CAPÍTULO XII
TRASTORNOS DE LA
VOLUNTAD
LAS
ENFERMEDADES PSÍQUICAS Y LA VOLUNTAD
Llegamos a
un apartado propio de un tratado de psiquiatría: las alteraciones
psicológicas que se pueden producir en la voluntad. Pero quiero hacer una
observación previa: la voluntad es uno de los temas olvidados por la
psicopatología y la psiquiatría, ya que aparece como algo marginal,
periférico y escasamente estudiado. La razón es la siguiente: se la ha
hecho depender de la afectividad, la inteligencia, los impulsos, etc.
La voluntad
es aquella facultad capaz de impulsar la conducta y dirigirla hacia un
objetivo determinado, contando con dos ingredientes básicos: la motivación
y la ilusión, como ya he mencionado en páginas anteriores.
Rafael
Alvira
retoma el tema de la voluntad, bastante descuidado por la tradición
filosófica, para situarlo en las coordenadas del pensamiento actual,
considerando que la inteligencia y la voluntad, conocer y querer, son dos
modalidades distintas, pero convergentes, del pensamiento moderno. Es la
voluntad la que nos eleva de lo pasajero a lo temporal.
Polaino
Lorente
subraya que la voluntad está implicada tanto en el autocontrol como en la
autoposesión: «Gracias a ella el hombre aprende a flexibilizar y a
retrasar su conducta impulsiva y adquiere el hábito de decir que no.» Se
ha venido manteniendo la idea de que memoria, entendimiento y voluntad
eran las tres potencias del alma. La voluntad es el capitán del barco, la
memoria es el cuaderno de bitácora y el entendimiento es el mapa, el plano
sobre el que diseñar la travesía.
En toda
enfermedad psíquica existe un menoscabo, una disminución de la voluntad
Cito las más representativas y frecuentes: los trastornos depresivos
mayores, en los que la falta de voluntad se manifiesta de forma
considerable y especialmente en las fases agudas; la ansiedad: desde los
ataques de pánico hasta los estados de ansiedad generalizada, cuya
intensidad va a depender de la fisonomía del cuadro clínico y de los
factores externos. Y, en menor medida, los trastornos de la personalidad:
aunque no es lo mismo ser histérico que tener una personalidad por
evitación o esquizotímica.
No olvidemos
que la voluntad tiende a la organización adecuada de las decisiones y de
la conducta, y que está estructurada de acuerdo con dos factores
principales, sus verdaderos resortes o puntos de apoyo: la motivación y la
ilusión.
La
motivación, el motus, que arrastra, mueve, estimula y conduce a la
actuación, comporta una cierta representación de la meta o de aquello que
se persigue como fin concreto. La motivación es una cualidad específica
del hombre, en la que éste se retrata: hay una elección personal previa.
Frente a
ella están lo que yo llamaría las apetencias, que brotan del deseo, y que
no surgen de uno mismo, sino de la atracción del entorno exterior, y se
relacionan más con el mundo de las sensaciones. Los motivos configuran más
el proyecto y, de alguna manera, aspiran á la mejora personal; mientras
que las apetencias responden a algo momentáneo, que puede incluso frenar
el proyecto o comprometer la libertad personal... aunque eso sea difícil
de ver al principio. De ahí que sea tan fácil torcer una vida.
El
comportamiento se mueve en una dialéctica estímulo-respuesta,
medios-fines. El fin o la meta es el estímulo para ponerse a funcionar. Si
la motivación es elevada, engrandece a la persona y sirve como punto de
referencia para continuar, para ser constante. Entonces, la voluntad se
desliza por unas coordenadas que aun siendo costosas en los comienzos, se
vencen a medida que se aprende con pequeños vencimientos.
EL SINDROME
APÁTICO-ABÚLICO-ASTÉNICO
Hay una
enfermedad psicológica que cobija en su seno tres notas parecidas, pero
diferentes cuando las analizamos pormenorizadamente, y que constituyen una
sintomatología que origina el síndrome mencionado en el epígrafe de este
apartado.
Apatía
significa etimológicamente falta de afectividad o lo que es lo
mismo, una resonancia sentimental casi nula, como si alguien
careciera de sentimientos.
La apatía se
define como una indiferencia absoluta y que paraliza todo el campo de la
afectivida. Está caracterizada por la desidia, el abandono, la pasividad,
la frialdad; en una palabra, la insensibilidad para captar todo lo
humano... Todo se mueve hacia la inercia, el aburrimiento y la ambigüedad.
La abulia
es esencialmente un estado vinculado al campo de la voluntad y que puede
definirse así: falta o disminución muy acusada de la voluntad,
aunque la disminución de la misma es más correcta llamarla hipobulia.
La actividad no se dirige a ningún punto, no hay meta que alcanzar, porque
se está supeditado a una situación en la que lo más importante es la
desmotivación.
Es decir, no
estar motivado es un estado psicológico comparable a estar deprimido, ya
que conduce a un desinterés envolvente, que va a encaminarse hacia el
abandonó del proyecto personal en sus distintos apartados.
La
desmotivación es una actitud gélida que conduce la falta de acción; es la
indefinición por excelencia de las acciones que se encaminan hacia algún
punto. La voluntad tiene siempre una referencia prospectiva. Es
anticipación y elección a la vez. Pues bien, en la abulia todos estos
rasgos aparecen quebrados y sin resortes.
Por último,
la astenia, que puede ser definida como un cansancio anterior al
esfuerzo. El cansancio tiene dos aspectos: uno físico, que se produce
tras una laboriosidad excesiva, y otro psicológico, que es sobre todo
subjetivo y que no depende de las tareas llevadas a cabo, ni de estar
fatigado por dicho afán. Cuando hablamos de una persona asténica, nos
referimos a alguien que se levanta sin energía, sin vigor, que está
extenuada.
Los tres estados definidos en el síndrome
apático-abúlico-asténico pueden tener dos orígenes: factores físicos y
psicológicos. En el primer caso pueden ser muchas las enfermedades que den
lugar a ello: bien de estirpe neurológica, o bien referidas a la medicina
general. Aquí alinearíamos a muy distintos cuadros clínicos, desde
problemas metabólicos a infecciones, pasando por enfermedades
degenerativas, hasta aquellas otras más comunes que frenan el nivel de
actividad.
Siempre, a
la hora de estudiar a una persona que muestra alguna de estas
características -apatía, abulia o astenia- hay que ver la posibilidad de
descartar la existencia de una base clínica. Cuando esto no se confirma,
entonces hay que pensar en una etiología psicológica, en la que entran
distintos rasgos que deben ser considerados detalladamente.
Veamos la
siguiente historia clínica.
Se trata de
una chica de Madrid, de 19 años, la segunda de cuatro hermanos. Viene a la
consulta a regañadientes; la traen sus padres porque no estudia, no hace
nada y desde siempre ha sido una chica de poca voluntad, lo que se ha
manifestado en una escolaridad deficiente.
Inteligencia.
Su capacidad intelectual general, tanto en el sentido del razonamiento
práctico como en la comprensión verbal, están dentro de los límites
normales. Su exposición verbales escasa y su razonamiento abstracto tiene
poca entidad, dada la poca afición que ha tenido a la lectura (su padre es
un buen profesional liberal, pero muy poco culto; la madre es ama de casa
y su bagaje cultural está centrado en dos temas: leer revistas del corazón
y ver la televisión).
Personalidad.
Inmadura. Soñadora, poco realista con lo que ha hecho hasta ahora y con su
futuro. Tendencia a la pasividad, al abandono y a la desidia. Sólo hace lo
que le gusta o le apetece. No tiene casi inquietudes culturales: ha leído
tres o cuatro libros en su vida. Su base en este campo es muy poco sólida.
Está acostumbrada a no esforzarse, pues sus padres le han dado todo, nunca
le ha faltado de nada... hasta ha tenido estudios fuera para aprender
francés e inglés... aunque habla estos idiomas mínimamente: mantiene
pequeñas conversaciones no demasiado complejas.
Es bastante
sociable, aunque siempre dentro de una marcada superficialidad. Inestable:
cambia mucho de estado de ánimo y pasa de estar más o menos bien a venirse
abajo. Insegura, acomplejada, caprichosa, con un fondo bueno en su
conducta... Este humor fluctuante es su rasgo esencial. Sus padres lo
destacan con insistencia: se deprime, se vuelve irritable, tiene
reacciones eufóricas y está dotada de una susceptibilidad enorme...
Es
desordenada, inconstante, poco sólida a la hora de hacer algo. Va y viene
en sus metas y también en sus criterios. Simpática, abierta, comunicativa,
coqueta.
Ahora las
relaciones en su casa han empeorado y se muestra agresiva con sus padres,
llega de madrugada y no explica dónde ha estado. Ha empezado muchas cosas,
pero las abandona enseguida. Se derrumba ante las dificultades.
Los padres
han elaborado un informe previo a la primera visita, a petición nuestra,
en el que nos preguntan si esto «es una enfermedad psicológica que se cura
con pastillas». Están muy preocupados. Ella, la consultante, se encuentra
prácticamente ajena a la preocupación de sus padres... y piensa que se
exagera con todo lo suyo.
Estamos ante
una persona sin voluntad. Tras realizar un estudio psicobiográfico y
escuchar la información de los padres, observamos que éstos han cometido
un frecuente error: a su hija le han dado de todo en exceso, nunca le ha
faltado de nada. «Nosotros hemos querido lo mejor para ella y lo que no
tuvimos nosotros en nuestra juventud, se lo hemos querido dar a ella.»
Aquí arranca parte del problema.
Ella, «la
consultante a la fuerza», nunca ha tenido que luchar demasiado para
conseguir algo, pues siempre ha obtenido todo lo que ha querido o
necesitado sin tener que esforzarse. Es decir, no ha entrenado la
voluntad, no la ha puesto en acción, y esto ha ido llevando, con el paso
del tiempo, a tener una voluntad virgen, puesto que no ha habido necesidad
de luchar y de sembrar con tesón y constancia.
Esa falta de
entrenamiento ha sido a largo plazo definitiva para su personalidad, hasta
conducirla a una inmadurez grave, que hace presagiar males mayores
. Aquí estamos claramente ante una abulia psicológica.
En algunos
de estos casos, la psicoterapia no es fácil, pues elevar el nivel de
propuestas de conducta choca con la filosofía del «me apetece», que
consiste en haber hecho casi siempre sólo lo que le ha gustado, lo que ha
resultado más fácil y menos exigencia haya supuesto. Así se traza un
estado psicológico que será difícil de modificar hacia otro más positivo.
LA PERSONA
CAPRICHOSA
Es más
aconsejable ejercitarse a través del esfuerzo y las dificultades, que
hacerlo en un peligroso dolce far niente interminable, que irá
conduciendo a tener una personalidad sin argumentos, débil y con la que no
se llegará demasiado lejos. La persona caprichosa es incapaz de mantener
ninguna propuesta seria de cara al futuro.
¿Cuáles son
sus principales características?, ¿qué elementos la definen?, ¿cuál es su
perfil psicológico? Lo primero que hay que puntualizar es que alguien se
vuelve caprichoso poco a poco, no de forma momentánea, de hoy para mañana.
Una persona
acumula muchos factores: errores en la educación por parte de los padres,
sobre todo si ha existido una protección excesiva; el consentimiento de
absolutamente todo cuando se es pequeño; la falta de motivación para tener
pequeños objetivos de lucha... y muchas veces, el mal ejemplo de los
padres, que actúa como un potente deseducador; por otra parte, también
influyen los fallos personales que ya se inician al final de la infancia y
que van a ir escorando la conducta hacia posturas bastante negativas: una
comodidad excesiva, seguir la ley del mínimo esfuerzo para las tareas
escolares, la falta de generosidad en el día a día en la familia, la
inapetencia, la pereza, la indolencia para tener orden en las cosas que se
utilizan habitualmente... y un largo etcétera.
En
definitiva, son muchas las cosas que se han descuidado hasta ir alcanzando
esa actitud que forma al ser caprichoso. Su perfil es el siguiente: no
está dispuesto a renunciar a los deseos inmediatos, no tiene hábito para
los esfuerzos concretos y frecuentes, lo quiere todo en el momento... No
sabe negarse nada.
Ya hice una
atenta alusión a la diferencia entre desear y querer
,
actitudes en que los deseos no están basados en causas razonables, sino
sujetos a una permanente variación: ahora apetece esto y luego aquello
otro, y más tarde se pretende aquella cosa que acaba de aparecer ante los
ojos... hay una mudanza constante. ¿Por qué? Por dos motivos: uno, porque
no se sabe bien lo que se quiere, y otro, porque no se está educado en el
valor de la renuncia, ya que demasiadas veces se ha dicho que sí a todo lo
que pide paso y apetece.
Este ceder
permanente produce un cierto horror a lo que supone una cierta exigencia.
El resultado va a ser el siguiente: ese rumor tantas veces escuchado
interiormente del «No puedo», «Para qué tanta lucha», «La gente no se
complica tanto la vida», «Espera a mañana para empezar tus esfuerzos»...
Ese rumor, al agigantarse, se va convirtiendo en un tirano que obliga a
llevar a cabo lo que le viene en gana, la inclinación del instante, sin
saber esperar y sin saber continuar.
El sujeto
caprichoso es inmaduro, débil y posee una base deficitaria para cualquier
trabajo serio que signifique fortaleza para poder vencer la resistencia de
su desidia, apatía y dejadez. Esta persona no sabe que todo lo que tiene
valor cuesta conseguirlo. Todo lo grande que el hombre alcanza es fruto de
una tenacidad valiente.
La empresa
de ascender y llegar hasta la mejor cima personal está centrada en esa
regla de oro de la educación: repetir actos positivos, para acostumbrarnos
a aspirar a lo más valioso, aunque cueste. La fuerza de voluntad se
consigue a base de un conjunto de hábitos buenos, que una y otra vez se
han ido abriendo camino, para llevar a cabo lo deseado, aquello que antes
o después será más favorable.
La gana es
la forma vulgar del deseo, una veleta que gira según la dirección. del
viento del momento: hoy va hacia allá y después, hacia acá, y más tarde,
se detiene. El que tiene la voluntad férrea es capaz de hacer lo que se
propone hoy o mañana.
Quien tiene
una voluntad frágil no decide por sí mismo, sino que hay algo o alguien
que decide por él. Y esto tiene traducciones concretas a lo largo de la
vida cotidiana: una persona se ha acostumbrado a comer sin restricciones y
raramente prescinde de algo, porque le cuesta, e incluso le produce
tristeza cuando no sucede como quiere; el estudiante poco avezado en hacer
planes de estudio no acaba de sentarse en la mesa de trabajo delante de
los libros, hace cualquier cosa, menos eso; a quien tiene mal carácter y
quiere llevar siempre la razón, le cuesta mucho que le corrijan y no
admite la menor injerencia en su conducta. Estos ejemplos son botones de
muestra de lo que irá siendo poco a poco una persona caprichosa.
A fuerza de
decir a todo que sí y de permitírselo todo, una personase va transformando
en alguien sin sujeción a las normas o reglas; es alguien arbitrario,
inconstante en sus objetivos, sin propósitos claros ni firmes. Vive a su
antojo, con un ansia de cosas cambiantes y rotatorias, presididas por una
curiosidad sin fundamento.
Una locura
de la conducta que va a resultar ridícula cuando se analice con
objetividad, pues camina hacia la constitución de una personalidad muy
sui generis: frívola, superficial, variable en sus gustos y
orientaciones, que se parece al niño mimado, consentido, malcriado,
voluble, echado a perder para cualquier empresa humana de cierta
envergadura. Una persona realmente de poco valor, que casi todo lo que
emprenda irá mal, sí no es capaz de corregirse y aprender con sus
fracasos.
Todas estas
incorrecciones se manifestarán en los cuatro aspectos fundamentales del
proyecto vital: en el personal tendrá una personalidad pueril y
arbitraria; en el afectivo será incapaz de construir una pareja estable,
en el profesional no doblará el estrecho de Magallanes de sus verdaderas
posibilidades; y en el cultural, se caracterizará por una mediocridad
donde la televisión y la ley del mínimo esfuerzo lo llenen todo.
Este es el
retrato del caprichoso. Los psiquiatras sabemos que corregir a una persona
así puede llegar a ser casi imposible, salvo que se produzca un fracaso
monumental, de gran envergadura, que despierte del letargo e ilumine el
desastre de sus planteamientos. No es fácil salir de ese estado y, al
final, se pagan todos los errores juntos, hilvanados por el mismo hilo: el
deseo vehemente de haber hecho siempre lo que apetecía, perdiendo la
cabeza por seguir la ruleta de los estímulos inmediatos.
El
caprichoso debe iniciar el réquiem por vencerse en lo pequeño, por
dominarse en las cosas de cada día; si no cambia, no hará en la vida nada
que merezca la pena, pues irá tirando, que es la peor manera de funcionar.
Volvemos a la otra cara de la moneda. La voluntad templada
en la lucha es una disposición activa para sobreponerse y alcanzar
triunfos concretos y no muy costosos. Es necesario el entrenamiento; como
en toda ascensión, lo válido es ir dando pasos por el camino trazado y
recomenzar siempre que sea necesario, volviendo sobre la motivación y la
ilusión, que siempre están en la base de la meta.
Repito: avanzar poco a poco, atravesando baches y
dificultades, aunque momentáneamente esté lejos la meta o la cumbre. Quien
se lance en esta dirección verá que se trata de una experiencia
fantástica, irá descubriendo muchas dimensiones ignoradas de su vida y se
dará cuenta de sus verdaderas posibilidades. Si persiste, estará muy cerca
de la felicidad.
CAPÍTULO XIII
LA BELLEZA INTERIOR
ITINERARIO: DEL ASOMBRO A LA
CONTEMPLACIÓN
La belleza
interior es lo que hace diferente a un hombre de otro; es decir, la
esencia de la mujer y del hombre íntegros. Es algo que se capta desde el
exterior y que nos deja fascinados, gratamente sorprendidos y con ganas de
conocerla. Tiene una tonalidad difusa, vaga, indefinida, de contornos
desdibujados, que empuja a investigar qué hay detrás de esa primera
impresión.
El concepto
de intimidad (del latín intimus) se refiere al espacio interior,
recóndito, donde circulan las vivencias: significa zona espiritual
reservada de la persona. Es el núcleo más propio y personal de cada uno.
Ya Platón en sus Diálogos dice que la naturaleza de lo bello va desde lo
sensible exterior a lo subjetivo, hasta ascender al mismo nivel lo bello y
lo bueno. En el pensamiento platónico, la ética y la estética están
íntimamente relacionadas y de ahí brota el verdadero amor, como deseo del
bien y de la belleza.
Aristóteles
distingue tres formas de conocimiento: teórico, práctico y retórico
(poesía). La belleza pertenece al plano teórico. Lo bello es ordenado,
tiene proporción, hay una buena relación entre el todo y las partes. En el
análisis de cualquier realidad hay dos vertientes: la realidad y la
apariencia, lo externo y lo interno, lo que se ve y lo que permanece
escondido.
En la
Ilustración, cuando la razón desplaza al mundo sentimental, la belleza es
la apreciación intelectual de algo que produce una emoción de gozo, por su
grandeza, singularidad o hermosura. El idealismo alemán ponía lo
verdadero, lo bueno y lo bello en un mismo nivel de importancia,
constituyendo la trilogía del hombre superior.
Para el
pensamiento romántico, que recorre gran parte del siglo xix, la belleza es
la manifestación de lo verdadero. Dicho en otros términos: la felicidad
como máxima aspiración de la condición humana no se da en el superhombre
de Nietzsche, sino en el hombre verdadero: aquel que se esfuerza por ser
coherente.
La belleza
interior no puede ser definida con facilidad, ya que se distingue por
impresiones subjetivas agradables, en las que se aprecian la armonía y
cierto equilibrio entre los distintos componentes que forman al ser
humano. Desde fuera, se nota que hay algo sugerente por descubrir en esa
persona; dan ganas de adentrarse en sus inciertos paisajes interiores,
para obtener la clave del cómo es su dueño.
Los
psiquiatras somos los que examinamos y analizamos las superficies humanas;
nos interesa descubrir lo que hay bajo las apariencias: bajamos, como el
geólogo, a las profundidades de la intimidad ajena, para explorar
territorios intransitables desde el exterior.
El hombre es
el único ser vivo capaz de albergar dos tipos de belleza. En los animales,
sin embargo, podemos admirar la riqueza de su funcionamiento fisiológico
-desde el aparato digestivo al reproductor, pasando por el sistema
nervioso o el mecanismo de defensa tan sofisticado que poseen-, pero no la
belleza interior, muy distinta a la nuestra. Esta belleza, nosotros
debemos perseguirla a través de la coherencia de vida, mezclada con paz
interior, equilibrio psicológico, espiritualidad, sencillez, distinción,
espontaneidad, y una trayectoria biográfica sugestiva y ejemplar. Todo eso
conduce a hacer de una persona alguien atractivo, con grandeza interior.
Esa persona
nos deja fascinados, seducidos; pero no se trata de esa seducción
prefabricada del asesor de imagen y de conductas externas, que pretende
que su cliente se presente ante sus electores ofreciendo una panorámica
personal buena, mediatizada, pensando en quedar bien y ser votado. Aquí se
trata de algo muy distinto. Hablamos de una persona de categoría, una
especie de libro positivo abierto, que nos arrastra a imitarle y a elevar
su consideración ante nosotros.
No nos deja
indiferentes, al contrario, se torna interesante y queremos saber qué hace
con su vida, cómo la interpreta, cuáles son sus puntos de referencia y qué
piensa sobre las grandes cuestiones de la existencia: el sufrimiento, el
fracaso, la decepción, el amor, la alegría, etc. En una palabra, qué
respuestas da al sentido de la vida. Las palabras mueven, pero el ejemplo
arrastra. A la belleza física se une el atractivo psicológico y el
espiritual.
El mejor
aliado que puede presentar el hombre debe estar constituido por esas tres
notas, del mismo modo que el hombre del Renacimiento se guiaba por la
razón, la norma y la trascendencia. Estas cualidades se remontaban a unas
raíces importantes, como la tradición griega, el mundo romano y el
pensamiento cristiano.
Su
descripción fenomenológica está hecha con los siguientes materiales:
armonía consigo mismo, integridad, coherencia, orden interior, amplitud de
perspectivas, capacidad para anticiparse a los hechos, humanidad,
preocupación por el hombre como persona, autenticidad y esfuerzo por
dominar la parcela animal que hay en todos nosotros.
Como dice el
Talmud judío en un célebre proverbio, hay tres grandes tipos humanos: el
hombre sabio, que domina sus pasiones; el hombre prudente, que aprende de
todos con amor; y el hombre honrado, que trata a todos con dignidad.
LA BELLEZA APOLÌNEA Y
DIONISIACA
La belleza
exterior es fácil de descubrir; en cambio, la interior, necesita una
cierta capacidad psicológica, además de la posibilidad de pensar en ella.
La primera es apolínea y física, la segunda dionisíaca y metafísica.
La hermosura
externa constituye el primer estímulo para acercarse a alguien, sobre todo
si se trata de una persona de sexo contrario; la interna va a ser la raíz
que dará solidez y constancia para poder mantenerse enamorado. Porque no
olvidemos que es bastante fácil enamorarse, pero difícil y complejo
mantenerse enamorado, con un amor profundo, buscando cualidades duraderas,
que le den una elegancia tejida de distinción y finura.
Hay que
aspirar a algo grande, permanente, que no decaiga con el paso del tiempo.
Una persona enamorada mantiene la frescura y la lozanía del que tiene
argumentos para crecerse en la dificultad y en el espíritu de superación
para vencer los fracasos y remontar de nuevo el vuelo.
De ahí que
esta persona llegue a ser como una ciudad amurallada: fuerte, sólida,
resistente, que no se desalienta ante los reveses, ni se hace soberbio con
el éxito. Porque siempre hay buen viento para el que sabe a dónde va.
Muchos
hombres se enamoran de las bellezas externas y lo mismo ocurre con ciertos
galanes, que sin conocer a fondo a la otra persona se lanzan al vacío, lo
cual trae después consecuencias muy negativas. La belleza de una mujer
perdió a muchos hombres; ante ella, uno es turista, buscador de exteriores
y poco más.
Actualmente
las revistas del corazón son las que más nos propagan este tipo de belleza
externa de las mujeres. Nos las presentan como mágicas, a través de sus
más diversas andanzas, generalmente centradas en una vida sentimental
rota. Estas noticias promueven un estilo de vida que se extiende con
rapidez, como medio de evasión, algo para pasar el rato y nada más, pero
que en la actualidad tienen una influencia cada vez más creciente. Las
consecuencias de todo ello las tenemos hoy bien a la vista.
Una persona
bella por dentro tiene ideales; aspira siempre, a pesar de la corriente, a
lo mejor; sabe a qué atenerse, tiene criterio y pilota su vida como una
verdadera brújula y no como una veleta; no tolera que se la manipule y se
resiste a ser manejada por los tópicos que existen a su alrededor y que
muchos aceptan sin pensar.
En una
palabra: uno quiere ser persona, alguien singular y no algo movido por los
vientos exteriores; ha sabido dar a su vida soluciones satisfactorias,
sacando lo mejor de sí mismo, luchando a pulso con la realidad. Ha sabido
ponerse en claro consigo mismo.
Nos
sumergimos así en el conocimiento de un personaje que merece la pena
conocer en tiempos de bonanza o en momentos de peligro. Su balance
existencial, en cualquier etapa de su vida, es siempre positivo. Ha visto
pasar ante él un sinfín de situaciones, que han ido perfilando su estado
interior; pero a través de esa variedad la existencia personal sigue
mereciendo la pena, al haberse depositado en su fondo una lectura
coherente y esforzada, en donde permanece aún la ilusión de llegar a la
mejor cima posible.
Si a una
cara hermosa y a un cuerpo esbelto se une una valiosa psicología y
espiritualidad, estamos ante un ser humano superior: posee una buena
integración entre los distintos segmentos que tiene la vida. Emerge así,
una persona fecunda, que se conoce a sí misma y en quien el orden, la
constancia, la voluntad, la alegría y, por encima de todo, el amor, laten
en su seno de forma bien articulada. La belleza interior es el castillo
que guarda el tesoro de la armonía y la serenidad.
LA VOLUNTAD DE MEJORAR
NUESTRA VIDA
He comentado
en las páginas anteriores el carácter de insatisfacción que posee la mejor
de las vidas: siempre es incompleta y provisional, pero, asimismo, puede
llegar a ser más positiva, mejorando alguno de sus ingredientes para darle
más plenitud. Además de por los descontentos y las dificultades, el hombre
debe luchar con la voluntad para mejorar y cambiar lo que no va bien y
estimular lo que comienza.
El hombre
auténtico es la persona verdadera que procura ser coherente y que, a su
vez, cultiva y selecciona lo más valioso para aplicarlo en su vida. Así se
hace fuerte, rico, armónico... casi eterno o con valores vitales
perdurables. Para ello se necesita claridad de ideas, una mente despejada
y conocerse uno a sí mismo, para saber lo que se debe quitar y lo que
sería bueno añadir para alcanzar cimas personales, retos concretos.
No olvidemos
que casi siempre se desea lo que no se tiene; la realidad de cada uno es
ésa y debemos tener cuidado con esto. Pero lo que está claro es que si
exploramos nuestras posibilidades a la luz de la voluntad, sabiendo que
una vez entrenada estará bien dispuesta para ponerse a trabajar, todo
resultará más sencillo. Se deben saber las metas y las pretensiones que
deseamos.
El
estudiante, por ejemplo, tiene como deber aprender a aprovechar el tiempo,
y esto comporta planificarse correctamente, estudiar con orden, luchar por
vencer las distracciones, sacarle más partido a las clases que recibe o
hacer esquemas y resúmenes que le sinteticen parte de las asignaturas. Así
mejorará en su proyecto personal.
En el joven
profesional que está empezando en el mundo del trabajo, quizás todo
dependa de que vaya recibiendo una formación en su disciplina cada vez más
fuerte, para que los cimientos de su tarea tengan consistencia: leer
libros de actualidad, procurar estar al día, hacer cursos que amplíen sus
conocimientos, etc.
En cualquier
persona hay siempre campos de atención más o menos permanentes. Pensemos
en la vida afectiva, hoy tan denostada, falsificada, cosificada. Cuando
uno es capaz de revisar esta dimensión, a nivel personal, como exploración
íntima, con seguridad encontrará elementos para pulir o mejorar sus
cualidades. Puede ser que se trate del trato afectivo diario: ahí entra de
lleno intentar vencer el propio carácter, procurar hacer algo más por las
personas que están cerca, conocerlas mejor para establecer unas relaciones
más humanas y cordiales.
Estas luchas
del día a día son extrapolables a las relaciones conyugales, donde las
posibilidades son muy amplias. El aprendizaje para adquirir una mejor
comunicación de pareja consiste en: saber superar los momentos tensos,
tener el don de la oportunidad, vencerla susceptibilidad propia o tener
detalles pequeños positivos, olvidándose uno de sí mismo.
Pueden
parecer cosas fútiles, nimiedades, pero la vida conyugal se mantiene
gracias alas pequeñeces que la fortalecen y protegen, siempre que exista
un acuerdo común de fondo en los grandes temas. Cuando alguien se ríe de
esto y descuida las cosas insignificantes en apariencia, comete un serio
error, que a la larga pagara.
Demasiadas
veces nos quedamos en la puerta, no entramos. La belleza exterior sin la
interior, a la larga, es algo hueco, vacío, cansino, aburrido. No es
extraño que muchas personas, tras las separaciones conyugales de las
llamadas «bellezas oficiales», después escojan a otra, en la que la
importancia de la estética -el tipo y la cara- estén en segundo plano.
La belleza
exterior deslumbra unos instantes, pero no ilumina más adelante. Los
cínicos aborrecían la belleza del cuerpo.
Los griegos utilizaban dos palabras: soma, cuerpo, y sema,
tumba o cárcel del alma. Para la filosofía griega, la belleza del cuerpo
implicaba también la del alma. Actualmente sabemos que esto hay que
ponerlo en tela de juicio, pues con mucha frecuencia entre ambas formas de
belleza hay una escisión.
La obra más completa del hombre, su objetivo más
importante, es su propia realización personal. Pero el hombre
contemporáneo está muy roto, sólo es positivo en alguno de sus fragmentos.
A diario vemos situaciones como las siguientes: un gran
abogado está separado de su mujer y las relaciones con sus hijos no son
buenas; una mujer casada, afectuosa, equilibrada y buena madre de familia,
que ha tenido medios suficientes, se ha abandonado culturalmente y toda su
riqueza intelectual son las revistas del corazón y algunos programas de
televisión pseudoculturales.
El hombre
completo es una vieja aspiración que sirve de puente hacia la belleza
interior. Aquí debemos hablar de alguien que merece la pena analizar,
porque es ejemplar, atractivo y se nos presenta -sin él pretenderlo- como
una roca firme, un faro que ilumina y que obliga a repensar nuestros
criterios.
La belleza
interior parece que nos elude, que juega con nosotros al escondite:
aparece y desaparece, pero tenemos una mezcla de intuición y / o certeza
de que la captamos a través de algunas manifestaciones exteriores que nos
ponen sobre su pista. Cuando la voluntad llega a constituir una segunda
naturaleza, que actúa en las áreas más diversas de la conducta, transforma
a la persona y la engalana con sus actitudes. Estamos a las puertas de una
belleza que va echando sus raíces hacia el interior.
CAPÍTULO XIV
DECALOGO DE LA
VOLUNTAD
ROUSSEAU Y FREUD: DOS
VISIONES CONFUSAS
Voy llegando
al final de este recorrido analítico sobre qué es y en qué consiste la
voluntad y cómo se puede conseguir que ésta sea mayor y se afiance. Nadie
está vacunado para poder decir que ya tiene suficiente o que ésta ha
prendido bastante en los mecanismos de su psicología. La vida da muchas
vueltas. La confusión de ideas que en la actualidad existe es un producto
de la época que anuncia el foral de una civilización, cuya expresión
definitoria es la ausencia de voluntad.
El hombre actual queda fascinado por la comodidad, que ha
llegado a ser un nuevo ideal. De hecho, en Estados Unidos, los denominados
libros de autoayuda psicológica tienen bastante gancho: cómo hablar en
público, cómo triunfar en los negocios, cómo hacer amigos, como aprender
inglés en quince días, cómo superar las frustraciones de la vida sin
traumas... la lista podría hacerse interminable.
Rousseau, en
dos célebres libros suyos, Discurso sobre el origen de la desigualdad
entre los hombres y Emilio o de la educación, afirma que la
civilización ha envilecido al hombre y que hay que permitir casi todos sus
comportamientos, salvo aquellos que vayan claramente contra las normas
sociales vigentes o sean contrarios al hombre.
El problema
está en delimitar con exactitud cuáles son esos comportamientos que
desvían al hombre actual. Sus pretensiones pedagógicas se dirigen hacia
una permisividad que comienza en el siglo XVIII y que, más tarde, ha ido
adquiriendo una amplitud que hace desequilibrarse a este hombre. La
voluntad -dice Rousseau- está cautiva cuando se la sujeta, se debe hacer
lo que uno quiera...
En una
palabra, su discurso se decanta en la línea de no mostrar preferencia por
nada de forma definitiva, con lo que se cae en el relativismo. Es decir,
que permisividad y relativismo forman un dúo muy negativo para fomentar
hábitos que afirmen la voluntad.
Casi todo
está envuelto en un clima de neutralidad, que conduce a la indiferencia y
que está muy próxima a la apatía, uno de los trastornos de la voluntad que
ya hemos mencionado.
Freud, en
distintas obras suyas y a lo largo del desarrollo del psicoanálisis,
menciona la represión como un mecanismo de defensa neurótico,
contraponiéndolo a otro, la sublimación, esto es, la capacidad de
renunciar por algo más excelente que se consigue a largo plazo. Cuando
todo camina hacia la realización del deseo, quebrar la voluntad es algo
que puede repercutir negativamente en la salud psicológica de quien lo
practica.
En su libro
La interpretación de los sueños, Freud dice: «Los sueños son la
realización de los deseos ocultos y éstos tienen en el sexo su máximo
exponente». Ahora, con la aparición del sexo mercantilizado, el ser humano
queda reducido a un animal de consumo sexual, pero esto no ha conducido a
una mayor libertad entendida en su acepción más completa, ni ha hecho más
feliz al hombre. Igualmente, en su libro Tres ensayos sobre la teoría
sexual, considera que el sexo es el factor causal y motivacional
subyacente de toda neurosis. Más tarde, ampliaría estas ideas, buscando el
papel de la vida sexual en la psicología.
Ambos,
Rousseau y Freud, han ayudado a que el tema de la voluntad adquiera mala
prensa, aunque otras corrientes psicológicas posteriores a Freud han
seguido en la misma línea. No obstante, el llamado funcionalismo de la
escuela de Harvard'
ha seguido una orientación diferente. Hoy el tema tiene una óptica más
amplia a través de otros movimientos psicológicos
.
DIEZ REGLAS DE ORO PARA
EDUCAR LA VOLUNTAD
Es difícil,
tras estudiar el tema de la voluntad desde perspectivas tan diversas,
intentar concretar para ofrecer unas pautas específicas que no sean
simples recetas de cocina, pues al atravesar la frontera entre la teoría y
la práctica, entre las ideas y su aplicación, hay un trecho difícil de
salvar. No obstante, voy a tratar de esquematizarlas.
1. La
voluntad necesita un aprendizaje gradual, que se consigue con la
repetición de actos en donde uno se vence, lucha y cae, y vuelve a
empezar. A esto se llama en psicología hábito.
Dicho en
otros términos: hay que adquirir hábitos positivos mediante la repetición
de conductas, deforma deportiva y alegre, que van inclinando la balanza
hacia comportamientos mejores, más maduros y que, a la larga, se
agradecerán, pero que, en las primeras etapas, cuestan mucho trabajo,
puesto que la voluntad está aún en estado primario, sin dominar.
2. Para
tener voluntad hay que empezar por negarse o vencerse en los gustos, los
estímulos y las inclinaciones inmediatas. Esto es lo realmente difícil. Es
más fácil explicar los mecanismos por donde hay que dirigir la voluntad,
que ponerse uno a funcionar, aplicando las teorías y los argumentos. Esto
es: toda educación de la voluntad tiene un trasfondo ascético, sobre todo
cuando se empieza.
La labor de
los padres en esta tarea es decisiva: deben -con mucha sabiduría- hacer
atractiva la responsabilidad, el deber y las exigencias concretas. De otra
parte, están los educadores: deben guiar al alumno hacia la verdad y la
libertad, ligadas estrechamente.
Hay un puente que va de la primera a la segunda. La voluntad es
liberadora. ¿En qué consiste ser libre? ¿Qué es liberarse? Significa poder
moverse sin coacciones, haciendo lo que uno quiere, eximiéndose de
obstáculos y dependencias que distraigan del mejor trayecto personal.
La voluntad
libera e inicia el vuelo hacia la realización del proyecto personal y de
la felicidad. Ahora bien, hay que hacer la siguiente pregunta: ¿Cuál es
el nivel del proyecto y a qué cosas nos referimos cuando hablamos de
felicidad? La respuesta no es otra que indagar en los argumentos de
nuestra existencia, ya que éstos constituyen el alma de nuestra vida como
anticipación y programa de la misma. La vida humana es una tarea que se
mueve entre dos polos: adecuar los deseos a la realidad. Por eso la
felicidad no consiste en vivir bien y tener un excelente nivel de vida,
sino en saber vivir.
Es frecuente
captar esto cuando la vida se acaba. Es una lástima darse cuenta de ello
cuando se está a punto de amarrar la propia barca en la otra ribera.
Liberación
no es hacer lo que uno quiere o seguir los dictados inmediatos de lo que
deseamos, sino vencerse en pequeñas luchas titánicas para alcanzar las
mejores cimas del propio desarrollo. La supresión de obligaciones y de
constricciones exteriores, el abandono de los grandes ideales y retos,
dejarse llevar por los estímulos del momento... puede proporcionar cierta
tranquilidad en un corto plazo, sobre la marcha, pero muy pronto deja al
descubierto las carencias de esa personalidad.
Pensemos en
la liberación sexual,
que ha pretendido borrar todas las inhibiciones, situando al hombre rumbo
ala utopía de los paraísos perdidos y los sueños roussonianos. Se
anunciaba así un mundo futuro abierto, liberal, pluralista, de más ricos
horizontes. Pero los resultados que tenemos a la vista son unos modelos de
comportamiento aberrantes en los que la sexualidad, degradada, se ha
convertido en bien de consumo, instrumentalizando al otro en el sexo.
La
liberación que trae la voluntad consiste en apartar obstáculos, allanar el
camino para hacer lo que se había programado, ir consiguiendo que los
sueños se hagan realidad poco a poco. Es evidente que todo depende del
fin, del punto de mira, de aquello hacia lo que apuntemos.
Esto se
resume en la célebre frase de Nietzsche: «No te pregunto de qué eres
libre, te pregunto para qué eres libre.»
O como
consta en aquel libro de Bernanos: « La libertad: ¿para hacer qué?»
3. Cualquier
aprendizaje se adquiere con más facilidad a medida que la motivación es
mayor. Estar motivado implica estar preparado para apuntar hacia el mejor
blanco. El ejercicio de luchar por nuestros objetivos se estira más
gracias a la fuerza de los contenidos que los mueven. Lo expresaré de otra
forma: el que no sabe lo que quiere, el que no tiene la ilusión de
alcanzar algo, difícilmente tendrá la voluntad preparada para la lucha.
Esta regla
sugiere muchas cosas a la vez. Por una parte, el viejo tema del modelo de
identidad, esa lección abierta que otro nos da y nos invita a imitarlo.
Tenerlo presente es empezar a andar de forma correcta y correr tras la
verdadera libertad.
Como dice
Daniel Inenarity
: «Libertad como pasión significa superar el reduccionismo de una libertad
sólo centrada en aspectos formales, comprada al precio de una perpetua
indecisión [...] Una libertad profunda es aquella que se realiza, se hace
vida, decide y compromete [...] conservando la propia superioridad moral.»
Es decir,
que todo progreso humano que se hace de espaldas a unas normas morales
acaba mal. El hombre superior es el hombre espiritual que ve a los demás
como personas, no como peldaños.
Por otra
parte, hay que saber descubrir lo que yo llamaría en la actualidad valores
de recambio, que de algún modo se circunscriben alrededor de los grandes
motivos del hombre. Son nuevos motores que iluminan con su fuerza el
proyecto personal: la democracia, los valores de la Ilustración, el
pluralismo bien entendido, la solidaridad, así como una visión
supranacional de los problemas actuales.
4. Tener
objetivos claros, precisos, bien delimitados y estables. Cuando esto es
así y se ponen todas las fuerzas en ir hacia delante, los resultados
positivos están a la vuelta de la esquina, y no tiene cabida la dispersión
de objetivos, ni tampoco querer abarcar más de lo que uno puede.
Por eso
produce mucha paz aplicarse en esos propósitos, siendo capaz de apartar
todo lo que pueda distraernos o alejarnos de las metas. Querer es
pretender algo concreto y renunciar a todo lo que distraiga y desvíe de
los objetivos trazados
.
5. Toda
educación de la voluntad tiene un fondo ascético, especialmente en sus
comienzos. Hay que saber conducir las ansias juveniles hacia una meta que
merezca realmente la pena. Ahí es donde resulta decisiva la tarea del
educador por un lado, y la de los padres, por otro.
Hay una
observación complementaria que quiero hacer, una vez llegados a este
punto: las grandes ambiciones, las mejores aventuras, brotan de algo
pequeño, que crece y se hace caudaloso a medida que la lucha personal no
cede, no baja la guardia, insistiendo una y otra vez.
En el
alpinismo, por ejemplo -tarea que se parece mucho al fortalecimiento de la
voluntad-, lo importante es dar pequeños pasos hacia arriba, ir
ascendiendo en la montaña no gracias a las grandes escaladas, sino merced
a pequeños avances, al principio costosos y, después, ya más fáciles, una
vez que se vislumbra el paisaje desde la cima.
6. A medida
que se tiene más voluntad, uno se gobierna mejor a sí mismo, no dejándose
llevar por el estímulo inmediato. El dominio personal es uno de los más
extraordinarios retos, que nos elevan por encima de las circunstancias. Se
consigue así una segunda naturaleza. Uno no hace lo que le apetece, ni
escoge lo más fácil y llevadero, sino que se dirige hacia lo que es mejor.
Cuando la
voluntad es más sólida, esa persona ya ni se plantea el cansancio que ha
supuesto o sus apetencias, sino lo que sabe será más positivo para ella de
cara a los objetivos diseñados.
7. Una
persona con voluntad alcanza las metas que se había propuesto con
constancia. He comentado en las páginas que preceden lo importante que es
tener presentes las piezas instrumentales de la voluntad: el orden, la
tenacidad, la disciplina, la alegría constante y la mirada puesta en el
futuro, en la meta. Existe hoy la tendencia a la exaltación del modelo del
ganador, que deja en la estacada, groggy, a muchos perdedores en el
ring social. Por eso, compararse con otros, fijarnos demasiado en
las vidas ajenas, puede ofrecer una cara negativa, suficiente como para no
disfrutar con lo que se tiene y desear lo que no poseemos.
8. Es
importante llegar a una buena proporción entre los objetivos y los
instrumentos que utilicemos para obtenerlos; es decir, buscar la armonía
entre fines y medios. Hay que intentar una ecuación adecuada entre
aptitudes y limitaciones, pretender sacar lo mejor que hay en uno mismo,
poniendo en marcha la motivación, configurada gracias a las ilusiones, así
como el orden, la constancia, la alegría y la autoridad sobre nosotros
mismos, para no ceder ni un ápice en lo propuesto.
9. Una buena
y suficiente educación de la voluntad es un indicador de madurez de
la personalidad. No hay que olvidar que cualquier avance de la voluntad se
acrecienta con su uso y se hace más eficaz a medida que se incorpora con
firmeza en el patrimonio psicológico de cada uno de nosotros. Una
persona madura y con equilibrio psicológico ofrece un mosaico de elementos
armónicamente integrados, en donde la voluntad brilla con luz propia.
10. La
educación de la voluntad no tiene fin. Esto significa que el hombre es
una sinfonía siempre incompleta, y que, haber alcanzado un buen nivel no
quiere decir que se esté siempre abonado al mismo, ya que las
circunstancias de la vida pueden conducir a posiciones insólitas,
inesperadas, difíciles o que obligan a reorganizar parte de la estructura
del proyecto personal.
También hay
que citar la falta de orientación de la sociedad actual, tan permisiva y
con tan pocos valores de referencia, que impide ver ejemplos positivos que
sirvan como modelos de identidad. La sociedad, tal y como está ahora, no
favorece en casi nada la potenciación de la voluntad. Y mucho más difícil
resulta esta potenciación con la influencia de la televisión, frente a la
no cabe tener más que un moderado pesimismo.
Véase su libro Reivindicación de la voluntad, Eunsa, Pamplona, 1988.
Cfr. dos libros suyos: Psicología patológica, UNED, Madrid, 1992; y
Las depresiones infantiles, Alhambra, Madrid, 1989. Para él los
trastornos de la voluntad deben inscribirse en la patología de la
decisión humana.
Siendo siempre frío y cartesiano en el análisis, esta falta de
voluntad que ahora se presenta como ausencia de proyecto y poca
capacidad para tener metas y conseguirlas, tendrá a la larga unos
resultados negativos en su trabajo profesional -aún por determinar- y
en la vida conyugal. En el primero, no doblará el cabo de sus propias
posibilidades, instalándose en una posición sin pretensiones. En la
segunda, será una candidata a la separación conyugal, pues no hay que
perder de vista que la convivencia de la pareja es el tema en donde es
más importante poner en acción la voluntad.
En
resumen, con los datos que tenemos, si no cambia con la ayuda de la
psicoterapia que se va a iniciar y toma conciencia de sus carencias,
su experiencia será zigzagueante y fracasará en los tres o cuatro
aspectos más determinantes que impone la vida a todo ser humano.
Vuelvo al argumento que ha sido un ritornello a lo largo de todo este
libro: Una voluntad educada lo puede casi todo.
Véase el capítulo VI, «Voluntad y proyecto personal», pág. 101 y ss.
Los deseos brotan de !as apetencias, pero no nacen de una
determinación personal, que mejora y de alguna manera hace progresar
el proyecto, sino que lo que se busca es algo que apetece de entrada,
aunque no sea positivo, ni valioso.
El querer
arranca de la motivación, de algo atractivo que empuja hacia delante y
que conducirá a una mejora personal. Esa es la gran empresa de la
educación: enseñar a distinguir una de otra. Porque la raíz de la
conducta motivada está en saber elegir, lo cual debe estar dirigido
hacia la elaboración y cultivo de los valores.
El deseo
se relaciona con lo inmediato y su búsqueda es rotativa y cambiante,
agotándose pronto y necesitando un continuo reviva!, una reactivación
incesante. El querer aspira a valores mediatos (lejanos), no busca
tantas sensaciones vertiginosas, sino que está centrado en ir logrando
peldaños del proyecto personal. Mientras el querer atrae, el deseo
distrae; uno hace madurar, el otro es un pasatiempo que entretiene,
pero hace perder forma y tensión para la lucha, porque produce
dispersión.
Dice
el texto clásico: «Animo imperavit sapiens, stultus serviet»
(El hombre sensato gobernará sus pasiones, el necio será esclavo de
ellas). Hoy, al jugar con las palabras, éstas quedan a merced de las
modas, y muchas veces a la libertad personal le llamamos liberación y
al no ser dueño de uno mismo, emancipación.
Algunos de los psicólogos más importantes de esta escuela son Skinner
y Allport. Skinner, que con su teoría de la conducta operante retoma
el tema de la importancia de la voluntad, mediante lo que él llamó «la
educación programada». Su concepto de refuerzo es la base de cómo
fomentar la voluntad: aquel estímulo que eleva la probabilidad o
frecuencia de una conducta. Allport diseñó unos «modelos de
crecimiento de la personalidad» basados en la motivación.
La Escuela de Columbia tiene en Catell, Thorndike, Woodworth y Murphy
sus máximos exponentes. Sus principales teorías o fundamentos son: la
psicología cognitiva inspirada en el modelo del ordenador, el
estructuralismo inspirado en los trabajos de Titchener y ia psicología
japonesa experimental de Fujitani, Motora y Matsumoto, que culmina con
una inspiración zen en Monta y Koji Sato
El concepto de verdad se quiebra en distintas laderas: la verdad de
las cosas, de las circunstancias que nos rodean y la verdad como
hipótesis de trabajo (verdad prospectiva).
Tres
lenguas han influido decisivamente en la formación del pensamiento
europeo: el griego, el latín y el hebreo, y en cada una de ellas
encontramos tres palabras sobre este concepto: aletheia, véritas y
emunah, respectivamente.
Vivir en
la verdad personal es tener criterios y obrar consecuentemente. Dicho
en otras palabras: el hombre incoherente, que conoce esas reglas de
conducta, pero, por los motivos que sean, no las sigue, no es
consecuente con ellas.
Este tema cabalga entre diversas corrientes, desde las ideas ya
superadas del psicoanalista Wilhelm Reich, a la llamada «civilización
del eros» de Marcase, o a la «permisividad» de Van Ussel, pasando por
las ideas más positivas de Allport o Maslow sobre el amor personal,
hasta llegar a la psicoterapia humanista de Rogers o al misterio de la
sexualidad con serio enfoque antropológico de Gustave Thivon, Jean
Guitton, Joseph Pieper o García Hoz.
Dice el Talmud: «El hombre sabio es el que trata a todos con
dignidad.» Estamos atravesando una época de represión espiritual: en
muchos ambientes todo lo que suene a espiritualidad, está mal visto,
no se lleva, no engancha... Pero es un bastión decisivo del ser
humano.
Vivimos
en la apoteosis de lo fugaz, la exaltación del instante, la idolatría
del sexo y como resultado de ello: la indiferencia por saturación de
contradicciones, y, a su vez, la fascinación caleidoscópica del querer
estar en todas partes, no decir que no a nada y pretender jugar a
todas las bandas y posiciones... es el relativismo de la levedad y la
dispersión. Un ser humano superdébil, a quien hay que seguir para
poder certificar su triste final.
En tales
casos sólo hay voluntad para alcanzar dinero, sexo, poder, éxito a
cualquier precio o las versiones actuales de mejorar permanentemente
el nivel de vida, el bienestar, la seguridad... La felicidad no
consiste sólo en eso, pues hay muchas personas que viven así y no son
felices. La felicidad es estar haciendo algo grande con la vida, algo
que la llene y que vaya más allá de los propios intereses.
Véase Polaino Lorente, Dimensiones motivacionales y cognltivas de la
voluntad, Dossat, Madrid, 1988. Subraya la importancia del
aprendizaje, sin el cual no se pueden adquirir conocimientos. «No hay
educación sin aprendizaje. La educación añade algo más al mero
aprendizaje, me estoy refiriendo a la educación de la voluntad. Los
aprendizajes que realiza la voluntad son siempre motivados e
intelectualizados... la motivación y el "conocimiento del fin" tienen
aquí especial importancia.» Hace una clara referencia al modelo
conductista del aprendizaje. cuanto mayor sea la recompensa, mayor
será el efecto del aprendizaje, o dicho de otra manera, de la eficacia
del castigo o de la recompensa, de su buena y adecuada administración,
saldrá la clave para todo este proceso. «La administración de
recompensas suele ser más eficaz que la de castigos, salvo cuando se
busca un cambio en la emisión de la respuesta.»
Un autor que ha trabajado a fondo en estos temas, García Hoz, publicó
en 1962 un libro que fue emblemático para aquella época: Pedagogía de
la lucha ascética. Allí exponía los elementos básicos para el esfuerzo
en los temas morales, inspirado en autores españoles del Siglo de Oro
(parte del XVI y XVII).
Después
han seguido muchas investigaciones, hasta llegar a La práctica de la
educación personalizada, tratado donde se describen y analizan los
fundamentos y las técnicas para alcanzar la obra bien hecha, que es la
meta que propone su autor.