INDICE
I. LA TRISTEZA
EN GENERAL
II. LOS
GRANDES DAÑOS QUE SE SIGUEN DE LA TRISTEZA
III. RAÍCES Y REMEDIOS DE LA TRISTEZA
IV. EL SERVIR A DIOS CON ALEGRÍA
V. LA
TRISTEZA SANTA
De
la tristeza sale la muerte
(Si 38,18)
La tristeza (y su opuesto, la alegría)
es un tema que tiene mucha importancia en la vida psicológica y
espiritual. Desde ya digamos que hay una tristeza buena y otra mala.
Hablaré primero –y más largamente– de esta última; terminaré,
finalmente, refiriéndome a la primera. La tristeza es uno de los
grandes males de nuestro tiempo que incluso alcanza el matiz
patológico de "complejo de falta de sentido existencial", como lo
llamó Viktor Frankl, manifestándose como frustración existencial,
depresión existencial o pesimismo radical. En muchos casos, sin
embargo, estos problemas –que terminan siendo problemas de
resolución psiquiátrica– comienzan con un mal enfrentado problema
espiritual, o al menos afectivo con repercusiones espirituales. No
pretendo aquí otra cosa que repetir algunas de las grandes páginas
–dándoles un orden ligeramente diverso– de aquel maestro del siglo
XVI que fue el jesuita Alonso Rodríguez, cuya exposición sobre la
tristeza completaré con algunas apreciaciones de Santo Tomás y del
"Apóstol de Andalucía", San Juan de Ávila1 .
I. LA TRISTEZA EN GENERAL
Son muchos los nombres que la lengua latina refiere a esta
realidad2 :
–Dolor
(dolor): viene de dolendo, partir o cortar en dos; parece
tener parentesco con el verbo dolare que es quitar la piel de
los árboles y plantas.
–Moestitia,
moestitudo: viene de moerendo, moerer (dolerse en
silencio), que parece ser análogo a amaritudo, amargura.
–Tristitia
(tristeza) viene de tétrico, estar rodeado de oscuridad y negrura.
–Poena
(pena) significa la fatiga o aflicción que es efecto de un castigo,
y, aunque principalmente se aplica a la aflicción corpórea, puede
también aplicarse a la espiritual.
–fletus,
flere (derramar lágrimas), ploratus, plorare (llorar
con la voz), luctus, lugere (dolerse vistiéndose de luto),
lamentatio, lamentare (lamentarse), gemitus (gemido),
ululatio (ulular, gritar): se refieren a las manifestaciones
exteriores del dolor y la tristeza cuando son intensos.
La tristeza
es una reacción del apetito que sigue a la percepción de un mal
interior que incomoda. En términos generales la tristeza se puede
dividir en sensitiva (la que tiene por objeto un mal interno
sensible captado por los sentidos) y racional (que tiene por objeto
un mal sensible pero captado por la razón o bien un mal espiritual),
y ésta en natural (cuando se trata de un mal puramente de orden
natural) y sobrenatural (cuando se refiere al mal espiritual que es
el pecado, la condenación, la pérdida de Dios, etc.). También puede
dividirse –accidentalmente– según las diversas materias u objetos
exteriores; en este último sentido Santo Tomás siguiendo a San
Gregorio Niseno y San Juan Damasceno la divide en cuatro especies:
la compasión, que es la tristeza del mal ajeno
estimada como mal propio; la envidia, que es la
tristeza del bien ajeno estimada como mal propio; la
angustia o ansiedad, que es la tristeza que nos oprime de tal
modo el ánimo que llega a impedirnos la huida (angustia proviene
precisamente de angosto) y no nos deja vislumbrar consuelo alguno;
finalmente, la acedia, o abatimiento que es la
tristeza u opresión que por su magnitud nos inmoviliza para obrar.
La tristeza
–como el dolor sensible– consiste propiamente en la percepción
de la unión del sujeto con algún mal. Notemos que deben darse
las dos cosas: la unión con un mal y la percepción de esta unión.
Desde ya puede intuirse que las tristezas (especialmente racionales
naturales y sobrenaturales) estarán en relación con lo que cada uno
considere un mal para él y variarán de sujeto a sujeto, de edad a
edad, de psicología a psicología. Siendo la causa de la tristeza la
percepción de un mal que se nos une, se comprende que podamos
entristecernos no sólo con males actualmente presentes, sino también
con males pasados (actualizados por la memoria) e incluso con males
futuros (hechos presentes por la imaginación o fantasía).
Si
tratáramos de describir fisiológicamente la pasión de la tristeza
deberíamos representarla como un movimiento de "estrechamiento",
"encogimiento" o "aplastamiento". Es como si se nos cargase un gran
peso sobre el alma. Los mismos nombres que algunas de sus especies
reciben (y que se usan como sinónimos de la tristeza) lo insinúan:
angustia, que viene de angostarse; abatimiento; la misma palabra
"tristeza" que viene de tinieblas. La tristeza produce una parálisis
y un ahorcamiento del alma y del mismo cuerpo. De ahí sus signos
externos: lentitud de movimientos, hombros caídos, sensación de un
gran peso, mirada perdida, lágrimas, etc. San Juan de Ávila la llama
con justeza "caimiento de corazón"3 .
II. LOS GRANDES DAÑOS QUE SE SIGUEN
DE LA TRISTEZA4
Aleja de ti la tristeza, pues a muchos mata la tristeza y no hay
utilidad en ella (Eclo 30,24-25). Estamos hablando de la
mala tristeza. Grandes daños se siguen de ella, que por eso anota
San Ignacio en sus Reglas de Discernimiento de Espíritus para la
primera semana que "es propio del mal espíritu morder, tristar y
poner impedimento" en quien va intensamente purgando sus pecados5 .
He aquí, siguiendo la exposición de Alonso Rodríguez, algunos de
esos males.
1. Daño físico
El primer
efecto nocivo que señalo, lo indica Santo Tomás, y es el daño al
mismo cuerpo. Es más, el Santo llega a decir: "la tristeza es, entre
todas las pasiones del alma, la que daña más al cuerpo, pues se
opone a la vida del hombre en cuanto a la esencia de su
movimiento... La vida humana consiste en cierto movimiento que del
corazón se difunde a los demás miembros; movimiento que conviene a
la naturaleza humana según determinada medida. Si, pues, este
movimiento se extralimita de la medida conveniente, será contrario a
la vida humana en cuanto a la medida, pero no en cuanto a la esencia
de ese movimiento [es decir, al menos es movimiento, lo cual ya
es algo]. Pero si impide el proceso del movimiento, le será
opuesto según su misma especie... Las pasiones que implican un
movimiento del apetito con huida o retraimiento, se oponen a la
misma moción vital... y por tanto son dañosas de modo absoluto, como
el temor y la desesperación, y más que todas, la tristeza, que
agrava el ánimo con el mal presente, cuya impresión es más fuerte
que la del mal futuro"6 .
2. El primero de los males espirituales es el hastío por la
oración
"Si le dais
entrada, y se comienza a enseñorear de vos, luego os quitará el
gusto de la oración, y hará que os parezca larga la hora, y que no
la cumpláis enteramente: y aún algunas veces hará que os quedéis del
todo sin oración y que dejéis la lección espiritual. Y en todos los
ejercicios espirituales os pondrá un tedio y un hastío que no podáis
arrostrar a ellos. Adormecióse de tedio mi alma (Sal
118,28)... Con la tristeza y acidia espiritual cobra el ánima tanto
tedio y hastío a todos los ejercicios espirituales y a todas la
obras de virtud, que está como dormida, inhábil, y torpe para todo
lo bueno. Y algunas veces es tan grande el fastidio que tiene uno
con las cosas espirituales, que le vienen a enfadar y dar en rostro
los que tratan de virtud y de perfección; y algunas veces les
procura retraer y estorbar de sus buenos ejercicios".
3. Aspereza y desabrimiento
"Tiene
también otra cosa la tristeza, dice Casiano, que hace al hombre
desabrido y áspero con sus hermanos. San Gregorio dice: La tristeza
mueve a ira y enojo (Tristis ex propinquo habet iram7 ); y
así experimentamos que cuando estamos tristes, fácilmente nos
airamos y nos enfadamos luego de cualquiera cosa; y más, hace al
hombre impaciente en las cosas que trata, hácele sospechoso y
malicioso".
4. Amarga hasta hacer perder el juicio
Dice el
Eclesiástico: Non est sensus, ubi est amaritudo: Donde hay
amargura no hay sentido (Eclo 31,15). "Y así vemos muchas
veces que cuando reina en uno la tristeza y melancolía, tiene unas
aprehensiones tan sin fundamento que los que están en su seso se
suelen reír y hacer conversación de ellas como de locuras. Y a otros
habemos visto hombres gravísimos de grandes letras y talentos, tan
presos de esta pasión, que era gran compasión verlos unas veces
llorar como criaturas, y otros dar unos suspiros que no parecía sino
que bramaban, y así cuando están en su seso, y sienten venir esta
locura, que bien se puede llamar así, se encierran en su aposento
para, allí a solas llorar y suspirar consigo, y no perder la
autoridad y opinión de los que les vieren hacer tales cosas".
5. Inutiliza al hombre
"Si queréis
saber de raíz los efectos, y daños que causa la tristeza en el
corazón, dice Casiano, el Espíritu Santo nos los declara brevemente
por el Sabio: lo que hace la polilla en la vestidura, y el gusano y
carcoma en el madero, eso hace la tristeza en el corazón del hombre
(Prov 25,20: Sicut tinea vestimento et vermis ligno, ita
tristitia viri nocet cordi). La vestidura comida de polilla no
vale nada, ni puede servir para nada; y el madero lleno de carcoma
no es de provecho para el edificio, ni se puede cargar sobre él peso
alguno, porque luego se hace pedazos; así el hombre lleno de
melancolía, triste y desgraciado, se hace inútil para todo lo
bueno".
6. Hace caer en todo género de pecados
"Y no para
aquí el mal, sino lo que peor es, la tristeza en el corazón es causa
y raíz de muchas tentaciones y de muchas caídas: Multos enim
occidit tristitia: a muchos mata la tristeza (Eclo
30,23). A muchos ha hecho la tristeza caer en pecados. Y así llaman
algunos a la tristeza nido de ladrones y cueva de los demonios, con
mucha razón. Y traen para esto aquello que dice el santo Job del
demonio: Duerme a la sombra (Job 40,16). En esa sombra y
oscuridad, en esas tinieblas y tinieblas de esa confusión que tenéis
cuando estáis triste, ahí duerme y se esconde el demonio, ése es su
nido y madriguera, y ahí hace él sus mangas, como dicen; ésa es la
disposición que él está aguardando para acometer con todas cuantas
tentaciones quiere. Así como las serpientes y bestias fieras están
aguardando la oscuridad de la noche para salir de sus cuevas, así el
demonio, serpiente antigua, está esperando esa noche y oscuridad de
la tristeza, y entonces acomete con todo género de tentaciones:
Tiene preparadas sus saetas dentro de la aljaba, para asaetear a
escondidas a los que son de recto corazón (Sal 10,3)".
7. ... Especialmente de desesperación
"Decía el
bienaventurado San Francisco que se alegra mucho al demonio cuando
el corazón de uno está triste; porque fácilmente le ahoga en la
tristeza y desesperación... Nótese mucho esta doctrina, porque
es de mucha importancia. Al que anda triste y melancólico, unas
veces le hace el demonio venir en gran desconfianza y desesperación,
como hizo con Caín y con Judas".
8. ...O de placeres mundanos...
"... O le
convierte a los placeres mundanos.... Otras veces, cuando por
ahí le parece que no tiene buen juego, le acomete con deleites
mundanos; otras con deleites carnales y sensuales, so color que con
aquello saldrá de la pena y tristeza que tiene... Otras veces le
suele traer el demonio pensamientos carnales y deshonestos que dan
gusto a la sensualidad, y procura que se detenga en ellos, so color
de que, con eso desechará la tristeza y se aliviará su corazón. Ésta
es una cosa mucho de temer en los que andan tristes y melancólicos,
porque suelen ser muy ordinarias en ellos estas tentaciones. Y lo
advierte muy bien San Gregorio. Dice que como todo hombre
naturalmente desea alguna delectación y contento, cuando no lo halla
en Dios ni en las cosas espirituales, luego el demonio, que sabe
bien nuestra inclinación, le representa y pone delante cosas
sensuales y deshonestas, y le ofrece gusto y contento en ellas, con
que le parece que se le mitiga y alivia la tristeza y melancolía
presente. Entended, dice el Santo, que si no tenéis contento y gusto
en Dios y en las cosas espirituales, le habéis de ir a buscar en las
cosas viles y sensuales, porque no puede vivir el hombre sin algún
contento y entretenimiento (sine delectatione anima numquam
potest esse, nam aut infirmis delectatur, aut summis)"8 .
San Juan de
la Cruz, hablando de las tentaciones de lujuria dice: "Y esto en los
que son tocados de melancolía acaece con tanta eficacia y
frecuencia, que es de haberles lástima grande, porque padecen vida
triste..."9 .
9. Hace dudar de la vocación
"Y de aquí
es, que cuando está uno triste, le suelen venir unas veces
tentaciones de la vocación; porque le representa el demonio que allá
en el mundo viviera alegre y contento: a algunos ha sacado de la
vida religiosa la tristeza y melancolía".
10. Todos los males y la misma condenación
"Finalmente,
son tantos los males y daños que se siguen de la tristeza, que dice
el Sabio: Todos los males vienen con la tristeza (Eclo
25,17). Y en otro lugar: La muerte viene con ella (Eclo
38,19), y aun la muerte eterna, que es el infierno. Así declara San
Agustín aquello que dijo Jacob a sus hijos: Haréis que de
pesadumbre dé con mis canas en el infierno (Gn 42,38).
Dice que temió Jacob no hiciese tanta impresión y causase en él
tanto daño la tristeza de carecer de su hijo Benjamín, que le
pusiese en contingencia su salvación, y diese con él en el infierno
de los condenados10 . Y por eso, dice, nos avisa el Apóstol San
Pablo que nos guardemos de ella, porque quizá con la demasiada
tristeza nos acontezca que demos al través (2 Cor 2,7)".
Por todo
esto San Juan de Ávila, consolando a una noble mujer abatida por la
tristeza en que la había sumido la muerte de su hermana, le recuerda
que también se peca por el exceso de tristeza; quiero extractar
algunos pasos de esta maravillosa carta: "Suplico a vuestra señoría
–dice el Santo– mire con muy despiertos ojos que, como no tenemos
licencia para los demasiados placeres, tampoco la hay para la
demasiada tristeza, pues en lo uno y en lo otro debemos ser sujetos
a la santa ley de Dios. Que no menos cumplimos nuestra voluntad en
llorar y penar hasta hartar, que en vanamente reír y regocijarnos.
No menor impedimento es para servicio de Dios la tristeza, que
consume y derriba el vigor del corazón, que la vana alegría, que se
hace absoluta y sin peso... Pues estando sumidos en el abismo de la
tristeza y enflaquecidas todas las fuerzas, no se pueden tener en
pie para lo que cumple a los prójimos y a lo que cumple al Señor...
No sea vuestra señoría engañada como muchos, a quien finalmente se
les persuade que deben huir de la demasía del gozo, porque no
ofendan al Señor, y no hay quien los pueda sacar del pozo de la
tristeza, pareciéndoles no correr peligro ni hacer mal con estar en
ella...
...Por lo
cual, ilustrísima señora, abra su corazón a la palabra de Dios, y
entienda que no por ser atribulado uno es amigo de Dios, sino por
pelear contra la tribulación y llevarla a lo menos con paciencia, si
no pudiere con alegría. Levante el corazón caído y esfuerce las
manos enflaquecidas, y luche con el gigante, que es el dolor, para
que quede probada en la tentación y gloriosa con la victoria, y
pueda decir al Señor: Probaste mi corazón y visitástelo en la
noche; con fuego me examinaste, y no fue hallada maldad en mí.
...Despierte, señora, y abra sus ojos y mire a la más Santa de las
santas y más atribulada que todas las santas y no santas, cómo,
estando su Hijo colgado en un palo y crucificado con duros clavos,
ella estaba al pie de la cruz. Lo cual quiso el Espíritu Santo que
supiésemos nosotros, porque en la manera de estar el cuerpo de fuera
viésemos cuán en pie está, en trance tan recio, su corazón en lo de
dentro"11 .
No se trata
pues, de la necesidad de andar simplemente mejor, sino de una
cuestión de salvación eterna; dice Alonso Rodríguez: "Por ser tan
grandes los daños y peligros que se siguen de la tristeza, nos
previene y avisa tanto la Sagrada Escritura y los Santos que nos
guardemos de ella. No es por vuestro consuelo, ni por vuestro gusto;
que si no hubiera más que eso, poco importaba que estuviésedes
triste o alegre. Y por eso también la desea y procura tanto el
demonio, porque sabe que es causa y raíz de muchos males y pecados".
III. RAÍCES Y
REMEDIOS DE LA TRISTEZA12
Quiero señalar ahora las principales causas o raíces de la tristeza
y, consecuentemente, sus remedios.
1. El temperamento melancólico
"Algunas
veces nace de enfermedad natural de humor melancólico que predomina
en el cuerpo, y entonces el remedio más pertenece a los médicos que
a los teólogos", dice, con buen tino, Alonso Rodríguez. Antes que él
Santo Tomás había escrito, hablando de este estado puramente
natural, que se mitiga con remedios naturales, y concretamente con
"el sueño y los baños": "Dice San Agustín: ‘había oído que el baño
es llamado así porque arroja del alma la tristeza’. Y más adelante:
‘Dormí, y al despertar, observé que en gran parte se había mitigado
mi dolor’. Y cita [Agustín] lo que en el himno de San Ambrosio se
dice: ‘El descanso a los miembros cansados prepara para el trabajo,
repara las mentes cansadas y libera los pechos oprimidos por la
pena’"13 . Y explica psicológicamente el efecto diciendo: "la
tristeza se opone específicamente al movimiento vital del cuerpo.
Por eso aquellas cosas que restablecen la naturaleza corporal a su
debido estado de movimiento vital son contrarias a la tristeza y la
mitigan"14 .
Bien dice
Alonso Rodríguez que en lo que respecta a la base fisiológica toca a
los médicos buscar el remedio y no a los teólogos. Sin embargo añade
que algo hay que toca al director espiritual, al confesor o al
consejero, y es el cuidar la actitud espiritual de tales personas:
pues el temperamento melancólico "se engendra y aumenta", dice, con
los pensamientos melancólicos. Se trata, pues, de no echar más leña
al fuego. Y es interesante la actitud que exige por parte de la
misma persona interesada: debe reaccionar ante estas tentaciones de
tristeza igual que si se tratase de tentaciones contra la castidad o
contra la fe: "Pero se ha de advertir que ese humor melancólico se
engendra y aumenta con los pensamientos melancólicos que uno tiene.
Y así dice Casiano que no menor cuidado habemos de poner en que no
entren ni nos lleven tras sí estos pensamientos tristes y
melancólicos, que en los pensamientos que nos vienen contra la
castidad o contra la fe, por los daños grandes que dijimos nos
pueden de eso venir".
2. Las pasiones no mortificadas
"Otras
veces, sin haber precedido causa alguna particular que provoque a
ello, de repente se suele hallar uno tan triste y melancólico, que
no gusta de nada, ni aún de los amigos y conversaciones que antes
solía gustar; sino todo le enfada y le da en rostro, y no querría
tratar ni conversar con nadie: y si trata y habla, no es con aquella
suavidad y afabilidad que solía, sino con sacudimiento y desgracia.
De donde podemos colegir, dice Casiano, que nuestras impaciencias y
palabras ásperas y desabridas no nacen siempre de ocasión que nos
den nuestros hermanos para ello, sino de acá dentro; en nosotros
está la causa: el no tener mortificadas nuestras pasiones es la raíz
de donde nace todo eso. Y así, no es el remedio para tener paz, el
huir el trato y conversación de los hombres, ni nos manda Dios eso,
sino el tener paciencia y mortificar muy bien nuestras pasiones;
porque si éstas no mortificamos, dondequiera que vamos y a
dondequiera que huyamos, llevamos con nosotros la causa de las
tentaciones y turbaciones.
Bien sabido
es aquel ejemplo que cuenta Surio, de un monje, el cual por razón de
su cólera e ira poco mortificada, era pesado a sí y a los otros;
determinóse de salir del monasterio del santo abad Eutimio, en el
cual vivía, pareciéndole que, estando quitado de tratar con otros y
viviendo solo, cesaría la ira, pues no tendría ocasiones con que
airarse. Hácelo así, y encerrándose en una celda, llevó consigo un
cántaro de agua, y por arte del demonio se le derramó; levantóle y
volvióle a llenar de agua, y segunda vez se derramó cayendo en el
suelo; volvió tercera vez a llenarle y ponerle bien, y tercera vez
se le derramó; entonces, con más cólera que solía, toma el cántaro y
da con él en el suelo haciéndole pedazos. Acabando de hacer esto,
cayó en la cuenta y echó de ver que no era la compañía de los monjes
y la comunicación con ellos la causa de su caída en impaciencias e
iras, sino su poca mortificación, y al fin volvió a su monasterio.
De manera, que en vos está la causa de vuestra inquietud e
impaciencia y no en vuestros hermanos: mortificad vos vuestras
pasiones, y de esa manera, dice Casiano, aun con las bestias fieras
tendréis paz, conforme a aquello de Job: Las bestias fieras serán
mansas para ti (5,23); cuanto más con vuestros hermanos".
3. Los apegos y anhelos mundanos
San
Buenaventura, San Gregorio y San Agustín y otros Santos "dicen que
la tristeza del mundo nace de estar uno aficionado a las cosas
mundanas; porque claro está que se ha de entristecer el que se viere
privado de lo que ama. Pero el que estuviera desasido y
desaficionado de todas las cosas del mundo, y pusiere todo su deseo
y contento en Dios, estará libre de la tristeza del mundo. Dice muy
bien el Padre Maestro Ávila: no hay duda sino que el penar viene
del desear, y así a más desear, más penar; a menos desear, menos
penar; a ningún desear, descansar. De manera, que nuestros
deseos son nuestros sayones; ésos son los verdugos que nos
atormentan y dan garrote".
También San
Juan de la Cruz dice que "el apetito de criatura hace al alma pesada
y triste para seguir la virtud"15 .
"Descendiendo en esto más en particular y aplicándolo a nosotros
–retomamos a Alonso Rodríguez– digo que muchas veces la causa de
la tristeza del religioso es no estar indiferente para
todo aquello en que le puede poner la obediencia; eso es lo que le
suele traer muchas veces triste y melancólico, y lo que le hace que
ande con pena y con sobresalto: si me quitarán esto, en que me hallo
bien; si me mandarán aquello, a que tengo repugnancia. Así lo dice
San Gregorio: Porque desea uno tener lo que no tiene, o teme perder
lo que tiene, por eso anda con pena y con sobresalto. Pero el
religioso que está indiferente para cualquier cosa que le ordenare
la obediencia, y tiene puesto todo su contento en hacer la voluntad
de Dios, siempre anda contento y alegre, y nadie le podrá quitar su
contento; bien podrá el superior quitarle de este oficio y de este
colegio; pero no podrá quitarle el contento que en eso tiene; porque
no le ha él puesto en estar aquí o allí, ni en hacer este oficio o
aquel, sino en hacer la voluntad de Dios. Y así consigo lleva
siempre su contento, dondequiera que fuere y en cualquiera cosa que
le ocuparen. Pues si queréis andar siempre alegre y contento, poned
vuestro contento en hacer la voluntad de Dios en todas las cosas, y
no le pongáis en esto o aquello, ni en hacer vuestra voluntad,
porque ése no es medio para tener contento, sino para tener mil
descontentos y sinsabores".
"¡Contento,
Señor, contento!", repetía siempre como muletilla el Beato Alberto
Hurtado.
4. El espíritu de orgullo
"Declarando
esto más, lo que suele ser muy comúnmente causa y raíz de nuestras
melancolías y tristezas, es, no el humor de melancolía, sino el
humor de soberbia que reina mucho en nuestro corazón; y mientras
ese humor reinare en vuestro corazón, tened por cierto que nunca os
faltarán tristezas y melancolías, porque nunca faltarán ocasiones; y
así, siempre viviréis con pena y con tormento. Y a esto podemos
reducir lo que acabamos de decir, de no estar uno indiferente para
cualquier cosa que la obediencia le quisiere mandar; porque muchas
veces no es el trabajo, ni la dificultad del oficio, lo que se nos
pone delante, que mayor trabajo y mayores dificultades suele haber
en los oficios y puestos altos que nosotros apetecernos y deseamos;
sino la soberbia y el deseo de honra. Eso es lo que nos hace fácil
lo trabajoso, y pesado lo que es más fácil y ligero, y lo que nos
trae tristes y melancólicos en ello: y aun sólo el pensamiento y
temor si nos han de mandar aquello, basta para eso.
El
remedio para esta tristeza bien se ve que será ser uno
humilde y contentarse con el lugar bajo. Ese tal estará libre de
todas estas tristezas y desasosiegos y gozará de mucha paz y
descanso. Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y
hallaréis descanso para vuestras almas (Mt 11,29). De
esta manera declara San Agustín estas palabras: dice que si imitamos
a Cristo en la humildad, no sentiremos trabajo ni dificultad en el
ejercicio de las virtudes, sino mucha facilidad y suavidad16 .
Porque lo que hace eso dificultoso, es el amor propio, la voluntad y
juicio propio, el deseo de la honra y estimación y del deleite y
comodidad; y todos estos impedimentos quita y allana la humildad,
porque ella hace que el hombre se tenga en poco a sí mismo, y niegue
su voluntad y juicio, y desprecie las honras y estimación, y todos
los bienes y contentos temporales; y quitado esto, no se siente
trabajo, ni dificultad en el ejercicio de las virtudes, sino grande
paz y descanso".
5. El no hacer lo que tenemos que hacer
Una de las
causas más corrientes de la tristeza es el no andar como debemos en
el servicio de Dios; por el contrario, es causa de gran alegría la
buena conciencia.
"Una de las
causas y raíces principales de las tristezas y melancolías suele ser
el no andar uno a las derechas con Dios, el no hacer lo que debe
conforme a su estado y profesión. Por experiencia vemos, y cada uno
lo experimenta en sí, que cuando anda con fervor y cuidado en su
aprovechamiento, anda tan alegre y contento que no cabe de placer; y
por el contrario, cuando no hace lo que debe anda triste y
desconsolado. Cor nequam gravabitur in doloribus, dice el
Sabio: El corazón perverso se cargará de dolores y ocasionará
tristezas (cfr. Eclo 3,29). Es propiedad y condición natural
del mal y del pecado causar tristeza y dolor en el alma. Esta
propiedad del pecado intimó Dios a Caín en pecando, porque luego que
tuvo envidia de su hermano Abel, dice la Sagrada Escritura: Se
irritó Caín sobremanera y decayó su semblante (Gn 4,5):
Traía consigo una ira y una rabia interior que le hacía andar muy
triste y cabizcaído, echábasele bien de ver en el rostro la amargura
y tristeza interior de su alma. Y pregúntale Dios: ¿Qué es la
causa que andas de esa manera turbado, triste y cabizcaído (Gn
4,6)? Y como no respondiese Caín, responde el mismo Dios, que es
aquélla la condición del pecado, diciendo: ¿por ventura no es
cierto que si hicieres bien, recibirás contento y alegría (Gn
4,7)? Y así dice otra letra: Si bien hicieres, levantarás el
rostro, que es andar alegre. Pero si mal hicieres, luego a la
puerta está tu pecado dando golpes para entrar a atormentarte (Gn
4,7)... Así como la virtud, porque es conforme a razón, naturalmente
causa grande alegría en el corazón, así el vicio y el pecado
naturalmente causa grande tristeza; porque pelea uno contra sí mismo
y contra el dictamen natural de su razón; y luego el gusano de la
conciencia le está dando latidos allá dentro, remordiendo y royendo
las entrañas.
Dice San
Bernardo: Ninguna pena hay mayor ni más grave, que la mala
conciencia; porque aunque los otros no vean vuestras faltas, ni las
sepan, basta que vos las sabéis; ése es el testigo que os está
siempre acusando y atormentando, no os podéis esconder ni huir de
vos mismo; por más que hagáis y por más entretenimientos y
recreaciones que busquéis, no os podréis librar del remordimiento y
latidos de la conciencia. Y así decía el otro filósofo (Séneca) que
la mayor pena que se puede dar a una culpa es haberla cometido, por
el tormento grande con que la propia conciencia está atormentando al
que hace el mal... Y particularmente tiene esto más lugar en el que
comenzó ya a gustar de Dios y en algún tiempo andaba bien, con
fervor y diligencia, y después viene a desdecir y a proceder con
tibieza; porque venir uno a empobrecer después de haber sido rico,
es vida más trabajosa y triste que la de los que nunca supieron qué
cosa eran riquezas. Cuando uno se acuerda que en otro tiempo andaba
con devoción y con cuidado de servir a Dios, y que le hacía el Señor
merced, y ahora se ve tan diferente de entonces, no puede dejar de
causarle aquello gran sentimiento y darle gran golpe en el corazón".
El remedio,
en este sentido, es muy claro y sencillo: "Pues si queréis desterrar
de vos la tristeza y vivir siempre alegre y contento, el remedio
es vivir bien y hacer lo que debéis conforme a vuestro estado.
¿Queréis nunca estar triste? dice San Bernardo: vivir bien (Vis
numquam esse tristis? Bene vive). Entrad en cuenta con vos y
quitad las faltas que causan esa tristeza, y de esa manera cesará
ella y vendrá la alegría. La buena vida siempre anda acompañada de
gozo y alegría; como la mala, de pena y tormento (San Bernardo:
Bona vita semper gaudium habet; conscientia rei semper in poena est).
Así como no hay mayor pena y tormento que el remordimiento y latidos
de la mala conciencia, así no hay mayor contento y alegría en esta
vida que el testimonio de la buena conciencia. Non est
oblectamentum super cordis gaudium, dice el Sabio: No hay
alegría en la tierra que se pueda comparar (cfr. Eclo
30,16)... El Apóstol San Pablo dice que la buena conciencia es un
paraíso y una gloria y bienaventuranza en la tierra: Gloria
nostra haec est; testimonium conscientiae nostrae (2 Cor
1,12). San Crisóstomo dice que la buena conciencia, causada de la
buena vida, quita y deshace todas las tinieblas y amarguras del
corazón, como el sol cuando sale, quita y deshace todos los
nublados; de tal manera, que toda abundancia de tristeza cayendo en
una buena conciencia, así se apaga como una centella de fuego
cayendo en un lago profundo de agua...
...De aquí
se sigue una cosa de mucho consuelo y es, que si la buena conciencia
y el andar bien con Dios es causa de andar alegre, también esta
alegría espiritual será señal e indicio muy grande de que uno tiene
buena conciencia y anda bien con Dios y está en gracia y amistad
suya; porque por el efecto se conoce la causa. Y así lo nota San
Buenaventura: la alegría espiritual, dice, es gran señal de que mora
Dios en un alma y que está en su gracia y amor (Maximum
inhabitantis gratiae signum est spiritualis laetitia17 )... Y
así una de las causas principales por las que el bienaventurado San
Francisco deseaba ver en sus religiosos esta alegría espiritual, era
por esto, porque era indicio de que moraba Dios en ellos, y que
estaban en su gracia y amistad. Fruto del espíritu es el gozo,
dice San Pablo (Gal 5,22). Esta alegría espiritual, que
proviene y nace como de fuente de la limpieza de corazón y de la
pureza de vida, es fruto del Espíritu Santo; y así es señal de que
mora Él allí. Y holgábase tanto San Francisco de ver a sus
religiosos con esta alegría, que decía: si alguna vez me tienta el
demonio a mí con acidia y tristeza de espíritu, póngome a mirar y
considerar la alegría de mis frailes y compañeros, y luego con su
vista quedo libre de la tentaciones como si viese ángeles".
6. Remedio general para la tristeza es la oración
"Casiano
dice que para todo género de tristeza, por cualquier vía o causa
que venga, es muy buen medio acogernos a la oración, y pensar en
Dios y en la esperanza de la vida eterna que nos está prometida; con
lo cual se quitan y aclaran todos los nublados, y huye el espíritu
de la tristeza, como cuando David tañía con su arpa y cantaba, huía
el espíritu malo de Saúl, y le dejaba. Y así el Apóstol Santiago en
su Canónica nos pone este remedio: Tristatur aliquis vestrum?
Oret: ¿Estáis triste? acudid a la oración (St 5,13). Y el
profeta David dice que usaba de él: cuando me siento triste y
desconsolado, el remedio que tengo es acordarme de Dios, y con eso
quedo consolado (cf. Sal 76,4). El pensar, Señor en vos y en
vuestros Mandamientos y en vuestras promesas, eso es para mí cantar
de alegría; eso es lo que me recrea y consuela en este destierro y
peregrinación, en todos mis trabajos y desconsuelos (cf. Sal
118,54). Si el conversar acá con un amigo basta para
desmelancolizarnos y alegrarnos, ¿qué será el conversar con
Dios? Y así el siervo de Dios y el buen religioso no ha de tomar por
medio para desechar sus tristezas y melancolías el parlar y el
distraerse y derramar sus sentidos, ni leer cosas vanas o profanas,
ni menos cantarlas, sino el acudir a Dios y el recogerse a la
oración, ése ha de ser su consuelo y descanso.
Del
bienaventurado San Martín, obispo, cuenta Sulpicio Severo que el
alivio de sus trabajos y cansancios era la oración... De otro siervo
de Dios se cuenta que estando en su celda lleno de gravísima
tristeza e increíble aflicción, con la cual Dios a tiempo le quiso
ejercitar, oyó una voz del cielo que en lo interior de su alma le
dijo: ¿qué haces ahí ocioso consumiéndote? Levántate y ponte a
considerar en mi pasión. Levantóse luego, y púsose con cuidado a
meditar los misterios de la pasión de Cristo, y luego se le quitó la
tristeza, y quedó consolado y animado; y continuando esta
consideración, nunca más sintió tal tentación".
IV. EL SERVIR A DIOS CON
ALEGRÍA18
"Gaudete in Domino semper, iterum
dico gaudete (Fil 4,4): Gozaos siempre en el Señor;
otra vez os torno a decir que os gocéis y regocijéis, dice el
Apóstol San Pablo. Lo mismo nos repite muchas veces en los Salmos el
profeta David: Alegraos en el Señor y regocijaos, oh justos, y
gloriaos todos los rectos de corazón (Sal 31,11).
Salten de gozo y alégrense en ti, Señor, todos los que te buscan
(Sal 69,5). Cantad a Dios con júbilo, moradores todos de
la tierra, servid al Señor con alegría: llenos de alborozo llegad a
su presencia (Sal 99,1). Alégrese el corazón de los
que buscan al Señor (Sal 104,3). Y en otros muchos
lugares nos exhorta a menudo a que sirvamos a Dios con alegría. Y
con esto saludó el ángel a Tobías: Dios te de siempre mucho gozo
y alegría (Tob 5,11). Solía decir el bienaventurado San
Francisco: al demonio y a sus miembros pertenece estar triste, mas a
nosotros alegrarnos siempre en el Señor. En las moradas de los
justos siempre se ha de oír voz de alegría y de salud (Sal
117,15). Hanos traído el Señor a su casa, y escogido entre millares;
¿cómo habemos de andar tristes?".
Bastaría con
esto para tomar conciencia de la importancia de servir a Dios con
alegría; pero demos algunas razones que refuerzan esta convicción.
1. Es la voluntad de Dios
"Así lo
quiere el Señor: Hilarem datorem diligit Deus, dice San
Pablo: Quiere Dios un dadivoso alegre (2 Cor 9,7)
conforme a lo que Él dijo por el Sabio: Todo lo que das, dalo con
semblante alegre (Eclo 35,11). Así como acá en el mundo
vemos que cualquier señor quiere que sus criados le sirvan con
alegría, y cuando ve que andan encapotados y le sirven con ceño y
con tristeza, no le es agradable su servicio, antes le enfada, así
Dios nuestro Señor gusta de que le sirvamos con mucha voluntad y
alegría, no con ceño, ni tristeza.
Nota la
Sagrada Escritura que ofreció el pueblo de Israel mucho oro y plata
y piedras preciosas para el edificio del templo con grande voluntad
y alegría. Y el rey David dio gracias a Dios de ver al pueblo
ofrecer sus dones con tan grande gozo (Cf. 1 Paral 29,9.17).
Eso es lo que estima mucho Dios. No estima tanto la obra que se
hace, cuanto la voluntad con que se hace. Aun acá solemos decir: la
voluntad con que lo hace vale más que todo, y aquello estimamos en
mucho, aunque la cosa sea en sí pequeña. Y por el contrario, por
grande que sea, si no fue hecha con voluntad y alegría, no la
estimamos ni agradecemos, antes nos descontenta. Dicen muy bien que
es como quien sirve un buen manjar, pero con salsa amarga, que lo
hace todo desabrido".
2. Da más gloria a Dios
"La segunda
razón es que redunda en mucha gloria y honra de Dios el servirle con
alegría, porque de esa manera muestra uno que hace aquello de buena
gana y que le parece todo poco para lo que desea hacer. Los que
sirven a Dios con tristeza, parece que dan a entender que hacen
mucho y que andan reventando con la carga, y que apenas la pueden ya
llevar por ser grande y pesada, y eso desagrada y da en rostro. Y
así, una de las causas por que el bienaventurado San Francisco no
quería ver en el rostro de sus frailes tristeza, era, porque da a
entender que hay pesadumbre en la voluntad y pereza en el cuerpo
para el bien. Pero esotros, según van de alegres y ligeros, parece
que están diciendo que no es nada lo que hacen para lo que desean y
querrían hacer. Como decía San Bernardo: Señor, lo que yo hago por
Vos, apenas es trabajo de una hora; y si más es, con el amor no lo
siento. Eso da mucho contento al Señor, y así dice Él en el
Evangelio: Cuando ayunareis, ungid la cabeza y lavaos el rostro,
porque no echen de ver los hombres que ayunáis (Mt 6,17);
quiere decir: poneos de fiesta y andad alegre, que parezca que no
ayunáis ni hacéis nada. No andéis tristes, como los
hipócritas (Mt 6,16), que quieren dar a entender a todos
que ayunan y que echen de ver que hacen algo. De camino se ha de
advertir aquí que hay algunos, que para andar con modestia y
recogimiento, les parece que es menester andar cabizbajos y con
semblante triste, y engáñanse. Dice San León Papa: La modestia del
religioso no ha de ser triste, sino santa (Religiosorum modestia,
non sit maesta, sed sancta). Ha de traer siempre el religioso
una modestia alegre y una alegría modesta. Y saber juntar estas dos
cosas, es gran decoro y grande ornato del religioso".
3. Es útil al prójimo
"Lo tercero,
no solamente redunda esto en mucha honra de Dios, sino también en
provecho y edificación de los prójimos y en abono de la virtud.
Porque los que de esta manera sirven a Dios, persuaden mucho a los
hombres con su ejemplo que en el camino de la virtud no hay la
pesadumbre y dificultad que los malos imaginan; pues les ven a ellos
caminar por él con tanta suavidad y alegría. Con lo cual los hombres
que naturalmente son amigos de andar alegres y contentos, se animan
mucho a darse a la virtud. Por está razón particularmente nos
conviene mucho a nosotros [religiosos y dados al apostolado] andar
con alegría en nuestros ministerios, por tratar con prójimos, y ser
nuestro fin e instituto el ganar almas para Dios. Porque de esa
manera se ganan y aficionan muchos, no sólo a la virtud, sino a la
perfección y a la Religión [es decir, a la vocación religiosa; la
alegría, está diciendo aquí Alonso Rodríguez, es despertadora de
vocaciones]. De algunos sabemos que han dejado el mundo y entrado en
Religión, por ver la alegría y contento con que andan los
religiosos. Porque lo que desean los hombres es pasar esta vida con
contento; y si entendiesen el que tiene el buen religioso, creo se
despoblaría el mundo y se acogerían todos a la Religión; sino que es
éste un maná escondido, que le escondió y guardó Dios para los que
Él quiso escoger; a vos os descubrió el Señor este tesoro escondido,
y no se le descubrió a vuestro hermano, y así él se quedó allá, y a
vos os trajo acá: por lo cual le debéis infinitas gracias".
4. Hace las obras más meritorias
"La cuarta
razón por que nos conviene andar con alegría, es porque la obra
comúnmente es de mayor mérito y valor cuando se hace con esta
alegría y prontitud, porque eso hace hacer la obra mejor y más
perfectamente. Aun allá dijo Aristóteles: La alegría y gusto con que
se hace la obra, es causa que se haga con perfección; y la tristeza,
de que se haga mal hecha19 . Y así vemos por experiencia que hay
mucha diferencia del que hace la cosa con gusto, al que la hace con
mala gana; porque éste no parece que atiende más que a poder decir
que la hizo; pero aquél estáse esmerando en hacer bien lo que hace,
y procura hacer lo mejor que puede. Añádese a esto lo que dice San
Crisóstomo, que la alegría y contento del ánima da fuerzas y aliento
para obrar. Y así decía el profeta David: Viam mandatorum tuorum
cucurri, cum dilatasti cor meum (Sal 118,32): La alegría
dilata y ensancha el corazón; pues dice el Profeta: Señor, cuando
Vos me dábades aquella alegría con que se dilataba mi corazón,
corría yo con grande ligereza por el camino de vuestros
Mandamientos. Entonces no se siente el trabajo: Correrán y no se
fatigarán; andarán y no desfallecerán (Is 40,31).
Y por el
contrario, la tristeza estrecha, aprieta y encoge el corazón: no
sólo quita la gana de obrar, sino también las fuerzas, y hace que se
le haga a uno pesado lo que antes le era fácil. Y así confesó su
flaqueza el sacerdote Aarón, que habiéndole Dios muerto dos hijos de
un golpe, y siendo reprendido de su hermano Moisés por no haber
ofrecido sacrificio al Señor, respondió: ¿Cómo podía yo agradar
con el sacrificio al Señor con ánimo lloroso y triste (Lev
10,19)? Y los hijos de Israel en el destierro de Babilonia decían:
¿Cómo cantaremos el Cántico del Señor en tierra ajena (Sal
136,2.4)? Y por experiencia vemos cada día que cuando estamos con
tristeza, no sólo se disminuyen las fuerzas espirituales, conforme a
aquello del Sabio: In moerore animi dejicitur spiritus (Prov
15,13): Con la tristeza del ánimo se abate el espíritu; sino también
las corporales, que no parece sino que cada brazo y cada pie nos
pesa un quintal. Por esto aconsejan los Santos que en las
tentaciones no nos entristezcamos; porque eso quita el vigor del
corazón, y hace al hombre cobarde y pusilánime".
5. Ayuda a perseverar en el bien
"Otra razón
se puede colegir de las pasadas, por la cual es mucho de desear que
el siervo de Dios, y especialmente el religioso ande con alegría; y
es, porque cuando se ve que uno anda con alegría en las cosas de la
virtud y de la Religión, da aquello grande satisfacción y esperanza
que aquél perseverará y llevará adelante lo comenzado: pero cuando
le vemos andar triste, sospecha da y temor si ha de perseverar. Como
cuando veis a uno que lleva a cuestas una gran carga de leña y que
va con pesadumbre, anhelando y suspirando, y aquí para, y allí se le
cae un palo y acullá otro, luego decís: éste no ha de poder con
tanto, creo que lo ha de dejar a medio camino; pero cuando le veis
ligero con la carga, y que va cantando y alegre, luego decís: éste
aun más que aquello llevaría. Pues de la misma manera, cuando uno
hace con tristeza y pesadumbre las cosas de la virtud y de la
Religión, y parece que va gimiendo y reventando con la carga,
sospecha da que no ha de durar; porque ir siempre remando y
forcejeando agua arriba, es vida de galera y cosa muy violenta. Pero
cuando anda alegre en los oficios humildes y en los demás ejercicios
de la Religión, así corporales como espirituales, y todo se le hace
fácil y ligero, da muy buenas esperanzas que irá adelante y
perseverará".
6. La alegría y nuestros pecados ordinarios20
Una observación espiritual muy importante trae Alonso Rodríguez al
decir que no han de bastar las culpas ordinarias en que caemos para
quitarnos la alegría espiritual.
"Estiman tanto los Santos que andemos siempre con este ánimo y
alegría, que aun en las caídas dicen que no habemos de desmayar, ni
desanimarnos, ni andar tristes y melancólicos. Con ser el pecado una
de las cosas por que con razón podemos tener tristeza, con todo eso,
dice San Pablo que esa tristeza ha de ser templada y moderada con la
esperanza del perdón y misericordia de Dios, para que no cause
desmayo ni desconfianza: Porque no acontezca por ventura que ese
tal de al través con la demasiada tristeza (2 Cor 2,7)".
Por este
motivo San Francisco aborrecía mucho esta tristeza en sus frailes.
Se relata en el "Espejo de Perfección", que recoge algunos hechos y
dichos del Santo que San Francisco "tenía por cosa cierta que si el
siervo de Dios procuraba tener y conservar en lo interior y en lo
exterior esa alegría espiritual que nace de la pureza del corazón y
se adquiere en el ejercicio de la plegaria, podía estar seguro de
que los mismos demonios no serían capaces de causarle daño alguno...
En cambio, se alegran los demonios cuando logran extinguir, o al
menos impedir algún tanto, esa santa y piadosa alegría, que proviene
de la fervorosa oración y de la práctica de otras obras buenas"21 .
Y en otro
lugar: "El Santo Padre [Francisco] no dejaba de reprender a cuantos
manifestaban exteriormente alguna tristeza... En cierta ocasión
reprendió a uno de sus compañeros, a quien notó triste y cabizbajo,
y le preguntó: ‘¿Por qué te empeñas en manifestar exteriormente el
dolor y la tristeza que te producen tus culpas? Procura mostrar esa
tristeza solamente a Dios, ruégale encarecidamente que por su
infinita misericordia se digne concederte el perdón y devuelva a tu
alma la alegría de su salvación, de la cual se vio privada por el
pecado. Pero delante de mí y de los demás procura presentarte
siempre alegre, pues al verdadero siervo de Dios no le conviene
aparecer triste o cariacontecido, ni delante de sus hermanos ni de
otra persona alguna...’ Por lo tanto, repugnaba mucho a Francisco
ver en el rostro de algunos señales de tristeza, que no pocas veces
indica abatimiento y pereza del alma y flaqueza del cuerpo para toda
obra buena. En cambio, se alegraba mucho al ver un rostro afable y
tranquilo..."22 .
San Juan de
Ávila reprende y, con mucha razón, a algunos que "andan en el camino
de Dios llenos de tristeza desaprovechada, helados los corazones,
sin gusto en las cosas de Dios, desabridos consigo y con sus
prójimos", desmayados y desanimados; "y muchos hay de éstos que no
cometen pecados mortales, o muy raramente; mas dicen que por no
servir a Dios como deben y desean, y por los pecados veniales que
hacen, están de aquella manera"23 . Éste es un engaño grande; porque
mucho mayores son los daños que se siguen de esa pena y tristeza
demasiada, que los que se siguen de la misma culpa; y lo que
pudieran atajar, si tuvieran prudencia y esfuerzo, lo hacen crecer y
que de un mal caigan en otro, y eso es lo que pretende el demonio
con esa tristeza: quitarles el vigor y esfuerzo para obrar, y que no
acierten a hacer cosa bien hecha. "Si se vieren caídos, lloren, mas
no desconfíen", decía24 .
¿Cómo hemos
de actuar, entonces, ante nuestros pecados?
"Lo que
habemos de sacar de nuestras faltas y caídas, ha de ser:
1º Lo
primero, que nos confundamos y humillemos más, conociendo que somos
más flacos de lo que pensábamos.
2º Lo
segundo, que pidamos mayor gracia al Señor, pues la habemos
menester.
3º Lo
tercero, que vivamos de ahí adelante con mayor cautela y recato,
tomando avisos de una vez para otra, previniendo las ocasiones y
apartándonos de ellas.
De esta
manera haremos más que con desmayos y tristezas desaprovechadas.
Dice muy bien el Padre Maestro Ávila: Si por las culpas ordinarias
que hacemos, hubiésemos de andar decaídos, tristes y desanimados,
¿quién de los hombres tendría descanso ni paz, pues todos pecamos?
Procurad vos de servir a Dios y de hacer vuestras diligencias; y si
no las hiciéredes todas y cayéredes en faltas, no os espantéis por
eso, ni desmayéis, que así somos todos: hombre sois, y no ángel,
flaco, y no santificado. Y bien conoce Dios nuestra flaqueza y
miseria y no quiere que desmayemos por eso, sino que nos levantemos
luego, y pidamos mayor fuerza al Señor, como el niño que cae, que
luego se levanta y corre como primero... Conoce Dios muy bien
nuestra enfermedad y miseria, y ámanos como a hijos flacos y
enfermos; y así esas caídas y flaquezas nuestras antes le mueven a
compasión que a indignación (cf. Sal 102,13). Uno de los
grandes consuelos que tenemos los que somos flacos en el servicio de
Dios, es entender que es Dios tan rico en amor y misericordia, que
nos sufre, y ama aunque nosotros no le correspondamos tan por entero
como era razón. Es rico en misericordia (Ef 2,4);
sobrepuja su misericordia nuestros pecados. Así como se derrite la
cera delante del fuego, así se deshacen todas nuestras faltas
y pecados delante de su misericordia infinita. Esto nos ha de animar
mucho para andar siempre con grande contento y alegría; entender que
Dios nos ama y nos quiere bien, y que por todas estas faltas
ordinarias que hacemos, no perdemos un punto de gracia y amor de
Dios".
V. LA TRISTEZA SANTA25
Decíamos al principio que junto a la tristeza mala hay una buena
tristeza. Lo dice, por ejemplo, San Basilio que hay una tristeza
buena y provechosa26 . Una de las ocho bienaventuranzas que pone
Cristo en el Evangelio es precisamente: Bienaventurados los que
lloran porque serán consolados (Mt 5,5). Por tanto, hay
que distinguir tres maneras de tristeza: una mundana, de la
que hemos hablado, y de la cual no deben estar afectados los hijos
de Dios; otra indiferente, que es la causada por los males
verdaderos pero de orden natural, la cual conviene que sea moderada
por la razón y la virtud (por ejemplo, San Pablo no quiere que ni
aún de la muerte de nuestros amigos y parientes nos entristezcamos
demasiado: En orden a los difuntos, no queremos, hermanos, que
estéis en ignorancia, por que no os entristezcáis como los otros que
no tienen esperanza (1 Tes 4,12); no dice absolutamente
que no nos entristezcamos, pues es natural hacerlo, y el mismo
Cristo tuvo este afecto, como lo demuestra al llorar por Lázaro (Jn
11,36: Al verlo llorar decían: Mirad cómo lo amaba), pero no
quiere que nos entristezcamos como los mundanos que no tienen otra
esperanza que la vida en este mundo.
Junto a
estas dos, pues, hay una tristeza espiritual y según Dios; propia de
los siervos de Dios. Es la bienaventuranza de los que lloran, la
cual es el fruto más preclaro del don de ciencia y, por tanto, está
en la línea de la perfección de la virtud de la fe"27 . San Basilio
y Casiano dicen de ésta que se engendra de cuatro maneras o de
cuatro cosas.
1. Ante todo, de los pecados que hemos cometido contra Dios
A los
Corintios escribía San Pablo: Me gozo, no de la tristeza que
tuvísteis, sino de que vuestra tristeza os condujera al
arrepentimiento. Porque os entristecisteis según Dios; y la tristeza
que es según Dios obra arrepentimiento saludable de que no hay que
arrepentirse (2 Cor 7,9). El llorar uno sus pecados, y
entristecerse y dolerse por haber ofendido a Dios, ésa es muy buena
tristeza, y según Dios. Dice San Juan Crisóstomo que ninguna pérdida
hay en el mundo que se restaure con el dolor, pesar y tristeza, sino
sola la del pecado: y así, en todas las otras materias es mal
empleado el dolor y la tristeza, salvo en ésta. Porque todas las
demás pérdidas no sólo no se remedian con llorar y estar tristes,
sino que de esta manera se aumentan; pero la pérdida por el pecado
se remedia con la tristeza moderada de haber pecado. "Estar triste a
gusto de Dios –predicaba San Agustín– es afligirse de los pecados
por espíritu de penitencia. La pesadumbre por las maldades propios
engendra la justificación. Avergüénzate de lo que eres, a fin de ser
lo que no eres (prius tibi displiceat quod es, ut possis esse
quod non es)"28 .
Esta
tristeza de nuestros yerros procede de la iluminación del don de
ciencia pero termina no en llanto sino en consuelo porque su fruto
es el recto ordenamiento –de allí en adelante– de todas las
creaturas hacia Dios (el uso correcto de las cosas)29 .
2. De los pecados ajenos
Engendra
también esta buena tristeza los pecados de otros, es decir, el ver
que Dios es ofendido y menospreciado, y que es quebrantada su ley.
Esta es muy buena porque nace del amor y celo de la honra y gloria
de Dios y bien de las almas. El verdadero santo llora por los
pecados que afligen al mundo, especialmente por los pecados de los
hijos de la Iglesia. Decía Santa Catalina: "¿Qué consuelo podría
hallar yo en poseer la vida, viendo que tu pueblo está privado de
ella, y viendo cómo las tinieblas del pecado cubren a tu amada
Esposa, por mis pecados y los de las demás creaturas tuyas?"30 .
¿Acaso no fue el mensaje de Fátima: "Haced penitencia por los
pecados de los hombres"?
Puede
observarse este sentimiento espiritual en los Profetas y amigos de
Dios. Nos dice, por eso la Sagrada Escritura: Se apodera de mí la
indignación porque los impíos abandonan tu ley... Mi celo me
consume, porque mis adversarios olvidan tus palabras... He visto a
los traidores, me disgusta que no guarden tu promesa (Sal
118, 53.139.158).
3. Del deseo de perfección
Nace también
esta tristeza del deseo de perfección, es decir, del ansia grande de
ir adelante en la perfección, y del lamentarse por no ser mejores.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia
[santidad] (Mt 5,6).
4. De la contemplación de la gloria y del deseo de los bienes
celestiales
Es decir,
del verse desterrados y del ver dilatarse el momento de la unión con
Dios. Así, por ejemplo, lloraban los israelitas acordándose de la
tierra prometida y especialmente del templo de Dios: ¡Ay de mí,
que se me dilata mi destierro!, dice una de las versiones del
Salmo 120 (120,5). Una de las más hermosas expresiones místicas de
esta tristeza es el Salmo 42, 2-4:
Como anhela la cierva las corrientes de
agua,
así te anhela mi alma, ¡oh Dios!
Mi alma está sedienta de Dios, del Dios
vivo:
¿Cuándo iré y veré la paz de mi Dios?
Mis lágrimas son día y noche mi pan,
cuando me dicen cada día: ¿Dónde está tu
Dios?
Y también el Salmo 137,1-4:
A orillas de los ríos de Babilonia
estábamos sentados y llorábamos,
acordándonos de Sión;
en los álamos de la orilla
teníamos colgadas nuestras cítaras.
Allí nos pidieron
nuestros deportadores cánticos,
nuestros raptores alegría:
"¡Cantad para nosotros
un cantar de Sión!"
¿Cómo podríamos cantar
un canto de Yahveh
en una tierra extraña?
Y a la Virgen le rezamos diciendo: "A ti suspiramos los desterrados
hijos de Eva, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas".
Esta buena
tristeza nos da una vida sin tristeza. Decía Agustín: "No podemos
llegar a una vida sin arrepentimiento sino por el arrepentimiento de
la mala vida"31 . No podemos llegar a la vida sin tristeza sino por
la tristeza de la mala vida.
Casiano pone
algunas señales para reconocer cuál sea la tristeza buena y la mala:
1º La mala
es áspera, impaciente, llena de rencor y amargura infructuosa, y nos
inclina a la desconfianza y desesperación, y nos retrae y aparta de
todo lo bueno. No trae consigo consuelo ni alegría ninguna.
2º La buena
es obediente, afable, humilde, mansa, suave y paciente. Como nace
del amor de Dios, contiene en sí todos los frutos del Espíritu
Santo: caridad, gozo, paz, longanimidad, bondad, fe, mansedumbre,
continencia. A pesar de ser tristeza es, en cierta manera, alegre y
trae consigo consuelo, confortación y aliento para todo lo bueno. El
mismo andar uno llorando sus pecados, aunque por una parte aflige y
da pena, por otra consuela grandemente. Es más, San Agustín saca de
esto una gran reflexión y es que si el llorar de los justos, es
decir, su tristeza, le da tanto contento, ¿qué será la alegría y el
contento que sentirán, cuando el Señor los consuele en la oración, y
les dé aquellos júbilos espirituales que Él suele comunicar a sus
escogidos? ¿qué será cuando del todo les enjugue y limpie las
lágrimas de sus ojos? Limpiará Dios de sus ojos toda lágrima, y
no habrá ya muerte, ni llanto, ni alarido, ni habrá más dolor,
porque las cosas de antes han pasado (Ap 21,4).
|