inicia en Italia antes que en el resto de Europa,
con figuras tan sobresalientes y de gran influencia como Dante, Petrarca y
Boccaccio, cuyos modelos sirvieron de base a los escritores posteriores. Y
todo, inspirado en la Antigüedad grecorromana. Ahora vuelven a apreciarse
aquellos valores que estuvieron vigentes durante el siglo XVl y sus
aledaños.
Burguesía y
Renacimiento son dos fenómenos históricos en los que se han apreciado
mucho el orden, la constancia y la voluntad. La burguesía marca el
desarrollo de las ciudades (burgos) de la Edad Media, dedicadas al
comercio, a la artesanía y a determinadas actividades profesionales en la
vida urbana. Aunque al principio los burgueses no fueron aceptados por la
nobleza y el clero, más tarde superaron en riqueza a los primeros,
adueñándose de los municipios. Ellos, con su laboriosidad incesante,
labraron nuevos conceptos sobre la sociología de su tiempo.
El hombre
fuerte ha sido siempre admirado en todas las culturas, tanto teocéntricas
como antropocéntricas. Las grandes gestas, la coherencia de vida, los
ideales nobles por los que uno es capaz de vivir y morir, siempre han
servido de estímulo para muchos; han servido como puntos de referencia
hacia los que cualquier persona se ha sentido atraída.
Frente a la
heroicidad de las grandes aventuras personales, es preferible la valentía
audaz de la constancia, aunque no se vea ni brille, pero, en cualquier
caso, decisiva en la mejor biografía que se precie. El que practica con
ánimo y sacrificio e insiste sin cesar en lo que debe hacer, llegará a
cumplir sus sueños.
En las vidas
auténticas, existe una meta por la que luchar y una bravura intrépida
escondida en el remanso de muchos días, sencillos y normales, en los que
se ha aprendido la mejor lección para conquistar la constancia: la
grandeza de lo ordinario nos espera siempre y uno debe aplicarse en ella.
Las pequeñas hazañas cotidianas nos preparan para las grandes gestas.
EL SECRETO DE MUCHAS VIDAS: LA
PERSEVERANCIA EN LOS OBJETIVOS
Toda la
labor humana recuerda a la del jardinero: hay que cavar la tierra,
abonarla y soportar largos y duros días sin alegría, sin poesía, con la
esperanza puesta en el futuro, en el día de mañana. Pero esto debe estar
acompañado de amor: más se consigue con amor, que con dureza y severidad.
Es
lamentable ver cómo algunas vidas no ven culminados los objetivos por el
abandono ante las dificultades, los problemas, los cansancios... Es una
lástima observar cómo un licor precioso pierde su calidad al mezclarse con
una pequeña suciedad, del mismo modo que un vino excelente deja su bouquet
cuando se echan unas gotitas de agua.
Los valores
sólo se adquieren a base de renuncias y sacrificios sin necesidad de
publicarlos. El esfuerzo sin espectáculo es más heroico que el brillante y
ruidoso. El cometido de la fortaleza consiste en robustecer la voluntad a
base de orden y constancia. Como escribía san Agustín: «La fortaleza es el
amor que todo lo soporta por el objeto de sus amores.»
Hoy esto
alcanza un grado más alto que nunca en importancia, ya que con el
creciente avance del hedonismo, para muchos, el principal elemento
motivador es el placer o simplemente el pasarlo bien sin restricciones, es
decir, vivimos en la denominada cultura del placer, que se opone a todo lo
que venimos subrayando y que a largo plazo tendrá unas consecuencias muy
graves y negativas para el ser humano.
El creciente
esfuerzo por el único deseo de elevar el nivel de vida y despreocuparse
casi de todo lo demás no favorece la tarea de adquirir poco a poco más
puntos en el terreno de la constancia. ¿Para qué ser más constantes?, ¿con
qué motivo, si lo que cuenta es pasarlo bien, consumir y conseguir una
mayor disponibilidad de bienes materiales? Esta mentalidad hedonista
culmina en un materialismo práctico, alejado de cualquier espiritualidad
que conduzca hacia otra dirección.
Actualmente vivimos una etapa de represión de
la espiritualidad que nubla el panorama para descubrir no sólo los valores
naturales, sino especialmente los sobrenaturales. Esta mentalidad tiene
notas muy características: horror a todo lo que significa renuncia y
captación sólo de aquello tangible. Es la descristianización de la
sociedad occidental, considerada por muchos como la etapa poscristiana de
la sociedad industrial.
Santo Tomás
de Aquino
recordaba que la voluntad se hace presente en dos actos fundamentales:
aggredi, por un lado, y sustinere por otro; es decir, hay que
enfrentarse con los peligros que pueda comportar el desarrollo de la
propia realización personal y ser capaz de soportar las adversidades. En
el primer caso estamos ante la valentía y la audacia; en el segundo,
frente a la paciencia y la constancia.
La madurez
de la personalidad conlleva saber que uno se puede entrenar en la
actividad de cada día para buscar lo mejor; ese trabajo es básico, pues,
desde él, se potencia la voluntad: se hace lo que se debe, lo previsto,
aunque sea con esfuerzo y no se vean los frutos enseguida. Se debe mostrar
firmeza ante las dificultades, no doblegándose ante ellas.
Deberíamos
memorizar que cualquier empeño por educar la voluntad está rodeado por la
constancia, la paciencia y el tener los ojos puestos en la meta. Cuando
las contradicciones arrecian y se manifiestan de forma insolente, no hay
que darse por vencido ni hundirse; esto quiere decir que se ha aprendido a
superar la natural debilidad que parece quebrarse cuando las cosas
empeoran.
Los
horizontes grandes emergen en esas latitudes, por ahí podemos buscar al
hombre valiente, sólido, voluntarioso, dueño de sí mismo, que sabe lo que
quiere, y que, por encima de la moda de lo que he llamado la tetralogía
light -hedonismo, consumismo, permisividad y relativismo-, aspira a
sumergirse en los sueños e ideales, buscando los grandes horizontes.
Hoy faltan
ideales, metas nobles por las que luchar, puntos de referencia
trascendentes. Todo lo que se hace por amor... es amor, aunque la voluntad
se resista a ponerse en movimiento. Las obras valiosas nos preparan para
no desfallecer y seguir insistiendo. Lo he dicho en este capítulo: para
hacer más fuerte la constancia, hay que repetir actos que la fomenten,
hacerlos una y otra vez, con amor y con paciencia.
El sendero
se hace andando, como decía Antonio Machado en su poesía: «Caminante, no
hay camino, se hace camino al andar.» Cuando la voluntad, el orden y la
constancia se manifiestan unidos, configuran una personalidad madura, bien
dibujada. Así se forma el hombre superior.
La elección en el amor debe partir del hecho de tener un modelo
masculino / femenino en la cabeza, lo que exige una tarea previa de
análisis. No hay verdadero amor sin elección, y elegir significa
preferir, seleccionar, escoger, siempre de acuerdo con un patrón
previo. Hay que tener un ideal preconcebido, que luego se amoldará a
la realidad.
El
amor sin elección suele conducir a errores sentimentales graves.
Las virtudes noéticas tienen un marcado sello intelectual, mientras
que las morales se dirigen hacia el comportamiento buscando lo más
excelente (humildad, generosidad, sinceridad, paciencia, etc.).
Hoy
pienso que debemos hablar de los valores de recambio, que en nuestro
tiempo tienen una gran importancia: la solidaridad, el espíritu
democrático, el pluralismo ideológico, los valores de la ilustración
puestos al día, etc. Todos ellos deben encaminarse hacia la máxima
aspiración del hombre: la realización más completa de sí mismo.
Si todo es relativo no hay referente. Dicho en otros términos: no hay
relación envío-remitente. Por ahí todo se desliza hacia una
indiferencia progresiva, que culmina en una insensibilidad gradual,
escepticismo, desapasionamiento y crueldad, es el vacío por saturación
de contradicciones.
Muchos fracasos escolares y universitarios de los estudiantes malos,
que van llevando sus cursos con dificultades excesivas, no se deben a
la falta de capacidad intelectual, sino a que no han aprendido a poner
en juego las bases del estudio; no han sido educados para ello. Aquí
tiene especial relieve el orden, la constancia y la voluntad. Las
relaciones entre las tres son muy estrechas; todas ponen armonía en la
vida personal, producen resultados estimulantes y proporcionan la
ilusión de ver cumplidas metas específicas y planes previamente
trazados.
Existen varias enfermedades originadas por el exceso de orden. Las
obsesiones, en las cuales uno de sus más frecuentes contenidos es la
«manía» porque todo esté en su sitio, pero de forma excesiva,
exagerada, sin un mínimo de flexibilidad. Hay dos estirpes clínicas
contrapuestas: la neurosis obsesiva, que parte de la ansiedad y que
tiene buen pronóstico; y la enfermedad obsesivo-compulsiva, que tiene
un pronóstico más difícil, pues lleva consigo la repetición de una
serie de actos o liturgias, que impiden hacer cualquier cosa que no
sea la obsesión fijada.
Cuando el
orden es sano, normal, el orden está a nuestro servicio; cuando es
enfermizo, el sujeto está al servicio del orden. Además de este rasgo
diferencial, el hablar con la familia de este tipo de pacientes, nos
va a dar la respuesta cabal de si estamos ante algo que está dentro de
los límites normales o si constituye ya algo patológico.
Véase
Breve tratado de la ilusión, Alianza Editorial, Madrid, 1990, pág.
137.
Esta implantación de la paciencia en los tiempos que corren no es
fácil. Fomentarla en los hijos e intentar vivirla personalmente va en
contra de la corriente actual. Hay más esfuerzo en soportar, que en
impacientarse. Pero el hombre contemporáneo quiere resultados
inmediatos, la visión de la realidad tiene lugar a cortísimo plazo, de
ahí su dificultad.
En la
psicoterapia se ve claramente cómo, muchas veces, en la aceptación de
las dificultades está el cambio.
Véase su libro Las virtudes fundamentales, Rialp, Madrid, 1976.
El siglo XVIII muestra un aspecto más uniforme en el triunfo de la
razón sobre los sentimientos. Su mayor fuerza se dio en Francia, con
los enciclopedistas. En la Enciclopedia se expusieron todos los
conocimientos habidos hasta entonces y sistematizados de forma
sencilla, clara y sugestiva. Fue dirigida y planeada por Diderot y en
ella colaboraron especialmente D'Alembert, Holbach, Helvetius,
Condillac y Condorcet, entre otros. Su influjo fue extraordinario y
sus ideas políticas y sociales prepararon lo que fue la Revolución
Francesa.
Remito al lector al capítulo III «Orden», pág. 55 y ss.
Véase Tras la virtud, Crítica, Barcelona, 1984. En este libro, este
profesor de Filosofía Moral subraya que las concepciones morales de la
Ilustración han fracasado y que ahora, con el creciente relativisrno,
el hombre oscila entre el darlo todo por válido o caer en el vacío por
saturación de contradicciones.
La ética
(basada en las normas sociales de cada época) y la moral (más
inspirada en la ley natural y en la visión sobrenatural del hombre)
deben tender hacia la felicidad, pero como resultado de una vida que
lleva a lo mejor, que busca la realización más completa del ser
humano, en todos sus aspectos y vertientes.
La
relación histórica de las virtudes ha cambiado. Para Hornero, el
paradigma por excelencia era el guerrero; para Aristóteles, el
caballero ateniense; actualmente, con la llegada de ese bien político
que es la democracia, han aparecido otras distintas: la solidaridad,
el pluralismo, la vuelta de la tolerancia, el liberalismo
ideológico... aunque en cada una de ellas habría muchos matices que
mencionar.
Véase su libro La educación de las virtudes humanas, Eunsa, Pamplona,
1991. En él el lector interesado puede encontrar la fuerza permanente
de los principales valores que anidan en el hombre por el único hecho
de serlo, aunque su análisis transcurre de lo natural a lo
sobrenatural. Su reflexión sobre los hábitos operativos buenos le
conduce a buscar el modo de aumentar su intensidad, sabiendo 3 la
estrecha relación que existe entre todas ellas: generosidad,
fortaleza, perseverancia, sinceridad, sobriedad, espíritu de trabajo,
paciencia, etc.
Véase Esencia y cambios de las virtudes, Revista de Occidente, Madrid,
1960. Es un manual fenomenológico donde el autor traza un análisis
psicológico, sociológico e histórico de los mejores hábitos que puede
llegar a tener el hombre, centrándose especialmente en la fortaleza,
la sensatez, la prudencia y la sabiduría, la serenidad, la fidelidad,
la confianza y la justicia. Para ello se inspira en Husserl, Scheler y
Hartmann.
Todavía
en la Edad Media, la organización política considera poco a la
burguesía, porque no pertenece a la nobleza ni al clero. Pero ya hacia
el siglo xv y, sobre todo, con la llegada del Renacimiento, esto
cambió. Pensemos en el libro de Alfonso X el Sabio, Las Partidas, o el
del infante Don Juan Manuel, El libro de los Estados, donde la
consideración prestada a los burgueses es escasa.
En los siglos XVII y XVIII se
produjeron cambios extraordinarios. La transformación de la burguesía
en clase dominante se produce con la Revolución Industrial y con la
llegada del capitalismo. Aquí me refiero al concepto de transformación
de la persona mediante un trabajo serio y disciplinado, que le hizo
ascender en la escala social de su tiempo. A vueltas, por tanto, con
el orden y la constancia en el trabajo profesional.
El Renacimiento no puede ser entendido como un proceso rectilíneo y
uniforme, sino sujeto a incesantes reflujos. Surge una nueva
mentalidad artística, social y económica, unida a cierta agilización
de las clases sociales, hasta ese momento absolutamente estancadas.
Uno nacía perteneciendo a un nivel socioeconómico y, con toda
seguridad se podía decir, que moría en él, salvo excepciones honrosas.
Véase Summa Theologiae, Tomo 11, Editorial Católica, Madrid, 1985,
pág. 123.