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Frente a
la concepción de la sexualidad cargada de misterio y
trascendecia, la situación cultural de nuestro tiempo presenta
un contraste sorprendente. No se trata de la desdivinización del
eros, que fue realizada de un modo definitivo en la victoria del
cristianismo sobre el paganismo. Se trata más bien de la
banalización que la sexualidad va sufriendo de un modo
progresivamente acelerado en nuestro mundo cultural.
a) LA SEXUALIDAD HUMANA EN GENERAL
Amplitud del fenómeno
La condición sexuada del hombre es un fenómeno de extraordinaria
amplitud, que caracteriza de un modo peculiar todos los estratos y
componentes de la compleja unidad que constituye al hombre. No se
trata, pues, de una mera determinación morfológica o anatómica, ni
tampoco de una característica que pueda reducirse a categorías
fisiológicas.
En una reciente sentencia judicial respecto a un proceso de
cirugía trans-sexual, el juez se declaraba incompetente para
determinar definitivamente la sexualidad de una persona. La
justificación que daba para fundamentar su incompetencia era
precisamente la complejidad de ámbitos existenciales humanos en
los cuales pueden basarse los juicios sobre la sexualidad de una
persona. En efecto, no parecía bastar la mera consideración
fisiológica, pues frente a ella se alzan con frecuencia razones
apoyadas en consideraciones psicológicas o sociales. Así concluía
aquel juez que no sabía si la sexualidad era asunto de cromosomas,
o morfológico, o psicológico, o social, o legal, o afectivo.
Efectivamente, la sexualidad afecta a toda la amplia variedad de
estratos o dimensiones que constituye a la persona humana. La
persona humana es hombre o mujer, y lleva inscrita esta condición
en todo su ser. Sería difícil encontrar una dimensión humana,
desde las más espirituales, anímicas o psicológicas, hasta las más
materiales o fisiológicas, que no estuviera marcada por la
sexualidad propia de una persona.
"Constante" humana
La sexualidad no es sólo un fenómeno amplio en la constitución de
la persona. Es, además, un fenómeno extraordinariamente profundo,
en cuanto que afecta decididamente al modo de ser de la persona en
cuanto tal. Quiere decirse con esto que no se trata de una
determinación trivial, sino que alcanza al núcleo mismo de la
humanidad en lo que tiene de más propio. Por esto, la condición
sexuada del hombre aparece, en todas las formas culturales, como
un aspecto decisivo del modo de entenderse el hombre a sí mismo.
Puede decirse que las cuestiones relacionadas con la división de
la humanidad en hombres y mujeres, constituyen una "constante"
humana.
El lenguaje del amor humano está tan vinculado al ser mismo del
hombre en cuanto tal que, allí donde se encuentra el fenómeno
humano, aparece, de una forma u otra, la expresión de la condición
sexuada, y, en consecuencia, allí se entiende perfectamente ese
lenguaje. Junto con el poder político y la alimentación, el amplio
tema de la sexualidad es un asunto que siempre ha interesado y
entendido toda cultura y toda forma de autocomprensión del hombre.
Quizá algunas formas de construcción cultural puedan resultar
difícilmente inteligibles para algunas culturas; es posible que,
para entender por qué algunos asuntos o problemas resultaban
interesantes para personas de culturas o tiempos lejanos, se
requiera una comprensión previa del proceso que dió lugar al
nacimiento de esas cuestiones; e incluso puede ser que, en
determinados casos, no podamos hacernos una idea plenamente
adecuada de ellas.
Esto se debe, quizá, a que esas cuestiones son de tal manera
resultado de la propia actividad libre de las personas en esas
sociedades, que sólo en la comprensión de esa historia resultan
inteligibles. Se trata, pues, de cuestiones no naturales, no
vinculadas, próxima e inmediatamente, con la propia condición del
hombre en cuanto tal, es decir, con la naturaleza humana. En
cambio, los dramas pasionales o los poemas amorosos realizados en
culturas que distan de nosotros histórica o geográficamente nos
resultan en su raíz perfectamente inteligibles. Por esto decimos
que constituyen una "constante" humana, y que son una referencia
"clásica", es decir, que trata asuntos que trascienden la
determinación cultural concreta en que tienen lugar y, por tanto,
son cuestiones universalmente significativas para el hombre.
Profundidad humana de la sexualidad
La sexualidad no se presenta sólo con las características de
amplitud antes mencionadas. Además de esa amplitud, la sexualidad
tiene una característica decisiva que es su importancia. El
fundamento de esta importancia podría situarse en la vehemencia de
los impulsos que desata en la persona, pero, en última instancia,
la densidad de la significación humana de la sexualidad hay que
situarla en la vinculación de la sexualidad con el origen empírico
de cada persona humana. Cada hombre existe, toma su origen, en el
ejercicio de la sexualidad por parte de sus padres. La importancia
de la sexualidad está, pues, estrechamente vinculada con la
conciencia del carácter único que tiene la persona, y depende de
ella. Es la advertencia de la misteriosa singularidad de cada
persona, más o menos explícita, más o menos expresada, la que
reclama para su origen una forma misteriosa y, en definitiva,
trascendente. Si cada persona se presenta como dotada de libertad,
es decir, como un ser inédito, único e indeducible de las
circunstancias anteriores, entonces la persona no es un simple
trozo de la naturaleza, es algo más, y su origen no puede
entenderse como completamente inmerso en los meros procesos
naturales por medio de los cuales la materia se multiplica, y las
causas naturales actúan. Por supuesto que no todas las culturas
han dado una expresión suficientemente adecuada y exacta de la
dignidad humana. Incluso es posible que hayan tenido explicaciones
muy ambiguas de la realidad de la libertad humana. Sin embargo, la
conciencia implícita de la peculiar singularidad humana es
innegable.
Justamente por esto el origen del hombre singular había de ser
dotado de un carácter misterioso, que trascendía la pura
causalidad mundana y reclamaba la intervención de fuerzas
superiores. Siendo, por otra parte, evidente que el origen de la
persona era causado por el ejercicio de la sexualidad, la
sexualidad misma había de ser considerada como manifestación de
una fuerza trascendente.
Evidentemente, la sexualidad es una potencia existente en el
hombre, pero no es una potencia creada por la racionalidad humana;
de ahí el origen de la consideración religiosa o divina de las
fuerzas humanas naturales contenidas en su potencial sexual.
Puede afirmarse que la divinización del eros en algunas formas
culturales constituía una deformación, a veces manifiestamente
aberrante, de la sexualidad, pero es igualmente evidente que esas
deformaciones y aberraciones no suponían una banal glorificación
del placer. Incluso las exaltaciones culturales de la pasión
amorosa distaban mucho de ser mero hedonismo materialista. Eran
más bien todo lo contrario. En esas exaltaciones no se glorifica
al hombre en su búsqueda ciega del placer. El placer no resultaba
significativo en sí mismo; si eran glorificados era porque en
ellos se reconocía implícita o explícitamente que la persona era
poseída por un poder trascendente: justamente el poder al que
remite el origen del un ser humano.
Banalización de la sexualidad en la cultura actual
Frente a la concepción de la sexualidad cargada de misterio y
trascendecia, la situación cultural de nuestro tiempo presenta un
contraste sorprendente. No se trata evidentemente de la
desdivinización del eros. Esa desdivinización fue realizada de un
modo definitivo en la victoria del cristianismo sobre el
paganismo. Se trata más bien de la banalización que la sexualidad
va sufriendo de un modo progresivamente acelerado en nuestro mundo
cultural. Las vías de esa trivialización son varias. Me limitaré a
señalar dos: la banalización científica y la banalización lúdica.
La banalización científica de la sexualidad corre pareja a
la reducción cientifista del hombre, como consecuencia del método
propio de la Ciencia positiva. En virtud de su corporalidad, el
hombre es una parte del mundo material y, por tanto, puede ser
objeto de investigación, experimentación, explicación y
manipulación por parte de la racionalidad científica y técnica. En
virtud de la unidad de la persona, ajena a todo dualismo, los
fenómenos humanos tienen una dimensión corporal, por medio de la
cual no sólo son expresables según el conocimiento científico,
sino que consecuentemente resultan manipulables por la técnica
derivada de esa Ciencia.
No es necesario detenerse ahora a considerar detalladamente la
reducción de perspectiva que supone el método científico y la
ausencia de significados propios y de finalidades naturales en las
explicaciones científicas. Baste recordar que en la medida en que
se absolutice el método científico como vía de conocimiento de la
realidad, ésta se presentará a la mirada humana en una curiosa
mezcla de conocimientos e ignorancia: conocimiento exacto,
experimentado y comprobable de las dimensiones cuantitativas de la
realidad; ignorancia de cualquier significado propio o de
finalidad natural. La ciencia positiva alcanza un conocimiento de
las leyes de la regularidad del comportamiento empírico, pero al
ignorar metodológicamente cualquier sentido propio remite
necesariamente a una forma de conocimiento distinto, más amplio,
más tensionado hacia la totalidad de lo real, y por eso más
profundo. Si esas formas de conocimiento extracientífico son
negadas por el cientifismo, los significados naturales propios
desaparecen, y queda únicamente el significado y la finalidad que
el hombre imponga con su decisión incondicionada, sin más límites
que las posibilidades que se encuentran en el material, neutro de
significación, que le es ofrecido por la Ciencia.
Es claro que en esta perspectiva la sexualidad humana queda
privada de su importancia y trascendencia. Los fenómenos que se
refieren a la sexualidad pueden ser descritos por la Ciencia, con
toda precisión y exactitud, pero desde ese punto de vista no puede
darse esa veneración que encontrábamos aun en formas más
primitivas de cultura. Que aquí se ha producido un
empobrecimiento, no hace falta insistir en ello. No se trata
simplemente de una profundización que sitúa el fenómeno humano de
la sexualidad en su justa medida. Se trata de un cambio de
perspectiva que ignora metódicamente, y por eso radicalmente, todo
significado que trascienda el conocimiento científico.
La sexualidad resulta así un conjunto de fenómenos biológicos con
unas propiedades operativas particulares y que ofrecen a las
posibilidades científicas y técnicas perspectivas muy variadas, es
decir, se ponen en manos de los científicos y técnicos capacidades
de manipulación y utilización del material humano en su sexualidad
para que realice con ellas lo que desee. Estas posibilidades, que
hasta hace poco eran relativamente reducidas, se presentan ahora
de una amplitud inquietante: desde las manipulaciones genéticas,
hasta la más diversa fragmentación de los procesos naturales de
generación humana y la utilización de las sustancias humanas
correspondientes para finalidades comerciales variadas.
En la perspectiva científica, la sexualidad se reduce a un
fenómeno biológico que no se distingue esencialmente de la
asimilación del nitrógeno nítrico por parte de las plantas, o de
las proteínas por los animales. La única diferencia se refiere a
las posibilidades que se ofrecen a la razón técnica. Con el
cientifismo, la sexualidad, como el hombre y como el mundo mismo,
ha perdido su misterio, pero no por un desvelamiento en
profundidad, sino por una negativa a priori y voluntarista.
Para defender a la Ciencia del asalto del cientifismo se requiere
una conciencia particularmente viva de la limitación que impone el
método, y del consiguiente riesgo de que ese método engendre una
mentalidad pretendidamente omnicomprensiva. En otras palabras, se
requiere un ejercicio constante e intenso de conocimiento al nivel
más elevado. Hoy más que nunca el científico necesita ser hombre.
La banalización lúdica, depende en cierto modo, de la
científica y es como una consecuencia de ella. Las intervenciones
técnicas en los procesos de generación, y en particular el
desarrollo de la farmacología contraceptiva, permiten una
separación casi total entre la generación y el uso de las
facultades sexuales, tanto coporales como afectivas. La cuestión
del aborto viene a advertir que esa separación no se ha logrado
por completo. Pero el empeño por imponerlo muestra hasta qué punto
se pretende que esa separación sea total. La sexualidad ha venido
así a quedar como dividida en dos aspectos prácticos: por una
parte la capacidad para engendrar, y por otra, completamente
separada, la capacidad para gozar placeres específicos, desligados
de cualquier otra significación humana. La intensidad y atractivo
de esos placeres pueden utilizarse a voluntad como un elemento
más, de los más poderosos, que determinan la conducta de los
hombres. Pero ya no es más que un elemento de la "fisiología" de
la sociedad que, en cuanto conocido y dominable, puede resultar
tan útil para el dominio de las personas como la metalurgia es
útil para la construcción de artefactos.
Es indudable que la erotización creciente de la sociedad, la
procacidad desenfrenada, el impudor casi impuesto por las modas,
en muchas ocasiones, no tienen nada en común con algunas formas
aberrantes en sociedades primitivas. En éstas, esas
manifestaciones reflejaban una visión trascendente de la
sexualidad. En la actualidad esa referencia al misterio ha
desaparecido y no queda más que una empobrecida visión de la
sexualidad como capacidad de gozar y, derivadamente, como fuente
de dominio de aquellos que tengan en sus manos alguna forma de
poder sobre la comunicación y las formas de conducta.
Sentido humano de la sexualidad
Como se ha apuntado al comentar la reducción cientifista, la
sexualidad no es un caso aislado en lo que se refiere a la pérdida
de sentido. Tampoco la banalización lúdica ha afectado de modo
exclusivo a la sexualidad. La cuestión de fondo es precisamente la
relación con la realidad y, sobre todo, la relación con la propia
humanidad del hombre, es decir, con el hombre en cuanto tal, en
cuanto persona. Es esta relación la que determina la importancia o
gravedad de esa trivialización cuando afecta a dimensiones de la
existencia humana.
Es evidente, por otra parte, que en la compleja unidad del hombre
hay diversas dimensiones que afectan de manera distinta a la
propia persona. El valor o dignidad de la persona se expresa, o es
involucrado, de un manera distinta en cada una de sus dimensiones.
En cierto modo son inconmensurables, pero también es claro que hay
dimensiones que involucran con más profundidad el ser mismo de la
persona. Por esto, para ver la importancia de cada una de esas
dimensiones y, consecuentemente, para detectar la peculiar
gravedad de su violación, se requiere captar adecuadamente la
manera cómo esa dimensión involucra la dignidad de la persona.
Esto quiere decir que es necesaria la consideración atenta de cada
una de esas dimensiones como dimensión de la persona humana, es
decir, el estudio de esas dimensiones existenciales como
expresiones del ser mismo de la persona y como articulación
concreta de la vida de un ser absolutamente digno.
Sobre la sexualidad abundan, casi de modo excesivo, los estudios
descriptivos y los análisis fenomenológicos y culturales. También
en este aspecto se puede sufrir la embestida del cientifismo y su
pasión por describir hechos, prescindiendo de toda consideración
valorativa. Pero esto, en el fondo conduce a prescindir de si algo
es significativo o no, es decir, a abandonar la significación o el
interés de las cuestiones al ámbito emotivo o a la vigencia
cultural. Las descripciones del fenómeno de la sexualidad, si se
hacen abstractas, es decir, desligadas de la fuente de
significación, pueden constituir un material científico que no
muestre más interés que el de una colección ordenada y rigurosa
"científicamente" de unos hechos cuya importancia de ningún modo
está fundamentada científicamente.
Se requiere, pues, ahora adentrarse en el estudio de la
significación humana de la sexualidad. Podremos entonces responder
a las preguntas que, en este aspecto, son las decisivas:¿de qué
modo la trivialización de la sexualidad supone una trivialización
de la persona? O, dicho de modo positivo, ¿de qué modo la
dignididad absoluta de la persona se expresa en la dimensión
humana de la sexualidad?
No se trata primariamente de una reflexión moral, sino de una
consideración antropológica. En la medida que la verdad del hombre
resulte interpelante para la libertad, estas reflexiones derivarán
en cuestiones propiamente morales.
b) LA SEXUALIDAD COMO DIMENSION DE DONACION
La sexualidad como dimensión de donación peculiar
Los abundantes y pormenorizados análisis y descripciones que la
fenomenología nos ofrece sobre la sexualidad nos la muestran como
una realidad extraordinariamente compleja, pero a la vez
profundamente unitaria. No se trata de fenómenos dispersos, sino
hondamente coherentes, pues son como la articulación de una
dimensión de donación personal. La sexualidad podemos definirla,
en un nivel todavía muy general, como aquella determinación de la
persona humana en virtud de la cual la persona es capaz de una
donación interpersonal específica. La sexualidad es, en efecto,
una dimensión de donación, de donación peculiar. Esto nos da una
primera advertencia de la importancia humana de la sexualidad,
pues la donación no es un aspecto accesorio, secundario o
derivado, sino el aspecto más propio de la persona en cuanto tal.
Si la sexualidad es una dotación peculiar de la persona para
donarse de un modo específico, es necesario considerar atentamente
de qué modo la donación de la sexualidad está implicada en la
donación que es propia del hombre en cuanto tal. Aunque esté
vinculada con esa dimensión radical humana, no se identifica con
ella, puesto que es una donación o cualidad de la persona que se
ordena a una donación peculiar, característica.
La peculiaridad de la donación mutua de que son capaces dos
personas en virtud de su cualificación sexuada como varón y mujer
es patente en general, y, evidentemente, distinta de la capacidad
de donación que las personas tienen por su propia condición
humana. Para una determinación articulada y precisa de la donación
propia de la sexualidad se requiere una descripción, siquiera
somera, de la donación personal propia de la misma condición
humana.
La donación como dimensión humana
Los hombres, en cuanto tales, son capaces de donación mútua. Esta
donación se expresa en todas las dimensiones horizontales o
estratos componentes del ser humano, desde los más intelectuales
hasta los gestos más corporales. Su núcleo está en la voluntad en
cuanto que por esta potencia espiritual las personas son capaces
de la afirmación del ser de la otra persona. El amor personal
propio del hombre, en cuanto tal, se expresa nuclearmente en la
afirmación gozosa del ser mismo de los demás: querer en la forma
más pura del amor personal es amor de benevolencia, que es
distinto del amor de dominio o del amor de concupiscencia. El amor
de benevolencia es como el reflejo del Amor Creador, que afirma a
la criatura humana por sí misma, y se vuelca sobre ella dándole a
participar su propio bien. Por eso el amor de benevolencia, el
amor bueno entre las personas no puede concebirse como una neutra
afirmación de su existencia, sino que connota necesariamente una
donación personal. Y por esa misma razón incluye las muestras de
una unión personal en los aspectos o estratos corporales de la
persona. El amor entre las personas tiene un ámbito, o un lenguaje
propio, en el campo de las expresiones corporales, desde la mirada
o la sonrisa, hasta las formas de unión física, por el contacto de
los cuerpos, por la inclusión en el ámbito personal del hogar,
etc.
Hay una rica fenomenología que describe muy pormenorizadamente
este lenguaje del cuerpo, en el que los gestos corporales
adquieren un sentido que trasciende la pura significación mecánica
y alcanza un nivel propiamente humano. Así, aun cuando la
significación mecánica de una bofetada se identifica con la
palmada amistosa, no identificamos su sentido.
Las formas de amor interpersonal no pueden considerarse únicamente
como un querer lo mejor para las personas, sino como un querer
mejor a la misma persona. No sería amor bueno el que afirmara el
ser de una persona en una situación de miseria, de hambre o de
ignorancia: el amor que afirma a la persona implica amor a su
verdad, a su cumplimiento: "Te quiero" no significa simplemente "íqué
bueno que existas!", sino que implica el "te quiero feliz". En
este sentido, el amor verdaderamente personal incluye el deseo de
la plenitud de la persona querida y, en la medida en que esa
plenitud puede considerarse como un universal -pues existe una
peculiar "verdad del hombre" en universal-, querer mejor a una
persona puede significar querer lo mejor para esa persona.
Esta donación, la entrega de un médico a sus enfermos o de un
maestro a sus discípulos, o más en general, la entrega de una
persona a sus amigos, no está de suyo limitada más que por las
posibilidades físicas de espacio y tiempo.
Características de la donación sexuada
La capacidad de donación que tienen los hombres en virtud de su
condición sexuada se expresa en una forma de amor que es del todo
peculiar. Esta peculiaridad no consiste en que se dirija a la
persona en su singularidad, pues, como hemos visto, esto es propio
del amor verdaderamente humano. Tampoco consiste esa peculiaridad
en el mero hecho de que involucre la corporalidad. El amor
específico de la sexualidad no puede expresarse exclusivamente
afirmando que es un amor que incluye la singularidad personal y la
corporalidad.
Para caracterizar la forma de donacion humana expresada en el amor
sexuado es necesario recurrir, en primer lugar, a una descripción
de esa forma de amor tal como lo encontramos en el ámbito de la
vida humana. En segundo lugar, será necesario un recurso a los
fundamentos ontológicos y antropológicos de esa peculiar forma de
amor, que podríamos denominar amor de enamoramiento o amor
sexuado.
Exclusividad.- La primera nota en la que se expresa el amor
de enamoramiento es su peculiar carácter exclusivo. El fenómeno de
los "celos", aunque pueda tener una dimensión patológica, hunde
sus raíces en la propia naturaleza del amor sexuado. Ciertamente
se habla, a veces, de celos cuando se refiere al sentimiento de un
alumno que se duele porque su profesor dedica más atención a un
condiscípulo, o cuando se refiere al artista que sufre porque otro
ha conseguido captar el favor que el público le dispensaba. Pero
en estos casos habría que hablar más propiamente de vanidad, y
sólo figuradamente se trata de celos. Los celos en el amor sexuado
apuntan a una propiedad que aparece íntimamente reclamada por ese
amor que no pide solamente ser personal sino ser exclusivo. De ese
modo, el amor sexuado entre dos personas aparece como una forma de
donación en virtud de la cual una de las personas es
exclusivamente de la otra, y querer con la forma de amor sexuado a
una de ellas por parte de una tercera persona aparece como una
intromisión injusta.
Esto supone una distinción radical respecto del amor humano no
sexuado. En efecto, aunque las exigencias del amor puedan originar
un cierto límite al "número de amigos", de suyo, el amor humano no
sexuado no impone exclusividad; más aun, reclama comunicación de
amistad. Cualquier persona pretende, en cierto modo, que sus
amigos, o, en general, las personas que quiere sean también
queridas por sus amigos y sufre cuando advierte el desprecio o
indiferencia de los demás hacia sus amigos. Por el contrario, el
amor sexuado crea una especie de comunidad de amor que de suyo es
reducida naturalmente a las dos personas de sexo contrario.
Fecundidad.- La segunda nota es la referencia a la
fecundidad. Sería, ciertamente, una visión reduccionista y
funcionalista de la sexualidad, convertirla simplemente como un
medio de reproducción. La sexualidad no es sólo un medio que pueda
entenderse, y consecuentemente normarse, desde el fin. La
sexualidad, como se va exponiendo en estas páginas, es una
dimensión humana: su medida le viene no de su eficacia sino de la
persona; su norma no es instrumental sino personal. No obstante,
hay algo profundo que se expresa al decir que la sexualidad es un
medio de reproducción, pues la dimensión humana de la sexualidad
instituye una forma de entrega que se abre a la donación de la
vida como una expansión de su dinámica propia. No se trata
únicamente de que la condición sexuada de los cuerpos dé la
capacidad e inscriba los instintos para realizar los actos que
posibilitan el nacimiento de la nueva vida. La realidad es más
profunda y afecta de modo más profundo a las propias personas que
se entregan en su condición sexuada. El niño que nace no es
advertido por sus padres como simple producto o consecuencia
biológica de su cohabitación, sino verdadera y propiamente como
fruto de su amor. Esta advertencia no se da exclusivamente a
posteriori, sino que está presente desde el principio. El amor
sexuado entre un hombre y una mujer lleva implícito el deseo, o al
menos la perspectiva, de la fecundidad. Un amor que cerrase
explícitamente esa perspectiva sería un amor incompleto.
El amor de enamoramiento alcanza su plena dimensión cuando incluye
también explícitamente la apertura a la donación de la vida. El
sufrimiento de un matrimonio estéril es una muestra de que, a
pesar de las dificultades biológicas o físicas corporales, el amor
humano es ámbito de generación de la nueva vida. Las experiencias
de esta realidad podrían multiplicarse, pero baste recordar las
frases con que a veces se designa a la persona objeto de este
peculiar amor: "te quiero", "quiero que seas la madre/padre de mis
hijos", que es como decir: "te quiero" es lo mismo que decir
"contigo me entrego para engendrar vida".
Sexualidad y corporalidad
La corporalidad como condición de posibilidad de la fecundidad.-
La apertura a la transmisión de la vida supone, como su condición
biológica, una determinada dotación corporal. Podríamos decir que
así como la existencia del músculo risorio es condición de
posibilidad para la sonrisa humana, así también la dotación
orgánica de los órganos dispuestos para la reproducción son la
condición de posibilidad material para la fecundidad del amor
sexuado. Pero explicar la naturaleza profunda de la fecundidad
humana en simple término de fisiología sería tan grotesco como
tratar de explicar el profundo significado de la sonrisa en un
rostro humano en simples términos de contracción del músculo
risorio. Ciertamente, la descripción científica de la fecundidad
humana es mucho más compleja e interesante que la elemental
descripción de un movimiento muscular, pero eso no es más que una
posibilidad de equívoco respecto de la cual hay que estar
prevenidos.
La cuestión es, pues, determinar el significado humano de la unión
coporal propia del cuerpo sexuado y abierta a la generación. Este
significado humano lo encontramos en que, como hemos dicho, la
donación personal se hace fecunda a través de la mediación de la
corporalidad, que es condición de posibilidad, del mismo modo que
la alegría del alma se expresa en el rostro personal a través de
la mediación material del músculo adecuado.
Prioridad de significado de la fecundidad.- La sexualidad humana
implica la fecundidad, y esta fecundidad del amor humano es la que
da sentido a la existencia de la sexualidad corporal. La compleja
constitución de la sexualidad del cuerpo humano sólo se entiende
adecuadamente desde la perspectiva de la donación amorosa propia
de la condición sexuada de la persona humana, y no al revés. Los
fenómenos corporales reciben su significación propia humana desde
la dimensión de la donación.
Aquí se requiere de nuevo una advertencia respecto del cientifismo
que es justamente la explicación de todos los fenómenos desde el
punto de vista de la corporalidad considerada, además, en su
simple dimensión material cuantificable. La perspectiva
cientifista tiende a ver la sexualidad desde la materialidad;
tiende, dirían los filósofos, a concebir la formalidad como
añadida o mera consecuencia de la materia, y, por tanto, a
entender los significados como secundarios o derivados, es decir,
la sexualidad sería una realidad, en última instancia, corporal, y
todo significado habría que deducirlo de los componentes o
procesos fisiológicos.
Significado propio de los gestos corporales: La donación humana
sexual no es exclusivamente asunto corporal, pero su apertura a la
transmisión de la vida incluye particularmente al cuerpo como
condición de posibilidad para su cumplimiento. La expresión
corporal no es asunto exclusivo del amor sexuado, pero éste
requiere expresiones corporales propias y características. Las
expresiones del amor sexuado en la corporalidad reciben su
significación no simplemente del hecho de ser manifestación de la
donación personal, ni tampoco de ser expresión del amor personal
singular, sino de ser la expresión cumplida de la donación
personal fecunda. Justamente por esto las muestras corporales del
afecto personal sexuado adquieren su significación propia en
relación con la unión corporal propia de la generación. Los gestos
corporales de afecto propiamente sexuado son siempre parte,
camino, ordenación a la unión corporal fecunda.
La dotación del cuerpo humano sexuado en orden a la fecundidad es
muy compleja y no se reduce a los órganos corporales
inmediatamente dispuestos para la generación: el cuerpo humano no
es sexuado exclusivamente por su genitalidad. La amplitud del
dimorfismo sexual es sólo una muestra de la tenacidad con que la
sexualidad se inscribe en el cuerpo humano. Esta amplitud de la
caracterización sexual del cuerpo origina una gran amplitud en las
posibilidades de gestos específicamente sexuales que son expresión
y vehículo del afecto sexuado. Pero toda esta variadísima gama de
gestos afectivos propiamente sexuados solo alcanzan su
significación desde la perspestiva de la unión corporal plena. Los
gestos corporales sexuados -las caricias o besos propios de la
condición sexuada- son describibles en su acontecer mecánico como
hechos concretos y cerrados, pero así no se puede obtener la
significación humana. La única significación que tienen la reciben
de la unión corporal completa, son o su simulación o su incoación.
La posible interrupción se debe a su extensión material, no a su
significación que es unitaria y única. El sexto mandamiento en su
formulación antigua, "no fornicar", estaba plenamente expresado y
tenía la misma amplitud material queen la nueva formulación, "no
cometerás actos impuros".
Dimensiones humanas afectadas
La sexualidad humana podría describirse como una dimensión de
donación humana caracterizada por su fecundidad. La sexualidad es
una dimensión humana de donación fecunda. Esto hace que en la
dimensión humana de la sexualidad, la corporalidad tenga una
importancia peculiar y en cierto modo principal: la corporalidad
humana está implicada en la sexualidad de una forma determinante.
Esto no quiere decir que la sexualidad sea una cualidad exclusiva
del cuerpo como el peso o la estatura. La sexualidad es una
dimensión propiamente humana que afecta a todos los estratos del
ser y que se halla vinculada al ser mismo de la persona en cuanto
tal: desde la inteligencia y la voluntad, que son determinadas por
aspectos peculiares en su conocer y en su amor, hasta las
dimensiones más propiamente corporales.
Lo decisivo es que todas las determinaciones que la sexualidad
inscribe en la persona humana tienen, directa o indirectamente,
referencia a la corporalidad, y más explícitamente a la donación
corporal fecunda; o, dicho de otro modo, la sexualidad es una
peculiar dimensión de la persona humana justamente en cuanto
persona, que existe de modo corporal y fecundo. Conectamos así de
nuevo con la sexualidad como medio de reproducción, pero ahora
alcanzaremos más implicaciones de esta realidad. La sexualidad
está tan fuertemente inscrita en la corporalidad porque la
sexualidad es principio de pluralidad.
c) SEXUALIDAD Y CREACION
La generación humana como procreación
La fecundidad humana hace que la sexualidad aparezca como
estrechamente relacionada con el amor creador por el que Dios
tiene una intervención creadora directa en toda persona que nace.
Precisamente, para dar cuenta de la dignidad absoluta de la
persona humana no basta decir que el hombre es la única criatura
que ha sido querida por sí misma. Es de todo punto necesario
añadir que cada persona es objeto de un acto de Amor explícito que
la constituye desde su ser más profundo en algo absolutamente
querido por Dios: esto implica que cada persona humana es creada
individualmente, es resultado de un acto creador individual. Esto
es lo que afirma la tradición cristiana al decir que cada hombre
tiene un alma individual creada inmediatamente por Dios. El dogma
cristiano de la creación del alma individual de cada persona, nos
permite advertir una relación estrecha entre la sexualidad y el
amor creador de Dios. La antropología cristiana, ajena a todo
dualismo, nos impide la explicación simplista que afirma que los
padres engendran el cuerpo mientras que Dios crea el alma.
El término de la generación humana no es el cuerpo sino la persona
del hijo: si los padres no engendrasen al hijo, no se podría
hablar de generación. Es decir, los padres no engendran un ser
animal que recibirá un alma espiritual creada por Dios; los padres
causan verdaderamente al hombre que no obstante recibe su
determinación humana por la intervención creadora de Dios. Podría
decirse que los padres disponen la materia de modo que causan
materialmente el alma creada directamente por Dios, mientras que
el alma, al ser creada directamente por Dios, causa formalmente la
disposición de la materia. Por esto puede afirmarse con propiedad,
no figuradamente, que los padres que engendran un hijo participan
del poder creador de Dios: la generación humana es propiamente
denominada pro-creación.
Sexualidad y trascendencia
El singular concurso con Dios que tienen los padres al engendrar
al hijo permite caracterizar la sexualidad como aquella dimensión
humana en virtud de la cual dos personas humanas, caracterizadas
por la sexualidad como varón y mujer, se hacen capaces de
participar del poder creador de Dios que crea. La alianza es entre
dos polos: por una parte Dios y por otra parte los padres que
constituyen como un solo elemento en esta alianza. No se trata
pues de una peculiar concurrencia de tres -Dios, el padre y la
madre- sino, como hemos dicho, de dos elementos, uno de los cuales
es la unidad constituida por el padre y la madre en virtud de su
donación sexual. La unidad constituida por el padre y la madre en
su unión fecunda, es, pues, como el símbolo eficaz del amor con
que Dios interviene creando el alma de cada persona.
En cualquier caso, es decisivo comprender que, precisamente por
ser símbolo real del amor creador de Dios, la unión que hombre y
mujer realizan en virtud de su condición sexuada no puede ser
plenamente inteligible si no es en referencia a Dios. No quiere
decirse con esto que, mientras no se alcance un conocimiento
explícito del Amor Creador, la unión sexuada permanezca opaca y
sin sentido para el conocimiento humano, como una realidad de la
que se pueda alcanzar únicamente su acontecer material. La unión
sexual fecunda no es una realidad inaccesible a la razón humana,
no es falta de significación lo que presenta, sino más bien todo
lo contrario, un exceso de contenido, una excesiva riqueza que no
puede ser agotada por el conocimiento que se detenga en una
consideración cerrada de la pura donación sexuada en sí misma. Hay
tal desproporción, tal desequilibrio entre los hechos de la unión
en su acontecer físico, por un lado, y la persona del hijo, con
dignidad absoluta, que es causado, por otro, que no podría
resultar adecuadamente entendido más que si ese desequilibrio
consigue nivelarse. Esto sólo puede conseguirse: o bien negando la
dignidad de la persona engendrada, y se reduce al hijo a un
"producto fisiológico de la gestación" o bien reconociendo que el
acto de la generación involucra por sí mismo fuerzas trascendentes
que van más allá de los puros procesos mecánicos o físicos.
La tradición cristiana, en virtud de una revelación sobrenatural,
establece con una profundidad insospechada la naturaleza de esa
referencia trascendente, pero de ningún modo puede afirmarse que
es una afirmación meramente gratuita. La noticia que la fe
cristiana nos da sobre el concurso entre Dios y los padres es una
aclaración sobrenatural de lo que es detectable por la razón en su
ejercicio natural. Cuando formas primitivas de cultura presentan
manifestaciones de divinización del eros, nos están manifestando
que los hombres, aun en situaciones de conocimiento muy
rudimentario, se inclinan por la segunda de las posibilidades
señaladas. En este sentido puede afirmarse que esas
manifestaciones culturales de divinización del sexo constituyen
una intuición vaga e imprecisa de lo que la fe revelada nos
comunica.
En cambio, cuando desde un racionalismo cerrado a priori a la
trascendencia se niega toda referencia explícita a Dios creador,
la cadencia del pensamiento, según su lógica propia, conducirá
inevitablemente hacia la primera posibilidad. Por más que se
afirme solemnemente la dignidad de los derechos de la persona, la
fuerza de la lógica cientifista acabará por calificar esas
declaraciones como un elemento extraño en la visión del mundo de
la cultura que esa ciencia crea, y la persona en su nacimiento
terminará por ser considerada un elemento de la naturaleza igual
que cualquier otro producto sometido al dominio técnico.
Radicalidad de la donación sexuada
Por ser la creación un acto de amor divino, la persona concreta es
esencialmente un fruto del amor, un habitante del ámbito del amor,
alguien que está esencialmente sustentado, que hunde su raíces
ontológicas más profundas en el amor y de él toma fuerza, aire
para vivir y su vida misma, su propia existencia. Pero esto quiere
decir que su origen empírico ha de ser el amor de sus padres. En
efecto, la sexualidad no dota exclusivamente al hombre de
mecanismos biológicos para una reproducción material; la
sexualidad inscribe en el hombre una estructura de donación
amorosa fecunda. Mediante ella, el hombre y la mujer se capacitan,
para colaborar, mediante la donación amorosa, con el amor creador
de Dios para dar principio a un hombre, a un fruto del amor.
En primer lugar, hay que señalar que quien participa del poder
creador de Dios no es una persona individual, sino la comunidad
peculiar constituida por dos personas en virtud de su condición
sexuada, y, además, esta comunidad alcanza su eficacia
participativa en el acto de engendrar. El acto específicamente
sexual de la unión corporal ordenada a la generación tiene, pues,
una importancia decisiva para entender las múltiples dimensiones
de la comunidad humana basada en la sexualidad. Nuevamente aparece
aquí la importancia y profundidad de aquella definición de la
sexualidad como medio de reproducción, pero ahora estamos en
condiciones de advertir sus implicaciones más plenamente.
En efecto, si nosotros nos preguntamos qué es lo que hacen
propiamente hombre y mujer cuando se unen corporalmente en orden a
la generación, no sería una respuesta satisfactoria la descripción
material, mecánica o científica. Esa explicación no puede ser
suficiente porque no dice nada sobre la relación que hay entre el
hecho cuyo sentido se pregunta y la fuente de significación real
que es la persona humana. Al preguntarnos qué hacen varón y mujer
cuando se unen corporalmente, estamos preguntando por el contenido
humano, por la afección a la persona. La respuesta adecuada no
puede ser más que: realizan una donación peculiarmente plena,
total, de la propia persona. En esa unión se instituye una forma
de comunión en virtud de la cual cada una de las personas se
entrega a sí misma plenamente a la otra, hasta el punto de formar
una comunión expresa, que es símbolo del poder del amor creador de
Dios.
Evidentemente, en el proceso de la generación se da una
comunicación material que es observable con los métodos de
observación de la materia, pero sería un reduccionismo afirmar que
cuando dos personas, hombre y mujer, se unen corporalmente, la
donación que existe es simplemente donación material de gametos;
la condición humana de ser vivo que existe en un cuerpo sexuado
permite que, a través de esos gestos corporales, se realice una
donación peculiar de la propia persona.
Singularidad de la donación sexuada
El caso es, pues, radicalmente distinto de cualquier donación por
la que se entrega algo que se posee. Es esencialmente diferente de
la donación, también peculiar, por la que una persona puede donar
a otra un órgano para trasplante. En él, la persona, al donar una
parte de su cuerpo, no da algo que tiene, pues el hombre no tiene
o posee su cuerpo, sino que lo es. No obstante, la donación de un
órgano es sólo donación de un órgano, y no donación de sí mismo.
Podrá expresar la donación de sí por el amor generoso y aun
heroico que le induce a hacerlo, pero esa donación no supone, no
expresa, no realiza de suyo la donación personal, es sólo una
consecuencia o signo de ella. Sin embargo, la donación corporal
sexuada sí es de suyo realización de donación personal.
El peculiar papel que la corporalidad tiene en la entrega sexual,
la hace totalmente distinta de la entrega de una persona a otra
según dimensión fundamental de la apertura que hemos visto antes.
Ciertamente, la corporalidad cuenta en la entrega del maestro a
sus alumnos, pero no está expresada en ella: la materialidad es
sólo vehículo de comunicación de realidades que no son esa
corporalidad concreta, por eso puede darse a muchos sin gastarse.
Sin embargo, la donación propia de la sexualidad es esencialmente
singular, porque el medio y la substancia misma de la donación es
la persona en su corporalidad sexuada, y la corporalidad es
justamente el principio de la sexualidad. De ahí que una entrega
corporal que no fuera a la vez entrega personal sería en sí misma
una mentira, porque consideraría al cuerpo como algo simplemente
externo como una cosa disponible y no como la propia realidad
personal.
Por lo tanto, podemos afirmar que la sexualidad inscribe de suyo
en la persona una estructura de donación a la persona de sexo
opuesto en su singularidad personal y en orden a una forma de
unión personal que, incluyendo potencialmente la unión corporal
sexual, es principio de vida humana. Derivadamente supone también
unas formas de apertura que son consecuencia de ella: la relación
de maternidad y paternidad son formas de apertura personal,
basadas en la estructura sexuada de la persona, que no son
reducibles a la mera donación fundamental, sino que derivan
directamente de la sexualidad, pero no son la forma primaria y
directa de donación, que queda inscrita en la persona en cuanto
varón o mujer.
Por ser la sexualidad una estructura de donación inscrita en la
persona en orden a colaborar con el acto crador de Dios, la
donación propia de la condición sexuada no se cierra en la entrega
mutua entre el varón y la mujer. Si la unión sexual es una imagen
peculiar y propia del Amor Creador, los padres del nuevo ser
humano, de alguna manera significan o reflejan, hacen presente de
modo experimentable el amor creador de Dios. Por eso el hogar, y
más concretamente el amor materno, se reconoce como ámbito
existencial propio de la existencia personal, especialmente en el
tiempo de la maduración de la persona.
Sentido de la donación sexuada
La significación humana de la unión sexual es la que da la clave
de cómo esos actos interpelan a la libertad, es decir, de qué modo
la persona humana es involucrada en esos actos.
Ya hemos dicho que esa significación se expresa en términos de
donación personal. No obstante, la realidad corporal del acto
requiere un análisis más detenido. El hecho de que una unión
corporal específica incluya una donación personal tan plena
reclama una valoración ética peculiar de los órganos dispuestos
para esa unión, pues en ellos se expresa de una forma
particularmente densa de significación humana. Si la sexualidad se
inscribe en todo el cuerpo, en los órganos dispuestos para la
unión, la sexualidad se encuentra más intensamente condensada. Y
siendo la donación corporal sexual tan significativa humanamente,
se deriva que la exigencia de fidelidad a la verdad de la persona
tenga una expresión especial.
El sentido humano del pudor se inscribe en todo el cuerpo, no en
sus puras dimensiones materiales, sino en su significación humana;
por eso se ha considerado siempre que el pudor respecto a esos
órganos es particularmente exigente. Estos órganos corporales no
deben ser considerados como meros productores de las células para
la reproducción, o como el medio material que facilita la unión
física de esas células. Su realidad humana es unión personal.
Justamente por esto es inseparable, en su dimensión completa, la
unión corporal en cuanto realización de unión personal, y esa
misma unión en cuanto que posibilita biológicamente la fecundidad
propia de la comunidad. Es inseparable, hemos dicho, y con ello
quiere decirse que la posibilidad real de separación mecánica en
virtud del dominio de la técnica supone una violación del sentido
humano de ese acto y, por tanto, una violación de la persona. Por
la materialidad del proceso, se hace posible una fragmentación: es
decir, es posible separar sexualidad de generación y ejercicio de
genitalidad y fecundidad, pero esa separación requiere un factor
eficaz que directamente rompa lo que en sí es un proceso único,
que constituye una unidad de significación humana y, por tanto,
moral.
La entrega corporal es un elemento esencial del comienzo de la
vida humana. Despojar la facultad generativa de su dimensión de
entrega corporal, en la fecundación artificial -o, como se
denomina a veces eufemísticamente, "fecundación asistida"-
supondría hacer a la generación independiente de la entrega
peculiar que se inscribe en la dimensión sexuada, que es entrega
personal singular. Entonces, aportar las células para una posible
generación no se distinguirá esencialmente de la donación de
sangre a quien la necesita para sobrevivir. No basta que esa
donación se haga "por amor" -lo cual podría admitirse en muchos
casos-. La cuestión es que lo que en ese aspecto se dona por amor
es sólo un producto del propio cuerpo, y no sería un ejercicio de
la donación personal peculiar como hombre o mujer.
Y desde luego, no sería aceptable alegar que la entrega corporal
se ha realizado en otras ocasiones, pues no se trata de una
entrega en abstracto, sino de una entrega que, por incluir la
materialidad, no sólo trasciende el tiempo sino que también
incluye los actos singulares contenidos en él: la concreción de
los actos no es insignificante para el valor humano, y de los
actos no puede prescindirse en virtud de una finalidad
supuestamente participativa. En ese caso, la entrega corporal,
sexual, no tendría un sentido propio y se confundiría con
cualquier tipo de donación "generosa" en que uno o una pueden
darse a muchos.
Igualmente, usar estos órganos en los que se expresa la donación
corporal indiscriminadamente, con una finalidad de obtener el
placer propio de la unión sexual, supone un desorden en una de las
dimensiones más peculiares y cargadas de sentido humano del cuerpo
y por eso un atentado grave a la dignidad de la persona, con una
cualificación ética exclusivamente propia, distinta de la que
protege o expresa otras dimensiones humanas del cuerpo.
Por último, habría que señalar que la apertura a la donación
peculiar que la sexualidad inscribe en la persona es resultado del
designio divino de querer al hombre no sólo o aislado, sino
constituyendo una familia humana.
Por la sexualidad, la persona singular queda inscrita en la cadena
de las generaciones y de la multiplicación humana. No es extraño
que, perdido el sentido trascendente y reducida la persona que
nace a puro producto de los ciegos procesos de la fisiología, la
mentalidad positivista vea el crecimiento de la humanidad con
congoja y sospecha. No se trata solamente de reservas ante el
miedo a una superpoblación futura de la tierra -contrasta
demasiado esa "previsión" con el derroche de fuentes naturales no
recuperables: sería generosidad sospechosamente parcial-, se trata
en definitiva de que quienes no tienen un profundo sentido del
bien de la vida, y la reducen a la vida física, carecen de ánimo
para traer nuevos seres a este mundo tan amenazado materialmente. (*) Publicado en
Deontología
Biológica
(Pamplona: Facultad de Ciencias, Universidad de Navarra, 1987),
Capítulo 16.
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