Miércoles, 22 de Mayo de 2013
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DIRECTORIO DE VOCACIONES

LA PERSEVERANCIA EN LA VOCACIÓN

65. La vocación al estado religioso puede considerarse como la perla preciosa del Evangelio que debemos guardar con gran celo y con la mayor diligencia. San Alfonso ponía tres medios para no perderla, y son: secreto, oración y recogimiento.

'Ante todo, hablando en general, es necesario que la vocación se tenga secreta a todos, excepto al director espiritual, porque los demás, ordinariamente, no sienten escrúpulo de decir a los jóvenes llamados al estado religioso que en todas partes, y aún en el mundo, se puede servir a Dios '[61].

66. 'Hay que tener presente que las vocaciones se conservan sólo con la oración. El que deja la oración dejará ciertamente la vocación; es necesario orar, y orar mucho; por esto, además de hacer media hora de oración por la mañana y por la tarde, hágase irremisiblemente todos los días la visita al Santísimo Sacramento y a María Santísima, para obtener la perseverancia en la vocación, y no deje el religioso de comulgar varias veces. Medite a menudo sobre la vocación, considerando cuán grande es el favor que Dios le ha hecho llamándole a sí. Cuanto más fiel se conserve en seguirla, tanto más segura tendrá su salvación eterna; por el contrario, ¡cuán grande es el peligro de condenarse a que se expone si es infiel!

67. 'En tercer lugar es indispensable el recogimiento, y éste no se podrá alcanzar sin el alejamiento de las conversaciones del mundo. ¿Qué se requiere en el siglo para perder la vocación? Nada; bastará un día de recreo, un dicho de un amigo, una pasión poco mortificada, una aficioncilla, un pensamiento de temor, un disgusto no reprimido. El que no abandona estos pasatiempos debe estar covencido de que indudablemente perderá la vocación. Quedará con el remordimiento de no haberla seguido pero seguramente no la seguirá'. Hasta aquí San Alfonso, doctor de la Iglesia.

La perseverancia en la vocación es una gracia que debemos saber pedir y cuidar diariamente; y jamás abandonar los medios que estén a nuestro alcance para preservar este tesoro de los enemigos del alma.

68. Como perseverar en la santa vocación se identifica, de alguna manera, con el perseverar en el bien, y más particularmente, con la perseverancia final, nos parece conveniente poner en este directorio las principales ideas respecto a esta última.

69. La persverancia perfecta o final exige un auxilio especial de Dios, que no es otra cosa que una moción de Dios que conserva la gracia y la preserva de todos los peligros y tentaciones. El elemento formal de la final perseverancia es la unión del estado de gracia con la muerte.

70. La perseverancia final es efecto propio y exclusivo de la divina predestinación, por la que ciertísimamente se salvan todos cuantos se salvan. La predestinación es una especialísima providencia de Dios sobre todos y sólo los predestinados, que nace de aquel especialísimo amor de predilección por el que elige a los predestinados.

71. De ahí que sea evidente que la perseverancia final es efecto de una gracia especialísima de Dios, que consiste en: un auxilio actual especialísimo y una singularísima protección externa de Dios, en orden a que coincidan el estado de gracia con el momento de la muerte.

72. Se enseña en la Sagrada Escritura: Fue arrebatado porque la maldad no pervirtiese su inteligencia y el engaño no extraviase su alma (Sab 4,11). Pues su alma era grata al Señor; por esto de dio prisa a sacarle en medio de la maldad (Sab 4,14). Velad pues, porque no sabéis ni el día ni la hora (Mt 25,13).

73. El Concilio II de Orange ha definido: 'Los santos y los justos deben siempre implorar el auxilio de Dios a fin de que puedan llegar al buen fin y perseverar en el bien obrar'[62]. Y el Concilio de Trento llama a la perseverancia final el gran don[63], que sólo Dios puede conceder[64]. Por eso se enseña: 'Si alguno dijere que el justificado puede sin especial auxilio de Dios perseverar en la justicia recibida o que con él no puede, sea anatema'[65].

74. La perseverancia final no puede ser merecida de condigno ni de congruo propiamente dicho, por eso se enseña: El que está de pie cuide de no caer (I Cor 4,4). Así pues, queridos míos, de la misma manera que habéis obedecido siempre, no sólo cuando estaba presente, sino mucho más ahora que estoy ausente, trabajad con temor y temblor por vuestra salvación, pues Dios es el que obra en vosotros el querer y el obrar, como bien le parece (Flp 2,12-13).

75. Dios es libérrimo según aquello de amé a Jacob y odié a Esaú (Rom 9,13) y tendré misericordia de quien tenga misericordia y tendré compasión de quien tenga compasión...no es de quien quiere ni del que corre, sino de Dios, que tiene misericordia...así que tiene misericordia de quien quiere y a quien quiere le endurece (Rom 9,15-18). Firmemente convencido de que quien inició en vosotros la buena obra, la irá consumando hasta el día de Cristo Jesús (Flp 1,6). El cominenzo como el término de la buena obra viene de Dios. Es un don gratuito.

76. El Concilio de Trento al respecto enseña claramente tres cosas:

1º La perseverancia final depende única y exclusivamente de Dios;

2º es el don por antonomasia 'magnum donum'[66];

3º no se enumera entre los objetos de mérito de los justos, más bien siempre se añade: 'sí, con tal de que se.muera en gracia'[67].

77. La gracia de la perseverancia final puede y debe pedirse humildemente de Dios para uno mismo o para los demás, pero no de modo infalible. El Concilio Araucisano II enseña que: 'la ayuda de Dios debe ser implorada por todos los justificados para poder perseverar en el bien y llegar al puerto de la salvación'[68]. Pero esta oración no es infalible, porque una de las condiciones que exige la oración para ser infalible es la perseverancia en el orar. En este sentido la perseverancia debe ser el principio de la oración perseverante, no el término u objeto obtenido por ella.

78. Así como análogamente vale esta doctrina acerca de la perseverancia final para la perseverancia en la vocación consagrada, así análogamente vale para que toda Congregación religiosa persevere en el buen espíritu y no degenere en relajación. Siempre hay que rezar mucho impetrando de Dios la gracia de la perseverancia en el bien, en la fe, en la caridad, en la vocación, en el final, para cada uno de nosotros, para nuestros hermanos en religión, para los hermanos en la fe, para todos los hombres y mujeres de buena voluntad, porque siempre será verdad que 'a muchos se da la gracia a los cuales no se concede perseverar en ella'[69].


[61] San Alfonso María de Ligorio, cit. por OF, p.646.

[62] Dz 183.

[63] Ibidem, 826.

[64] Ibidem, 806.

[65] Ibidem, 832.

[66] Ibidem, 826.

[67] Ibidem, 809.842.

[68] Ibidem, 183.

[69] S.Th. I-II,109,10.

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