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Fuerza
Realizar
lo que parece imposible. Perseverar cuando todo se ve perdido. ‘Saltar’
cuando se trata de la justicia.
Decir lo
que hay que decir, sabiendo que eso nos va a alejar amigos o bienhechores.
Saber estar solo. Guardar inflexiblemente su línea. No sacrificar nunca la
doctrina.
Hay que
tener enorme obstinación, y no menos adaptabilidad. Hacer una obra grande
con medios pequeños, con piedras desiguales, con piedras vivas, redondas,
duras, blandas; con los hombres que están cerca de mí; con los genios, que
cada día hacen problemas a propósito de todo; los hombres de rutina, que
quisieran que todo fuera sobre rieles; los activos, que cada día quieren
una obra más; los cansados, que encuentran que se hace demasiado; los
salvajes, a quienes no interesa el trabajo en equipo.
Estamos
en plena guerra. No se trata de perder el tiempo. Hay que ir más a prisa
que los otros. Hay que vencer.
La Cruz de Cristo en nuestra piel
De la
Cruz hemos hecho un motivo de decoración, y no es inútil. Sólo mirarla nos
ayuda a pensar en Cristo. Pero no basta colocarla en el muro, hay que
anclarla en la piel. Cristo no quiere quedarnos exterior, quiere
transformarnos en Él, el hombre de dolores (Is 53,3). La semejanza a
Cristo no se adquiere sin inmensos sufrimientos: todo ha de ser renovado
en nosotros por el dolor, hasta que no podamos más bajo el dolor (recuerde
Santa Teresita [de Lisieux]: incomprensiones; las dudas de fe; su tisis;
su afonía, en que realmente ya no podía más y decía: No me arrepiento de
haberme fiado al Amor).
Un día
sin dolor debería parecer un día vacío, un día triste. Cuando hay menos
dolor podemos preguntarnos qué pasa, pero no hay que maravillarse, porque
tal vez mañana será un poco más pesado.
Si
nosotros no lo rehusamos, Dios se arregla para hacernos soportar cada día
más, un poco más de incomprensión, un poco más de dificultades, un poco
más de soledad, un poco más de dolor.
En la
vida no hay dificultades. Sólo hay circunstancias. Dios lo conduce todo, y
todo lo conduce bien. No hay más que abandonarse, y servir a cada instante
en la medida de lo posible.
¿Conflictos? Son inevitables. Son necesarios. Ya se resolverán. Por nada
perder la paz (lo de Santa Teresa).
Los grandes dolores
Un gran
dolor, cuando se trabaja en común, es el abandono progresivo de muchos,
que abandonan el equipo y abandonan el plan de Dios.
Un gran
dolor es darse cuenta de la lentitud con que penetra el Mensaje, del
rechazo que le oponen los hombres, de ver cómo prefieren las tinieblas a
la luz (cf. Jn 3,19).
Un gran
dolor, el mayor tal vez, es darse cuenta que la Iglesia tiene en sí todo
cuanto puede establecer el mundo en la paz, y encontrar dormidos a la
mayor parte de los mejores cristianos, y tantos sacerdotes que no han
comprendido el Mensaje.
Un gran
dolor es encontrar la oposición de los grupos paralelos o llamados a
completarse, con quienes habría que marchar, en perfecta armonía, en la
batalla.
Un
inmenso dolor es encontrar tanta verdad, tanta generosidad, tanta
habilidad, en aquellos que pretenden liberar al hombre, pero que,
ignorando a Cristo, no hacen sino encadenarlo.
Un gran
dolor es sentirse impotente ante un gran dolor.
Un gran
dolor es el amor que fracasa y que no encuentra eco alguno en aquellos a
quienes se dirige.
Un gran
dolor, en otros momentos, es la soledad. Se puede estar rodeado y sentirse
solo. Lleva uno en su interior, sus planes, sus angustias, sus certezas.
Los que lo rodean, sin maldad alguna, ni siquiera se interesan por lo que
para él es vital.
Y hay un
dolor, ese sí que es grande, cuando Dios mismo parece haberse marchado
(¡Santa Teresita!).
A veces,
al hombre apostólico todo le parece perdido. No hay más que fracasos en
perspectiva. Por todos lados, muros. No se ve una salida.
Los
colaboradores flaquean; la salud se debilita. Se encuentra privado de su
fuerza, de su confianza, de su optimismo, de su testimonio interior. El
déficit crece. No entran recursos. Pero, sobre todo, tú mismo no tienes
ánimo, te sientes cansado, como sin resorte...
Después
de todo, ¿no te equivocaste al tomar este camino? ¿Por qué haber
pretendido abarcar tanto, y cosas tan difíciles? ¿¿No quiere todo esto
decir que has de echar marcha atrás??
Y aun
quizás tratas de echar marcha atrás, pero estás en el tren que echaste a
caminar y éste avanza. Aunque quieras frenar, sigue corriendo. Sería
necesario que saltaras del carro, que desaparecieras, que abandonaras a
los otros. Pero ¡no tienes el derecho de abandonarlos en el combate,
después de haberlos lanzado en él! Ellos tienen conciencia clara que te
necesitan. Rehusar el esfuerzo ¿no sería traicionar? Todo está perdido.
“¡No, todo va bien!”, dice una voz interior.
“Demagogo”, será la palabra que oirás con frecuencia. El que se ocupa de
los oprimidos es un demagogo; el que lucha por la justicia, el que afirma
el derecho de quienes son incapaces de hacerse respetar es un demagogo. En
este sentido, felizmente, el Evangelio todo es demagogia.
Otros,
consejeros prudentes, te dirán: ¡¡Anda más despacio, abarca menos!! Pero
es el objeto el que impone la rapidez de la marcha. Para quien contempla
desde afuera, como espectador indiferente, nada es más fácil que tomar una
actitud tranquila. Pero para el que está en la batalla, es distinto; él ve
fuerzas ligadas, circunstancias que hay que aprovechar y eso le impone un
ritmo.
Alegrarse en los fracasos
Esto
parece paradoja o locura. Necesita explicación. Hay falsos místicos,
extravagantes, para quienes esta fórmula es peligrosa. Son capaces de una
alegría enfermiza en el fracaso, bajo pretexto de abnegación, de unión
dolorosa a Cristo, con gran detrimento de la objetividad de su acción y de
la obligación que todos tenemos de usar de la prudencia.
El
fracaso no debe jamás aparecernos como un fin, y la sucesión indefinida de
fracasos como una solución de la vida cristiana. El cristiano debe, más
que nadie, conducirse por la razón, y el uso sano de la razón conduce
normalmente al éxito. Alegrarse a priori de sus fracasos, sin reflexionar
el deber que tenemos de cumplir nuestra misión, de escoger objetivos
alcanzables, de adaptar los medios al fin, eso es juego de chiquillos o
debilidad de espíritu (cf. Thellier, Luchar contra el mal, en Dans
l’épreuve).
Quien se
descuida en su acción, consolándose con su unión a Cristo doloroso,
necesita detenerse y cambiar de rumbo. A veces se encuentra gente
orgullosa que se encapricha en este camino; a veces por orgullo, a veces
por un complejo de inferioridad buscará una compensación a su incapacidad
en el fracaso. No, no es a éstos a los que decimos que tienen que
alegrarse en sus fracasos.
Pero sí
a tantos apóstoles que han tomado por Dios, con entusiasmo, el trabajo
apostólico, y que llega un momento en que se encuentran ante dificultades
insuperables que les hacen pensar en la inutilidad de sus esfuerzos, y
están a punto de descorazonarse. No, ¡que aprendan a sacar provecho de sus
fracasos!
El
fracaso, para el hombre de acción, es su gran educador. La mayor parte de
nuestros fracasos vienen por nuestra propia culpa. El objetivo estaba mal
definido o mal escogido, o bien usaba medios ineptos... ¡¡o en condiciones
en que por falta de realismo no supo prever el fracaso!!
La mayor
parte de los hombres, sin embargo, somos inclinados a excusar nuestros
fracasos. Estos han ocurrido por casualidad, o por la falta de los otros
que se han opuesto, o de circunstancias imprevisibles, de colaboradores
flojos o incomprensivos... Pero el testarudo en ningún caso piensa que tal
vez sus enemigos tenían razón; que los acontecimientos imprevistos habrían
podido ser previstos, que los colaboradores debieron ser mejor escogidos,
o mejor formados, o más entrenados en la acción.
La mejor
táctica en la acción es tomar para sí toda la responsabilidad del fracaso.
Él podrá, reflexionando, descubrir las verdaderas razones. Un hombre
prudente no se embarca en una acción sino cuando hay motivos serios;
cuando está en la línea de su vocación providencial; bajo el control de la
dirección [espiritual] y ayudado por las luces íntimas de la plegaria. Si
se aventura a veces, él lo sabe, pero tiene bastantes razones para tentar
la aventura, y el fracaso medio previsto no lo sorprenderá ni lo
espantará.
Durante
años y años el apóstol que comienza no será prudente sino a medias. Debe
hacer sus clases en plena vida. Cada fracaso le será una lección amada. Al
examinar fríamente la acción emprendida, al criticarla sin vanidad, se
dará cuenta de su falta de preparación, de sus prisas desarregladas, de
sus motivos pasionales. Antes de obrar habría debido saber más exactamente
dónde quería ir, y por qué camino, qué obstáculos iba a encontrar. Pero
partió hacia delante con la cabeza abajo, o con los ojos en el Cielo. Nada
tiene pues de extraño que se golpeara contra un muro, o se cayera a un
barranco.
El
humilde, en cambio, saca partido de sus fracasos. El alma de buena
voluntad, humilde y objetiva, se hace fuerte por el juego de esta crítica
honrada de la acción. El orgulloso se empeñará a comenzar por el mismo
camino, pero el humilde rectificará sus encuestas, sus fines, sus métodos:
aprenderá a construir. Después de todo, con frecuencia en los fracasos no
queda nada del fracaso, y el éxito permanece. Cada fracaso es un vacío:
una piedra puede tapar el hueco. Los éxitos son piedras con las cuales se
construye un muro, un templo.
¡Cuántos
hay que no quieren construir sino catedrales! Dios quiera que los primeros
fracasos les hagan comprender que en un pueblecito, basta una capilla, y
que es inútil forzar su talento. Cada uno no debe emprender sino obras
proporcionadas a su capacidad, y obras útiles. Bendito sea el fracaso que
nos enseñó nuestro sitio verdadero.
Después
de este examen leal tenemos derecho de considerar las circunstancias
independientes de nuestra voluntad, o las malas voluntades que se han
mezclado a nuestra acción. Este será el momento de volvernos a Cristo para
alegrarnos de parecernos a Él.
Los
fracasos conducen al apóstol hacia Cristo. Todos ellos son un eco del
fracaso grande de la Cruz, cuando fariseos, saduceos y los poderes
establecidos triunfaron visiblemente sobre Jesús. ¿No fue Él acaso vestido
de blanco y de púrpura, coronado de espinas y crucificado desnudo, con el
título ridículo de Rey de los Judíos? Los suyos lo habían traicionado o
huido. Era el hundimiento de su obra, y en ese mismo momento Jesús
comenzaba su triunfo. Aceptando la muerte, Jesús la dominaba. Al dejarse
elevar sobre la Cruz, elevaba la humanidad hasta el Padre, realizaba su
vocación y cumplía su oficio de Salvador. En esa línea van también
nuestros fracasos...
Los
fracasos de que no somos responsables son el eco de la crucifixión de
Cristo en nosotros. Nos hacen semejantes, en nuestra alma espiritual y en
nuestra sensibilidad, a Cristo. Los otros fracasos, los que hemos merecido
por imprevisión, por precipitación, por mediocridad o por orgullo, lejos
de abatirnos deben estimularnos. Y como Cristo fue objetivo, fuerte,
perseverante, magnánimo, así también nosotros. Esta reflexión, prudencia,
fuerza que nos faltaba, nos la enseñarán nuestros fracasos que nos harán
así más semejantes a Cristo.
Feliz
falta, decía Agustín. Felices fracasos, diremos nosotros, que nos conducen
a nuestro Maestro.
En el estercolero de Job
Esta
misma lección podemos sacar al ver los fracasos de uno de nuestros
hermanos, gran fracasado: Job.
Allí
está, sin poder más, sobre su estercolero. Él ha recorrido espiritualmente
el mundo y su propia alma. El mundo lo ha traicionado y él se siente
impotente, quebrado, reducido a la nada. Él ha medido la villanía de los
hombres y su propia debilidad. Y he aquí que ofrece a todos un triste
espectáculo. Sus enemigos pasan delante de él y ríen. ¡Cómo duele su
triunfo! Ellos habían visto bien. Con razón le habían dicho: ¡Tú no eres
más que apariencia, nada más que viento! El camino está libre ante ellos.
Ellos pasan delante de él; se cuchichean. Vuelven a pasar, para gozar
mejor de su triunfo... Se van. Ya no eres para ellos más que un mal
recuerdo, pronto serás sepultado, ni siquiera una sombra. Los amigos
llegan a su vez, predicadores de resignación. Dando consejos, jueces
infalibles de sus ilusiones. Lo aplastan con sus palabras sentenciosas.
Job, tú eres ahora el vencido de la vida. El que ha visto demasiado
grande. A quien el fracaso condena. Uno o dos, tal vez comprenden tu
dolor. Tienen el corazón amplio y lo consuelan. Dios te los ha dejado
fieles, para que no te pudras completamente sobre tu estercolero... Y he
aquí que el estercolero resplandece como el oro. Y he aquí que vuestras
lepras se desecan. Y he aquí que vuestras fuerzas vuelven. Y estáis de
nuevo plenamente en la vida. En pleno combate. Nuevos enemigos se juntan a
los de ayer. Nuevos amigos os rodean. La vida vuelve a su curso. Más dura
y más bella. En el amor y en la esperanza.
La continuidad, virtud varonil
Una vida
fecunda es una vida continua, en la cual todo aparece ligado como en el
árbol. Orientaciones aparentemente nuevas, pero que están en la línea de
la elección primera. A veces, cortes dolorosos para despojarse de
actividades inútiles.
Asegurar
la continuidad en su vida es una de las virtudes más difíciles. Es tan
tentador ir a derecha o izquierda; detenerse ante cada flor del camino.
Hay tantos caminos sombreados, tantas pistas atrayentes, tanta alegría de
que gozar, tanta admiración que recoger, tantas miserias individuales que
consolar... Todo esto a nuestro rededor llamándonos como una invitación a
vivir.
Y no hay
más que un camino que podamos recorrer seriamente. Lo seguimos desde hace
tanto tiempo; hemos caído tantas veces, nos hemos levantado tan doloridos
que estamos cansados... Y además, hay toda esa gente que arrastrar, esos
turbulentos que calmar, esos aventureros que volver a traer al grupo... La
ruta es estrecha y empinada, y la vida en otros lados sería tan fácil...
Los ‘no’ indispensables
Si
queremos guardar una línea de vida, hemos de aprender a decir muchos “no”:
No, a dejarse absorber por los pormenores. No, a dejarse dominar por la
sensibilidad, por el corazón. No, a perder su tiempo en futilezas o
palabras. No, a dispersarse en todos sentidos, a mariposear. No, a quien
viene a verte en la hora de tu trabajo profundo. No, a hacer el trabajo
que los demás pueden hacer en lugar tuyo. No, a dejarse corromper. No, a
trabajar por dinero o por la gloria. No, al deseo de querer responder
inmediatamente a toda pregunta que se haga. No, a tratar los problemas a
la ligera. No, a traicionar sus amigos. No, a la polémica con los
enemigos. No, a la antipatía a los que te molestan.
No,
sobre todo, a todo pecado, a todo lo que te aparta del camino comenzado, a
todo lo que te disminuye, te mutila.
Contemplar para perseverar
Y para
guardar sus ideales, para permanecer fiel al llamamiento divino en medio
del trabajo desbordante, de visitas y cartas y confesiones... guardar la
actitud contemplativa, como San Ignacio “contemplativo en la acción”,
guardar su paz en la posesión de sí y en la luz de Dios. Marchar en forma
tal que permanezcamos siempre bajo el influjo divino. |