CAPÍTULO VI
VOLUNTAD Y PROYECTO PERSONAL
DESEAR Y QUERER
Ya he
comentado que sólo la voluntad nos determina. Todo comienza por el deseo,
pero para llevarse a buen término es necesario que éste se transforme en
algo que se quiere. Desear y querer son dos pretensiones, una que navega
pilotada por los sentimientos, mientras que la segunda es guiada por la
voluntad.
Desear es
apetecer algo que se ve, pero que depende de las sensaciones del exterior.
Aquí lo que se pretende suele ser periférico, complementario al proyecto,
y por otra parte, la conducta que pone en marcha decae con rapidez, una
vez que se ha satisfecho ese anhelo.
Hay unos
mecanismos que se disparan con más o menos inmediatez. Aquí podríamos
exponer como un ejemplo clarificador todo el tema de los instintos o las
tendencias básicas: el hambre, la sexualidad, la sed, etc.
Querer es
verse motivado a hacer algo anteponiendo la voluntad, pues sabemos que eso
nos da plenitud, nos mejora, eleva la conducta hacia planos superiores.
Toda la conducta motivada implica elección. Voluntad es elegir, y elegir,
renunciar.
Trae consigo
un comportamiento más lejano, que necesita sacrificar lo cercano y apostar
por aquello que ilusiona, pero que está aún en la lejanía. Este proceso
complica las cosas, porque requiere ya un cierto grado de madurez. La
respuesta se mantiene por el apoyo de una voluntad templada en una lucha
firme y duradera.
Es el viejo
dilema de los medios y los fines. Lo que mueve es algo bueno, que aparece
en la razón como algo por lo que merece la pena esforzarse. La meta es un
estímulo para la acción, sobre todo en los momentos difíciles, el punto de
referencia por el cual se dirige la voluntad, poniendo de su parte una y
otra vez, venciendo los posibles desfallecimientos que surjan de fuera y
de dentro.
En la
práctica, el desear y el querer aparecen mezclados; pero en la teoría es
bueno separarlos, para saber en qué terreno estamos. Cuando queremos nos
movemos o sentimos atraídos a preferir lo mejor. Y si la meta tiene
grandeza, nos lleva poco a poco a una posición desde la cual vamos a ir
siendo más dueños de nosotros mismos: pasamos de lo pasajero y lo temporal
a lo imperecedero e intemporal.
Pero, ¿qué
es lo que arrastra?, ¿qué hace que apuntemos hacia esa dirección?
Sentirnos motivados por aquello que nos interesa. La motivación es siempre
la representación anticipada de la meta, lo que nos conduce a la acción. A
través de ella estamos abocados a realizar lo que hemos elegido.
A la larga,
debemos actuar para alcanzar algo que nos llene realmente o también, para
pretender el mejor desarrollo personal.
El gran
dilema estriba en la siguiente pregunta: ¿cómo fomentarla voluntad cuando
siendo la meta buena, positiva, la vemos al principio como algo bastante
costoso y difícil? Ya lo he dicho antes: sabiendo hacer atractiva la
exigencia y mirando siempre fijamente al horizonte de las ilusiones del
porvenir.
¿Cómo?:
utilizando la inteligencia, sublimando los esfuerzos, no dándose uno por
vencido cuando las cosas van mal, poniendo algunos toques sobrenaturales
que nos eleven por encima de las circunstancias. Los esfuerzos y las
renuncias de ahora tendrán su recompensa. Sólo quien sabe esperar es capaz
de utilizar la voluntad sin recoger frutos inmediatos. La mejor de las
metas es una ecuación entre felicidad y proyecto personal.
LA FELICIDAD
COMO PROYECTO PERSONAL
El tema de
la felicidad tiene un fondo interminable. Para llegar a ser feliz es
necesario que la vida tenga argumentos concretos, sólidos, firmes, que
arrastran al hombre hacia lo mejor. Decía André Maurois en su libro
Sentimientos y costumbres que es más fácil definir la felicidad por
las carencias que el hombre tiene que por las que posee.
La felicidad es la aspiración más completa del hombre, la
más alta, su vocación fundamental, su inclinación primaria, hacia la que
apuntan todos sus esfuerzos. Aun en las situaciones más difíciles y
complejas en las que pueda verse el hombre, ése será su objetivo.
Unas veces
se presenta de forma clara y concreta; otras, lo hace de modo difuso y
abstracto, pero ésa es la meta. La felicidad es el bien supremo perfecto,
y su objetivo la realización plena de uno mismo.
Esto se
concreta en dos segmentos claves:
1)
Haberse encontrado a sí misma es decir, tener una personalidad con cierta
solidez, en la que uno se encuentra a gusto.
2)
Tener un proyecto de vida.
Ahora vamos
a referirnos especialmente a la segunda. ¿Qué significa tener un proyecto
de vida? ¿Qué quiere decir esto? ¿Cómo debe ser entendido? La felicidad
consiste sobre todo en ilusión. Con ella la vida se vive como
anticipación. Nos adelantamos, la vamos diseñando y cuando llega lo
anticipado, lo saboreamos lentamente, paladeando lo que trae consigo.
La felicidad
está basada en encontrar un programa de vida atractivo, satisfactorio,
capaz de llenar y que sea el acompañante esencial de la existencia, de
nuestra biografía. La vida es argumenta! y el proyecto su contenido.
Veamos cuáles son sus principales características.
El proyecto
debe ser personal; uno mismo lo diseña, y como protagonista del mismo, su
arquitectura la elaboramos según nuestras preferencias personales. Pero es
decisiva la voluntad para llevar a la práctica todo este diseño de nuestro
porvenir, que responde a unas aspiraciones particulares que constituirán
el texto de la vida propia, lo que le dé sentido a la trayectoria de cada
uno.
Sentido
implica tres rasgos complementarios: contenido o tejido sustancial del
programa; dirección, que es el aspecto vectorial de la travesía personal;
y, por último, unidad, una estructura en donde quedarán integrados
armónicamente una serie de distintos elementos.
Para que se
desarrolle de forma adecuada el proyecto personal hay que conocer bien el
contexto en el que nos lo hemos propuesto. Esto se traduce en estar en las
coordenadas de la realidad, en donde se desenvuelve la vida propia, lo
cual comporta dos condiciones: conocer las aptitudes y las limitaciones de
cada uno.
Por las
primeras sabemos para lo que estamos dotados y buscamos esos parajes; por
las segundas, nos damos cuenta de los márgenes que ha de tener nuestra
andadura.
Sin un serio
esfuerzo no puede llevarse a cabo. En él se dan cita un conjunto de
elementos determinantes, sin los cuales resulta muy difícil que éste
prospere. Hay que combatir dos peligros: la dispersión, o sea, querer
abarcar demasiado, y además, decir que sí a otras incitaciones
interesantes, lícitas pero que distraen de la tarea principal.
Las velas
que ayudan a la navegación del proyecto de vida son el orden, la
constancia y la voluntad. Orden es jerarquía, disciplina, saber que
unas cosas anteceden a otras y que se necesita una programación; el orden
es sedativo, nos produce paz y serenidad, nos facilita lo que tenemos por
delante y que es prioritario. Por otra parte, está la constancia: empeño,
insistencia, no ceder terreno, no darse por vencido, perseverar..., de
este modo los propósitos se van haciendo férreos, firmes, sólidos,
pétreos. Hay que ser obstinados con nuestro proyecto personal, es la única
manera de que salga adelante.
Y en tercer
lugar, está la voluntad que podemos definir como aquella capacidad
psicológica que hace al hombre singular. Es decir, que la voluntad se
educa a base de ejercicios repetidos de entrenamiento, a través de los
cuales uno busca lo mejor, aunque le cueste; siempre hay en este trasfondo
unas notas marcadamente ascéticas.
El hombre
con voluntad suele tener una mayor resistencia para no desmoronarse ante
la adversidad; pero no hay que olvidar que tener una voluntad firme no
resulta fácil, sino que requiere aprender a negarse a lo inmediato,
buscando lo que está por llegar.
El que
tiene voluntad es verdaderamente libre, consigue lo que se propone.
Debo estar
preparado para todo tipo de eventualidades que puedan sobrevenirle a mi
proyecto. La vida tiene siempre recodos imprevisibles. Cualquier
trayectoria biográfica es azarosa, está tejida de hilos que se enlazan y
se entrelazan; de ahí la necesidad, antes o después, de restaurar el
proyecto: cambiando, puliendo y perfilando sus aristas.
En alguna
ocasión, he comentado la tetralogía de la felicidad que yo
propongo: tener una personalidad que se ha encontrado a sí misma, vivir de
amor, trabajar con sentido y poseer la cultura como fondo; o sea amor,
trabajo y cultura. Soy feliz cuando mi vida tiene un proyecto,
en el cual se van desarrollando estos tres rasgos.
Por eso, a
medida que pasan los años tengo más elementos de juicio para analizar cómo
va ésta. Al hacer balance existencial extraigo de él el haber y el debe.
Me examino. Y cada etapa del viaje me ofrece un sabor distinto, según la
haya vivido.
La alegría y
la tristeza, la ilusión y la decepción, el abandono de las metas
propuestas, el continuar hacia adelante empeñado en llegar a donde uno
había previsto, etc. Sin olvidar, por otra parte, que todo análisis de la
vida personal es siempre doloroso. A través del mismo, cada parcela del
proyecto va rindiendo cuenta de su viaje.
LA VICTORIA
SOBRE SI MISMO
El verdadero
objetivo de la voluntad es conseguir la victoria sobre uno mismo, que abre
las puertas para la conquista del autodominio, a través del cual no nos
desviamos de la meta, y nos entregamos con ardor. Y a la hora de llevar a
cabo algo desagradable, costoso, vienen a la mente los beneficios que se
obtendrán y eso estimula la lucha.
La voluntad
es la capacidad para conseguir los objetivos de la juventud y de la
madurez, de acuerdo con un plan previo, argumentado y tejido de motivos y
razones. Ambos empujan hacia lo querido. Hoy está de moda el estudio de la
psicología animal, porque estos seres vivos están inmersos en el presente,
sin capacidad para servirse del pasado, ni para atender al porvenir y
preverlo.
El hombre
inferior vive aferrado a lo inmediato, mientras que el hombre superior se
proyecta hacia delante, sacrificando la satisfacción pronta e inminente.
Hay que saber esperar, perseverar en lo iniciado, no querer conseguir
frutos inmediatamente después de haber tomado la determinación de poner a
funcionar la voluntad. A ella se oponen, también, la búsqueda febril de la
comida y de un confort ilimitado, que aletarga y ahoga cualquier vibración
de vencimiento
.
Toda
educación empieza y termina por la voluntad, y ésta se enrecia a base de
hábitos y de repetición de actos con esfuerzo, que nunca deben ser
entendidos como algo maquinal, monótono o mecánico, sino como una
iniciativa personal que está dispuesta para dirigirse hacia lo más
conveniente, desatendiendo la voz que pregona las dificultades y sus
escollos.
Esto irá
permitiendo que nos enfrentemos a muchas empresas sin miedo. No hay rutina
cuando se procura poner amor en lo que se hace. Educar no es sólo conducir
a alguien hacia lo mejor, para sacar todo lo bueno que lleva dentro, sino
hacer que esa persona ame el esfuerzo, lo quiera, lo consienta, lo vea
como positivo y liberador.
Voluntad y
felicidad están muy unidas y relacionadas, siempre que se tengan claros
los pasos que se quieren seguir. Para la realización personal en la vida
afectiva y en el trabajo debe estar presente la voluntad. No se hacen las
cosas por placer, sino por llegar a donde uno se ha propuesto; ello nos
sitúa a las puertas de la felicidad, que consiste en la realización más
completa de uno mismo.
LA FELICIDAD
ES UN RESULTADO
En el Talmud
judío leemos el siguiente proverbio, que es como una invitación a la paz
interior y a la serenidad, que se esconde en el fondo del hombre feliz.
«El hombre
fuerte es el que domina sus instintos y sus pasiones; el hombre sabio, el
que aprende de todos con amor; y el hombre honrado, el que trata a todos
con dignidad.»
Según el Derecho Romano, las claves para llevar una existencia positiva
eran tres: «honeste vívere, alterum non laedere et suum cuigue tribuere»
es decir: vivir honestamente, no dañar a nadie y dar a cada uno lo suyo.
Esta sería la felicidad del hombre apolíneo, fundamentada en el orden y el
equilibrio.
En otra
vertiente nos encontramos con la felicidad dionisíaca, la del hombre que
busca sensaciones nuevas, movimiento, actividad, bucear en los últimos
escondrijos de la realidad para ver que se encuentra allí y al mismo
tiempo explorarse a sí mismo. Entre esta doble posibilidad de felicidad
existen muchas concepciones y formas de entenderla.
El cauce de
nuestra vida se abre paso con nuestra conducta y se cierra con las
distintas etapas de su trayectoria. Necesita a la vez forma y contenido,
envoltura y sustancia, superficie y profundidad. De esa simbiosis emerge
cada forma de ser feliz; para serlo, la vida debe tener unidad, hay que
trazar anticipadamente lo que el hombre quiere ser, lo que desea hacer con
su vida de acuerdo con un programa previo. Si no hay libertad con
minúscula.
Cualquier
diseño que se haga puede venirse abajo por la imposición autoritaria del
medio. El tono argumental de la existencia necesita un mínimo de libertad.
Ahora que se abren en toda Europa tantas posibilidades nuevas después de
muchos años de totalitarismo, pensar en la felicidad resulta más fácil.
El hombre
busca tanto la libertad como la felicidad. Hay una tecnología entre ambas
que a cada uno toca descubrir, para lo cual no debe decaer el esfuerzo por
alcanzar la meta propuesta. Y que en el camino, aspiremos a los valores
eternos, aquellos que no pasan con los siglos: la paz, la armonía con los
demás, el encuentro profundo con el otro, la educación para la libertad y
la convivencia, la búsqueda de la trascendencia... promover el amor
auténtico.
Si la
felicidad es un resultado, la vida es un ensayo hasta conseguir
exteriorizarlo mejor, lo más humano que se lleva dentro, sin olvidar que
para alcanzar esa paz interior son inevitables las contradicciones, las
contrariedades y el sufrimiento en sus diversas formas.
Ahí se
acrisola la personalidad hasta arribar a su homogénea fisonomía. La
felicidad es la experiencia subjetiva de encontrarse uno a gusto consigo
mismo, contento con su vida hasta ese momento. Las notas esenciales son la
alegría, el júbilo, la satisfacción.
La felicidad
se parece a una manta pequeña, que nos tapa, pero que siempre deja una
parte del cuerpo al descubierto. También podemos compararla a un puzzle,
en el que siempre faltan algunas piezas, porque ésta es un polinomio,
producto de muchos factores
. Por desgracia, se ve cómo se pierden muchas vidas por falta de
contenido, pues en ellas sólo hay apariencia.
La felicidad
es la meta del hombre, su máxima aspiración, hacia la cual apuntan todos
los vectores de la conducta. Pero hay que buscarla, no se encuentra al
final de la existencia, sino en medio de su recorrido. Por eso, es más una
forma de viajar, que una estación definitiva. La felicidad absoluta es una
utopía. Se saborea un gozo especial cuando la vida tiene temática, sabor y
proyección de futuro.
A lo largo
de la vida, la felicidad juega con el hombre al escondite: se va, viene,
desaparece, asoma, se esconde, nos muestra la cara y, más tarde, enseña la
espalda. La felicidad consiste en una mezcla de alegrías y tristezas, de
luces y sombras, pero presididas por el amor. Al adentrarnos en el
entramado del corazón humano descubrimos que la coherencia interior es el
puente que nos conduce al castillo de la felicidad.
CAPÍTULO VII
VOLUNTAD PARA LA VIDA CONYUGAL
ES FÁCIL
ENAMORARSE Y DIFÍCIL MANTENERSE ENAMORADO
El
enamoramiento es un fenómeno universal, cuyas sensaciones hacen vibrar
interiormente. Ortega decía en Estudios sobre el amor, que era como
una enfermedad de la atención: hasta ese instante dispersa y moviéndose de
acá para allá, y que a partir de un determinado momento se dirige en un
sentido determinado, con la mirada, la cabeza y el corazón.
Stendhal, en
su libro Del amor, dice que la cristalización es la pieza clave del
enamoramiento: la tendencia a idealizar a esa persona, poniendo en ella
todo lo bueno, grande, noble y hermoso que el ser humano es capaz de
concebir. En definitiva, es tal el hambre de amor que, a veces, de algo
relativo hacemos un absoluto. Max Scheler, en Esencia y formas de la
simpatía, menciona el entusiasmo como nota central de esta
manifestación afectiva.
Erich Fromm,
en El arte de amar describe el amor como la principal respuesta a
la existencia humana, y llega a afirmar que cualquier teoría del amor debe
comenzar con una sobre el hombre, porque amar es abandonar la prisión de
la soledad.
El propio
Ovidio, en el siglo I a.C., uno de los poetas líricos más admirables de su
tiempo, publicó un libro, cuyo título fue también El arte de amar,
en el cual se nos revelan con toda claridad y fuerza los puntos fuertes
donde debe apoyarse el amor del principio para que, con el paso del
tiempo, perdure.
Todo amor grande encierra una pasión por lo absoluto. Hoy,
con la degradación de la vida afectiva, a cualquier relación superficial y
centrada en la sexualidad, nos atrevemos a denominarla amor. Hay que tener
el coraje de llamar a las cosas por su nombre.
Hace unos años se puso de moda una expresión que traspasó
los umbrales del lenguaje coloquial: estar unido sentimentalmente. Para la
persona avezada en estas lides, la frase dejaba bien claro su significado.
La erotización de la sociedad ha hecho cambiar el panorama sentimental de
una forma patente.
¿Hemos mejorado, se ha conseguido que las relaciones del
corazón tengan más calidad, sean más firmes y consistentes? Pienso que no.
En esta nueva situación son muchos los factores que han influido
negativamente, pero dos han tenido un especial relieve: el cine y la
televisión.
Hay un
excelente libro de Clive S. Lewis, Los cuatro amores, que nos
expone cuatro experiencias esenciales para controlar todo lo sentimental:
el afecto, la amistad, el eros y la caridad. Su tesis descansa en el
pensamiento cristiano:
«Los amores
humanos merecen llamarse amor siempre que se parezcan a ese Amor, que es
Dios.»
Incluso
llega a afirmar algo que me parece importante:
«Lo más alto
no puede sostenerse sin lo más bajo.»
Y en cuanto
a la amistad, leemos:
«La amistad
es el plato fuerte en el banquete de la vida (...] los hombres que tienen
verdaderos amigos son menos manejables y menos alcanzables. La amistad es
el instrumento mediante el cual Dios revela a cada uno las bellezas de
todos los demás.»
Maisonneuve,
en su tratado Les sentiments, define al amor como un estado
afectivo muy completo, interior, pasivo, agradable o desagradable.
Es decir, que entramos sigilosamente en otra galaxia, distinta de los
objetivos, para bucear en los pasadizos de la ciudadela interior y
descubrir lo más recóndito de ella.
Porque hay
que subrayar con fuerza que es fácil enamorarse, quedarse deslumbrado ante
alguien, pero muy difícil mantenerse enamorado, sobre todo con los valores
afectivos vigentes en la actualidad. Y me remito a los datos estadísticos
de los últimos años en nuestra cultura occidental.
Por eso, se
ha puesto de moda una fórmula intermedia, que elude el compromiso y salva
el posible fracaso en este terreno: el concepto de pareja, como unión
afectiva descomprometida, transitoria, que dura mientras la relación
funciona, y que si se rompe, no sucede nada. En eso se inscribe un
mecanismo habitual hoy en este aspecto: la falta de dramatización en todos
los órdenes. Es la mejor manera de sortear las dificultades... aunque, a
la larga, la vida pierde sabor, contenido y, por supuesto, coherencia.
EL DRAMA DE
LA CONVIVENCIA
Debemos
pasar del enamoramiento, de esos momentos exultantes en los que se dilata
la personalidad, al día a día, al plano de la realidad. Las diferencias
entre ambos -realismo e idealismo- son grandes y es básico estar bien
preparado. Si no existe claridad de ideas, se puede caer en la trampa de
decir que uno se ha desenamorado y lo que realmente sucede es que, como en
todas las parejas, la relación pone a prueba a los dos, cuando pasa el
tiempo y la convivencia somos cada uno.
¡Qué tema
tan importante y tan difícil el de la convivencia! Porque la vida diaria
sigue siendo la gran cuestión. Todas nuestras teorías, ideas, argumentos y
estilos psicológicos vienen a convocarse aquí: a la realidad de residir en
el mismo sitio y habitar juntos.
Convivencia
es, ante todo, compartir, participar en la vida ajena y hacer partícipe al
otro de la propia. La convivencia es una prueba complicada en la que
demostramos muchas cosas de nuestra personalidad.
En este
tramo final del siglo XX creo que una las mayores dificultades objetivas
estriba en la convivencia en la que todos nos deslizamos en una especie de
desequilibrio e inestabilidad. Cuando convivimos con alguien se percibe en
vivo y con gran claridad la necesidad de buscar soluciones y alternativas
para hacer posible la vida ordinaria.
He comentado
en alguna otra ocasión que uno de los cánceres sociales de nuestros días
es la ruptura conyugal. Pues bien, también la vida familiar, en general,
se ve surcada hoy por experiencias dramáticas y queda destrozada y herida
cuando le vienen todo tipo de desavenencias.
Una buena
convivencia no resulta fácil, pues implica un esfuerzo importante de la
voluntad y una capacidad suficiente para aceptar vivir con otras personas.
Dibujaremos
los aspectos más esenciales de este tema, los principios de donde debemos
partir para ir alcanzando una relación positiva entre las distintas
personas que conviven en el seno, no ya sólo en la vida familiar, sino de
cualquier comunidad humana relativamente pequeña.
Soy de los
que piensan que la primera fuente cultural es la familia, por su grandeza,
su importancia y el papel decisivo que desempeña en la formación y la
configuración de la personalidad de cada uno de sus integrantes.
Pues bien,
estos puntos cardinales son, en mi opinión, los siguientes:
*
Primero.
Tener un conocimiento adecuado de uno mismo es el principio básico, es
decir, saber las cualidades y las principales características de la propia
psicología personal. Esto es imprescindible. Implica enfrentarse con uno
mismo y procurar resolverse como problema o ecuación; ahondar,
profundizar, captar, para llegar a saberse, a conocerse. Esto concluye en
que debemos conocer las aptitudes y las limitaciones personales. De este
modo será más fácil controlar las borrascas y las tempestades que
ineludiblemente habrán de sobrevenir.
*
Segundo.
Esforzarse por limar, pulir y rectificar aquellos aspectos de la
personalidad que dificultan, entorpecen o impiden el trato y la relación
cotidiana. Se trata de luchar por desterrar lo negativo, modelando las
aristas y las vertientes menos sanas del propio comportamiento. Toda esta
tarea de reforma personal es ligera, pero continua; suave y sosegada, pero
firme y compacta. Sin estos propósitos concretos, no debemos esperar
cambios que favorezcan una mejor relación entre las personas.
Hay que
evitar con los demás los denominados «prontos de carácter» en el lenguaje
coloquial (reacciones impulsivas, pérdida del autocontrol ante estímulos
insignificantes), la utilización de esquemas rígidos, intransigentes y
herméticos, así como la susceptibilidad, los cambios bruscos de humor
inmotivados o la desconsideración sistemática ante opiniones ajenas a las
propias.
*
Tercero.
El conocimiento del contexto o de la realidad donde se desarrolla la
convivencia. Este conocimiento se vertebra en dos direcciones: por una
parte, el conocimiento de la realidad propiamente dicha, es decir, la
situación concreta en la que tiene lugar esa relación. En definitiva, debe
existirla prudencia, la sindéresis: la valoración adecuada de la realidad.
Aristóteles, en su Etica a Nicómaco, la define y nombra como
ordenadora del querer y del obrar.
Por otra
parte, la otra dirección radica en el conocimiento ajeno. Conocer a las
personas con las que se convive, para entenderlas primero y comprenderlas,
después. Entender quiere decir ponerse en el lugar del otro, situarse en
su espacio vital, ver el mundo desde su perspectiva. Comprender implica
una operación más avanzada: significa abrazar, unirse, hacer los intereses
y los problemas del otro parte de los propios.
Cuando le
decimos a alguien: «Comprendo lo que te pasa», «Me hago cargo de lo que
está sucediendo», estamos yendo a su encuentro para ayudarle con nuestra
cabeza y nuestro corazón. Por eso comprender es aliviar.
Cuando
sabemos cómo son los que conviven con nosotros codo con codo, diariamente,
tenemos unos criterios objetivos para ir ensayando una forma más adecuada
de convivencia. «Tengo que hacer mi vida con los demás», ése es el texto y
el contexto de la convivencia, su contenido y su estructura.
Ahora bien,
hay que subrayar que la convivencia, al igual que la vida, debe ser
argumental. Esto significa que va más allá del mero estar juntos o
próximos. Esto es la compañía: contacto externo e interno. Los argumentos
afectan positivamente con su mensaje el panorama y el contexto familiar.
Le dan peso y consistencia. Esta segunda se refleja en la primera.
*
Cuarto.
Para que la convivencia sea posible debe haber respeto y estimación
recíprocos; ambos están íntimamente conectados. El respeto es atención,
consideración, deferencia, tener en cuenta la dignidad de la otra persona,
apreciando a cada uno según su valía.
Algo de eso
encierra la palabra tolerancia. Voltaire, en su Tratado sobre la
tolerancia, la define como la gran herramienta de la vida en común,
mediante la cual el hombre es capaz de coexistir pacíficamente en medio de
las más diversas posturas ideológicas. Locke, en su Carta sobre la
tolerancia, nos explica que tolerar es no oponerse inflexiblemente a
las diferencias de contrastes que trae consigo vivir en comunidad. El
triunfo de la Ilustración en el siglo XVIII y del pensamiento liberal en
el siglo XIX han reconocido como primordial el principio de tolerancia en
la vida política y social.
Este es el
camino para alcanzar una apreciación mutua, en medio de la diversidad de
formas y maneras de ser y de pensar. Así se aprende a dialogar, ya que el
diálogo constituye una de las facetas centrales de la convivencia. Debemos
ser capaces de escuchar y, simultáneamente, de argüir, de mostrar
argumentos, de expresar la propia opinión. De este modo, uno puede
manifestar su acuerdo o su desacuerdo sobre un tema concreto, pero lo
expresa sin ofender, sin faltar ni descalificar a esa persona que está
disconforme con nuestro punto de vista.
Muchas
incompatibilidades de caracteres arrancan de aquí, por no asimilar
adecuadamente esto. Se trata, en el fondo, de aceptar el pluralismo.
Cuando se tiene esta visión tan amplía, el horizonte se ensancha, la vida
se hace más llevadera y sus leyes específicas se agrandan.
Ser
pluralista no es buscar identidad de criterios, ideas y gustos, sino
aceptar de buen grado la diversidad enriquecedora y recíproca.
*
Quinto.
La vida humana debe ser sistemática y tener un orden, unas secuencias,
unas conexiones sucesivas. Cuando la vida acontece demasiado deprisa, como
ocurre hoy en día, casi inevitablemente surge el desorden. El orden es
como el analgésico de la inteligencia. Un sedante, un portador de
serenidad y sosiego.
Pues bien,
cuando se dan estas condiciones psicológicas, no fortuitamente, sino
buscadas y perseguidas, a pesar del ritmo vertiginoso que la vida tiene en
la actualidad, el hombre es capaz de pensar. Aquí quería llegar. Se trata
de pensar en cómo mejorar la convivencia y poner los medios prácticos para
llevarlo a cabo.
Se puede
tratar de mejorar cualquier relación. Creo que debemos empezar por estos
puntos. Así, la conducta se hace más racional y se combate el vaivén, el
trajín, el ir y venir sin tiempo para nada y para nadie.
LA VIDA
COTIDIANA ESTA HECHA E HILVANADA DE DETALLES PEQUEÑOS
La vida
acelerada, trepidante, vertiginosa, hace muy difícil la convivencia,
porque antes que nada, uno está cada vez más lejos de sí mismo, traído y
llevado, y en un constante ajetreo por tantas cosas que lo distraen. En
estas latitudes se inician muchas rupturas conyugales que podrían haberse
evitado. ¿Qué hacer por tanto? Lo mejor es vivir el momento preciso y
limitado de cada día y poner en él lo mejor que uno tiene.
No olvidemos
que la vida se compone de detalles pequeños. Yo diría más aún: la vida
está en los detalles. Hacer la casa habitable es llenarla de afecto y
comprensión. Son muchas las cuestiones que pueden llevarse a cabo:
interesarse por los afanes y las preocupaciones del otro, hacer amable la
vida sabiendo disculpar, poner buena cara cuando uno se siente afectado
por alto, desdramatizar los pequeños contratiempos que siempre están
presentes, aprender a tener una visión positiva de las personas y de los
hechos, tener la suficiente mano izquierda para sacar a relucir el sentido
del humor siempre que sea necesario, etc.
La
convivencia debe ser una escuela donde se ensayan, se forman y se cultivan
los principales valores humanos: el espíritu de colaboración y de
servicio, la generosidad, la capacidad de comprensión, la fortaleza, la
paciencia, la sinceridad...
Son un
sinfín de detalles en el trato que edifican una convivencia más armónica.
Los psiquiatras sabemos que en las denominadas familias neuróticas o en
muchos hijos de padres separados, la ausencia de estos elementos deja unos
huecos muy serios, unas secuelas que luego pondrán de relieve fallos y
falta de entrenamiento positivo para alcanzar unos niveles adecuados en el
trato y la familiaridad de la vida diaria. Entonces es cuando se necesita
la voluntad.
Hay que
poner esfuerzo y voluntad en cuestiones menudas, en apariencia poco
importantes, pero que hacen a la persona sutil, delicada, cuidadosa, que
sabe poner amor y tolerancia en esa asignatura siempre en primer plano: la
vida cotidiana por la que se desliza nuestra existencia.
La vida
diaria, con sus ingredientes, sigue siendo el gran motivo. Tener esto
presente y obrar en consecuencia tendrá unos frutos sabrosos, siempre y
cuando seamos capaces de perseverar en ellos. La capacidad diaria para
convivir es como un registrador de la altura, la anchura, la profundidad y
la categoría del perfil de la personalidad de cada uno. Jean Guitton, en
su libro Le démon de midi, decía que cuando el amor no es romance,
necesita ampararse en otros presupuestos que le den fortaleza, como son:
abrirse a los demás, pensando en ellos y en lo que más les satisface;
buscar más lo que une que lo que separa; crear lazos y tejidos de
vinculaciones, etc.
Y otro gran pensador francés contemporáneo, Gustave Thivon, en La
crise moderne de l’ ámour, comenta que el hundimiento del concepto del
amor en la actualidad gravita en la falta de armonía del ser humano: el
amor se ha convertido en sexo, la fidelidad es para muchos algo antiguo,
la falta de esfuerzo para la compenetración de los caracteres o la
inestabilidad afectiva. En mi libro Remedios para el desamor he
trazado algunas coordenadas prácticas sobre las que debe moverse la
psicología de la pareja para que la vida conyugal funcione. A ellas me
referiré enseguida.
LOS SIETE
INGREDIENTES DEL AMOR CONYUGAL
Mi espíritu
universitario, académico, me lleva a intentar explicar de forma ordenada
lo que yo llamaría los siete puntos básicos del amor en la pareja. Para
mí, en ellos se encierra la comprensión de este capítulo.
Se habla
mucho de amores y de uniones sentimentales, pero poco de lo que debe ser
el verdadero amor. Entre ambos hay diferencias abismales. El amor
auténtico tiene poco que ver con esa especie de gelatina emocional o de
mermelada afectiva, tan en boga a través de las revistas del corazón y de
los medios de comunicación audiovisuales, cuyo contenido es un
romanticismo sensual.
Un buen
exponente de lo que digo son las telenovelas, cuya pobreza argumenta) se
apoya sobre un tratamiento elemental del amor, del enamoramiento y de todo
lo que de ambos se deriva.
Todo esto
desemboca en la cultura rosa: se presentan los sentimientos para captar y
cautivar a la audiencia, repletos de conflictos y de situaciones
inesperadas, que aportan- muy poco a la edificación de la madurez de la
personalidad. Lo importante en los programas -radio o televisión- es
divertir y asombrar; su objetivo debe ser ganar audiencia, por lo que el
nivel cultural y de contenidos toca fondo, es nulo. No olvidemos la
cantidad de personas que siguen estos programas.
Si no se
ordena el amor, si el corazón no está bien custodiado, las formas que
puede adoptar la afectividad, de entrada, pueden parecer interesantes, con
un tono refrescante, por lo que significa el cambio, pero, a la larga,
llevan al vacío y al caos biográfico. De ese modo, cualquier liberación no
será auténtica, por mucho que así la llamemos, algo que veremos a través
de sus resultados.
Para que la
felicidad esté bien ajustada y no sea un espejismo de momentos más o menos
gratificantes, hay que ordenar los latidos de la vida afectiva, para que
ésta no termine rebelándose, al comprobar con el paso del tiempo el fraude
en el que se ha vivido, por haber cambiado y malinterpretado palabras y
contenidos referidos al amor.
Estos
componentes del amor son los siguientes: un sentimiento y una tendencia,
de entrada, los cuales deben apoyarse en unas creencias comunes; después,
en cuarto y quinto lugar, el amor debe ser con el paso del tiempo, no al
principio, un acto de la voluntad y de la inteligencia, aunque esto no se
lleve ni esté bien visto hoy; pero me parece decisivo, esencial, básico.
Y,
finalmente, dos notas añadidas: el amor hay que entenderlo como compromiso
y dinamismo. Esta es su alquimia. Cada uno de estos elementos y todos en
su conjunto edifican un amor trabajado, sólido y esperanzador que nos
conduce a vivirlo de forma plena, con las lógicas e inevitables
dificultades que tiene la convivencia, pero ya con unas hechuras que lo
harán fuerte.
No se puede
vivir sin un gran amor en el corazón. En tiempos de crisis de valores,
esto se hace más necesario, pues la fragilidad de los principios surge por
cualquier lugar. Esta sociedad occidental de este último tramo del siglo
XX está asistiendo a una nueva epidemia, contagiosa y dramática: las
crisis y las rupturas conyugales, como consecuencia de una profunda
decadencia del hombre de hoy, perdido y sin referentes.
El hombre
nunca ha sabido tanto de sí mismo como ahora, y al mismo tiempo, nunca
como en la actualidad ha estado tan desorientado, desequilibrado y sin
saber a qué atenerse. Y esto es especialmente grave por lo que respecta al
amor.
La
información minuciosa que recibe el hombre actual sobre cualquier tema
político, económico o social no suele ser formativa. Otra paradoja más de
los tiempos que corren es la información no formativa que existe, es
decir, que no hace que el ser humano se vuelva más culto, con más
criterio, con más humanidad... antes, al contrario, esta cascada de datos
le dejan perplejo, pensando cuántos males y desgracias están llegando
continuamente a sus oídos.
Y es que
parece que todo lo relacionado con las noticias es negativo; por no hablar
de las revistas del corazón, los tebeos de los mayores, que sin cesar nos
presentan las rupturas de los famosos, los fracasos sentimentales de
parejas débiles. Todo eso crea un clima negativo, en el que se cultivan
amores inconsistentes, sin fuerza, sin contenido, con una estructura
deficitaria.
Todo amor ha
de pasar necesariamente por etapas de situaciones tensas, difíciles,
pruebas inevitables, hasta hacerse maduro. La condición humana es así.
Dicho de otro modo: el amor necesita cierto aprendizaje, que encuentra en
la convivencia su punto de inflexión. Ahí recae la importancia de la
voluntad.
La voluntad
es un rodrigón en el que se ha de apoyar el amor tras sus primeros
momentos. Al principio, la voluntad participa mínimamente en este proceso
afectivo, pues todo fluye de forma suave, movido por los vientos ligeros
de la ilusión y la novedad. Cuando pasa el tiempo -pero también al
principio- la convivencia se manifiesta con sus problemas y dificultades y
es entonces cuando llega la hora de poner a funcionar esa voluntad, la
cual debe estar preparada para luchar por vencerse y acomodar su carácter
al de la otra persona.
EL AMOR
MADURO ESTA HECHO DE VOLUNTAD E INTELIGENCIA
Hoy muchos
enlaces conyugales están elaborados con materiales o bases poco
consistentes. Con esos presupuestos no se puede llegar muy lejos. Como he
dicho antes, el amor nace de los sentimientos y a la vez que madura se
dirige hacia el mundo intelectual guiado por la voluntad. A muchos les
cuesta entender esto, porque la marea social se mueve en otra dirección.
Pero es así. La vida afectiva se desliza como un teorema que sigue este
recorrido sentimental.
No digo que
al principio esto sea así; me refiero a etapas más avanzadas del amor. En
sus comienzos todo es como una eclosión de expresiones afectivas algo
desligadas de lo puramente racional. Para vivir un amor en profundidad y
con la pretensión de que sea duradero, éste debe estar regido por la
voluntad y la inteligencia.
Inteligencia es capacidad de síntesis; saber distinguir lo
importante de lo anecdótico; aprender a ensayar soluciones nuevas y
situaciones difíciles, inesperadas o conflictivas. Codificar de forma
correcta la información que se recibe, para ofrecer una respuesta
coherente y positiva, que lleva a dar la mejor conducta posible.
Esto,
traducido al lenguaje de la psicología conyugal, podemos expresarlo del
siguiente modo: tener el don de la oportunidad, aprender a callar
siempre que sea necesario, saber aplazar un tema difícil para un momento
adecuado, no sacar la lista de agravios del pasado a raíz de una situación
tensa, evitar discusiones innecesarias, saber entender a la otra persona,
tener detalles pequeños positivos hacia ella, compartir cosas juntos,
aprender a desdramatizar pequeños problemas que surgen en la convivencia
diaria, saber pedir perdón sin esperar a prolongados silencios que nunca
tienen buen final, etc.
Son muchos
puntos los que hay que cuidar, pero todos con un mismo origen o fin a la
vez: la compenetración de dos personalidades en sus distintos aspectos:
físico, psicológico, social, cultural y espiritual.
Este amor
está en crisis porque los resortes y los puntos de apoyo del hombre
moderno se han vuelto más frágiles. Pensemos en lo que yo he denominado el
hombre light:
un ser sin valores movido sólo por el materialismo. Cuando la existencia
transita a ritmo vertiginoso, pero sin saber a dónde se dirige, marcada
por la superficialidad y la bandera de la frivolidad, antes o después deja
al descubierto unos vacíos que harán que todo se desplome por falta de
consistencia. En muchas de estas vidas no hay más que superficialidad y
apariencia de cara a la galería.
No hay
auténtico progreso humano si éste no se desarrolla con un fondo moral. Sin
él, el hombre queda suspendido en un estado de nihilismo agazapado que le
atraviesa y que lo conduce a la dejadez, la apatía, el des-compromiso de
todo lo que exija una cierta renuncia, etc. Un hombre sin ideales tira por
la borda su proyecto personal.
El amor
necesita, también, de la voluntad. Se tratará, por lo general, de hacer
ejercicios pequeños y repetidos de rectificación, adelanto y progreso en
la comunicación de la pareja. No suelen ser cosas extraordinarias, ni «el
más difícil todavía», sino cuestiones de escaso valor, pero que si no se
lucha por ellas, la comunicación se entorpece y todo se viene abajo.
Lo que al
principio pueden ser desavenencias insignificantes, al repetirse, al caer
en ellas una y otra vez, inciden en la vida matrimonial y su
funcionamiento; y a la larga aquello puede entrar en una situación
seriamente conflictiva.
Voluntad en
la vida conyugal significa luchar por las cosas pequeñas, concretas, bien
delimitadas, que ponen en peligro cuando surgen la estabilidad de la
pareja. Pensemos en las discusiones, que suelen originarse por naderías,
pero que ponen en marcha mecanismos agresivos, descontrol verbal y la
aparición de la lista de agravios, que puede arrasarlo todo con su fuerza.
Tener una
voluntad bien dispuesta es algo que se consigue después de un cierto
tiempo de entrenamiento: supone semanas, meses, e incluso años de lucha
pertinaz contra uno mismo. Uno se vence y uno cae, pero se tienen bien
claros los medios y los fines, la metodología y la meta.
El que
lucha y pone la voluntad en esta lid, está siempre alegre, aunque pierda
batallas.
El tiempo lo hará recio, fuerte, sin desánimo. Al que tiene educada su
voluntad le resultará más fácil soportar bien los conflictos, los riesgos
y los tropiezos de la convivencia. Conoce sus complicaciones y no se
desalienta cuando arrecian los escollos, supera los obstáculos y le da la
vuelta a los contratiempos, cuando ponen en peligro su estabilidad. La
repetición de actos de esfuerzo y aprendizaje prepara para la lucha
deportiva.
Estos dos
pilares de apoyo, la inteligencia y la voluntad, no tienen buena
prensa hoy, pero son definitivos para conseguir un amor maduro. La
inmadurez afectiva subraya que el amor es como un viento, que va y viene,
sin límites ni control. Eso es falso, pues si así fuera, quedaría
hipotecada a los vientos exteriores nada más y nada menos que una de las
parcelas más importantes de la vida, la sentimental. Para que el amor se
haga maduro, hay que ganárselo en una pelea positiva y estimulante,
aspirando a una posición estable, armónica y proporcionada.
LA
CASUÍSTICA
Los
psiquiatras somos médicos que estudiamos las superficies y las
profundidades psicológicas. Entramos en los pasadizos interiores buscando
la respuesta a la conducta. La consulta es como un observatorio, desde
donde se ve la vida ajena con minuciosidad, donde el médico aprende la
diversidad de comportamientos existentes, unos sanos y otros enfermos.
Por eso, la
experiencia es esencial. La vida enseña más que muchos libros. Voy a
mencionar algunas historias clínicas extraídas de mi consultorio privado,
que pueden ser didácticas y ejemplares de todo lo que he venido exponiendo
en este capítulo.
Matrimonio
en el que él tiene 59 años y ella 51. Tienen cuatro hijos. Nivel
socioeconómico medio alto. Nos dice el marido: «Yo siempre he sido un
luchador nato en mi trabajo. Ahora echo una mirada hacia atrás, y cuando
veo lo que he hecho profesionalmente en los últimos veinte años, me
asombro. Pero luego está mi vida matrimonial, que de vez en cuando aparece
amenazada con momentos muy malos y situaciones en las cuales no veo otra
salida que separarme.»
«Mi mujer me
quiere controlar permanentemente. No tiene habilidad conmigo. Siempre se
está quejando de que no le hago caso y no me ocupo de ella. Y yo no tengo
conciencia de eso. Hemos venido a su consulta, porque ella me lo ha
pedido... aunque la verdad es que yo creo poco en los psiquiatras.»
Nos dice la
mujer: «Mi marido está todo el día trabajando y me hace poco caso. Pero
hay momentos en que pienso que no estoy casada con él, pues compartimos
pocas cosas. Me rebelo. De vez en cuando necesito desahogarme y decirle lo
que pienso... El se cree que con el dinero que me da o la situación
económica que tenemos está todo resuelto, y está muy equivocado. Me
siento una mujer insatisfecha. He pensado varias veces en separarme, pero
en serio. Y ha llegado el momento de arreglarlo o de que nos separemos.»
En la
terapia conyugal hay un primer momento en que tras llevar a cabo la
historia clínica por separado con cada uno, pedimos lo que yo llamo un
rastreo psicológico, que se resume en una serie de peticiones sobre qué
quitaría y qué añadiría en la conducta del cónyuge para que se consiguiera
una mejor armonía conyugal. Con frecuencia esta relación de observaciones
psicológicas es demasiado vaga y abstracta como para trabajar con ella, y
hay que repetirla, buscando un lenguaje más conciso y operativo.
Tras estas
dos etapas, iniciamos un behavior eschulde, un programa de
conducta, basado en intentar reforzar
la conducta positiva de forma recíproca. Se trata de una terapia
cognitivo-conductista, en la que se establecen claramente los objetivos
psicológicos, así como su vertiente instrumental (cómo ir progresando en
esa dirección).
Previamente,
situé a cada uno de ellos ante el estado real y los riesgos reales de su
actual momento conyugal. Sin dramatizar, pero con claridad. La mayoría de
las sesiones fueron independientes. Sistematizo de forma muy resumida las
peticiones de ella:
Lista de peticiones de ella
- Que
trabaje menos, así es muy difícil que esto funcione, pues casi no le veo.
- Que exista
más diálogo entre nosotros. Sólo hablamos cuando hay algún problema de los
hijos, o de sus estudios, o de las personas con las que salen.
- Que tenga
detalles conmigo: preguntarme por mis cosas, interesarse por lo que he
hecho, dónde he ido, con quién he estado...
- Que alguna
vez me llame por teléfono desde su trabajo... Para mí eso sería una
sorpresa enorme.
- Que no se
queje de lo ocupado que está.
- Un tema
difícil es el de las relaciones sexuales. Aquí nos hemos entendido siempre
bastante mal. Por una parte, quiero que él me prepare, lo que para mí
significa ternura y, después, que cuando hayamos terminado no me deje de
lado, como una cosa que se utiliza y luego se desecha.
- Que no
quiera llevar siempre razón, diciéndome todo lo que él sabe, la
experiencia que tiene, lo que ha estudiado... Le cuesta darme la razón;
yo, en cambio, sé ceder.
- Que me
pida perdón o disculpas cuando ha hecho algo mal o me ha ofendido. Esto le
cuesta un trabajo enorme.
Recapitulo
aquí lo más destacado. Pero en estos ocho puntos se resumen muchas cosas a
la vez. Con ellos trabajamos haciendo un programa de conducta.
Lista
de peticiones de él:
- Que no me
saque tantas veces las cosas negativas del pasado (lista de agravios). No
puede evitarlo, es superior a sus fuerzas. Es como una necesidad
imperiosa.
- Que me
esté pidiendo dinero siempre; a veces, pienso que sólo sirvo para eso... o
al menos así lo entiendo yo.
- Que me
corrija delante de mis hijos o que se ponga a discutir delante de ellos.
- Su afán polémico. Que no se empeñe en discutir una y
otra vez sobre cualquier tema.
- Que tenga
tacto conmigo. No sabe lo que es ser diplomática.
- Que para
tener relaciones íntimas no tengan que darse unas condiciones
excepcionales: todo en paz, que no haya existido una discusión en mucho
tiempo.
- Que no me
diga que la utilizo sexualmente. Eso me enerva.
- Que no se compare con otros matrimonios más o menos
parecidos a nosotros: si salen más, si viajan, etc.
- Cuando venimos de una cena con amigos o conocidos, que
no me haga una crítica de lo que dije o comenté. Cualquier frase mía es a
veces analizada por ella al milímetro.
Vemos aquí un caso bastante representativo. Tras las dos
primeras sesiones se diseñaron ambos programas de refuerzo. Se insistió
mucho en la importancia de la motivación. Alcanzar puntos de acuerdo,
limar asperezas, lograr la capacidad de perdón, y, por supuesto, centrarse
cada uno en los puntos concretos recibidos en la psicoterapia.
En la quinta
sesión, ya había una notable mejoría. Entonces, a la mujer se le retocaron
algunos puntos. Se añadió uno que fue muy bien recibido por ella:
aprender a remontar el típico día / momento malo.
Se acompañó
de un lenguaje cognitivo
para aplicar en esas circunstancias. El marido puso en práctica el
denominado día rosa,
lo que potenció en su mujer la ilusión de seguir esforzándose en mejorar,
de acuerdo con los esquemas señalados.
Es
frecuente en este tipo de casos que el psiquiatra sepa neutralizar las
quejas de unos y otros, valorándolas de forma fría y objetiva, haciendo
ver lo habituales que son las deformaciones de la realidad: que los
relatos de los acontecimientos sean claros, desapasionados, intentando
verse a sí mismos «desde el patio de butacas».
Veamos otro caso también muy representativo:
Se trata de
una pareja que lleva doce años casada. Tienen tres hijos. Ambos tienen
carreras universitarias, posición socioeconómica alta. El es el típico
número uno: muy ordenado, sistemático y gran trabajador. Ella es abierta,
comunicativa, sociable, siempre con bastante éxito con los chicos. Se
llevan siete años.
La
convivencia entre ellos siempre ha tenido rachas difíciles y altibajos. Al
principio, las dificultades vinieron por tensiones entre ambas familias
políticas, lo cual se subsanó con la ayuda del psiquiatra, que dio unas
pautas de conducta que despejaron el panorama. El cociente intelectual de
cada uno de ellos y sus recursos psicológicos facilitaron la superación
del asunto. Hoy es un tema olvidado.
Pero desde
hace un par de años, la convivencia se hizo bastante difícil: fuertes
discusiones, días enteros sin hablarse, quejas recíprocas, malas
interpretaciones de pequeños fallos, celos por parte de ella (totalmente
infundados), etc. Todo lo cual ha hecho que vuelvan a la consulta después
de siete años.
Aquí, para
cambiar el discurso clínico, pondré de relieve los objetivos de cada uno,
en vez de la lista de correcciones que se pide o sugiere al otro.
Programa de conducta que recibe
ella
Sólo señalo
el índice del repertorio de objetivos psicológicos que se deben cuidar,
prescindiendo de la parte instrumental:
1.
Esforzarme por transmitirle serenidad a mi marido, desagobiarlo, no ir a
decirle en el peor momento problemas, dificultades o temas difíciles.
2. Unificar
criterios prácticos para la educación de los hijos: hora de llegada,
posibles castigos, tema de estudios, etc. No ser tan suave con ellos:
permitirlo todo no es educar.
3. Luchar
por no sacar la lista de agravios. Cueste lo que cueste, tengo que poner
de mi parte en esto, si quiero que nuestra relación mejore.
4. Respeto
de palabra y de gestos: ser menos impulsiva, cuidar las caras largas, los
gestos despreciativos, etc.
5. No
iniciar discusiones por temas triviales, sabiendo que de ahí se pueden
originar situaciones de alta tensión psicológica. Corregir mi fondo
pesimista.
6. Compartir
más cosas juntos. Proponer salidas, sugerir con antelación planes
interesantes para el fin de semana.
7. Tengo que
poner de mi parte para ser menos susceptible con «las cosas de mi marido».
A veces, pequeños atranques, frases de él o descuidos, me los tomo de
forma exagerada, dramática.
8. Elogiarlo
con alguna frecuencia en público: de forma moderada y en cosas concretas y
positivas. También en privado, que note que sé valorarlo.
9. Saber dar
ciertos temas por cerrados. No querer una y otra vez volver sobre el mismo
asunto. Tema analizado, cuestión zanjada.
10.
Facilitar con más frecuencia las relaciones íntimas. No puedo estar
siempre poniendo dificultades de distinta índole a la hora de estar
juntos.
11. No estar
regañando siempre a la hija más pequeña (la relación madre-hija no ha sido
buena desde hace tiempo). Desde ahora voy a procurar decirle el menor
número de cosas posibles. Acercarme a ella con una actitud más positiva,
intentando recuperar el terreno perdido.
Programa de conducta que recibe
él
1. Ser más
generoso en todo lo referente al tema del dinero, evitando decirle que es
una persona muy gastosa o que tira el dinero. En todo caso, hacer un
inventario de gastos, para ver cómo va la administración.
2. Quiero,
desde ahora, que exista más diálogo entre nosotros. Cosas diarias,
comentar temas de actualidad, sacar yo temas de conversación, evitar
pertrecharme detrás de los periódicos sin decir nada... Esto a ella le
produce un efecto muy negativo.
3. Tener más
estabilidad emocional. A veces paso de estar bien a ponerme muy irritable
y nervioso por alguna contrariedad. O me quedo callado horas e incluso
días. Recordar las sugerencias psicológicas de aprender a filtrar mejor
los estímulos externos e internos.
4. Con los
hijos, ser menos extremista: evitar la llamada ley del todo o nada.
5. Dedicarle
más tiempo a mis hijos. Contar las horas dedicadas a la semana. Hacerme
amigo de ellos. Ponerme a su altura.
6. Aprender
a decir que no con más frecuencia en temas profesionales. Estoy muy
ocupado y a veces da la impresión de que quiero sobrecargarme de más
cosas. Tengo que rectificar en esto, si no quiero que mi trabajo me
absorba totalmente. Concretar.
7. Ser más
detallista con mi mujer. Hacer cosas pequeñas, gratificantes, en las que
pueda ver que estoy pendiente de ella, aunque esté muy ocupado.
8. Irnos
algún día a cenar juntos solos o al cine. Hablar con ella. Hacer con
frecuencia «parones» de este tipo, previstos unas veces y, otras, sin
avisar.
También la
mejoría en este caso fue notable, pues eran personas capaces en cuanto a
su voluntad, pues en otros ámbitos de su vida lo habían demostrado. En
ocho sesiones (una vez a la semana) se pudo observar una mejoría clara. La
lectura de unos cuantos libros sobre psicología conyugal facilitó las
cosas.
El
psiquiatra es un artesano de la conducta. Lleva a cabo una especie de
tarea de orfebrería. Pone en marcha una ingeniería para deshacer
conflictos y tensiones, sabiendo proponer normas de conducta más sanas y
maduras. La convivencia es un buen campo de maniobras para poner en
práctica la voluntad: ofrece pequeñas ocasiones y oportunidades para
templarla, mediante entrenamiento, en apariencia insignificantes, pero que
a la larga tienen su valor.
Esas
ocasiones son oportunidades para adquirir hábitos positivos que definan la
personalidad y corrijan los defectos del carácter.
CAPÍTULO VIII
EDUCACION
SENTIMENTAL
VIAJE AL INTERIOR DE LA
AFECTIVIDAD
La
afectividad constituye uno de los capítulos más importantes de la
psicología y la psiquiatría. Las dos funciones psíquicas principales en el
comportamiento humano son la inteligencia y la afectividad. Según
predomine la una o la otra se derivarán dos tipologías humanas: el
individuo cerebral por un lado, y el hombre esencialmente afectivo por
otro; y entre ambos se encuentran estilos y formas de ser intermedios.
Las demás
funciones psicológicas (percepción, memoria, pensamiento, lenguaje,
actividad, etc.) tienen vida propia, pero de algún modo están supeditadas
a las dos citadas. Tal vez tendríamos que situar al mismo nivel que las
anteriores la conciencia, que es la herramienta que hace posible percibir
la realidad.
No resulta
fácil definir la afectividad, pues trazar un perfil claro y bien
delimitado en este campo tiene muchas complicaciones. Todos sabemos algo
sobre ella, pero pocos se atreven a emitir una noción rotunda y nítida,
capaz de sintetizar la grandeza de los fenómenos que se producen dentro de
ella, y que pasamos a describir:
1. Se tata
de un estado subjetivo, interior, en el cual el protagonista es uno, y por
medio del cual todo se percibe como un cambio que recorre la intimidad y
la modifica.
2. Es una
experiencia personal, que conocemos por nosotros mismos y no por lo que
nos cuentan o nos informan otras personas. Cada individuo es el único
protagonista de su afectividad.
3. El
contenido de la vivencia de la afectividad es un estado de ánimo que se
manifiesta a través de las principales expresiones del individuo:
emociones, sentimientos, pasiones y motivaciones.
4. Cualquier
vivencia deja una huella; su impacto deja un rastro, una especie de
vestigio en la personalidad; y la significación del mismo dependerá del
tema, la intensidad y la duración que tenga.
Trataré de
explicar con claridad qué es la afectividad. Un ejemplo extraído de la
vida diaria nos ayudará a hacerlo. Tres personas vienen a verme a la
consulta: un enfermo, su mujer y un amigo. El enfermo tiene una depresión:
está triste, decaído, sin ganas de hacer nada, habla muy poco y cuando lo
hace es para decir que lo suyo no tiene solución, que quiere morirse, que
no puede vivir así.
Junto a este
abatimiento general se observa un enlentecimiento muy marcado de toda su
conducta. La mujer que le acompaña siente el problema como suyo, llena
tanta parte de ella, que podemos afirmar sin temor a equivocarnos que
también es actora esencial del cuadro que presenciamos. No lo contempla,
lo vive. El amigo está ya muy distante de lo que allí se vive; algo de lo
que sucede le afecta -si no, no estaría allí-, pero ya le llega con otra
densidad y con cualidades distintas.
Finalmente,
está el médico, que asiste a la escena no por su vertiente cordial, sino
por su faceta profesional. Su misión es ayudar a este hombre a que se
cure, a que supere ese estado melancólico terrible. En ese asunto pone en
juego su prestigio.
Este
recorrido nos muestra cómo un mismo hecho se vive de muy distintas
maneras. La afectividad es el modo de sentirnos afectados interiormente
por las circunstancias que se producen en nuestro entorno. En cada uno
de los personajes anteriores, el mismo hecho actúa de forma diferente.
La
psicología y la psiquiatría clásica se dedican en gran parte al análisis
de la vivencia, es decir, a captar el plano subjetivo.
Hoy esta
actitud ha cambiado y se ha ampliado, y abarca tres dimensiones más:
1)
La
fisiología de ese estado afectivo, o sea, los síntomas y las sensaciones
físicas que lo acompañan;
2)
La
conducta: el comportamiento que se registra a través de la observación
externa;
3)
Y,
por último, la vertiente cognitiva: las percepciones, los contenidos de la
memoria, las ideas, los pensamientos, los juicios, etc.
Todo lo
afectivo consiste en un cambio interior que se produce de forma brusca en
unos casos, o paulatina y sucesiva en otros. Es un estado singular de
encontrarse uno consigo mismo, de darse cuenta de la realidad personal,
pero partiendo de esa modificación interior.
Tratar de
definir la afectividad y sus componentes es adentrarse en un campo difícil
y complicado porque hay que buscar las notas principales que definan el
mundo emocional de una persona. Esta es una tarea primordial del
psiquiatra. Uno se desliza por dentro del corazón humano, con entusiasmo,
con tesón, buceando en cada rincón del mismo. No hay que olvidar que la
intimidad humana es densa y compleja; está llena de pasadizos y muchas
veces hay en ella zonas no transitadas.
De ahí que
tantas veces los sentimientos constituyan un enigma. Los estudiamos, los
calificamos, asistimos a sus movimientos, al espectáculo a que dan lugar,
pero debemos tener presente que hay muchos momentos y situaciones
imprevisibles, en los que es arriesgado decir qué ruta seguirán o qué
camino escogerán los sentimientos.
El
sentimiento más noble que puede habitar en el ser humano es el amor. Esta
palabra hoy está falsificada. El uso y el abuso, así como la manipulación
y la adulteración de este término, han alcanzado su grado máximo. Sería
mejor buscar otra ó precisar, a la hora de hablar de él, de qué clase de
amor estamos hablando.
Hay que
impedir a toda costa -aún estamos a tiempo- que éste quede disipado y
cosificado. Debemos volver a describir su auténtica grandeza, su fuerza,
su belleza, su placidez... pero también sus exigencias: es decir,
restituir su profundidad y su misterio.
Para
Aristóteles era «el gozo y el deseo de engendrar en la belleza». Los
neoplatónicos lo ven como la ruta fundamental para el conocimiento. Platón
decía: «El amor es como una locura [...], es un dios poderoso que produce
el conocimiento y lleva al conocimiento»; en El banquete se
esfuerza por probar que el amor perfecto se manifiesta en el deseo del
bien; el forastero de Mantinea muestra a Sócrates al final de esta obra
que el amor es la contemplación pura de la belleza absoluta.
Ortega nos
dice en Estudios sobre el amor que amar una cosa es estar empeñado
en que exista. Joseph Pieper dice que amar es aprobar, celebrar que eso
que se ama está ahí, cerca de uno.
El
pensamiento clásico hablaba de distintas formas de amor. El eros,
que era un amor de dominio, el agape o impulso a comunicar y a
convivir y darse a aquello que se ama; de otro lado, el amor de Dios,
causa de todo lo que existe. Pero hay algo especial y común en todos
ellos: la tendencia y la adhesión a algo positivo que produce un estado de
gozo.
INTELIGENCIA Y VOLUNTAD PARA
PILOTAR LOS SENTIMIENTOS
El amor es
el sentimiento más importante de todos; alrededor suyo se originan otros
estados sentimentales más o menos parecidos, pero de cualidades
diferentes.
La forma
habitual de discurrir la afectividad es a través de los sentimientos. El
término sentimiento aparece por primera vez en el siglo XII, pero ya en la
segunda mitad del siglo X surge la expresión sentir (del latín sentire,
percibir por los sentidos, darse cuenta, pensar, opinar).
Entre los
siglos XII y XIII afloran las palabras sentimental, sentimentalismo,
resentimiento. Pero es en el siglo XVII, con Descartes, cuando éste
aparece por primera vez de una forma precisa y concreta: designa estados
interiores pasivos, difíciles de describir, como si se tratara de
impresiones fugitivas.
El
pensamiento cartesiano distinguirá entre estados simples y complejos.
Pascal, en sus Pensamientos, opone el sentimiento a la razón,
concepción que estará vigente durante más de un siglo. Siguen esa misma
línea los moralistas franceses e ingleses (La Rochefoucauld, Vauvenargues
y Shaftesbury), que elaborarán el concepto moderno de emoción.
Malebranche,
discípulo de Descartes, describe el sentimiento como una impresión de
tonalidad confusa, con ingredientes psicofísicos; su gran mérito fue
delimitar el carácter irreductible y subjetivo demostrando su importancia
a nivel individual, como modificador de una trayectoria biográfica: él
confiere una forma especial de conocimiento.
Más tarde,
Leibniz abre una vía más intelectual de los sentimientos afirmando: «Tout
sentiment est la perception confuse d'une vérité.» Para Rousseau, el
sentimiento tiende a llevar al hombre hacia el bien. Y Kant hablaba de las
tres facultades del alma: el conocimiento, el sentimiento y el deseo.
El
Romanticismo hizo una exaltación del mundo sentimental como trampolín
decisivo para la creación artística, con una doble significación: su
permanencia en los vericuetos de la personalidad como expresión máxima y
su capacidad para revelarnos algunos principios básicos de la condición
humana.
Para un
psiquiatra el análisis de los sentimientos constituye un campo frecuente
de estudio,
como puerta de entrada para conocer mejor a esa persona y transitar por su
mundo afectivo, descubriendo sus cualidades y sus defectos, sus pros y sus
contras. Con el auge de la psicología en el mundo actual, podemos afirmar
que la sociedad se ha psicologizado. Cualquier cuestión sometida a estudio
tiene un fondo psicológico que hay que descubrir.
Sucede a
diario. La vida social, política, económica, familiar, profesional, etc.,
tiene ingredientes de esta naturaleza que hoy, más que nunca, se
manifiestan constantemente.
La educación
de los sentimientos forma parte de la educación general de la persona que
quiere gobernar su vida afectiva de forma estable. Contra ella se levanta
el hedonismo y la permisividad. Estamos ante una civilización neurótica,
porque ha perdido sus objetivos, sus puntos de referencia. Me considero un
hombre de mi tiempo, abierto a tantos avances y cosas positivas como han
tenido lugar en los últimos decenios; pero este espíritu moderno no me
impide ver los defectos de nuestro tiempo.
La
permisividad que recorre la sociedad de nuestros días puede llevar a la
destrucción de la familia y de la sociedad. Permitirlo prácticamente todo,
dando por válida cualquier alternativa de conducta con tal de que a esa
persona le parezca bien o lo acepte, conducirá a posturas existenciales
neuróticas, llenas de contradicciones; una situación en la que el hombre
queda ahogado por un mal uso de su libertad.
Hemos pasado
de una civilización de la cultura y del amor, construida sobre tantos
avances científicos y técnicos, a la civilización de la destrucción. Si
añadimos el consumismo y el relativismo al hedonismo y a la permisividad,
tenemos ante nosotros un hombre esclavo, aturdido, cada vez más débil,
sin principios ni fundamento
.
Con estas
bases frágiles y la falta de criterios no se puede mantener la vida
conyugal. Cuando se sigue la ley del mínimo esfuerzo, se avecinan cambios
de pareja frecuentes que muchas veces conducen a sus componentes a la
soledad, ya que cualquier relación afectiva exige entregas y renuncias,
por supuesto, acompañadas de recepción de sentimientos positivos.
La
inteligencia ilumina el camino de los sentimientos y la voluntad los
dispone hacia su mejor ordenamiento. Un amor sin cabeza, ignorando la
voluntad, se convierte en un amor inmaduro, endeble, sometido a giros y
cambios según el capricho del momento y que, a la larga, conducen a la
aceptación y justificación de cualquier situación por extraña que parezca.
¿CÓMO
EDUCAR LOS SENTIMIENTOS?
Es necesaria
una educación sentimental como la que proclamaba Flaubert. Actualmente, el
hombre está invadido por el hedonismo y la permisividad, y no se preocupa
de construir un entorno afectivo inspirado en los principios básicos, sino
que se deja llevar según la moda del momento. Así se convierte en
espectador de sus propios ríos emocionales interiores, siempre dirigidos
por esos dos grandes motivos: el placer sin restricciones y el que no
existan terrenos ni cotas prohibidas.
Con la
palabra amor se elaboran muchas conductas falsas. La auténtica invitación
a la felicidad debe apoyarse en la vuelta a unos códigos morales claros
con unos puntos de referencia objetivos, que hagan al hombre más digno,
más humano y abierto a los demás. El peligro del subjetivismo y del
individualismo echan por tierra las mejores pretensiones y amenazan con
nuevas formas de angustia, con prisiones nuevas que, en vez de liberar al
hombre, lo encarcelan en un callejón sin salida.
Actualmente
esto no está aceptado, lógicamente, en ciertos ambientes light. Este es un
termómetro para medir cómo transcurre la afectividad. Si lo más importante
es la forma y no el fondo, hacer lo que a uno le pide el cuerpo, porque
eso es lo que en ese momento reclama la atención... a la larga se pierden
los argumentos que conducen la vida y se acaba en la pobreza existencial,
en el vacío. Sin compromisos serios no hay rumbo. A eso se le puede llamar
libertad o también, liberación o realización. Desde mi punto de vista
tiene una etiqueta que lo define: inmadurez de la afectividad.
A menudo se
habla de que una persona se ha desenamorado, utilizándose esta fórmula
como algo ya definitivo, irremediable. Evidentemente, lo importante para
que esto no suceda es cuidar el amor. Es éste uno de los grandes
argumentos de la vida. La cruza en toda su extensión.
Cuando la
voluntad está educada, actúa también en este terreno: es una disposición
para afrontar las dificultades. Está cimentada sobre el orden, la
constancia, la disciplina, la serenidad, la generosidad, la visión de
futuro para superar los momentos difíciles y la capacidad para remontar
todos los problemas que existen en la convivencia amorosa. Así se
construye un amor por el que vale la pena continuar luchando.
Cuando la
voluntad es débil, ésta no puede luchar, ni está dispuesta para vencerse y
dirigirse hacia lo mejor, aunque cueste. Ya Dante, en la Divina Comedia,
nos recuerda que « l ’ amore che muove il sole e l'altre stelle» y
que éste se aprende mediante lo que él denomina el intelleto d ámore,
la inteligencia del amor. Ordenar el amor hacia la cabeza, pero siempre
que no pierda su espontaneidad y frescura.
Otro de los
grandes literatos italianos de ese siglo XIV, Petrarca, dice en sus
sonetos que para que el amor no cese es necesario alimentarlo de nuevas y
pequeñas ilusiones. Dante se vuelca con Beatriz y Petrarca con Laura,
intentando hacer eterno lo pasajero del amor. Ahí residen dos elementos
decisivos: la idealización de la mujer, propia del Quatrocento, y al mismo
tiempo, el estímulo para seguir hacia delante.
En el
Renacimiento estos presupuestos alcanzarán su cenit; pero es durante el
Romanticismo, en el siglo XIX, cuando los sentimientos son expuestos en
primer plano de cualquier apartado de la condición humana.
Su base es
un amor sensual, pero no erótico; se nutre de fuerza en los reveses, ante
lo imposible o la frustración. Sus figuras más relevantes: Lord Byron,
Alfred de Musset, Victor Hugo o nuestros literatos, Espronceda y Zorrilla.
La intensidad de los sentimientos matiza todo el devenir de esta etapa de
la historia.
Para mantener tensa y bien dispuesta la voluntad es esencial
ejercitarse en pequeños vencimientos que no reporten ningún beneficio
inmediato. En ellos, hay entrenamiento y aprendizaje. Hay que batirse
con uno mismo, porque el enemigo habita en nuestro interior y tiene
distintos nombres: pereza, apatía, cansancio para seguir luchando,
búsqueda de lo más cómodo, no tener visión de futuro de uno mismo,
etc.
Mediante esta metodología se
coronan cimas concretas, de poco valor inicial, pero que van
derrotando a esos enemigos de la voluntad. Se la va sometiendo con
esta doma. En el capítulo Voluntad para estudiar son analizados con
más detalle estos aspectos.
Pero
repito, lo mejor es planificar la lucha sabiendo que debe ser gradual
la subida de los escalones, partiendo de cosas sencillas que nos
preparan para otras más complejas y difíciles.
La felicidad, de entrada, descansa sobre una actitud mental positiva.
Es un requisito previo esencial. En una palabra: la felicidad consiste
en vivir en armonía y orden con uno mismo. Da pena ver cómo muchos
pierden su vida, al tenerla vacía, sin contenido, ni ideales.
El ideal
del sabio es estar de acuerdo con uno mismo. Dicho de otro modo: estar
contento interiormente, porque una vida coherente conduce a la
felicidad.
Aristóteles, en su Metafísica, nos dice que «todos los hombres tienden
por naturaleza a la felicidad». Séneca, que era estoico, relacionaba
la felicidad con la virtud. Platón, la ponía en relación a la
sabiduría.
A última
hora, cuando el ser humano hace cuentas sobre sí mismo, sale a relucir
la verdad de lo que uno es. Al final de la vida, todo se clarifica,
para nuestro bien... y para nuestra desgracia. Lo mejor es restaurar
mientras vivimos el debate entre Antígona y Creonte, entre lo ideal y
lo real entre lo deseable y lo posible.
Descartes
dijo en el siglo XVII que el término sentimental designa una realidad
privada, un estado mental reactivo, que varía de concepción según la
época. Y Pascal dijo en una célebre frase: «El corazón tiene razones
que la razón desconoce.»
El que gobierna su lengua, se controla, en un 90 por ciento.
Toda terapia de pareja debe arrancar, de alguna manera, de aquí. El
descontrol verbal, la descalificación, el repasar una y otra vez
errores del pasado, etc., son vías muertas que hay que evitar. Hay que
eludir pasar por esto y traer consigo una situación grave que erosione
la convivencia.
El amor de la pareja necesita de un aprendizaje gradual. Es un serio
error pensar que este amor es algo fácil y sencillo. Aaron Beck,
catedrático de Psiquiatría de Nueva York, ha publicado un libro que ha
tenido gran difusión: Con el amor no basta, Paidós, Madrid, 1990. En
él todo esto es comentado.
Todo
aprendizaje requiere una tarea progresiva de adquisición de recursos y
estrategias. Pasará por diferentes travesías hasta estar bien y que no
se desmorone ante los oleajes y tempestades que nunca faltarán.
Véase el libro de Jean
Gaudemet, Le mariage en Occident, Le Cerf, París, 1987. En él
se estudian las vicisitudes de la institución matrimonial a través de
dos milenios. La crisis actual es gigantesca y hay que esquivarla
teniendo puntos claros de apoyo sobre los que fundamentarse.
Véase mi libro El hombre light, Ediciones Temas de Hoy, Madrid, 1992.
Me refiero a las cuatro cosas que anidan en él: hedonismo, consumismo,
permisividad y relativismo. El vacío de ideales constituye la más
amarga de las carencias.
Se llama refuerzo en psicología moderna a todo cambio en los estímulos
que incrementa la probabilidad de una respuesta. En el conductismo
todo descansa sobre la relación estímulo-respuesta. El estímulo puede
definirse como cualquier situación o suceso o hecho que puede ser
observado objetivamente y que provoca una reacción o respuesta de un
sujeto. La respuesta es la consecuencia.
En la
terapia conyugal esto es decisivo. Se trata de corregir errores,
estableciendo comportamientos más positivos, hacer que aumente la
emisión de conductas más agradables, más sanas.
Se trata de una especie de mensaje o diálogo interior que ha de
repetirse sin emisión de palabras, mentalmente, para cambiar esas
emociones negativas por otras neutras o incluso positivas. Lenguaje
corrector que se inspira en la psicología cognitiva, y que tiene como
paradigma el modelo del ordenador.
Véase mi libro Remedios para el desamor, op. cit., pág. 216 y ss.
Objetivo: optimizar la relación, de manera que uno de los cónyuges le
dedique un día al mes haciendo todo lo posible por agradar a la otra
persona. Previamente se hace un listado de cosas que uno quiere
recibir en ese día. Aquí el papel del psiquiatra es decisivo.
Estamos ante un personaje esencialmente endeble: frívolo, con unas
ideas y creencias cogidas con alfileres, atento a todo y sin aprender
nada que lo eleve de nivel. Vivimos en la sociedad de los titulares de
prensa: impactante de entrada y sometida a una saturación de
información que la conduce a un estado sin rumbo, con noticias nuevas,
caleidoscópicas y cambiantes. ¿Quién hace la síntesis de esa ingente
cantidad de datos?
Entramos
así en el llamado pensamiento débil, preconizado por el italiano
Gianni Vattimo. La civilización de la imagen es un monumento a la
superficialidad; el valor de las personas no se atiene a su realidad
auténtica, sino a referencias exteriores. Esto, extrapolado al mundo
de los sentimientos, ha producido unas consecuencias muy negativas.
Entramos
así en el llamado pensamiento débil, preconizado por el italiano
Gianni Vattimo. La civilización de la imagen es un monumento a la
superficialidad; el valor de las personas no se atiene a su realidad
auténtica, sino a referencias exteriores. Esto, extrapolado al mundo
de los sentimientos, ha producido unas consecuencias muy negativas.
La definición de afectividad no es fácil. Trazar un peal nítido de
ella entraña serias dificultades.
La
palabra afección procede del latín affectatio -onis, impresión
interior que se produce por algo, originándose una mudanza. La
afectividad está constituida por un conjunto de fenómenos de
naturaleza subjetiva, diferentes a lo que es el puro conocimiento, que
provocan un cambio privado que se mueve entre dos polos:
agrado-desagrado, inclinación-rechazo, afición-repulsa. Entre ellos se
establece una gama de vivencias que abarca toda la geografía
emocional.
Es la época de las conversaciones de salón, la consideración de la
mujer como ideal del hombre, la valoración de la pureza, el amor y la
renuncia, toda una visión del amor caballeresco.